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EL HUMANO ACTO DE ESPERAR Y LA VIRTUD TEOLOGAL DE LA ESPERANZA

Cuando Sarita toma el plato café que tiene el nombre de “Toby”, el cachorrito comienza a ladrar y mueve la colita sin parar. Por más hambre que tenga, Toby no puede más que ponerse inquieto, mientras espera resignadamente que su dueña le sirva sus croquetas. En cambio Sarita, antes de que le pongan su plato en la mesa, puede «esperar» su alimento, saboreando anticipadamente, con su inteligencia, lo que degustará después en su paladar.

Ante la necesidad de comer o cualquier otra, se puede reaccionar como Toby o como Sarita; es decir, se puede esperar, con resignación, o esperar gozosamente, con anticipación. Hacer una cosa o la otra es explicable en razón de las distintas naturalezas. Cada naturaleza supone entonces, determinadas capacidades de operación.

“Esperar” es una capacidad a la que, como cualquier otra capacidad, corresponde un objeto que satisface o realiza dicha capacidad. Por ejemplo, el apetito que es la capacidad de desear lo que se necesita para vivir, se «realiza» o «perfecciona» cuando se alcanza o se tiene el alimento que satisface ese deseo. Del mismo modo, la capacidad visual se realiza o satisface cuando posee una figura coloreada.

Ahora bien, las capacidades que nos permiten realizar los actos propios de nuestra naturaleza humana (actos humanos) son dos: la capacidad de razonar y de decidir con libertad. Lo que satisface a nuestra capacidad de razonar es la verdad y lo que satisface nuestra capacidad de decidir, con libertad, es aquello que nos es favorable y llamamos “bien” o “bondad.”

Por eso, cuando alguien nos miente nos incomodamos porque estamos diseñados para apetecer y conocer la verdad. Igualmente, cuando vamos a tomar una decisión, razonamos buscando lo que sería mejor, es decir, el bien máximo para nosotros porque, así como el ojo busca figuras y el oído, sonidos, así la voluntad tiende a buscar el bien. Problema aparte es la dificultad que frecuentemente experimentamos para saber qué es lo “verdaderamente” “bueno”.

Humanamente, la esperanza es una virtud, una fuerza o perfección de nuestra voluntad, es decir, de nuestra capacidad de querer o apetecer lo necesario para nuestro bien. Por el “hábito” humano de esperar, la voluntad se afianza y se goza en su deseo de lo que es bueno, aún antes de poseerlo. Este humano acto de esperar, se parece a la virtud teologal de la esperanza, pero se distingue fundamentalmente de este acto humano porque tiene un distinto origen, así como un destino u objeto específico diferente, y tal es Dios.

A propósito de la virtud teologal de la esperanza, conviene recordar un conocido pasaje de la pequeña novela, titulada “El Principito”. Se trata de aquel pasaje en el que el Principito dialoga con el zorro, una vez que ambos habían entablado una relación de amistad.

La escena ocurre «Al día siguiente, cuando el principito regresó. El zorro le dijo: -Hubiese sido mejor regresar a la misma hora–. –Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, dice el Zorro, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré, descubriré ¡el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón.»

Este relato ayuda a ilustrar que la esperanza no es simplemente sinónimo del mero acto de esperar. Pensemos, por ejemplo, que esperar el camión de ruta en el parabus no parece nada emocionante, del mismo modo como esperar el resultado de un examen profesional o médico puede resultar, más bien, angustiante. En cambio, esperar un regalo, el día del cumpleaños o de navidad, puede ser inquietante. Pero aún más, «esperar» la llegada de alguien a quien se quiere, es ya gozar desde el momento presente, de su futura presencia.

Por tanto, esperar a una persona que se ama, es hacer firme el deseo de estar con la persona amada. El deseo se fortalece porque se goza de su presencia, incluso en su ausencia. Como sucede en la novela de “El Principito”; el corazón del zorro se puede alegrar con anticipación, sabiendo que su amigo llegará a las cuatro.

La presencia de Dios, a quien amamos, es para nosotros, ahora, algo invisible e intangible. A Dios no lo vemos, ni lo oímos, ni lo sentimos. En general, a Dios no lo percibimos por nuestros sentidos. Pero esto pasa también con la persona que queremos y está ausente. Sin embargo, el amor que experimentamos por una persona es ya una realidad “presente”, en nosotros, y es causa de nuestro bienestar y de nuestro gozo interior.

De modo semejante, podemos decir que la experiencia personal del amor de Dios, nos hace firmes y alegres en el deseo de estar con él. Por eso, cuando Dios nos ama, infunde y provoca, en nosotros, la esperanza de estar plenamente unidos a Él para gozar siempre de su amorosa presencia.

Se conoce pues, como virtud teologal de la “esperanza” al firme deseo que Dios infunde a aquellos que «creen» en el amor que Él nos ha manifestado en Jesucristo y que, ya desde ahora, nos hace experimentar.  La solidez y firmeza de este deseo se convierte ya en el gozo presente de lo que, por la fe, esperamos disfrutar plenamente en el futuro. Quien experimenta el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, saborea este amor como el máximo bien al que todo ser humano puede aspirar para colmar su apetito de felicidad.

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Rector de la Universidad Pontificia de México

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