Medita

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Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Cuando nacemos, todo nos resulta desconocido, hasta nuestro propio llanto; somos simplemente un amasijo de sensaciones incómodas y placenteras que no tienen significado. Sin embargo, de aquella fecha de la que solo tienen memoria los demás, hacemos un festejo año tras año, aunque, en realidad, de ese día, uno no sabe absolutamente nada. 

Algo semejante sucede con el día en que alguien se va para siempre porque es también una fecha de la que solo los otros tienen memoria; no obstante, se trata en cambio, de una experiencia de la cual los otros, que quedan con vida, no saben absolutamente nada. ¿Cómo alguien experimenta su muerte? Es esta una pregunta cuyo carácter paradójico y misterioso se aprecia mejor, solo si se pregunta ¿cómo se vive la muerte?

La muerte es siempre un hecho ajeno y solo podemos contar cómo sucede, pero no cómo se vive. Cuando se vive la muerte, entonces ya no es posible narrarla. Y es esta absoluta ignorancia la que tanto asemeja al morir con el nacer. Por eso, morir nos devuelve al misterio de nacer. Entre el nacer y el morir, se coloca la vida, como un despertar a la conciencia de nosotros mismos y de lo que experimentamos. Pero con el morir, a la conciencia le pasa lo mismo que con el dormir, callamos e ignoramos lo que nos pasa.

Si bien es cierto que no sabemos cómo alguien vive su muerte, cada cual sabe que el dolor por la muerte de otro tiene el sabor de la propia. Dicen que “nacemos llorando y llorando nos despiden”; el dolor por la separación de un ser querido es inédito, tan original e irrepetible como nuestra huella digital. Podemos decir cómo pasó la muerte de otro, pero nada sabemos de cómo vivió su muerte. De igual manera, aunque ciertísimamente sabemos lo que nos duele la muerte de quien queremos, es imposible que los otros sepan cómo nos duele esa separación por más que se los contemos. Cuando nos hemos golpeado la cabeza, alguien puede imaginar nuestro dolor, si le ha pasado lo mismo, pero el sufrimiento es completamente personal.

En este 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, cada cual sentirá su propio dolor, pero a diferencia de otros noviembres, en este 2020, quizá podamos sentirnos menos solos o mejor aún, un poco más cercanos en la pena. En este año, la crudeza de la muerte se ha asomado en más de un millón de víctimas del covid 19. En nuestro país, la suma de los fallecidos asciende por encima de las ochenta mil personas. La cifra puede ser impresionante para todos, pero son más de un millón, los familiares y conocidos que, en el mundo entero, sufren como ninguno la irreparable pérdida de sus seres queridos.

La terrible pandemia que nos aqueja ha obligado a los deudos a evidenciar materialmente la tragedia de la separación. Han sido muchos los que, a causa de este virus letal, han tenido que morir en completo aislamiento, sin la compañía afectuosa de los suyos. Y muchos otros que han muerto por otras causas no han podido ser llorados con los ritos sociales y religiosos que expresan el duelo. En esta crítica circunstancia, a la pena de la pérdida se ha agregado la no menos dolorosa pena de “aceptar” que mueran solos, a la distancia nuestra o que no podamos llorarles públicamente. Aunque dolorosa y dramática, esta separación nos debe enseñar que la vida es este misterioso y paradójico juego de acercarnos y alejarnos de aquellos que, con su amor, no sólo nos han dado vida, sino un sentido que nos identifica singularmente como un Yo.

En el inicio de nuestra personal existencia, estuvimos íntimamente cercanos a la madre que gestó nuestra vida, pero si nos hubiéramos quedado en su seno, habríamos perecido y tal vez, ella con nosotros. La vida exige separación y la muerte es la más grande separación, exigida para una más grande vida. La muerte de nuestros seres queridos es un doloroso parto; ellos parten para otro mundo, desconocido para los vivos, como el espacio uterino, desconocido para los que tienen conciencia de haber nacido. 

Separarnos de aquellos a quienes amamos, debe ser, en medio del llanto, un gozoso alumbramiento porque a la luz de su muerte, conocemos un poco más la propia, y entonces, sabemos que el juego de la vida, por doloroso que parezca, se gana cuando se pierde (cf. Jn. 12, 24 -25). Para vivir es imperativo aprender de nuestras pérdidas. En definitiva, el secreto de la vida consiste en no temer, ni resistir el diario morir. No sirve maquillar la arruga, disfrazar la enfermedad o intentar parar de sufrir porque la vida es así, vulnerable y mortal; pasar el día y cada día, resistiendo y temiendo, no es vivir. Por eso, no te preocupes por saber qué pasa después de la muerte, ocúpate de que ahora pase lo que quisieras atesorar toda una eternidad.

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Profesor de la UPM

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6min57

Por Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

La devoción a los santos es uno de los rasgos que configura la espiritualidad cristiana. El creyente los invoca en la oración y piensa en ellos cuando contempla el arte religioso en los templos. Es un deleite ir descifrando los elementos simbólicos con los que se adorna a los héroes de la fe: la aureola, la palma, el color de la túnica, el objeto que representa la virtud que vivió el santo o la santa o los instrumentos con los cuales fue martirizado(a). A quien esté familiarizado con esta iconografía quizá le llame la atención las imágenes que se pueden ver en internet del más reciente beato de la iglesia: un joven con una playera, su mochila de excursión y lentes de sol. Su nombre es Carlo Acutis, un adolescente italiano que murió a los 15 años de edad.

El caso de Carlo nos puede ayudar a reflexionar cuál es el concepto que tenemos de la santidad. Ser santo no tiene nada que ver con la forma de vestirse ni con la forma de hablar; sino en la profundidad de la amistad con Jesús y con practicar la virtud en grado heroico; en el caso del joven italiano, con el ferviente amor a la eucaristía. En las fotografías Acutis no aparece con aureola pero sí revelan algo acerca de su santidad: siempre se le ve sonriente.

El Papa Francisco ha destacado que experimentar la alegría y el deseo de compartirla con los demás es un signo de santidad. Ha escrito una exhortación apostólica llamada Gaudete et Exsultate; que es la traducción al latín de un mandato de Jesús: «Alégrense y regocíjense» (Mt 5, 12). El Papa explica que el contexto de este mandato son las bienaventuranzas. El motivo de alegría para el cristiano –y el camino hacia la santidad– consiste en cosas que parecen extrañas a nuestro mundo: ser pobre de espíritu, llorar, ser humilde, tener hambre y sed de justicia, ser misericordioso, ser limpio de corazón, trabajar por la paz y ser perseguido a causa de la justicia (Mt 5, 3-12).

A diferencia de los santos de la antigüedad, los nuevos siervos de Cristo pueden utilizar el internet y las redes sociales; sin embargo, es importante subrayar que las virtudes siempre son las mismas, al igual que los peligros a los que deben enfrentarse. En Gaudete et Exsultate, el santo Padre nos ha advertido de cuidarnos de un nuevo gnosticismo, es decir, creer que el santo es aquel que desprecia todo lo material. Ciertamente, no debemos ser esclavos de los bienes materiales, pero esto no significa que sean malos. Dios creó este mundo físico y a través de las cosas podemos servirle; por ejemplo, viviendo las obras de misericordia corporales. Otro peligro que advierte el Papa Francisco es un nuevo pelagianismo, es decir, seguir la actitud de Pelagio, hereje que pensaba que se puede ser santo con sus propias fuerzas sin la ayuda de Dios. En esta línea, nos puede ubicar muy bien una idea atribuída a san Ignacio de Loyola: «Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de él».

Todos los cristianos estamos llamados a ser santos (1 Pe 1,16; Lc 1, 74-75; Ef 4, 24), es decir, estamos invitados a vivir la alegría que brota de nuestra humildad, pobreza de espíritu, misericordia o nuestro trabajo por implantar la justicia.

Gracias por leer esta reflexión.

Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

Director Espiritual Seminario ArquiMty – Casa Allende

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7min47

Por Pbro. Roberto Figueroa Méndez

En los pueblos prehispánicos de lengua náhuatl, eran comunes los “difracismos”. ¿Qué eran los difracismos? Partiendo de la realidad de un objeto, éste, en la mente del indígena se transforma en una idea o concepto. Cuando un objeto concreto transformado en idea o concepto se une a otro diferente, de ambos surge un nuevo concepto, superior a los otros 2 juntos. Para nosotros, estos difracismos pueden sonar como parte de un poema bello o una bella unión de palabras, pero en el mundo prehispánico, estos difracismos tenían una significación muy importante.

En el Nican Mopohua (documento en náhuatl que narra las apariciones de Santa María de Guadalupe), podemos ver que en los primeros párrafos aparece la expresión: “in atl in tepetl= entre los ríos y los montes”. Esta expresión es un difracismo que en este artículo no explicaré, porque ese tema lo abordaré en otro artículo más adelante. Sólo anticipo lo que significa este difracismo: pueblo, ciudad o civilización. Con esto ya tenemos un ejemplo de 2 conceptos: agua y cerro, que unidos, surge uno superior= pueblo.

Para los toltecas y para los aztecas, las flores eran muy importantes, valiosas y significativas. Su fragancia, su belleza eran altamente reconocidas y admiradas. Cuenta Bernal Díaz del Castillo que, al llegar a Tenochtitlan en 1519, se asombraron cómo las casas estaban llenas de flores y algunos caminos también contaban con flores de dulce fragancia. Los aztecas tenían un cuidado especial en el cultivo de las diversas y variadas flores.

Para los aztecas, la flor representaba la verdad, ellos rechazaban las mentiras y amaban la verdad. La flor representaba la verdad porque las flores tienen su tallo y los tallos su raíz. La buena raíz auguraba una bella flor. Recordemos que el náhuatl era una lengua que se transmitía de forma oral. Sólo se escribían los códices. Por esto, la verdad era aquello que se transmitía de manera oral generación tras generación. Verdad en náhuatl se dice nelli, esta palabra procede de otra: nelliliztli, que significa arraigamiento. La verdad es algo que está arraigado, que tiene la fuerza de una buena raíz. Por esto mismo, la sabiduría no procedía de lo nuevo, sino de lo antiguo, de las tradiciones, de los abuelos, de los ancianos y ancestros. A diferencia de otros pueblos, en el mundo azteca se valoraba altamente a los ancianos. De ahí que la Virgen de Guadalupe se le apareciera a Juan Diego, a sus 57 años, que sanara y revelara su nombre completo al tío Juan Bernardino, más anciano aún. Si el siglo azteca era de 52 años, una persona de esa edad o mayor ya era digna de ser escuchada y su palabra tenía autoridad y raíz.

Antiguamente, cuando un súbdito llevaba un mensaje de su tlatoani a otro tlatoani, el mensajero de mucha confianza, debía llevar flores, para dar a entender con esto que su mensaje era verdadero. Así, Santa María de Guadalupe, el 12 de diciembre, hace surgir variadas flores del Tepeyac para que Juan Diego las muestre como la señal con la cual el obispo deberá creer que Juan Diego es el auténtico emisario de la reina del cielo y su mensaje es verdadero. Cuando Juan Diego contaba esto a los pobladores de estas tierras, ellos entendieron rápidamente que aquello era digno de ser aceptado, pues la edad de Juan Diego lo avala y la presencia de las flores, junto con el mensajero muy digno de confianza, embona perfectamente con lo que ellos conocían y sabían de sus tradiciones.

Al tomar las flores entre sus manos, Santa María de Guadalupe es la Emperatriz que envía su mensaje al Tlatoani Obispo. Ella, como una buena agricultora, labra el corazón de Juan Diego para colocar ordenadamente las flores en el hueco de su tilma, en lo más profundo de su persona, de su corazón.

Santa María de Guadalupe no sólo envía flores, Ella misma, al plasmarse en la tilma de san Juan Diego plasma sobre su vestido variadas y hermosas flores, unas grandes terminadas en punta, otras de 8 pétalos, y la más importante: Nahui Ollin, que representará la presencia del Verdaderísimo o Arraigadísimo Dios por quien se vive.

Santa María de Guadalupe llega con la verdad de Dios para que se edifique en estas tierras mexicanas una nueva civilización llena de la verdad de Dios, que tiene su raíz en el cielo.

¿Y el canto, pues el difracismo es flor y canto? De eso les escribiré en el siguiente artículo… ¡HASTA LA PRÓXIMA!                                                                                                                                                      

Pbro. Roberto Figueroa Méndez

Parroquia San Pablo Apóstol

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La Inculturación

Dentro de la evolución del pensamiento de los diferentes pueblos prehispánicos, 2 culturas llegaron a un altísimo grado del conocimiento del cosmos, de la naturaleza y de la vida: los toltecas y los mayas. Tanto las matemáticas como la astronomía fueron el baluarte de estas civilizaciones.

 

Los sabios Toltecas llamados tlamatinimes, observaron que el mundo estaba regido por la dualidad: día-noche, hombre-mujer, frío-calor, luz-oscuridad, etc. Todos los pueblos del mundo, exceptuando a Israel, han sido pueblos politeístas, ya que manifestaban la creencia en muchos dioses. En México, los sabios toltecas llegaron a afrimar la existencia de un solo dios verdadero a quien llamaron Ometéotl, el dios de la dualidad. Esta divinidad única, lejana e inaccesible, abarcaba todos los opuestos y su manera de presentarse fue por medio de divinidades ya conocidas por todos. Si bien no fue algo general, esta idea se fue dando a conocer al pueblo por medio de los teocalis, las escuelas.

 

A Ometéotl le dieron varios títulos, tales como IPALNEMOHUANI (por quien se vive), IN TEYOCOYANI (Creador de las personas), IN TLOQUE NAHUAQUE (El Señor del cerca y del junto), IN ILHUICAHUA IN TLACTICPAQUE (Dueño del cielo y de la tierra). Cuando se aparece Santa María de Guadalupe a Juan Diego en el Tepeyac, el sábado 9 de diciembre de 1531, se presenta hablando en náhuatl y diciéndole que Ella es la Madre del verdaderísimo Dios, IN IPALNEMOHUANI… Ella no es madre de Ometéotl, pues este dios era lejano y como decía el mismo Netzahualcoyotl: “tú te burlas de nosotros”. Santa María de Guadalupe lo que hace es tomar de estas cosas presentes en las culturas antiguas, lo bueno y verdadero, para llevarlo a su Hijo Jesucristo, verdaderísimo Dios.

Recordemos que Juan Diego nace, crece y vive por muchos años en Cuauhtitlán, territorio texcocano de mentalidad tolteca, así es que Juan Diego conocía perfectamente estos títulos. En la narración del Nican Mopohua, Santa María de Guadalupe menciona 2 veces la palabra Dios cuando se presenta, una en náhuatl y otra en castellano, para hacer la distinción que Ella no es madre de ninguna divinidad antigua, sino del Dios que predican los frailes: IN INANTZIN IN HUEL NELLI TEOTL DIOS.

El Señor, así como lo hizo con Israel, puso en el corazón de los sabios toltecas la semilla de creer en la existencia de un solo Dios (semillas del Verbo). Ciertamente que la manera del monoteísmo indígena era muy diferente al de Israel. En este sentido, no se entenderá esta realidad única de Dios en los pueblos prehispánicos como lo llegó a conocer el Pueblo de Israel bajo la revelación sobrenatural, pero sí podemos afirmar que Santa María de Guadalupe tomó todos estos elementos buenos y verdaderos para llevarlos a la plenitud, que es su Hijo.

Otro elemento importante, hablando de divinidades antiguas, es la presencia interesantísima de una divinidad prehispánica muy conocida por todos: Quetzalcóatl. Este dios, según las narraciones era bueno y cercano al hombre. Esta divinidad, según las leyendas y mitos, se hizo hombre y fundó la ciudad de Tula. Lo extraño es que en las pinturas aparece blanco, barbado y con vestimenta negra, cuando, en aquellos tiempos no había hombres así en Mesoamérica. Según se dice en estas leyendas, esta divinidad, después de los 4 intentos fallidos para crear a la humanidad por parte de los 4 dioses creadores, los huesos sagrados otorgados por Ometéotl, fueron llevados al Mictlan, lugar de los muertos o inframundo. Pues Quetzalcoatl, queriendo formar a la nueva humanidad, él mismo bajó al Mictlán, burló al dios guardián, Mictlantecutli, y al ser descubierto, tuvo que salir huyendo de ahí. Al llegar a las afueras del Mictlan, hizo el sacrificio de derramar su sangre sobre los huesos para darles vida y formar a la nueva humanidad. La nueva humanidad tendrá, de ahora en adelante en sus venas, sangre divina, digna de ser ofrecida a los dioses.

Los aztecas y demás pueblos, después del 12 de diciembre de 1531, al acercarse a Santa María de Guadalupe, vieron en su cuello un broche con una cruz de color negra. Los aztecas tenían la costumbre de quitarles a sus ídolos una parte del pecho de piedra y rellenar el hueco con una piedra de jade o de obsidiana bien pulida. Era una manera de consagrarse a sus dioses, era una forma de entregarles su vida y de darles vida a ellos, como ponerles un corazón. Para ellos, lo que significó este broche es que esa Mujer está consagrada, Ella le ha entregado su vida al Dios que portan los hombres blancos (ya que los frailes predicaban con crucifijos en las manos y los barcos traían la cruz en sus velas). Si Ella es importante, es más importante el Dios que predican los frailes. Era una manera de decirles que es al verdaderísimo Dios a quien deben entregarle su vida, no a Quetzalcoatl ni Ometéotl, sino a Jesucristo, su Hijo, quien, ofreciéndose en sacrificio en la cruz, derramó su sangre y murió por todos para darnos vida en abundancia.

 

Es por esto y muchas otras cosas más que iremos comentando en estos artículos, por lo que el Papa San Juan Pablo II llegó a decir de Santa María de Guadalupe: Modelo de Evangelización perfectamente inculturado. Definitivamente, No ha hecho con otra Nación cosa igual.

 

No olvides que este 12 de octubre del 2020 se celebran los 125 años de la Coronación Pontificia de Santa María de Guadalupe. ¡Hasta la próxima!

AvatarDebany Valdes2 octubre, 2020
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8min64

Muchos me preguntan ¿cómo llegué a Monterrey?  Mi respuesta normalmente es corta ¡en avión!

Toda mi vida consciente he querido ser sacerdote.  Mi madre era de una familia alemana luterana y mi padre de una familia católica irlandés. Mi tío era un pastor luterano y yo veía que se vestía igual que el sacerdote de mi parroquia solamente que estaba casado con mi tía y era el padre de mis primos. Gracias a las vidas ejemplares de los sacerdotes de mi parroquia natal mi vocación nunca se apagó.  De niño asistimos a once años de catecismo y aquí se quejan de tres.  Desde que podía levantar un azadón trabajaba en nuestra granja no porque era obligatorio sino porque querría participar. Después trabajaba en McDonalds y en una tienda tipo Soriana.

Finalmente trabajaba como traductor del departamento de salud del Gobierno Federal, todo mientras estaba en la prepa (de cuatro años) de mi ciudad natal. Como iba a todos los bailes que organizó la escuela, entre otros, nadie pensaba que iba entrar al seminario. El español era obligatorio en la secundaria y tenía unos amigos que eran de cerca de Piedra Negras y por eso lo aprendí desde los 12 años.

Llegué a Monterrey por una novia que era de Perú. Habíamos ido a un convivio de estudiantes de intercambio y allí mi hice amistad de un regio. La novia regresó a Perú y yo fui a conocer a Monterrey. Aquí de paseo me llevaron a conocer el seminario.   Era estando aquí que me di cuenta de que ya era la hora de entrar al seminario. La familia de mi amigo regio me dijo cuando llegué “aquí está tu casa”, no sabía que era dicho y allí me quedé nueve años. Mi padre intentó sobornarme para que regresara, pero se dio cuenta al final que era la voluntad de Dios. Mi padre que me enseñó a amar a las montañas (vivíamos en las planicies) años después moriría aquí en la ciudad de las montañas conmigo.

En el año 1991 me ordenó presbítero el Cardenal Suarez en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Monterrey. Ya había iniciado mi apostolado en el norponiente en la parroquia de San Gerardo que en aquel entonces tenía dos capillas, San Bernabé y Cristo Evangelizador. La primera vez que me quedé en la parroquia degollaron un joven de 17 años por la avenida que cruzaba en frente.  Me di cuenta aquella noche que el enemigo era satanás y la guerra espiritual tenía consecuencias muy reales.  En los meses que seguían mi ministerio empezó a involucrarse cada vez más en los jóvenes de todos los caminos de la vida. Era una época difícil en cuanto a las pandillas y la violencia entre ellas. Más de noventa jóvenes murieron aquel año en el norponiente de Monterrey.

Cuando me cambié a una capilla, que luego sería la parroquia de Cristo Evangelizador, me di cuenta de que era muy diferente andar en un barrio en el día, que dormir allí en la noche. La desintegración familiar alimentado por el alcohol empujaba a los jóvenes a llevar la violencia de sus casas a la calle. La pobreza de aquel entonces mantenía esta violencia en los mismos barrios. Con la mayor prosperidad de nuestra ciudad ya no eran jóvenes a pie con piedras y cuchillos, sino jóvenes en carros con ametralladoras.

Mi ministerio sacerdotal se enfocaba a trabajar con las familias y con los mismos pandilleros. Para muchos era un escándalo que andaba con los asaltantes y los que se drogaban.  Pero en el fondo siempre me preguntaba qué haría Jesús y eso siempre era mi criterio, no lo “qué pensarán”.

En el año 2001 me cambié a la Capilla de Santa Teresa de Jesús, hoy la parroquia de Santa Teresa de Ávila. La eucaristía, es decir, la celebración del momento de la victoria de Cristo sobre la muerte a través de la pasión y cruz, junto con la Palabra de Dios en la Biblia siempre han sido el centro de mi vida y ministerio. Es por eso que al crecer la comunidad siempre buscaba que todos pudieran participar de una manera u otra en ambos. Con el auge del Crimen buscamos responder con un auge de evangelización. En el 2010 levantaron y ejecutaron a dos miembros de nuestro coro, una pareja comprometida en la obra de la evangelización.

Nuestra venganza fue fortalecer los encuentros con los jóvenes y matrimonios.  Antes de la pandemia teníamos 37 encuentros juveniles y 25 de matrimonios al año. Con el apoyo de todos y bienhechores, construimos nuestro centro pastoral con una casa de retiros adentro.  Unos 10,000 venían a nuestros encuentros eucarísticos los fines de semanas en las 18 misas de precepto.

Como dice San Pablo en Romanos 12, 20 “No te dejas vencer por el mal; por el contrario, vence al mal a fuerza del bien”. Hoy tendremos nuevos retos con la pandemia, pero como dice santa Teresa, “solo Dios basta”. He sentido extraordinariamente bendecido por Dios en mi ministerio y a la vez, a pesar de muchas dificultades, ¡súper feliz!

AvatarDebany Valdes2 octubre, 2020
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7min144

Es verdad que muchas cosas nos preocupan y que todos hemos sentido más de una vez la necesidad de muchas cosas, y hemos tenido dificultades a lo largo de nuestra vida. También es verdad que hemos experimentado muchos, un respiro y una fortaleza al confiar y al dialogar con Dios. Pero también es verdad que son pocos los que en las dificultades o en las alegrías recurren a la oración.

 

Quiero compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la vida de oración de nuestro padre San Francisco, y como este nos motiva a hacer de la oración una forma de vida, un camino para abrirnos al Evangelio y testimoniar la esperanza con entusiasmo, en estos momentos complicados de nuestra sociedad.

 

Sabemos que la oración es el elemento central en la vida de cada bautizado, y más aún en la experiencia de una persona que ha abrazado la vida religiosa; pero vemos con tristeza muchas veces que la realidad no confirma esta apreciación.

San Francisco de Asís no escribió ningún tratado sobre la oración. Tampoco se preocupó demasiado en enseñar a sus hermanos un método de oración.  Sin embargo no le impidió ser un ejemplo, un testimonio para todos incluso en estos tiempos sobre lo importante que es la vida de oración.

 

En la biografía de Tomás de Celano se describe con una imagen, la oración de San Francisco: “No era tanto un hombre orante, sino más bien él mismo transformado en oración” (2Cel 95). Lo esencial en San Francisco de Asís, sobre la oración, se halla contenido en la siguiente frase de la Regla bulada: “Los hermanos por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación” (2 R 10,8-9).

 

La oración, según San Francisco de Asís, es ante todo ese gran anhelo, esa búsqueda incesante del Espíritu del Señor y de su acción en nosotros. Muchas veces en nuestra vida experimentamos que no sabemos orar como es debido. para San Francisco de asís, hacer oración es aprender a decir «Padre». Y eso sabemos que sólo es posible gracias al. Espíritu del Señor es el gran iniciador en la vida de oración. Por eso debemos anhelarlo por encima de todo y dejarle actuar en nosotros. Y esto es precisamente a lo que San Francisco nos invita, a dejarnos guiar por el Espíritu, a convertirnos en hombres y mujeres que tomemos decisiones fundadas en la oración.

 

San Francisco de Asís es consciente de que muchas veces no nos dejamos guiar espontáneamente por el Espíritu del Señor, sean cuales fueren las circunstancias de nuestra vida. Muchas veces pareciera que por estar participando en la comunidad (Apostolado, misión, grupo parroquial, coordinación) nos estamos dejando guiar por el espíritu, cuando pudiera ser que no, muchas veces sin saberlo, nos dejamos guiar en todo ello por algo muy distinto del Espíritu del Señor.

 

¿Cómo podemos dejarnos guiar por el Espíritu? ¿Cómo podemos reconocerle?

Ante todo debemos de orar con un corazón puro. El mismo San Francisco de Asís inmediatamente después de exhortar a sus hermanos a anhelar por encima de todo tener el Espíritu del Señor, les invita a “orar continuamente al Señor con un corazón puro” (2 R 10,9).

 

Quien tiene un corazón  está consciente de su pobreza, tan importante en San Francisco, y de este modo se vuelve humildemente hacia el Señor, un corazón puro reconoce que sólo Dios es santo, y esto llena de tanta alegría que lo hace salir de sí, lo hace ser humilde, abrirse a los demás y salir de su egoísmo. Así reconoceremos el Espíritu y nos dejaremos guiar por él. Para crecer en el amor.

 

San Francisco es un testigo vivo de cómo crecer en el amor, en nuestra manera de comprender la vida cristiana y cómo profundizar en nuestra relación con Cristo. San Francisco de alguna manera renovó la espiritualidad cristiana centrándolo todo en el amor a Dios, la pobreza y la alegre fraternidad.

 

Por eso hoy los y las invito a rezar juntos esta oración que sintetiza al hombre hecho oración:

 

¡Oh alto y glorioso Dios!, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.   (Oración de San Francisco ante el crucifico de San Damián) Amén.

 

AvatarDebany Valdes2 septiembre, 2020
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8min114

Santa María de Guadalupe une a 2 pueblos irreconciliables

El 8 de noviembre de 1519, en el encuentro de 2 hombres tan distintos, se dio también el encuentro de 2 grandes culturas occidentales hasta ese entonces: Hernán Cortés, que representaba al Pueblo español y Moctezuma, emperador azteca. Ambos tenían de qué enorgullecerse, pues los españoles tenían como rey al mismo Emperador de Europa, ya que Carlos I, rey de España, pasó a ser tiempo después, Carlos V, emperador de Alemania.

 

En ese entonces España tenía el control naval de Europa. A finales del siglo XV y a principios del siglo XVI, España era toda una potencia. Por otra parte, en Mesoamérica, los Aztecas ampliaron su Imperio a finales del siglo XV y lo consolidaron a principios del XVI. La mayoría de los pueblos mesoamericanos estaban sometidos a los aztecas. Así que Moctezuma, llegó a ser el Emperador con mayor extensión de todos los pueblos prehispánicos.

 

Sin embargo, a partir del 13 de agosto de 1521, los aztecas quedaron sometidos al reino español. Pocos meses antes de la conquista, los españoles trajeron enfermedades letales a América, tales como la viruela, el sarampión y otras más. Mismas que fueron factor decisivo para la conquista.

 

Después de haberse derramado tanta sangre desde 1519 hasta 1521 y, de someter a los hijos del sol, aquellos que se creían los responsables de la armonía de todo el universo, todo se vino abajo, la llamada “gran depresión” dominó al pueblo vencido: les fueron quitadas sus tierras, abusaron de sus mujeres y se dieron toda clase injusticias. El sometimiento español hacía prácticamente imposible el mestizaje como respuesta ante tanta muerte. En ese tiempo, como lo afirman algunos frailes historiadores, los niños mestizos morían de hambre o simplemente eran arrojados a los montes, pues ni los españoles se hacían responsables de esos hijos que habían engendrado en la batalla, ni los indígenas los querían por considerarlos fruto de violación.

 

¿Cómo pensar en el resurgimiento de una Nación que se está muriendo? Ni los buenos españoles, ni los frailes que fueron llegando a México tenían la solución de lo inevitable. Poco a poco empezaron a llegar a México los evangelizadores franciscanos. Primeramente, los enviados por Carlos V en 1523: Pedro de Gante y otros 2 más. En 1524, el Papa Clemente VII envió a 12 frailes franciscanos. Después llegaron los dominicos. Pero fue tan frustrante el inicio de la evangelización que algunos frailes se regresaron a España y otros ya informaban al primero Obispo de la ciudad de México que deseaban regresarse a sus tierras por las pocas conversiones y lo devastado que estaban algunos pueblos, como lo informa el mismo Fray Juan de Zumárraga a Carlos V en 1529. La situación se puso aún más grave cuando estos mismos frailes, en su desconocimiento de la cultura indígena, al ver que los nativos de estas tierras adoraban ídolos que parecían demonios, les decían que sus ancestros estaban en el infierno por haber sido adoradores de satanás. Sin saber que una de las realidades más valiosas para los indígenas eran los antepasados, los abuelos, los ancestros.

 

Entonces, ¿No hay futuro para estos pueblos mesoamericanos?

 

El Acontecimiento Guadalupano vino a cambiar totalmente la realidad tanto social como religiosa en estas tierras. Lo sucedido del 9 al 12 de diciembre de 1531 vino a ser el detonante de algo nuevo. Antes de ser colocada la Imagen impresa de nuestra Señora de Guadalupe en la Ermita del Tepeyac el 26 de diciembre de 1531, ya eran cientos los que se acercaban a la Iglesia Mayor (donde ya había sido colocada por el mismo Obispo) para contemplar y leer la Imagen como un códice. Incluso, en la misma procesión de ese 26 de diciembre, los indígenas entonaron cánticos relacionados al evento guadalupano. Meses después del evento, el Obispo Fray Juan de Zumárraga partió para España entre marzo y mayo de 1532 para responder a las acusaciones que le hizo la Primera Audiencia. En 1533, en ausencia del Obispo, los mismos pobladores de Cuauhtitlan, agrandaron la Ermita por ser insuficiente para la cantidad de personas que asistían.

 

Nos informa Fray Toribio de Benavente “Motolinia” que para 1540 ya se contaban más de 9 millones de indígenas conversos. Nunca había sucedido tal evento en la historia de la Iglesia. Para 1556, el segundo Arzobispo de México, Don Alonso de Montúfar, construyó una nueva Ermita, pues, la construida por su predecesor ya presentaba deficiencias en la construcción.

 

Nos informa también Fray Bernardino de Sahagún que llegaban indígenas no sólo por cientos, sino por miles para solicitar el bautismo y más aún, venían de tierras que ellos desconocían y sin ser empujados o forzados. La fe cristiana en México vino a tener una proyección tan grande que para finales del siglo XVII podemos encontrar prácticamente un México católico, entre españoles, criollos y mestizos. Ante un México que estaba prácticamente desaparecido, surgió, y con nuevas fuerzas, un México más fuerte y unido entre 2 pueblos que en un inicio eran irreconciliables. La Madre de Dios, la Patroncita celestial, la Morenita del Tepeyac, hizo posible lo imposible y de sus manos amorosas surgió lo que hoy conocemos el Pueblo mexicano. Es por esto que para el mexicano, ser guadalupano, es algo esencial.

 

AvatarDebany Valdes2 septiembre, 2020
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En los próximos días, estudiantes, profesores, padres de familia, personal de apoyo, personal administrativo, directivos de todos los niveles educativos vamos a vivir un reto sin precedentes derivado de la pandemia que sufre el mundo entero; ante el confinamiento nos vemos obligados a reinventarnos en muchos ámbitos, principalmente en la educación; por lo que en esta “nueva normalidad” hay varios desafíos importantes que habrá hacerles frente de la mejor manera posible.

Según la UNESCO, en la actualidad hay más de 156 millones de estudiantes que se encuentran sin asistir a clases presenciales en el mundo. Los países han tenido que implementar diversas estrategias para asegurar la continuidad de los aprendizajes, y México no ha sido la excepción. Uno de los principales problemas que acechan a las familias son derivados al acceso a la internet y a no contar con uno o varios aparatos de computación y se adiciona un problema más; la analfabetización tecnológica, problema que se ha trabajado en el sistema educativo, sin embargo ésta situación vino a dejar en evidencia la necesidad de educarnos en materia tecnológica.

Las instituciones educativas como parte de su responsabilidad social deben de disponer de material y contenidos en la web, el uso de medios masivos de comunicación para transmitir contenido, la utilización de plataformas digitales de aprendizaje y el envío de material pedagógico a los hogares son algunas alternativas que pueden ayudar a la educación, además de generar acciones que capaciten a maestros en el uso de herramientas digitales para incrementar sus conocimientos y las posibilidades de éxito en la enseñanza y en el aprendizaje de los estudiantes.

El maestro ya no puede pensarse sólo como un transmisor de contenido, sino que debe de ver más allá; ser empático y solidario con el estudiante ya que hoy más que nunca juega un papel muy importante su labor ante el reto de sociabilizar por medio de herramientas digitales y hacer vínculos afectivos a través de una pantalla. Algunas prácticas que ayudaran mucho para iniciar las clases virtuales, a distancia, mixtas o híbridas en los distintos niveles educativos son: marcar los objetivos en cada actividad, los compromisos por parte del estudiante, padre de familia y maestro, la flexibilidad en las estrategias, marcar normas, tiempos y formas de entrega, el acompañamiento y orientación en el desarrollo de las actividades antes, durante y al finalizar, una evaluación flexible pero con criterios de aprendizaje y la utilización de herramientas tecnológicas.

Por otro lado el estudiante debe aprender a conocer sus habilidades, debilidades y manejar adecuadamente la tecnología, formarse hábitos, tener una actitud positiva, comprometerse con lo establecido, planear su día como si fuera a ir a la escuela, ponerse metas, no saltarse las comidas para un mejor rendimiento, marcarse tiempos para realizar tareas, e inclusive hacer una lista de lo que se aprendió y de lo que no para estudiar, investigar en internet en fuentes confiables o aplicaciones acerca de los contenidos, preguntar al maestro dudas y llevar un diario, son algunas recomendaciones que pueden tomar en cuenta para el regreso a clases.

Por último, todas estas nuevas experiencias nos pueden servir a todos para demostrarnos que tenemos la capacidad para adquirir muchas competencias y nuevas formas de aprender a aprender, es indispensable contar con experiencias de los maestros y expertos ante lo que pueda surgir en el día con día, esto permitirá ampliar las formas de trabajar la enseñanza y de evaluar para mejorar el quehacer educativo, no olvidemos centrarnos en el estudiante, en su bienestar y en sus aprendizajes asegurando que nadie se quede atrás por ningún motivo.

Hay que aprender a convivir en esta nueva forma de vida y ser solidarios con los demás ante las adversidades, poner todo nuestro amor, pasión y compromiso como seres humanos y como actores en el sistema educativo en este reto que enfrentamos juntos en comunidad, será un proceso lleno de aprendizajes y sobre todo con la gratificación de que el trabajo en conjunto generará ciudadanos comprometidos con el prójimo.

AvatarDebany Valdes2 septiembre, 2020
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Saludo a todos con inmensa alegría, soy el Padre Julio Leal de la Parroquia Reina de México. Les comparto un poco mi caminar Vocacional en estos 22 años de Sacerdocio.

Vengo de una familia de 9 hermanos donde ocupo el lugar 5; mi papá Don Raúl Leal Guevara (+) y mamá la Sra. María de Jesús Martínez Gámez.

Mi familia desde que les dije que quería ser Sacerdote me apoyaron, y hasta la fecha, pero ahora con muchos sobrinos y hasta sobrinos nietos que Dios nos ha bendecido con una familia muy unida.

Cuando era niño vivíamos en la Colonia Villa Alegre en Monterrey, territorio de San Gerardo María Mayela, el primer día del Catecismo andaba en la cuadra jugando con mis amigos, tenía 6 años apenas, me invitaron a las clases y de inmediato fui a pedirle permiso a mi mamá, que en ese momento se encontraba lavando porque con 9 hermanos siempre andaba muy ocupada, y hasta la fecha. Lleno de alegría fui al catecismo y vi al Padre Elías Vázquez (+) y le dije que yo quería ser como él, Sacerdote, porque aunque era muy pequeño lo había visto muchas veces en las Misas y le dijo a mi hermana Alma “¡te lo encargo!”. Muchos años después nos vimos ya ordenado Sacerdote y le platiqué la anécdota, situación que le dio mucha alegría, posteriormente celebramos una Misa en la calle donde viví de niño y el Padre Elías recordó tantos momentos con los fieles de San Gerardo, que como Buen Pastor siempre los llevó en su corazón. El Padre Elías fue el primer Sacerdote que le manifesté mi deseo de entrar al Seminario.

Otro Sacerdote que le manifesté mi deseo de entrar al Seminario, fue por medio de una carta al entonces Rector del Seminario el Padre Miguel Ángel Alba Díaz a quien conocí por medio del entonces seminarista, el ahora Padre Marco Antonio Alanís Sánchez, el cual me dio todo el apoyo y me hizo la invitación a venir a Misiones ya que vivía en Puebla; al cabo de unos años regresamos a Monterrey.

Sin duda otros Sacerdotes que me impulsaron mucho con su testimonio y apoyo fue el Padre Lupito Galván, ahora Obispo emérito de Torreón, al cual le dije que quería entrar al Seminario, en ese entonces ya vivía en la Colonia Independencia y pertenecía a la Basílica de Guadalupe donde era párroco el Padre Galván; el 10 de Mayo de 1990 me tocó cantar en la Misa del Papa Juan Pablo II ahora San Juan Pablo II y le dije, a lo que me contestó: “primero voy con el Papa y mañana platicamos”, porque el Padre Galván fue el Ceremoniero en esa Misa del Papa, desde entonces nos dio todo el apoyo, ya que fuimos siete seminaristas los que entramos ese año de la Basílica de Guadalupe. Otro Sacerdote que también nos dio todo su apoyo fue el Padre Santiago Cavazos Almaguer que siguió de Párroco en la Basílica al haber sido nombrado Obispo el Padre Galván, y también contamos con todo su apoyo hasta el día de la Ordenación Sacerdotal y hasta la fecha, igual que el apoyo del Señor Obispo Lupito quien estuvo presente en la Ordenación Sacerdotal y en la Canta Misa.

Sin duda también el testimonio del Padre Monseñor Ochoa fue muy importante en mi vocación.

Otro Sacerdote que en ese entonces siendo seminarista me inspiró mucho fue el Padre Fernando Pérez el cual iba de Apostolado a San Pío X.

Mis Padres Formadores de nuestro muy querido Seminario de Monterrey también tuvieron un impacto muy importante en mi Vocación, por mencionar algunos, el Padre Enrique Flores, el padre Charles, el Padre Armando de León, el Padre Jorge Cavazos mi director espiritual ahora Obispo de San Juan de los Lagos, además de otros sacerdotes que me dieron todo su apoyo como el Padre Jorge Rodríguez Moya y su hermano el Padre Modesto Mario; cómo no hablar también del Padre Gustavo Rodríguez Vega ahora Arzobispo de Yucatán que me dieron todo su apoyo; ya de ordenado Sacerdote mis párrocos como Monseñor Miguel Neftalí González en San Alfonso que fue mi primer “Maestro” como dijo el Arzobispo el Cardenal Suárez Rivera (+) que fue quien nos ordenó sacerdotes al enviarnos al Padre Arturo Martínez y a mí, de Vicarios en San Alfonso: el Padre Miguel es Maestro de Párrocos, y en verdad tenía toda la razón. El Padre Paco Gómez ahora Vicario General del cual siempre recibí al igual que el Padre Arturo Mtz todo el apoyo y testimonio Sacerdotal.

En la parroquia de la Merced el Padre Juan Ángel Acosta también un hombre muy entregado y lleno de Dios. En verdad son muchos los Sacerdotes que me han dado ejemplo de entrega en el Ministerio que sería imposible mencionarlos a todos, pero sin duda han impactado mucho mi vida y mi caminar sacerdotal. Cómo no hablar de todos mis hermanos sacerdotes, en especial de mi generación ya que nos ordenamos 21 Sacerdotes el 15 de Agosto de 1998, hace 22 años; de los cuales el Padre Lupito Rodríguez, que éramos de la Basílica de Guadalupe, falleció a los siete años de Ordenado siendo un excelente sacerdote y amigo, también en paz descanse el Padre Mario Tamez, que Dios les dé el premio eterno en el cielo. Les pido una Oración muy especial por mi hermano Sacerdote que está muy delicado el Padre Rogelio Bertaud que a raíz de un accidente está en la Casa Sacerdotal.

Es muy importante mencionar a las Parroquias que son auténticas escuelas para nosotros los sacerdotes con el Testimonio de muchos fieles.

Parroquia San Alfonso María de Ligorio, Parroquia Nuestra Señora de La Merced, Parroquia Sagrado Corazón de Jesús en el Cercado, Parroquia San Juan Nepomuceno y ahora la Parroquia Reina de México donde actualmente soy el párroco por encargo del Sr. Arzobispo Don Rogelio Cabrera López, y comparto el ministerio con el Padre Everardo, Vicario en Reina de México.

Quiero con estas palabras animar a los jóvenes a responder al llamado de Cristo en la Vocación Sacerdotal teniendo a la Virgen de Guadalupe la “Reina de México” como intercesora.

“Hagan lo que ÉL les diga” Jn 2,5

“Tú puedes ser Sacerdote”

“Ven y responde”

AvatarDebany Valdes6 agosto, 2020
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El contexto desde el Pueblo de Israel

Con este artículo, arrancamos en la Arquidiócesis de Monterrey el camino hacia la celebración de los 500 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el cerro del Tepeyac y el milagro de la estampación de su Imagen amada en la tilma de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. En este artículo les ofrezco el inicio de varios capítulos donde mes tras mes desglosaremos la expresión del Salmo 147, 20: “No ha hecho con otra Nación cosa igual”, frase bíblica que fue atribuida a Santa María de Guadalupe desde el siglo XVII. En cada artículo ofreceré datos relevantes para comprender el mensaje de Santa María de Guadalupe. Hoy nos remontamos a la expresión escrita por el Salmista atribuyéndola al Pueblo de Israel.

Jesús, nos dice en el Evangelio que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos e injustos. Esta acción de Dios tiene diferentes connotaciones: puede significar su gracia, sus bendiciones, su amor para con todos, así como su Palabra.

El concepto correcto Palabra, en la Sagrada Escritura, tiene muchas formas de representarse, pero la más accesible y cercana para nosotros es la de semilla. Este concepto fue tomado por los Santos Padres y más recientemente por el Concilio Vaticano II para explicarnos la manera en cómo Dios se dio a conocer a todos los pueblos.

Dios es Palabra, Él siempre nos habla. Es absurdo pensar en el silencio de Dios. El salmo 15 dice: “hasta de noche, Señor, me instruyes internamente”. También, Jesús le dice a sus discípulos: “a ustedes ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. A ustedes les llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído al Padre”. Jesús confirma su amistad para con los discípulos al mantener su Palabra en ellos.

Esta relación de Dios con la humanidad no es igual ni en todos los tiempos ni con todos los pueblos. Por un misterioso designio suyo, Él eligió en la antigüedad a Israel para hacerlo el Pueblo de las Alianzas. Mientras a unos pueblos les mandaba ciertas semillas, como a la cultura egipcia, griega, romana, etc., a otras culturas les daba otras semillas. No hubo un pueblo en todo el mundo que se quedara sin la semilla-palabra divina. Esto que Dios ofreció a todos los pueblos le llamamos: Semillas del Verbo.

Israel no solo recibió semillas, el Señor Dios, en Israel, cavó un lagar, construyó una torre, la rodeó y puso vigilantes. Su manera de manifestarse a Israel fue única: lo formó con sus mismas manos librando a Sara, Rebeca y Raquel de la esterilidad y forjando en Abraham, Isaac y Jacob, el gran Pueblo por el que realizaría su salvación.

Dios, por medio de Moisés, liberó a Israel de la esclavitud de Egipto; en el desierto le entregó las tablas de la ley e hizo este compromiso: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Israel experimentó la misericordia de Dios y fue el único Pueblo que llegó a profesar no solo la existencia de Un solo Dios, sino que ese Dios es el verdadero y que es Uno. El acceso a esa verdad fue revelado por el mismo Dios en el monte Sinaí.

El Señor fue preparando a Israel por medio de los profetas y sabios para la llegada del Mesías. Ante estas y otras muchísimas maravillas, el Salmista no puede decir más que: “No ha hecho con otra Nación cosa igual”.

Dios tomó a Israel de la mano y le fue guiando día a día con un amor fiel e incondicional, concediéndole lo que a ningún otro Pueblo sobre la faz de la Tierra. Lo increíble es que, la Nación que más se acerca a lo hecho con Israel se llama: MÉXICO.

Israel tuvo su preparación en la historia de la salvación. De alguna manera, podemos afirmar lo mismo con la nación mexicana, pues el Señor fue sembrando su semilla en los diferentes pueblos mesoamericanos para preparar así un momento especial: 1531.

Para el Pueblo de Israel el punto de llegada de esta preparación fue la Encarnación del Hijo de Dios, su Pasión-Muerte y Resurrección. Para México, el punto de llegada de toda esta preparación fue el Acontecimiento Guadalupano, con las apariciones de Santa María de Guadalupe del 9 al 12 de diciembre de 1531.

A la luz de la presencia del Hijo de Dios en estas tierras mexicanas, ya que en el vientre Inmaculado de Santa María de Guadalupe se encuentra su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, se pueden re-entender tantas narraciones, tradiciones, conceptos, manera de vivir, todo aquello que se fue gestando en los diferentes pueblos prehispánicos.

Como lo comenté al principio, cada mes iremos presentando un artículo que nos ayude a entender por qué el Papa Benedicto XIV, en 1754, aplicó este versículo 20 del salmo 147 al evento Guadalupano, en el mismo momento que se desenrolló ante sus ojos, una copia de la Imagen de la Reina de los mexicanos.

Pbro. Roberto Figueroa Méndez
Parroquia San Pablo Apóstol


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