Captura-de-pantalla-2021-03-01-a-las-01.12.35-1280x792.png
8min18

Oriundo del bello estado de Zacatecas, de una modesta comunidad, Jesús María Sur, en el municipio de Pinos. En ella se encuentra una pequeña capilla dedicada a la Sagrada Familia, en donde llevo celebrando su fiesta patronal, desde 1999 hasta la fecha.

Soy de una familia muy fervorosa, formada por el feliz matrimonio de don Ramón Niño y doña María de Jesús Macías y ocho hijos, siendo yo el sexto de ellos. De mis padres siempre admiré que aun sin tener escuela sabían muy bien rezar el Santo Rosario.

“De ver, dan ganas”, dicen por ahí…no puedo negar que al principio me enfadaba que a mis hermanos y a mí nos pusieran a rezar. Conforme iba tomando conciencia, me empeñé a aprenderme el Rosario con todo y letanías, y a los nueve años lo logré.

A mi corta edad, aun sin conocer las Sagradas Escrituras, ya tenía muy claro la imagen de Cordero y Pastor; del trigo y de la cizaña; ya conocía el grano de mostaza y sabía lo que era el redil de las ovejas. Conocí a los pájaros que se comen la semilla que cae en el camino, también descubrí el tiempo de la cosecha, y conocía la hoz, al igual que el hacha que está puesta al árbol; al fin hijo de padres dedicados al hogar, a la vida del campo y de amplia piedad.

El último martes de cada mes, el sacerdote visitaba a mi pueblo para ofrecernos el sacramento de la penitencia y celebrarnos la Santa Misa; en tiempo de lluvia todo se ponía más difícil, pues transitar 9 km por terracería complicaba que llegará al pueblo y tocaba esperar hasta el siguiente mes. Llegó el turno de recibir al sacerdote en casa, cada mes le correspondía a una familia diferente. Mis padres prepararon un cazo lleno de elotes y ricas carnitas, para vivir el momento que marcó favorablemente toda mi vida: El sacerdote estaba en nuestra casa, tal como narra el Evangelio de S. Lc. 7, 11-17, “Dios ha visitado a su pueblo” y ahí es donde comienza mi aventura vocacional.

Nunca olvidaré tampoco a otro gran sacerdote pregonero, el padre Rubén Ríos Zalapa, famoso por su programa de radio, que condujo y fue transmitido por 35 años en la X E T: “Caminos de luz”. El padre Ríos Zalapa y su programa influyeron en los inicios de mi inquietud vocacional, ya que cada domingo, por la noche, era hermosa costumbre escucharlo y con eso ya nos dábamos por satisfechos de haber vivido el precepto dominical, que con devoción, escuchábamos en aquel pequeño radio en la obscura cocina, atizando el fogón en las frías noches de aquellos lugares Zacatecanos.

Más adelante, tuve oportunidad de conocer y entrevistar al Padre Ríos Zalapa, mientras yo cursaba el segundo año de Filosofía, y aún conservo ese momento en un pequeño casete.

En 1979, emigramos como familia a la hermosa y pujante “Sultana del Norte” mi Monterrey, Nuevo León, ya que en nuestro pueblo, el grado de escolaridad llegaba a primaria y secundaria. Mis hermanos y yo nos integramos a una nueva vida académica llena de retos y oportunidades.

 Aquí en Monterrey tomó más fuerza mi inquietud vocacional. Terminando la secundaria, me acerqué a la Iglesia de mi colonia y ahí aparece la figura de un nuevo párroco: El padre Salvador González Villanueva, mejor conocido como el padre “Chavita” que con su testimonio le dio mayor dirección al llamado que Dios me estaba haciendo.

 Allá por el año 1986, aparece un pequeño folleto que editó el padre José Antonio Muguerza, que se titulaba “tú puedes ser sacerdote”. Ahí comienza mi historia vocacional, en el Seminario de Monterrey, al cual siempre agradeceré todo lo recibido por 9 años.

Agradezco inmensamente a Dios que yo pueda formar parte de una floreciente familia de vocaciones,  que hasta la fecha, puedo contar 7 sacerdotes, entre religiosos y diocesanos que desempeñan su ministerio en algún lugar de nuestra Patria.

A mis padres siempre los vi rezando, pidiéndole a Dios les concediera un hijo sacerdote y como bien dicen: “Todo lo que sube a Dios en oración, baja luego a la tierra en bendición”, pues Dios les regaló la dicha de tener dos hijos sacerdotes; mi Hermano Rodolfo, que sirve en la parroquia de la Santa Cruz en Monterrey, y su servidor que con orgullo y gratitud sirvo en la Parroquia San Francisco de Asís en Escobedo.

Desde esta hermosa comunidad seguiré cooperando obedientemente, en dar a conocer el Evangelio en esta gran Arquidiócesis de Monterrey, en unión con mi Pastor Don Rogelio, con quien celebramos jubilosos este año sacerdotal. A quien con sencillas palabras le digo: “Don Rogelio, su Alegría también es mi Alegría. Su testimonio es también muy edificante para mí”.      

Por: Pbro. José Cruz Niño Macías, Parroquia San Francisco de Asís, Escobedo.

Fraternidad-1280x1111.png
8min161

Cuando pensamos en referirnos a la fraternidad en el hogar, nos preguntamos si se puede hablar de fraternidad al interno de la familia. Es claro que el término es aplicable en la relación que se da entre los hijos de un matrimonio… pero, ¿se puede pensar en una relación fraterna en la familia?.

El término fraternidad deriva de frater, que significa, hermano; lo que a su vez refiere el parentesco (sanguíneo y otras múltiples interconexiones) entre dos personas y que tiene su origen en la familia; lugar donde, además, nace la experiencia de ser hermano y donde se reconoce al otro como tal. Por otra parte, desde nuestra fe, del reconocimiento de Dios como Padre de todos, deriva el reconocimiento entre nosotros, los creyentes (y todos los hombres y mujeres), como hermanos y hermanas. Les invito a pensar dos cosas:

Primero, en el inmenso valor que la familia tiene en el corazón de Dios: 1) Al ser Cristo la fuente de la gracia del sacramento del matrimonio, con el cual los esposos son capacitados para representar y testimoniar la fidelidad de Dios a su alianza; 2) Al ser la familia cristiana ‘iglesia doméstica[1]’, comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo; cuyas relaciones entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen del mutuo respeto de las personas; donde los miembros de la familia son iguales en dignidad; los padres son llamados a mirar a los hijos como hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas, educarlos en la fe, enseñarlos a orar y descubrir su vocación de hijos de Dios; y los hijos, llamados a respetar a sus padres con docilidad y obediencia verdaderas, a prestarles ayuda material y moral en sus necesidades; y entre hermanos, llamados a soportarse en la caridad; con humildad, dulzura y paciencia; 3) Al ser el hogar la primera escuela de vida cristiana, en la que se aprende la paciencia, el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso y reiterado; y donde la ternura el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma[2].

Segundo, en la cualidad de relación fraterna que la Persona de Cristo instaura y se vuelve criterio de identidad para cada hijo e hija de Dios: “todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8), y que se establece como amor supremo: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).  Lo que distingue el amor de Dios, ofrecido a nosotros en Cristo y por Él, va más allá las relaciones de afecto y sangre de familia, pasando al amor de caridad, que subraya y cualifica el amor con las notas de gratuidad, desinterés, universalidad, incondicionalidad; y que, vivido radicalmente, lleva hasta la propia negación de uno mismo. 

Con este mismo amor creyente estamos llamados a amar a Dios, a nuestra familia, a nuestros amigos, a los necesitados, a nuestro prójimo. No amamos con un corazón a papá, con otro a mamá, con otro a mis hermanos, con otro a mis amigos, y con otro al resto de las personas. 

Por esto, podemos afirmar que sí se puede hablar de una relación fraterna en el hogar, entre los miembros de la misma familia. Desde el Amor con que Dios nos ha amado, se iluminan y se fundamentan todas las demás relaciones: matrimonio, familia, amistad; y de ahí brota el llamado a amarnos con el amor con que Jesús nos ha amado a todos y a cada uno. Desde Dios, el amor en familia viene llevado hasta el extremo del propio sacrificio en bien del otro; y, si bien esto podría llegar a definirse de un verdadero amor maternal y paternal, no se afirmaría de la misma manera entre el amor de hermanos; no por la situación ideal, sino por la realidad existencial y cotidiana. Considerar nuestro amor en familia desde Dios, como hermanos, puede cualificar la relación, haciendo patente y explícita la dignidad, identidad y autonomía de la persona, de frente a la fragilidad de nuestra condición humana de querer manipular, limitar, posesionarnos del otro o de la otra (miembro de mi familia).  

Vivir esta dimensión de la fe no es algo complicado, bastaría que asumiéramos el Evangelio, y la experiencia de fraternidad brotará en nuestro hogar y de ahí, a toda la comunidad; pues el llamado que Jesús nos hace en Él consiste precisamente en amarnos como Él: sin límites, sin condiciones, sin diferencias, gratuitamente… con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón. Quien decide amar como Cristo, amará plenamente a su papá, a su mamá, a su hermano y hermana; e igualmente, amará con todo su corazón a cualquier otra persona, haciéndole todo el bien posible, aún por encima del propio, como lo mostró Jesús en la Cruz.

[1] Su espacio vital podría transformarse en sede de la Eucaristía . Cfr. Papa Francisco, Amoris Laetitia, 15

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1642-1657; 2204-2227

 

Risa.png
5min204

Hoy en día donde la incertidumbre, angustia, ansiedad, depresión, PANDEMIA, falta de luz, agua o vacunas que no llegan, se han instalado en nuestros pensamientos y sentir; la RISA puede ser un buen recurso para salir adelante.

Algunos en terapia o en la enseñanza, hemos tenido que echar mano para provocarla, y que la persona genere hormonas positivas o de la felicidad y que contrarresten las nada saludables, como el cortisol, que arrasa con la salud física o emocional, de cientos o miles, que a diario atiborran la agenda de los psicólogos, psiquiatras, coach o doctores.

Recuerdo hace algunas décadas la película de la vida de Hunter “Patch Adams”, mejor conocido como el médico de la Risoterapia, en donde Robin Williams personificó al galeno que evolucionó el trato a los pacientes, sobretodo terminales, bajo la filosofía de hacerlo con humor y compasión, mejorando sus expectativas de vida, actitud y afrontamiento en cualquiera que fuera su padecimiento.

Desde 1969 que se exhibió este ejercicio e incursión de la risa en la práctica, a la fecha existen muchos voluntarios que en la presencialidad se disfrazan, o ponen alguna nariz de payaso, y que arrancan uno o varios “Jajaja” para que su cotidianidad sea más placentera para ellos y sus familias.

Fechas importantes me ha tocado estar en hospitales y el ambiente se vuelve menos difícil, física y emocionalmente, para pacientes, familiares y personal de salud; relaja el ambiente de incertidumbre o dolor y la risa como nota musical, incrementa la sintonía y el deseo de estar mejor. Es un regocijo en el momento.

En los años setenta, Norman Cousin, estudió el efecto de la risa a partir de su propia experiencia como paciente de una grave enfermedad. Los médicos le dijeron que le quedaban seis meses, los dolores que le aquejaban eran muchos y no dormía bien, por lo que él decidió sumar a sus medicamentos una dosis de risa diaria.

Hizo que le llevaran un proyector y películas cómicas. El resultado fue grandioso ya que pudo conciliar mejor el sueño y sin dolores severos, lo que logró ante el asombro médico su recuperación. El resultado de dos horas de carcajadas fue avalado en la Universidad UCLA, y continúa desarrollando innovadores trabajos sobre la conexión mente-cuerpo.

Lo expuesto anteriormente, es una atenta invitación a reír un rato, a motivar nuestro entorno para ver el presente y futuro menos desolador o incierto y a eso, agregarle una gran vitamina que se llama FE.

Hoy requerimos de esas dosis en altas concentraciones, y utilizarla como herramienta diaria de vida. Quizás no haya motivos suficientes en la realidad que vivimos, pero imaginemos uno en donde recordemos algo bello, y eso será suficiente para que nuestro cerebro se estimule y le ordene a nuestro cuerpo y alma estar mejor. ¡Ánimo!

Debany Valdes5 de febrero de 2021
Pag.-10-1-1280x1714.jpg
6min62

En la literatura prehispánica, los difrasismos son un recurso de la lengua náhuatl para expresar conceptos superiores. De 2 conceptos surge un tercero, superior a los 2 anteriores. Ya hemos mencionado en artículos anteriores los difrasismos: Atl–Tepetl= Agua–Cerro que significaba pueblo o civilización: in Xochitl–in Cuicatl=  Flor y canto, que representa la verdad que Dios comunica, Él interviene a lo largo de la historia y en cada momento.

Otro difrasismo significativo en el mundo prehispánico era in mixtli–in ayahuitl= entre nubes y nieblas. Dice el fraile historiador Gerónimo de Mendieta, que los tlaxcaltecas creían que las almas de reyes y capitanes se volvían ayahuitl (nieblas) y nubes (mixtli), así también todo tipo de pájaro de plumaje brillante y piedras preciosas.

Fray Bernardino de Sahagún que llegó a México en 1529, pocos años antes de las apariciones, dice que entre las nubes y las nieblas se dice de alguna persona notable que vino de un lugar o reino y que no le esperaba, y hace gran provecho a la república, también quiere decir que ha venido del cielo, o de un lugar desconocido para todos.

Concretamente ¿Qué significa este difrasismo in mixtli, in ayahuitl?

Tiene un significado trascendente, en relación con lo divino, como ya lo señalaba Sahagún:

Sobre todo en tres significados:

1.-Venir de un lugar a todos desconocido.

2.-Abrir un tesoro de bienes espirituales.

3.- Tú eres ojos, oído y boca de Aquel que es invisible y espiritual, que en ti se manifiesta visible.

En el acontecimiento guadalupano, en el versículo 20 del Nivan Mopohua, edición del padre Mario Rojas dice que la tierra, como que relumbraba con los resplandores del arcoíris en la niebla “ayauhcozamalocucueyoca”.

Y en la imagen, en el Sagrado original, vemos cómo alrededor de la Virgen de Guadalupe está el sol, pero después del sol están las nubes; toda la imagen de Nuestra Señora está rodeada de nubes de nieblas, en este sentido, toda la tilma está pigmentada, los 1.70 x 1.07.

La pregunta es: ¿Porqué está llena de nubes y neblina? El mundo cristiano tiene ordinariamente otra connotación, sabemos que al Espíritu Santo se le representa con las Nubes, como en el monte Tabor, o con el Pueblo de Israel caminando por el desierto…

Porque Santa María de Guadalupe viene de un lugar a todos desconocido, como lo menciona Sahagún, viene del cielo, donde sólo los dioses tienen acceso. Aunque Ella no es Dios, sí proviene de ese lugar, pues es la Madre de Dios.

Porque Santa María de Guadalupe viene a abrirnos un cofre de tesoros espirituales, ya que en su vientre de Santa María de Guadalupe está presente su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el máximo bien. Ella ha venido a ensalzarlo, ofrecerlo, mostrarlo y entregarlo a Él, que es su amor Persona.

Porque Santa María de Guadalupe es ojos, oído y boca de Aquel que es invisible y espiritual, y  que en Ella se muestra visible. No es Dios, pero por Ella tenemos acceso a Él.

Las nubes nos hablan de esa trascendencia, viene del cielo, pero viene para quedarse, por eso pide la casita sagrada. Las nubes, en la Imagen Sagrada, abren paso a la Señora del Cielo, la Madre del verdaderísimo Dios, por quien se vive.

 

Debany Valdes5 de febrero de 2021
Pag.-9-1-1280x853.jpg
5min53

Tenemos que comenzar diciendo que, la fraternidad cristiana se fundamenta en la paternidad común de Dios, somos hermanos porque tenemos un Padre. Ésta paternidad común de Dios es una paternidad mediada por el Hijo, que incluye la unidad fraterna en ese mismo Hijo, así la fraternidad cristiana se vive sólo en la unión con Cristo. La paternidad de Dios confiere a la fraternidad cristiana su verdadera solidez. Cristo es el Hijo por el cual nosotros somos hijos, y por tanto, hermanos entre nosotros. La encarnación, que hace muy poco meditamos,  nos da acceso a la paternidad de Dios (cf. Gal 4, 6; Rom 8, 15s). La fraternidad de los cristianos tiene su fundamento dogmático en la incorporación a Cristo, en la peculiaridad del único hombre nuevo. 

 

         El acto donde primero se realiza esta incorporación es el bautismo. La realización permanente de nuestra unidad corporal con el Señor y entre nosotros, su nueva fundamentación, es la celebración  eucarística. La oferta de la eucaristía es la íntima unión con Cristo. Por eso la eucaristía nos mueve a la fraternidad, pues al unirnos al Hijo nos hermanamos entre nosotros y somos adoptados por el Padre. Aquí se fundamenta el hecho de la grandeza de la asamblea cristiana. La realidad de la fraternidad cristiana es captada mediante la fe y apropiada a través de los sacramentos. 

 

         ¿Cómo vivir la fraternidad? La fraternidad puede y debe realizarse en primer lugar en la comunidad local y concreta, en la parroquia de la que se forma parte. Pues es imposible vivir en fraternidad con alguien a quien no se conoce. Así, Iglesia, comunidad local y reunión de culto pasan a ser conceptos iguales, son lugares, momentos, espacios donde se debe vivir esta fraternidad.

 

         Si Iglesia y fraternidad son sinónimos, y si la Iglesia, que alcanza su sentido pleno en la celebración del culto, es esencialmente una comunidad fraterna, entonces la eucaristía ha de celebrarse también concretamente como culto fraterno. La eucaristía ha de volver a ser de manera visible un sacramento de la fraternidad.[1]

 

[1] ALDAZÁBAL, J., La eucaristía, Biblioteca litúrgica 12, Barcelona 1999.

PIÉ-NINOT, S., Eclesiología, Salamanca 2006.

RATZINGER, J., La fraternidad de los cristianos, Salamanca 2015.

HOPING, H., Il mio corpo dato per voi, Biblioteca di teología contemporánea 173, Brescia 2015.

Debany Valdes5 de febrero de 2021
Pag.-8-1280x1707.jpg
7min53

Soy Hugo Enrique Garza Navarro, sacerdote con 2 años y 6 meses de ordenado. Soy el tercero de cuatro hijos varones. Desde pequeño, como todo niño, me preguntaba qué iba a ser de grande. Tengo la dicha de contar todavía con mis padres; Raúl Garza y Silvia Navarro, quienes permanecen en confinamiento total, pero bendito Dios, con salud. Aprovechamos la riqueza que la tecnología nos ofrece, para estar cerca a pesar de la distancia física.

Una palabra que resume mi experiencia de llamado al sacerdocio, es la de misterio.

La teología nos enseña cómo es que se revela Dios, como un misterio, de ese mismo modo es cómo Dios llama a cada uno de nosotros a servirle en una vocación específica. Basta con leer los diferentes pasajes evangélicos que narran el primer encuentro de sus discípulos con Él.

Desde niño fui aplicado académicamente, tal vez no brillante, pero sí con mucho empeño en el estudio. Desde muy pequeño tuve un gran ejemplo de disciplina de mi abuelo materno, Aurelio, quien no precisamente era un hombre de Iglesia, pero con una gran devoción a la Virgen de Guadalupe y por mucho tiempo militar. Al pasar los años, concreté gran cantidad de sueños, ejerciendo la licenciatura en ciencias de la comunicación, con especialidad en Publicidad durante 10 años, antes de ingresar al seminario.

De algo puedo estar seguro: Dios me llamó en el mejor momento de mi vida, donde los frutos de la perseverancia y estabilidad en diferentes aspectos, despertó en mí un deseo a buscar en qué servirle a Dios y corresponderle por tantas bendiciones que me permitía vivir.

Mi llamado al sacerdocio, específicamente lo detona la invitación de la mayor de mis sobrinas, Jaqueline, para que fuera su padrino de primera comunión. Tal vez no represente nada significativo, pero fue la forma de descubrirme pequeño ante los ojos de Dios, con una necesidad de acercarme a la Iglesia, y gracias a eso, descubrir que Dios me llamaba a algo especial. Más que hacer algo, ser alguien. ¿Cómo se puede explicar tal situación? Simplemente, dejándome llevar de la mano de Dios y configurarme con Cristo Buen Pastor y nada más.

El sacerdocio es un gran regalo que se comparte con alegría para toda la Iglesia, actualmente sigo afirmando que me encuentro en la mejor etapa de mi vida. Sirvo como vicario parroquial en la hermosa comunidad del Señor de la Misericordia en Pueblo Serena, al sur de Monterrey, siendo este el primer destino que el sr. Arzobispo me encomendó, mismo al que llegué dos días después de haber sido ordenado y en el que he sido acompañado por mi párroco, el padre Juan Carlos González Ortega, del que he aprendido mucho como sacerdote.

Hoy en día, el llamado que recibí de Dios sigue siendo un misterio, basta con voltear a ver la realidad. A ninguno de nosotros nos pasó por la mente vivir esta situación de pandemia, y mucho menos seguir padeciéndola al día de hoy, después de 11 largos meses y contando. 

Algo me queda sumamente claro, es que el Señor me invita a no tener miedo, esta es la frase que más se repite en los pasajes del Evangelio, cuando el Señor está con los discípulos, el miedo desaparece. Como en aquel pasaje de Mt 14, 22 – 33, cuando al estar en la barca en medio de la tempestad, Jesús llega caminado sobre las aguas y el viento deja de soplar. Somos la Iglesia, representada por esa barca, dejemos que el Señor en verdad tome el mando de ella, permitamos también que el dirija nuestras vidas y sólo de esa manera seguiremos adelante. Así se responde día a día el llamado que Dios nos hace.

Sigue diariamente mis reflexiones del Evangelio, encuéntralas en mi canal de YouTube: Padre Hugo Garza, o ve al código QR de la imagen.  

Espero que tengas un día lleno de abundantes bendiciones.

 

Debany Valdes4 de febrero de 2021
pag.-5-1280x855.jpg
8min39

El tiempo que vivimos es uno de esos momentos como el que dice el Salmo 23: “Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan.” La fe cristiana no lo ve todo oscuro, de hecho, el desarrollo dinámico de los dones del Espíritu Santo nos va enseñando a reconocer la presencia del amor de Dios en cada ámbito de la vida; pero el cristiano no puede ser ingenuo, sabe distinguir los momentos de oscuridad y de claridad en la historia humana. En medio de cada momento, hay motivos para la esperanza, hay encuentros de amor, de fortaleza y alegría.

 

Los tiempos que vivimos son exigentes, nuestro interior es urgido desde varios aspectos al mismo tiempo, tenemos batallas en muchos flancos; no es fácil mantener el corazón en calma y la mente clara para responder a las necesidades, a las urgencias, reclamos y problemáticas. Pensemos en una madre, un padre de familia, en una persona que tiene a su cargo otras personas en diversos ámbitos sociales… que tiene que hacer frente a la emergencia sanitaria, económica y social y todo al mismo tiempo. La fe de la Iglesia comprende la vida de todos nosotros en el mundo y, a lo largo de la historia, ha tratado de servir a estas necesidades interiores. Uno de estos servicios ha quedado consagrado en la capacidad de alentar y propiciar el encuentro con Dios en búsqueda de fortaleza.

 

La lectio divina es la lectura orante de la Sagrada Escritura. Se trata de un momento especialísimo de la espiritualidad cristiana desde los inicios de la Iglesia. Es un encuentro con el Señor Jesús, en el cual nos acercamos con actitud de discípulos que quieren estar y escuchar a su maestro, en un “acercamiento orante” [1]a su palabra. Se trata de un encuentro orante, un encuentro de diálogo con Dios, donde platicamos con Él en la confianza y cariño de amistad que Él ha querido regalarnos. En ella se vive auténticamente lo que Santa Teresa de Jesús decía acerca de la oración: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. (Vida, 8, 2). Se trata de un encuentro personal con el Señor donde nos comunicamos con Él en fe y esperanza y en el que su amor se desdobla hacia nosotros en consuelo, fortaleza y luz para nuestra vida.

 

         El Papa Benedicto XVI ha pedido a la Iglesia revalorar esta lectura orante, ya que la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. El esquema de la lectio nos permite entrar en diálogo con Dios, no se trata de un silencio vacío ni de una oración individualista, sino de una disposición de escucha y entrega de la vida, una verdadera comunicación dialogante, donde el discípulo calla y atiende atentamente mientras Dios habla, y luego Dios calla y escucha misericordiosamente nuestras inquietudes: : «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios»[2] La oración desde la Palabra de Dios es un encuentro donde el corazón humano es consolado y sanado por Dios, le es concedida la iluminación de la propia vida y se recibe una invitación personalísima a la conversión.[3]

 

         En cada Eucaristía escuchamos la Palabra de Dios, la meditamos con ayuda de la homilía del Sacerdote y celebramos la entrega de amor del Señor Jesús en su muerte y resurrección. El amor, la acción de gracias a Dios, la conversión del corazón, la vida cristiana del discípulo y la misión evangelizadora tienen como alma de la fe cristiana esta lectura orante. La lectio es una oración verdaderamente comunitaria, pues surge en la fe de la comunidad y nos envía, renovados y fortalecidos, a la suave e intensa búsqueda de la verdad, el bien, la justicia, la belleza de la cual el ser humano tiene sed cada día y que sólo encuentra en la comunión con el prójimo. La estructura de la lectio trata de mantener esta comunión aún cuando la realicemos de manera individual, pues no se trata de un monólogo o una cerrazón en nosotros mismos: necesitamos la Palabra de Dios escrita, necesitamos la ayuda de alguien que nos ayude a entenderla, y necesitamos alguien con quien vivirla.

En este contexto, inicio una serie de videos compartiendo un esquema de lectio divina desde el Domingo de la Palabra de Dios, Cuaresma y Pascua, a partir de la lectura del Evangelio en las misas dominicales. Los videos serán publicados en el Canal de Youtube y enlazados a mi cuenta de Facebook, ambas con el mismo nombre: P. Juan Armando Pérez Talamantes. Espero que sea un material que pueda ayudar en nuestra vida cristiana.

Debany Valdes2 de febrero de 2021
-𝐀𝐂𝐎𝐒𝐓𝐔𝐌𝐁𝐑𝐀𝐑𝐒𝐄-𝐀𝐋-𝐇𝐎𝐑𝐑𝐎𝐑.png
4min40

Por Luis Donaldo González Pacheco

El pasado 27 de enero se conmemoró el 76 aniversario de la liberación de Auschwitz, sumado a las dos grandes guerras y otros conflictos bélicos, es uno de los acontecimientos más horrorosos, detestables y vergonzosos de la primera mitad del siglo pasado.

Estoy convencido de que el exterminio judío ha de doler en el corazón de la humanidad: hombres matando hombres porque sí… como si fueran animales, como si su vida no valiera, como si su dignidad no existiera.
Su impacto fue tan alto que al mundo le costó -y le sigue costando- muchísimo asimilar y aceptar que esto pudiera llegar a pasar.

El siglo pasado puso de manifiesto cuan ruin e inmisericorde puede llegar a ser el corazón corrompido del ser humano.

𝐄𝐥 𝐝𝐨𝐥𝐨𝐫 𝐬𝐢𝐠𝐮𝐞

Esta semana también se dio a conocer el hallazgo de 19 migrantes calcinados en Santa Anita, municipio de Camargo, Tamaulipas (a unos 240 km de los dos Laredos). Una masacre que no puedo no sumar a otras acontecidas contra migrantes como la de San Fernando (Tamaulipas) en 2010 o la de Cadereyta (Nuevo León) en 2012.

Esto, sin duda, se suma al constante dolor y muerte de las últimas décadas en Estados Unidos y México. Muerte que a veces se da en masacres de gran número y otras veces en masacres “pequeñas” o masacres “por partes” o “de a poquito” (como el aborto)… pero todas, en suma, dejan vidas truncadas, familias rotas, sociedades lastimadas y corazones heridos. Todas en general son razón de vergüenza y horror para cada sociedad y para toda la humanidad.

𝐈𝐧𝐦𝐮𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐥 𝐝𝐨𝐥𝐨𝐫

Ante tanto dolor, lo peor que podemos hacer como sociedad y como ciudadanos es acostumbrarnos a vivir con él, es decir, hacer como que no pasa nada.
Cierto es que puede ser la receta más fácil, pues si se quiere y mientras no nos implique directamente, es posible “ser inmunes” a los estragos de la injusticia y ser indiferentes ante el dolor de quienes sufren.
Acostumbrarnos a vivir de esta forma es acostumbrarnos a vivir mal. Es acostumbrarnos a vivir egoístamente, es decir, vivir solo para sí.
“Normalizar” el dolor arbitrario es no aprender de los horrores que han acontecido en la historia, y no aprender de la historia es condenarnos a cometer los mismos errores.

No podemos acostumbrarnos a la injusticia, al dolor y a la muerte evitable. Les aseguro que Dios, en esto, está de mi lado.

Rezo por las familias de los 19 migrantes que encontraron esta semana. Rezo también por que las autoridades hagan su trabajo. Y, sin duda, rezo porque no nos acostumbremos ni a un corazón corrompido, incapaz de reconocer la dignidad del prójimo ni de conmoverse frente al que sufre; ni a vivir entre el horror como si fuera normal.
“Fui forastero y me acogieron… todo cuanto hicieron con estos hermanos míos a mi me lo hicieron” (Jesús)

 

Debany Valdes15 de enero de 2021
LA-GRATITUD-DE-UN-MIGRANTE.jpg
2min54

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 11 de enero del 2021

El padre Felipe de Jesús Sánchez Gallegos, responsable de la casa para indigentes, migrantes y personas sin hogar (INDI), compartió una historia personal de hace algún tiempo, que nos hace reflexionar y recordar a la viuda del Evangelio que “Lo ha dado todo”.

El padre Felipe, recordó el gesto de un migrante de dar $100 de donativo, por su hospedaje y atención en la casa INDI. Se trata de un acto muy sencillo, pero que en su contexto, al no tener nada que dar, lo dio todo.

Además, el padre Felipe, compartió la carta donde se plasman las palabras de gratitud de este hermano migrante:

“Gracias padre Felipe de Jesús, por sus oraciones en favor de mi persona, y que tanto me ayudaron. Gracias por su alojamiento y alimento físico y espiritual”.

En estos tiempo de tanta escasez y dificultad, es muy alentador ver como hay personas dispuestas a darlo todo y agradecidas.

Que Dios nos regale a nosotros un corazón agradecido por todo lo que nos da. Y en estos tiempos de frío, no dejemos de tener presentes a los que no tienen un techo donde resguardarse, un alimento que llevar a su boca.

Gracias padre Felipe, y todo su equipo de colaboradores porque sabemos que están haciendo una gran misión en esta Iglesia de Monterrey. Una misión que tenemos que reconocer, no cualquiera se atreve a enfrentar.

Debany Valdes15 de enero de 2021
DESCANSEN-EN-PAZ-HERMANOS-SACERDOTES-1280x1280.jpg
5min83

Por Mons. Juan Armando Pérez Talamantes
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 11 de enero del 2021

Todas las personas estamos llamadas a la vida, a la lucha por la vida, no sólo para alargarla, sino para rendirla provechosa y fecunda, con la semilla del amor del Espíritu Santo. Llegar al final de la vida es un momento traumático para todos. Necesitamos la luz de la fe para tener un apoyo, una guía frente a tan gran misterio.

Hoy ha fallecido otro hermano sacerdote, el P. Vicente Anguiano, se une a los Padres Oswaldo Rentería y Miguel Ángel Nuñez, los tres víctimas de las consecuencias del SARSCOV2 y, junto a ellos, el P. Francisco Delgado debido a otras causas. La muerte de un hermano nos conmueve. Son sacerdotes, hermanos, compañeros, amigos, nos conocimos en el Seminario y durante el ministerio… ellos ejercieron su ministerio, como todos nosotros, con sus limitaciones, pero con el deseo de ser fieles a Dios y con el empeño de serlo lo mejor que cada uno alcanza.

Los sacerdotes compartimos el llamado misericordioso del Señor a participar de su sacerdocio en favor del pueblo; compartimos muchas cosas: tiempo, historia, preocupaciones, carencias, fallas, ánimos, servicios, errores, correcciones, esperanzas, alegrías… compartimos una vida animada por el Espíritu que nos hace tender lazos sacerdotales y de alguna manera fraternales. Por ello, cuando un hermano sacerdote llega al final de su peregrinación siempre conmoverá a los demás. A pesar de los cuidados que podamos tener en el ejercicio del ministerio, sabemos que el virus llega por donde no esperábamos; así les sucedió a ellos, trabajaban, se cuidaban, pero no supimos cómo fue todo. Se unen a todos los corazones que han fallecido de manera similar, por trabajar, por cuidar, por estar con los demás tratando de cumplir el deber y sacar la vida adelante.

Ante la muerte de estos hermanos nuestros, todo el presbiterio de Monterrey tiene el deseo ante el Señor Jesús: que las almas de los hermanos sacerdotes descansen en paz. Somos una comunidad de hermanos frágiles, pero aquí estamos; hemos desarrollado algunas fortalezas, por misericordia divina, y aquí seguimos tratando de servir al pueblo de Dios. Son tiempos muy complicados para ejercer el servicio sacerdotal, hay tantas personas dolidas que se muerden a sí mismos y que miran con recelo a quienes los llaman a la oración y a la paz. Hay tanta necesidad de Dios en este mundo, en Monterrey, en particular. Pero, aquí está este puñado de hombres frágiles, con un corazón entregado. Duele que nuestros hermanos partan por esta enfermedad, pero es el camino del sacerdote, morir por lo que muere el pueblo.

Que el Señor Jesús los reciba, que los llene de su paz, que perdone sus pecados, que les conceda la perfecta alegría. Que llegue nuestra oración al Señor, por todas las personas que exponen su salud y su vida en el trabajo necesario de cada día. Especialmente por todos los hermanos sacerdotes que están ahí con su comunidad parroquial compartiendo los riesgos, las consecuencias, los amores, las esperanzas, las alegrías.

Por Mons. Juan A. Pérez Talamantes


Sobre nosotros

Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


CONTÁCTANOS

LLÁMANOS



Últimas publicaciones



Suscríbete a nuestro boletín







    Categorías