DIOS, LA IGLESIA Y LOS POBRES

Por Luis Donaldo González

Los pobres de hoy son los pobres de siempre, es decir, los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los que carecen de lo necesario para vivir y vestir, los enfermos, los encarcelados.

Los deprimidos, los que se sienten solos, los olvidados y excluidos. Los perseguidos por su raza, credo o condición. Son aquellos que sufren la injusticia del abandono de sus hermanos y nos necesitan.

Si somos atentos nos damos cuenta que no son otros que aquellos de los que hablaba el Señor Jesús cuando refiriéndose al servicio y a la caridad dijo: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Ahora bien, aunque son “los de siempre” viven en un mundo que no es el de siempre: aunque hoy tenemos grandes avances científicos y tecnológicos, seguimos teniendo hambre, frío, desprotección e inseguridad.

La desigualdad es muy visible, y más en tiempo de pandemia: según la ONU, de 2019 a 2020, en América Latina y el Caribe la tasa de pobreza podría llegar a 37,2% de la población, es decir, 230 millones de personas vivirán en situación de pobreza. Sin caer en generalizaciones injustas que sostienen que todos los ricos son malos o corruptos y que todos los que viven en precariedad son víctimas, tampoco podemos negar que hoy unos cuantos viven desmesuradamente y unos muchos en condiciones de precariedad.

El deber de la solidaridad
Aunque la Iglesia no tiene la solución a estos serios problemas de injusticia social (y medioambiental), sí que tiene una palabra que ofrecer para combatir con esperanza -y desde la raíz- a sus causas, pues para la vida cristiana la fe y la caridad están inseparablemente relacionadas: en cada persona reconoce la imborrable dignidad de hijo de Dios, y especialmente en el pobre y el indefenso reconoce a Jesucristo, sufriente y necesitado.

La fe pone ante los ojos del creyente el “deber de la solidaridad” que no se reduce a un sentimiento superficial (o lástima) por los males de los que sufren, sino que es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Juan Pablo II). Esto, sin duda requiere gestos serios, grandes y pequeños, además de un sincero testimonio.

Requiere ser atento al interior y al exterior del propio vecindario y un corazón bien dispuesto a obrar con gratuidad (hacer sin esperar recompensa)3.

No al mero asistencialismo

El “deber” de la auténtica solidaridad acoge y atiende al desamparado pero también lo promueve a una vida digna y más humana. Solo así se puede entender que “dar de comer al hambriento” comienza con un plato de comida caliente pero es más que eso.

Así, con mucho respeto y sin restar ni un poco el gran valor y la importancia de la incansable labor de miles de personas e instituciones que generosa y muchas veces cristianamente ayudan a quien lo necesita, la propuesta católica va más allá de un mero asistencialismo (sin rechazarlo), ya que éste visto como fin o meta en lugar de hacer más pleno al ser humano puede llegar a humillarle, haciéndolo completamente dependiente, anulando su propia creatividad y participación (Benedicto XVI)4 y, a veces, llegando a condicionar seriamente la libertad electoral de los beneficiados.
Buscando mayor libertad, la Iglesia apuesta por impulsar y promover a la persona para que, con ayuda y en la medida de lo posible, vaya adquiriendo lo necesario para ser protagonista de su propio desarrollo (Pablo VI)5.

Cierto es que aquí puede resonar, “dar el pescado, y también enseñar a pescar”… y que la educación, la salud y el trabajo son barca, caña y anzuelo para salir al mar.
A este principio de la Doctrina Social de la Iglesia se le llama “subsidiariedad”, y es posible entre instituciones y personas como entre gobierno y pueblo: no se puede quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con su esfuerzo e industria, como tampoco quitar a las pequeñas comunidades e instituciones lo que pueden hacer y proporcionar por sí mismas6.

Esta propuesta no pretende dejar a la persona o al pueblo a la deriva sino a que desde una actitud de ayuda, se respete la autonomía de todos para que la sociedad funcione y realice a la persona de modo responsable, integral y humano.

El amor nos mueve

La constante referencia y comunicación con Dios en la oración nos que tiene mover el corazón para ver y atender la vulnerabilidad del hermano. Recordemos que “la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres” (Francisco)7.

Esto no es nuevo, pues según Jesucristo, “amar a Dios y al prójimo” es la síntesis de toda Ley. Por esa razón, aunque es muy incómodo, la injusticia y la precariedad en la que viven y mueren muchos de los nuestros no hacen ruido en el corazón y no nos deja “sentirnos bien”.

La fe y el amor que de ella brota no se separan de la realidad ni individual ni social, al contrario, se expresa en las relaciones más cercanas y en las relaciones sociales, económicas y políticas8.

Nos exige tender la mano al pobre desde la generosidad de nuestra pobreza y a amar desde nuestro amor: con comida, ropa, medicamento, trabajo, compañía. A la vez, rechazar cualquier tipo de injusticia que provoca la desigualdad: sobornos, compadrazgo, calumnias. Esto nos dará paso a un mundo mejor, más fraterno.

Querido lector, hoy que celebramos la Jornada Mundial de los Pobres, seamos bien conscientes de que somos todos hermanos, hijos de un mismo Padre, y, a la vez, afirmar que Dios ama al pobre pero no a la pobreza que le oprime y le mata.

 


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