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EL ÁRBOL DE NAVIDAD

A pesar de que en Monterrey, tenemos un clima muy inestable, todavía es posible percibir el paso de las estaciones. El otoño es sombrío y el invierno es gélido; el follaje verde se torna cobrizo; la naturaleza parece dormida, pero tras su silencioso letargo, en el secreto de sus adentros, se prepara la vida que florecerá en primavera y madurará en fruto, durante el verano.

 

Mientras la naturaleza se repliega con discreción y frena su ritmo, nosotros aceleramos el reloj y deshojamos el calendario. Se aproxima la fiesta de la navidad y con ella, inicia veloz, la cuenta regresiva del fin de año. Se acaba este 2020 que nos ha sometido al confinamiento, a la rutina del home office, al tedio de las pantallas, al miedo por el contagio, al distanciamiento social y al luto por la pérdida de los seres queridos.

 

Pese al hostil otoño que representa la actual circunstancia de la pandemia, no ha dejado de florecer la “primavera” de las ofertas comerciales. Brota, entonces, como un verde renuevo, la esperanza de experimentarnos “plenamente felices”, si consumimos las promesas de bienestar que exhiben los aparadores y los sitios on line. Y como por una inducida asociación, con la música de los villancicos, vienen las ganas de bailar con la ilusión de que todo podemos, todo tenemos y nada nos falta. 

 

Sin embargo, también se asoma la nostalgia por las “otras navidades”; las navidades de las reuniones familiares, las “posadas” o las reuniones sociales. Se nos antoja ahora, una solución automática, la que nos enseña la tecnociencia omnipotente: oprimir un switch para encender instantáneamente la alegría. Adentro de casa, sobre el suelo, sembramos un árbol frondoso y teñido de verde que, a leguas, contrasta con el pálido ramaje de los árboles de afuera. Lo adornamos con escarcha, le colgamos esferas multicolores y radiantes luces para disipar nuestra oscura tristeza.

 

Y ante estos intentos por conjurar una “triste navidad”, vienen a la mente las palabras del Papa Francisco, en aquella liturgia de oración extraordinaria del 27 de marzo: «Con la tempestad [de la Pandemia], se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos». En verdad, ¿por qué resistirnos al verdadero sentido de la navidad? ¿Por qué no acoger el mensaje de una felicidad que puede nacer también entre las pajas de un pobre establo?  ¿Por qué no creer que es posible encarnar, concebir y dar a luz una genuina alegría en la soledad de una fría y oscura noche, donde hemos sido despojados del cobijo, del techo y de la posada de nuestras seguridades? (cf. Lc. 2,7)

 

Es cierto que, en el invierno, muchos árboles carecen de aroma, de flor y de fruto. Pero no es menos cierto que el artificial pino navideño tiene un verde maquillado, sin fragancia ninguna. Ese árbol parece vivo, pero en realidad está muerto, y el otro de la calle puede parecer muerto, pero en realidad, está vivo. De igual manera, una alegría puede ser plástica, simplemente externa, mientras otra alegría puede ser natural, si en verdad, echa raíces en el alma. Quizá, en las fiestas decembrinas de este año, no sólo experimentaremos el vacío del bolsillo, sino también el vacío interior de un corazón cansado, enfermo por la desilusión con la que nos ha infectado el miedo a un invisible y microscópico virus. 

 

Y ¿por qué habríamos de estar tan tristes al comprobar, con la enfermedad y la muerte que no somos dioses? ¿Por qué necesitaríamos creernos dioses para ser felices, cuando Dios creyendo en nuestra humanidad puso su casa entre nosotros (cf. Jn. 1,14)?  Navidad es un tiempo para quedarse en casa, en el propio interior, pero no por miedo a contagiarnos de enfermedad y de muerte, sino porque pese a sabernos vulnerables, creemos que todo un Dios omnipotente no se mantuvo a la distancia de nuestra humanidad, ni tuvo miedo a contagiarse de la dolencia, enfermedad y muerte de nuestra carne.

 

No lloremos pues, la vanidad del árbol que exhibe un fruto agradable y apetecible a la vista (cf. Gn.3,6), pero con la falsa promesa de hacernos dioses impasibles, a los que no lastima el dolor, ni la muerte (cf. Gn. 3, 4). Más bien, iluminados por la luz de Belén, abramos los ojos y exultemos de alegría, ante la austeridad del pesebre (cf. Lc. 2, 8-12) y del árbol de la cruz. Ella es el escaparate donde Dios exhibe la sobriedad de una vida que nació envuelta en pañales y murió, despojada de todo, a fin de que conociéramos la verdadera ciencia del bien que da auténtica felicidad.

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