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EL DERECHO DEL RECIÉN NACIDO

Cada 10 de diciembre, se conmemora el día internacional de los derechos humanos, porque en un día como ese, pero de 1948, la Asamblea general de las Naciones Unidas, aprobó el revolucionario Documento de su Declaración universal. Y en el mismo mes de diciembre, el 25 de cada año, el calendario litúrgico celebra el nacimiento del niño, “Hijo del Altísimo” (Cf. Lc.1,32). En el rostro humano de ese recién nacido, la fe cristiana ha visto el resplandor de la gloria de Dios y ha contemplado, en esa tierna faz, la divina imagen a cuya semejanza ha sido creado todo ser humano. De esta imagen y semejanza con Dios deriva el carácter sagrado de la dignidad humana en la que se fundamentan todos los derechos.

Según cuenta el evangelio de san Mateo, aquel niño, nacido en Belén de Judá, era llamado “rey de los judíos” (Cf. Mt. 2, 1-6). Para la tradición bíblica, el nacimiento de un “mesías rey” era el anuncio de un antigua y anhelada profecía. El cumplimento de aquella divina promesa fue largamente esperado por el pueblo de Israel porque con el nacimiento del “mesías rey” acabaría todo tipo de abuso y explotación. Pero la esperanza de que “Él establecería la justicia y el derecho” (cf. Is.9,6), pareció morir cuando apenas comenzaba. Tan luego como el rey Herodes oyó que acababa de nacer el “mesías rey”, lo buscó para matarlo y, al no encontrarlo, mandó pasar por la espada a todos los niños de dos años (cf. Mt. 2,13 -16).

Esa trágica escena del evangelio es la viva “imagen” de la frustración que, a lo largo de la historia y en cualquier parte del mundo, experimentan las generaciones humanas al ver atropellados sus derechos. Es de sobra sabido que quienes aplastan con crueldad y lujo de violencia el derecho de sus semejantes son aquellos que tiene poder y autoridad. Sin embargo, cabe notar que, en nuestro tiempo, muchos de los nacidos, después del 10 de diciembre de 1948, son víctimas de una nueva y más perversa forma de abuso. Se trata del habitual y grosero abuso cometido en nombre de la defensa misma de los derechos humanos. Son precisamente aquellos que presumen ser los abogados de la dignidad humana quienes promueven que se establezcan leyes que condenen como culpables a aquellos que no reconozcan como “derechos humanos” sus abusos.

Contra esta nueva y perversa forma de abuso, en “nombre de los derechos humanos”, advierte la Declaración del Dicasterio para la fe, titulada Dignitas infinita y que fue aprobada por el papa Francisco, el pasado 25 de marzo, fiesta de la anunciación del nacimiento del Señor: 

«Aunque en la actualidad existe un consenso bastante general sobre la importancia e incluso el alcance normativo de la dignidad y valor trascendente de todo ser humano, la expresión “dignidad humana a menudo corre el riesgo de prestarse a muchos malentendidos y contradicciones (n. 7). A veces, se abusa del concepto de dignidad humana para justificar una multiplicación arbitraria de nuevos derechos que suelen ser contrarios al derecho fundamental a la vida. Pareciera que se debería garantizar cada preferencia individual o deseo subjetivo. La dignidad se identifica entonces con una libertad aislada e individualista, que pretende imponer como “derechos,garantizados y financiados por la comunidad, ciertos deseos y preferencias que son subjetivas.» (n. 25)

Es vergonzoso y lamentable que, a 75 años de la Declaración universal, la noble causa de los derechos humanos sea usada, de manera burda y descarada, por poderosos, pero también por ciudadanos de a pie para condenar a inocentes. Con flagrante cinismo, los paladines de los derechos humanos consiguen, con astucia, que se llame mal al bien, bien al mal y mentira a la verdad (cf. Is. 5,20). En los tribunales, en las calles y en la reciente historia de nuestro país sobran los ejemplos cotidianos de quienes tuercen el derecho y lo vuelven chueco para impedir que se haga justicia y para que los victimarios sean absueltos como víctimas inocentes. Y es que cuando, se aplaude como un logro civilizatorio la aprobación de leyes que condena el derecho del recién nacido, ¿qué podemos esperar de nuestros contemporáneos y de los juzgados el común de los mortales? « Si esto se hace con el tronco verde, ¿qué no harán con el seco?» (cf. Lc. 23,31)

Como bien lo recuerda la mencionada Declaración “Dignitas infinita”: «La defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, “toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre”». (n. 47)

Ahora que celebramos el nacimiento del niño, mesías rey, que renazca con él nuestra esperanza porque “no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar en la tierra el derecho.(Cf. Is. 42, 4)

Rector de la Universidad Pontificia de México

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