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DESCANSEN EN PAZ, HERMANOS SACERDOTES

Por Mons. Juan Armando Pérez Talamantes
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 11 de enero del 2021

Todas las personas estamos llamadas a la vida, a la lucha por la vida, no sólo para alargarla, sino para rendirla provechosa y fecunda, con la semilla del amor del Espíritu Santo. Llegar al final de la vida es un momento traumático para todos. Necesitamos la luz de la fe para tener un apoyo, una guía frente a tan gran misterio.

Hoy ha fallecido otro hermano sacerdote, el P. Vicente Anguiano, se une a los Padres Oswaldo Rentería y Miguel Ángel Nuñez, los tres víctimas de las consecuencias del SARSCOV2 y, junto a ellos, el P. Francisco Delgado debido a otras causas. La muerte de un hermano nos conmueve. Son sacerdotes, hermanos, compañeros, amigos, nos conocimos en el Seminario y durante el ministerio… ellos ejercieron su ministerio, como todos nosotros, con sus limitaciones, pero con el deseo de ser fieles a Dios y con el empeño de serlo lo mejor que cada uno alcanza.

Los sacerdotes compartimos el llamado misericordioso del Señor a participar de su sacerdocio en favor del pueblo; compartimos muchas cosas: tiempo, historia, preocupaciones, carencias, fallas, ánimos, servicios, errores, correcciones, esperanzas, alegrías… compartimos una vida animada por el Espíritu que nos hace tender lazos sacerdotales y de alguna manera fraternales. Por ello, cuando un hermano sacerdote llega al final de su peregrinación siempre conmoverá a los demás. A pesar de los cuidados que podamos tener en el ejercicio del ministerio, sabemos que el virus llega por donde no esperábamos; así les sucedió a ellos, trabajaban, se cuidaban, pero no supimos cómo fue todo. Se unen a todos los corazones que han fallecido de manera similar, por trabajar, por cuidar, por estar con los demás tratando de cumplir el deber y sacar la vida adelante.

Ante la muerte de estos hermanos nuestros, todo el presbiterio de Monterrey tiene el deseo ante el Señor Jesús: que las almas de los hermanos sacerdotes descansen en paz. Somos una comunidad de hermanos frágiles, pero aquí estamos; hemos desarrollado algunas fortalezas, por misericordia divina, y aquí seguimos tratando de servir al pueblo de Dios. Son tiempos muy complicados para ejercer el servicio sacerdotal, hay tantas personas dolidas que se muerden a sí mismos y que miran con recelo a quienes los llaman a la oración y a la paz. Hay tanta necesidad de Dios en este mundo, en Monterrey, en particular. Pero, aquí está este puñado de hombres frágiles, con un corazón entregado. Duele que nuestros hermanos partan por esta enfermedad, pero es el camino del sacerdote, morir por lo que muere el pueblo.

Que el Señor Jesús los reciba, que los llene de su paz, que perdone sus pecados, que les conceda la perfecta alegría. Que llegue nuestra oración al Señor, por todas las personas que exponen su salud y su vida en el trabajo necesario de cada día. Especialmente por todos los hermanos sacerdotes que están ahí con su comunidad parroquial compartiendo los riesgos, las consecuencias, los amores, las esperanzas, las alegrías.

Por Mons. Juan A. Pérez Talamantes

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