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¿CÓMO “CONCEBIR” QUE MARÍA FUE “CONCEBIDA” SIN PECADO?

Así como anualmente, el 25 de diciembre, celebramos la natividad de nuestro Salvador, el calendario litúrgico también conmemora la fiesta de la natividad de su santísima Madre, cada 8 de septiembre. Pero la Iglesia no sólo festeja el “nacimiento” de Jesús y de María, sino que también celebra la “concepción” de cada uno. Por ello, si el nacimiento de un ser humano acontece naturalmente nueve meses después de su concepción, entonces, nueve meses antes de la navidad, el 25 de marzo, adoramos la encarnación del Verbo. En paralelo, cada 8 de diciembre, nueve meses antes del 8 de septiembre, la Iglesia honra, incluso con la mayor categoría litúrgica de “solemnidad”, la “purísima concepción” de la Madre de Dios. 

El grado mayor de “solemnidad” y no sólo de “fiesta”, dado a la liturgia mariana, se explica en razón de que la “Inmaculada concepción” es un “dogma” de fe. Es decir que, con esta solemnidad, celebramos una “verdad” que el Magisterio de la Iglesia ha propuesto a los fieles para ser creída como “revelada” por Dios. En efecto, fue un 8 de diciembre de 1854, cuando el Papa Pío IX definió solemnemente, con la bula “ineffabilis Deus”, que «la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano.»

Y si hemos de creer que la concepción “sin mancha” de María fue un “singular privilegio” es porque, desde el concilio de Trento (1546), también fue propuesto como dogma de fe que «todos los niños pequeños, aun cuando todavía no pueden cometer pecado por sí mismos, son, sin embargo, verdaderamente bautizados para “remisión de los pecados”».Por tanto, debe ser creído que por el baño de la regeneración bautismal se limpia en ellos, la mancha del pecado que contrajeron por generación, es decir, desde el momento en que fueron “concebidos.”

En realidad, la afirmación de la necesidad de bautizar a los niños no es original del concilio de Trento, sino que se remonta al sínodo de Cartago del 418. Fue entonces, cuando los obispos del norte de África condenaron la idea de Celestio, discípulo de Pelagio, según la cual, la fórmula sacramental «para el perdón de los pecados» no tenía ningún significado en el bautismo de los pequeños porque éstos no habían contraído de Adán ningún pecado. Sin embargo, san Agustín ya había explicado que, si los recién nacidos no hubieran sido manchados por el pecado, no podría afirmarse que Cristo sería redentor universal ni tampoco podría decirse que los niños tuvieran necesidad del bautismo.

Pero ¿cómo “concebir” que todos los seres humanos, excepto santa María, por “singular privilegio”, “somos concebidos” y nacemos en pecado? La pregunta fue ya un rompecabezas, desde la época del mismo san Agustín. Desde luego, no resulta fácil comprender que se pueda imputar un pecado a un bebé que todavía no tiene uso de razón ni de voluntad. La dificultad se vuelve mayúscula, sobre todo, si se considera que, por definición teológica, el pecado es siempre un acto consciente y voluntario.

Pero para no quebrarse la cabeza con el dilema de un niño inocente que nace en pecado, basta pensar en la palabra contraria a “pecado”. No se dirá correctamente que el vocablo contrario a “pecado” es “bondad” porque el antónimo de “bondad” es “maldad.” En cambio, la palabra contraria a “pecado” es “santidad” o “gracia”. Por tanto, decir que todo niño “nace en pecado” no significa que todo niño nace malvado y culpable de haber cometido un delito. Más bien, confesar, en la fe, que toda persona “nace en pecado” significa creer que, desde que nacemos, no somos “santos” como Dios concibió, desde el principio, que fuéramos, pues como dice san Pablo: «Dios Padre nos eligió antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados» (Ef.1,4)

Confesar un “pecado de nacimiento” es la expresión negativa de nuestra vocación a la santidad. Desde el origen de la humanidad y desde que somos concebidos, Dios Padre nos ha pensado y “concebido” para que seamos sus hijos como su Hijo, y como él, santos e inmaculados. Es esta la verdad que la Iglesia contempla y celebra en la inmaculada concepción de María. En su santidad se nos revela el plan original con el que Dios concibió a toda la humanidad. Ella, “por singular privilegio” fue preservada, según ese plan original, para que de Ella, “Nueva Eva” (san Justino) naciera la nueva humanidad que resplandece en Jesucristo, el nuevo Adán, redentor universal.Por tanto, “ser santo” no significa simplemente “ser bueno”, amando a los que nos aman. “Ser santo” consiste en el llamado y mandato a “amar a los demás” como Cristo nos ha amado, hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn. 13,34). 

Rector de la Universidad Pontificia de México

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