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DESPUÉS DE VOTAR, “SAL A CONSTRUIR DEMOCRACIA”

El 21 de julio de 1960, Sirimavo Bandaranaike fue elegida como primera ministra de la entonces Ceilán, ahora Sri Lanka. Fue así como se convirtió en la primera mujer, en el mundo, que asumía un rol de gobierno de primer nivel. Después de Ella, otras mujeres ejercerían también como primeras ministras en sus respectivos países. Así por ejemplo, Indira Gandhi, en la India (1966); Golda Meier, en Israel (1969); Magaret Thatcher, en el Reino Unido (1979). Y desde octubre 2022, el Consejo de ministros de Italia es encabezado, por primera vez en su historia, por una mujer, Giorgia Meloni. En la edición del mismo año 2022, la revista “Forbes” calificó a la Primera ministra de Italia como la mujer más poderosa del mundo. 

Paralelamente, en América Latina, el 1 de julio de 1974, Isabel Martínez de Perón sucedió, en la presidencia de la república, a su esposo Juan Domingo Perón. “Isabelita” llegó a ser así, no sólo la primera mujer presidente de su país, sino también la primera mujer que, en todo el mundo, ocupaba la jefatura de gobierno de un país republicano con sistema presidencial.

En nuestro país, el mes de julio registra también una fecha significativa en la historia de los triunfos políticos de las mujeres. Fue el 3 de julio de 1955, cuando por primera vez, las mujeres acudieron a las urnas para votar. La reforma constitucional de 1953, finalmente, había reconocido su derecho a elegir y ser elegidas, luego de una serie de luchas que se sucedieron en las décadas posteriores al conflicto revolucionario de 1910.

Aunque las mujeres habían combatido contra la dictadura porfirista, la Constitución de 1917 no reconoció, inicialmente, sus derechos políticos. Sin embargo, ya un año antes, en 1916, el primer congreso feminista, convocado en Yucatán, detonaría el activismo que paulatinamente lograría incorporar, en la reforma constitucional de 1947, el derecho a participar, primero, en elecciones municipales, y seis años más tarde, en votaciones federales.

En los comicios de 1953, resultaron electas las primeras diputadas federales; posteriormente, en 1964, fueron elegidas las dos primeras senadoras y, en 1979, Griselda Álvarez Ponce de León consiguió ser la primera gobernadora de Colima y la primera mujer que, en México, ocupaba este cargo.

Recientemente, el calendario de la contienda electoral más grande en la historia de México, arrancó el 20 de julio del pasado 2023 y concluyó con la jornada del 2 de junio del presente 2024. En el arco de 24 años, a partir del dos mil, la democracia mexicana ha conocido eventos inéditos, como el cambio de partido del ejecutivo federal, después de 7 décadas. Posteriormente, en 2018, el triunfo mayoritario de un movimiento político, apenas fundado 7 años antes. Y en este 2024, en un hecho sin precedentes, la contienda de dos mujeres como candidatas a la presidencia de la república. Pasada esta jornada electoral, a partir del primero de octubre de 2024, México se unirá, por primera vez, al concierto de países que han estado gobernados por una mujer.

El mundo y nuestra nación han ido creciendo en la conciencia de que el ejercicio democrático, para ser auténtico, requiere superar todo tipo de exclusión y generar condiciones de equidad. En este sentido, los ejercicios políticos liderados por mujeres no son simplemente una conquista femenina. Semejante juicio reafirma, en el fondo, la falsa idea de que hombres y mujeres, más que tener una naturaleza común que los hace igualmente dignos, son dos especies en lucha por la sobrevivencia. Más bien, hay que pensar que los logros políticos de las mujeres son un trofeo de la madurez democrática de toda la ciudadanía porque la democracia no es cuestión de mayorías, sino asunto de todos.

Durante este año electoral, hubo una intensa campaña para incentivar el voto de todos y, sin embargo, la participación ciudadana no rebasó el 63 % de los votantes que acudieron a las urnas, en la pasada elección presidencial de 2018. No obstante, hay que decir que la tarea democrática no se agota en el libre ejercicio del derecho al sufragio. En democracia, el deber ciudadano no se reduce a votar; no basta con votar para después culpar al aparato de gobierno como si éste fuera el único responsable del destino nacional. Así como en campaña, los candidatos interactúan con los ciudadanos, pasada la elección, el trabajo colaborativo entre gobierno y todos los actores sociales debe prolongarse. La democracia no consiste en que los gobernantes sean elegidos por una “mayoría” para luego convertirse en una “minoría” gobernante. A la resignada “auto exclusión” ciudadana de la democracia, contribuye, en gran parte, el hecho de que, en el imaginario colectivo de los mexicanos, la burocracia hace las veces de “papá gobierno” (y, ahora, de “mamá gobierno”). Se debe reconocer que este imaginario tiene sus “ganancias secundarias”. Bajo esta imagen inconsciente se arropa una infantil actitud de absoluta demanda para ser cuidados y protegidos. Y cuando esta demanda no es satisfecha, resulta más fácil enojarse y hacer berrinches que luchar, con actitud madura, por una alternativa inteligente. Aprendamos de nuestra historia y seamos conscientes de que para ser y hacer una sociedad democrática necesitamos involucrarnos no sólo cada tres o seis años en las urnas. Hay que implicarse personalmente, todos los días, a través de una información crítica, por medio de los foros de discusión, de las organizaciones civiles y otras formas de participación ciudadana. No basta con salir a votar; después de votar hay mucho por hacer en favor de una nación más justa y democrática

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