Medita

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El contexto desde el Pueblo de Israel

Con este artículo, arrancamos en la Arquidiócesis de Monterrey el camino hacia la celebración de los 500 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el cerro del Tepeyac y el milagro de la estampación de su Imagen amada en la tilma de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin. En este artículo les ofrezco el inicio de varios capítulos donde mes tras mes desglosaremos la expresión del Salmo 147, 20: “No ha hecho con otra Nación cosa igual”, frase bíblica que fue atribuida a Santa María de Guadalupe desde el siglo XVII. En cada artículo ofreceré datos relevantes para comprender el mensaje de Santa María de Guadalupe. Hoy nos remontamos a la expresión escrita por el Salmista atribuyéndola al Pueblo de Israel.

Jesús, nos dice en el Evangelio que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos e injustos. Esta acción de Dios tiene diferentes connotaciones: puede significar su gracia, sus bendiciones, su amor para con todos, así como su Palabra.

El concepto correcto Palabra, en la Sagrada Escritura, tiene muchas formas de representarse, pero la más accesible y cercana para nosotros es la de semilla. Este concepto fue tomado por los Santos Padres y más recientemente por el Concilio Vaticano II para explicarnos la manera en cómo Dios se dio a conocer a todos los pueblos.

Dios es Palabra, Él siempre nos habla. Es absurdo pensar en el silencio de Dios. El salmo 15 dice: “hasta de noche, Señor, me instruyes internamente”. También, Jesús le dice a sus discípulos: “a ustedes ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. A ustedes les llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído al Padre”. Jesús confirma su amistad para con los discípulos al mantener su Palabra en ellos.

Esta relación de Dios con la humanidad no es igual ni en todos los tiempos ni con todos los pueblos. Por un misterioso designio suyo, Él eligió en la antigüedad a Israel para hacerlo el Pueblo de las Alianzas. Mientras a unos pueblos les mandaba ciertas semillas, como a la cultura egipcia, griega, romana, etc., a otras culturas les daba otras semillas. No hubo un pueblo en todo el mundo que se quedara sin la semilla-palabra divina. Esto que Dios ofreció a todos los pueblos le llamamos: Semillas del Verbo.

Israel no solo recibió semillas, el Señor Dios, en Israel, cavó un lagar, construyó una torre, la rodeó y puso vigilantes. Su manera de manifestarse a Israel fue única: lo formó con sus mismas manos librando a Sara, Rebeca y Raquel de la esterilidad y forjando en Abraham, Isaac y Jacob, el gran Pueblo por el que realizaría su salvación.

Dios, por medio de Moisés, liberó a Israel de la esclavitud de Egipto; en el desierto le entregó las tablas de la ley e hizo este compromiso: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. Israel experimentó la misericordia de Dios y fue el único Pueblo que llegó a profesar no solo la existencia de Un solo Dios, sino que ese Dios es el verdadero y que es Uno. El acceso a esa verdad fue revelado por el mismo Dios en el monte Sinaí.

El Señor fue preparando a Israel por medio de los profetas y sabios para la llegada del Mesías. Ante estas y otras muchísimas maravillas, el Salmista no puede decir más que: “No ha hecho con otra Nación cosa igual”.

Dios tomó a Israel de la mano y le fue guiando día a día con un amor fiel e incondicional, concediéndole lo que a ningún otro Pueblo sobre la faz de la Tierra. Lo increíble es que, la Nación que más se acerca a lo hecho con Israel se llama: MÉXICO.

Israel tuvo su preparación en la historia de la salvación. De alguna manera, podemos afirmar lo mismo con la nación mexicana, pues el Señor fue sembrando su semilla en los diferentes pueblos mesoamericanos para preparar así un momento especial: 1531.

Para el Pueblo de Israel el punto de llegada de esta preparación fue la Encarnación del Hijo de Dios, su Pasión-Muerte y Resurrección. Para México, el punto de llegada de toda esta preparación fue el Acontecimiento Guadalupano, con las apariciones de Santa María de Guadalupe del 9 al 12 de diciembre de 1531.

A la luz de la presencia del Hijo de Dios en estas tierras mexicanas, ya que en el vientre Inmaculado de Santa María de Guadalupe se encuentra su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, se pueden re-entender tantas narraciones, tradiciones, conceptos, manera de vivir, todo aquello que se fue gestando en los diferentes pueblos prehispánicos.

Como lo comenté al principio, cada mes iremos presentando un artículo que nos ayude a entender por qué el Papa Benedicto XIV, en 1754, aplicó este versículo 20 del salmo 147 al evento Guadalupano, en el mismo momento que se desenrolló ante sus ojos, una copia de la Imagen de la Reina de los mexicanos.

Pbro. Roberto Figueroa Méndez
Parroquia San Pablo Apóstol

AvatarDebany Valdes6 agosto, 2020
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Mi nombre es Alejandro Guadalupe Jiménez Arias, tengo 42 años y 15 años de haber sido ordenado presbítero. Durante 7 años he ejercido mi ministerio en la Parroquia Juan Pablo II en García N.L.

Agradezco la oportunidad de compartir mi experiencia vocacional en el contexto del año jubilar sacerdotal al que nos ha convocado Don Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey.

En el año de 1992 participé, junto a otros jóvenes del proceso vocacional, en las misiones de Semana Santa en el pueblo de Los Garzas, Agualeguas, N.L. El miércoles de esa semana, lo recuerdo bien, nos invitó una señora a comer unas albóndigas de papa con atún, sopa de arroz y una limonada bien helada. Mientras degustábamos esos alimentos, ella se dirigió a nosotros con las siguientes palabras: “Muchachos: que bueno que ustedes vinieron a visitarnos y a compartirnos la Palabra de Dios ya que nuestro sacerdote difícilmente puede venir con frecuencia a celebrarnos la Misa y aquí hay mucha gente hambrienta y sedienta de Dios”.

A mí me llamaron mucho la atención sus palabras, tanto que, cuando por la noche uno de los seminaristas que nos acompañaba, hoy monseñor Alfonso Miranda, nos preguntó en la evaluación, qué fue lo más significativo que habíamos vivido en el día, yo respondí: – Las palabras de la señora que nos invitó a comer: “Aquí hay mucha gente hambrienta y sedienta de Dios”. – Y por qué te llamaron la atención sus palabras, me dijo el seminarista. – Porque no entiendo cómo es eso de que la gente tiene hambre y sed de Dios. A lo cual me respondió: – La gente necesita la gracia de Dios, su Palabra y la Eucaristía que dan fuerza para la vida. – ¿Y cómo puedo ayudar a saciar su hambre y sed de Dios? le pregunté. – Siendo sacerdote, me respondió. -cuando escuché esas palabras sentí un calor en mi corazón y cómo si Dios mismo me lo estuviera diciendo. Eran como las 10:00 de la noche.

A lo largo del tiempo que Dios me ha permitido servirle en las distintas comunidades me he encontrado mucha gente con hambre y sed de Dios manifestada al menos de tres formas:
1. Hambre de espiritualidad: de conectar con algo o Alguien que les dé la fuerza interior para afrontar la vida, encontrar paz y libertad; necesidad de sentir a Dios cercano, nutrir el alma, entrar en contacto con lo sagrado como una experiencia sensible, espiritual y con implicación con su vida.
2. Hambre de ser sanados: muchos se sienten heridos, maltratados y rotos, necesitados de sanación no solo física, sino también emocional y espiritual, de tal manera que buscan espacios y experiencias donde se sienten amados, perdonados, donde sea escuchada su voz y legitimado su ser, pensar y sentir.
3. Hambre de pertenencia: de ser uno con Dios, consigo mismos, con los demás y con su entorno. De pertenecer a un grupo humano, a una comunidad eclesial donde se comparta la vida con la confianza de ser acogidos e incluidos con respeto para vivir fraternalmente como Jesús nos propone.

Una cosa que ha enriquecido mi ministerio es interactuar con personas que me han compartido una visión más amplia de la vida, de Dios, de la religión, incluso de cómo ven el sacerdocio. He tenido la oportunidad de expandir mi ministerio a través de disciplinas y aprendizajes a través de las cuales puedo servir de una manera más efectiva a las personas dándole un valor agregado a mi ministerio como facilitador de desarrollo humano, coach ontológico, acompañante espiritual, aclarador de panoramas y pregonero del perdón, siento que todo ello ha sumado para bien del pueblo de Dios que se me ha confiado y me han dado la oportunidad de crecer y aprender a ser humano.

Confío que Él me siga acompañando e inspirando para seguir sirviendo con alegría y entrega generosa. Convoco a los jóvenes a que conozcan a Jesús de Nazaret y descubran cómo su estilo de vida y su proyecto del Reino inspiran nuestro ser y orientan nuestras acciones para realizarnos plenamente en el diario vivir.

Pbro. Alejandro G. Jiménez Arias
Párroco de Juan Pablo II, en García.

AvatarDebany Valdes4 agosto, 2020
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¿Qué significa vivir en una dinámica de solidaridad en un centro de derechos humanos como CADHAC?

 

Significa reconocernos como hermanos y hermanas que somos, con una dignidad que nadie debe vulnerar bajo ninguna circunstancia, por lo que el eje de todas nuestras actividades es proteger, promover y garantizar que la dignidad de todos y todas sea respetada, sin importar cualquier diferencia que pueda haber entre nosotros y nosotras, ya sea por nacionalidad, religión, ideología, nivel socioeconómico, sexo, edad o cualquier otra. La dignidad que tenemos como personas es el valor más grande, en el que, con toda claridad, podemos ver todos los dichos y hechos en los Evangelios que nos hablan de Jesús.

– ¿Fue solidario el maestro que pasó del lado del forastero que había sido agredido en su camino, por llegar a tiempo a sus rituales?

– ¿Fueron solidarios los cuidadores de la Ley, al cuestionar al Señor Jesús que curaba en sábado?

– ¿Fueron solidarios quienes buscaban apedrear a la mujer porque había roto la ley?

Si nos centramos en los hechos y dichos del Señor Jesús, siempre estuvo atento y a favor de la gente que sufría, sobre todo cuando estaban cargados por una Ley, que llevaba a rituales muy lejos del verdadero amor. Jesús dejó bien claro que lo importante somos las personas, que el amor al hermano o hermana, está antes de cualquier perjuicio que podamos tener. Jesús nos señala el camino de la solidaridad, que es el camino de reconocernos necesitados unos de otros, el sabernos amados de Dios y sabernos parte de su Plan.

 

Repetidas veces Jesús nos mostró que quiere un mundo donde vivamos en la alegría y abundancia. Quiere un mundo donde todos y todas con nuestras diferencias asumamos un lugar importante. No quiere el sufrimiento. Somos parte de la construcción del Reinado de Dios en medio de la violencia que en los últimos 10 años ha venido aniquilando, despareciendo, torturando, secuestrando y encarcelando a la gente injustamente. Nos hemos dejado llevar por la lógica del miedo, del dinero, del poder, que es muy lejana a la lógica de Jesús que se basa en el AMOR. No ese amor dulzón, sino aquel que nos hace ponernos al lado que quienes más sufren, rompiendo nuestros miedos e indiferencias y lejos de juzgar si es bueno o malo, reconocerle como hermano y hermana que atraviesan una necesidad y buscar la manera de hacer menos pesada su carga.

 

Desde hace 10 años hemos acompañado a familiares que buscan a sus seres amados desaparecidos, que les fueron arrebatados por la violencia y mantienen la esperanza de saber qué les pasó. Así, en 2009 abrimos nuestras puertas a las primeras familias que necesitaban ser escuchadas y buscaban ayuda para denunciar y buscar e investigar. Sin saber bien lo que esto significaba, abrimos las puertas de nuestro corazón y de Ciudadanos en Apoyo de los Derechos Humanos (CADHAC)

 

Mamás, papás, hijos, hijas, hermanas, abuelas, niños y niñas que tienen algún familiar desaparecido han conformado AMORES, que significa Agrupación de Mujeres Organizadas por los Ejecutados, Secuestrados y Desparecidos de N.L. El amor por sus familias, les ha llevado a romper el miedo, corruptelas y venganzas y se han ido poniendo en la lógica de Dios. En su vida diaria siguen con ese dolor intenso, pero buscan verdad y justicia, siempre están disponibles ante el sufrimiento de sus mismas compañeras. Un ejemplo de esto, es que ayer murió la Sra. Nora Erika Villalobos García de 30 años de edad, que buscaba a su esposo desaparecido desde 2017, Nora dejó a 2 niños en la orfandad, AMORES al enterarse de esto, está buscando la manera de protegerles y no dejarles solos. Ayer también murió Jorge Alberto García Nuncio de 35 años de edad, hijo de la Sra. Graciela Nuncio, también integrante de AMORES; ante esto, dejamos nuestras comodidades y nos movimos para apoyarles de acuerdo a nuestras posibilidades para aligerar su carga, sobre todo en momentos tan complejos como estos.

 

Nosotras, desde CADHAC, estamos a su lado, fortaleciéndoles y abriendo caminitos ante autoridades, donde hoy por hoy, las municipales se han comprometido con estas familias a través de Ventanillas de Atención a Víctimas, esta es una muestra clara de solidaridad, porque todos podemos aportar algo para solucionar el problema.

 

Mirar cómo vivió el Señor Jesús y tener presentes sus palabras, nos conducen irremediablemente a la vida en solidaridad y apertura, como hermanos y hermanas que somos. Si nos creernos los buenos de la película y con autoridad para juzgar a quién ayudar y quién no merece nuestra ayuda, no estamos respondiendo al ejemplo de Jesús.

Debemos tener presente que no somos jueces, somos hermanos y hermanas de esta gran familia humana. Sigamos las enseñanzas de compasión y solidaridad del Señor Jesús, dejémonos guiar por él. Dejemos el miedo y prejuicios a un lado. Dejémonos inmiscuir en su dinámica de amor, cada uno y una de nosotros, desde lo pequeño, mediano o grande que seamos.

Por: Hna. Consuelo Morales.
Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos A.C.

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Sinceramente me apasiona platicar sobre el apóstol Santiago, quien fue uno de los doce discípulos de Jesús. Ellos compartieron muchos momentos. Santiago vivió con Él, lo conoció y se encargó de extender su Reino y la palabra de Dios. En este mes celebramos la fiesta de aquél, quien fue el primer mártir de los apóstoles. Recordemos que dos de los misioneros de Cristo se llamaban Santiago y para distinguirlos, de acuerdo con su edad, se les ha llamado el mayor y el menor. Este 25 de julio, nosotros los católicos festejamos a Santiago el Mayor, también conocido, junto con su hermano Juan, con el sobrenombre de Boanerges, que significa Hijos del Trueno. Ambos hijos de Zebedeo y Salomé, siguieron al maestro, abandonando todo lo que hacían y sus padres no se opusieron a su llamado.

 

El año 2016 fue nombrado por Francisco I el Jubileo de la Misericordia y tuve la bendición de recorrer en España cinco caminos (Catalán, Aragonés, Ebro, Vasco y Francés) hasta llegar a la Catedral de Santiago, ubicada en el municipio gallego Santiago de Compostela, en el noroeste. Es un templo católico proyectado en la Edad Media para custodiar las reliquias del apóstol nacido en Betsadia de Galilea. El Camino de Santiago es una peregrinación católica de origen medieval que conserva el testimonio de miles de peregrinos que por fe han transitado con diferentes manifestaciones de fervor, piedad, arrepentimiento, amor, esperanza, hospitalidad, religiosidad, arte, cultura, y nos lleva a dar un abrazo fraterno a quien también fue testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa en el mar de Tiberíades.

 

En mi caminata, Dios me inspiró en oración a escribir un diario que fue publicado a mi regreso a México con el título de Cuéntame otra vez la noche que nací (Diario de un peregrino), bajo el sello editorial de El Parlamento de las Aves. Después de peregrinar más de 1,700 km tuve la dicha de sonreír con Jesús en un viaje lleno de aventuras y conocimiento. Santiago también estuvo presente en la resurrección de la hija de Jairo, en la transfiguración y en el huerto de Getsemaní. Cuenta la tradición católica que Santiago tras el Pentecostés, cuando los apóstoles fueron enviados a la predicación, habría cruzado el mar Mediterráneo para predicar el evangelio en la actual España y Portugal. Según relatos también escuchados, su prédica habría llegado hasta Galicia y todo el valle del río Ebro. Al final de sus días, en lo que ahora es el punto más occidental de España existe un pueblo a la orilla del mar de nombre Muxia (Fin del Camino), donde según leyendas cristianas, el apóstol Santiago había estado predicando sin aparente éxito y, desmoralizado, creyó rendirse, y en ese momento, mientras oraba en el punto donde hoy se levanta un templo, una barca de piedra apareció de entre las olas del Atlántico y en ella se encontraba María quien lo consoló, animó y dio por terminada su misión, pidiéndole regresará a Jerusalén.

 

Posteriormente quedaron en el lugar los restos de la embarcación, que son rocas con formas peculiares que se encuentran frente al Santuario de la Virgen de la Barca. Más tarde, Santiago habría de morir a manos de Herodes Agripa I. Cuentan también que en el trabajo de evangelización hizo algunos discípulos y siete de ellos continuaron con la tarea evangelizadora. Fueron llamados Varones Apostólicos, y a quienes la historia sitúa junto a Santiago en Zaragoza cuando la Virgen María se apareció en el pilar.

 

Hay mucho por contar sobre la vida y obra de Santiago y sin duda podemos encontrar una luz en el camino que nos ilumine a vivir nuestra fe con integridad, a ser testigos del evangelio y forjar un testimonio de esperanza y valor que nos impulse a cumplir con nuestra misión dentro de la iglesia: Seguir el camino, la verdad y la vida. Y principalmente nos enseña a ser humildes para dejarnos consolar y animar por la bienaventurada virgen María.

 

LCC. José Ramón Guerrero Padilla.

(Facebook @ JoseRGro)

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Estando en una reunión de señoras (de esas en las que se tienen cinco conversaciones al mismo tiempo, se habla, se llora, se discute y se arregla el mundo en dos horas), llegó una querida amiga a invitarnos a un curso en el colegio de sus hijos. –“Es sobre Teología del Cuerpo; hoy fue la primera sesión y me encantó. La siguiente es la próxima semana, ¡vénganse a tomarlo conmigo!”

 

Teología del Cuerpo… era algo que yo había estudiado en mi licenciatura, pero ya de eso habían pasado varios años e hijos. Al escucharla invitarnos, sentí que algo se movió dentro de mí… Una semana después, estaba en la caseta de vigilancia de su colegio. No conocía a nadie y me temía que mi amiga no se presentara, pero yo sentía una necesidad enorme de escuchar, de volverme a llenar de esos contenidos que recordaba maravillosos.

 

Un poco tímida, pregunté en dónde era el curso, y sin pensarlo demasiado por miedo a arrepentirme, entré al salón en medio de una docena de desconocidas. Y al comenzar todo cambió…

 

El 18 de mayo de 1920, Karol Jozéf Wojtyla nació en Wadowise, Polonia. Fue el tercer hijo del matrimonio de sus papás, Karol y Emilia. Su niñez y juventud estuvieron marcadas por la pérdida de sus seres queridos: su hermana Olga había muerto antes de que él naciera, su mamá falleció cuando él tenía 9 años, después su hermano Edmund y finalmente su padre, cuando comenzó la ocupación de la Alemania nazi.

 

En 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial, entró al seminario clandestino y fue ordenado sacerdote en 1946. El trabajo con jóvenes universitarios, parejas de novios y matrimonios fueron nutriendo su vida sacerdotal, conociendo el amor humano desde el dolor de la muerte, el horror de la guerra, el valor de los héroes, el amor de las relaciones humanas y la misericordia de Dios.

 

“Como joven sacerdote, llegué a amar el amor humano porque el amor es hermoso, y quien ha visto la belleza del amor, quiere dedicarse a él completamente, ponerse al servicio del amor hermoso.” Cruzando el umbral de la esperanza (132-133)

 

¿Pero por qué hasta el día de hoy estas enseñanzas de la Iglesia siguen siendo tan poco aceptadas entre los fieles católicos? Esto mismo se preguntó Karol Wojtyla y lo motivó a escribir lo que hoy conocemos como la “Teología del Cuerpo”, reflexionando frente al Santísimo Sacramento en la Palabra de Dios y lo que en ella se nos revela del significado del cuerpo, la sexualidad y el amor matrimonial.

 

“Varón y mujer los creó”, era como se hubiera llamado el libro que el Cardenal Wojtyla publicaría, pero después de ser electo papa en 1978, San Juan Pablo II transformó el contenido de su libro en 135 catequesis sobre el amor, aunque sólo entregó 129 (las otras tienen un contenido mucho más explícito ¡bellísimo y muy profundo! del amor conyugal) a la Iglesia universal entre 1979 y 1984 en las audiencias generales en el Vaticano.

 

A través de la Teología del Cuerpo, San Juan Pablo II quiere hacer un camino para el corazón: en lugar de darnos primero las normas que a veces se sienten rígidas, poco aterrizadas a la realidad, quiere explicarnos quiénes somos, para que entonces encontremos razones para saber cómo vivir (pasar del corazón y la experiencia a la moral). Su contenido interpela, habla directo al alma porque logra profundizar en la belleza del amor, incluso donde pareciera no haberla, con una clara conciencia y entendimiento de la experiencia humana.

 

¿Quién no quisiera entenderse mejor desde el amor y la misericordia? ¿Quién no quisiera saber la clave para ser feliz? Por eso, ese reencuentro con la Teología del Cuerpo marcó un antes y un después en mi vida: porque me permitió entenderme a mí y a mi esposo, a mi familia, mis hijos, mis proyectos, y replantearme mi relación con Dios desde mi condición de hija amada, cuyo Padre amoroso desea ser mi guía.

Lic. Alicia Contró 

(Instagram @alicia.contro / Facebook @alicia.contro1)

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Si bien es cierto el fenómeno del “Pandillerismo” abarca una realidad humana, en toda periferia en el mundo existen este tipo de asociaciones de personas que en su mayoría son jóvenes que comparten fines comunes como la lealtad, la hermandad (Carnalísimo), la fidelidad al grupo, la religiosidad; en fin toda una gama de valores que pudiésemos enunciar.

 

La realidad de las “Bandas” en el noreste de México tienen ciertas características muy particulares, en el proyecto “Raza Nueva en Cristo” hemos descubierto muchos ápices de la realidad de éstas asociaciones juveniles (Conectas-juntas-uniones) que han tenido cierta evolución a lo largo de los años, y la constitución de las periferias ha conllevado a la fundación de estos grupos; muchos factores determinan la llamada “Defensa de los barrios” y ¿de qué se defiende el barrio?; se defiende de la injusticia, de la discriminación, de la violencia en todas sus modalidades, del hambre, de la incomprensión de la conciencia “Clasista”, donde no muchos de quienes crecen en los barrios tienen la oportunidad de vencer en esta lucha constante. En el barrio se lucha desde el día que llegas (desde que naces en él), es una batalla de todos los días, de todo momento; de defender la vida inicialmente por todo lo que conlleva vivir en una realidad extrema, se vive con una conciencia de persecución y ello conlleva a unirme a quienes también se defienden en las mismas condiciones.

 

En la película “Ya no estoy aquí” se dibuja una realidad ocurrida en la primer década de los años 2000, y que ha evolucionado hasta nuestros días, en los años 90 existían los llamados “pañuelos” que salen en alguna escena de la película y que nos pueden ubicar en ese tiempo, las vestimentas, peinados y ambiente que evolucionaron en esos años en Monterrey despertaron ciertas modas hasta establecer el fenómeno de los “Cholombianos”, que tuvo gran auge en esa época, hoy en día es difícil encontrar alguna banda con esa característica, yo recuerdo que la última que conocí fue en el año 2016 en el municipio de Juárez se llamaba “La Zona 13”; no dudo que pudiesen existir aún, pero de suyo son tendencias prácticamente extintas en la realidad urbana de Monterrey. Ese estilo era muy peculiar, fácil de identificar por las redes delictivas y por la policía misma, no fue fácil “renunciar” a ese rostro que predominaba en la época mencionada, en la película la escena donde Ulises se corta sus “patillas” dibuja la realidad que la sociedad busca, donde la libertad es coartada, como si fuese una propuesta a “dejar de ser” “me incomoda tu presencia”, es una tragedia social pretender esclavizar a los muchachos a estereotipos clasistas, tal y como ocurrió con el protagonista; pero la vida estaba en juego, la estabilidad si pudiese decirse “estabilidad” era el objetivo de la búsqueda.

 

La película de referencia conecta ciertas historias interesantes que por su naturaleza reflejan una ruptura no superada hasta nuestros días: La delincuencia organizada, el mundo de las drogas, la familia disfuncional, la persecución, la discriminación, la violencia contra la mujer, solo por mencionar algunas, habla de la “ruptura” del tejido social, jóvenes profundamente heridos que están en búsqueda de una identidad ya que la que tienen es rechazada, discriminada, hecha menos; es la interminable lucha de escapar para vivir. La vida de los protagonistas está en peligro, y el principal “Ulises” tiene que migrar a Queens en Nueva York, donde no termina su lucha; los jóvenes que decidían y deciden seguir las huellas del crimen organizado (que son la remota minoría) saben el camino, lo asumen con temeridad, ya que están en esa “búsqueda” de afirmarse en el barrio, no es justificación, sino comprensión, muchas veces orillados, sin salida, ellos lloran por dentro en mitad del placer que pudiesen experimentar, a final de cuentas se buscan ellos mismos, entras las sombras y persecuciones, infinidad de ellos terminan mal, pero si vemos el común de la película la extensa mayoría vive feliz entre su banda, entre sus bailes y ropajes, entre su lenguaje y grafitis, son muchachos y muchachas que buscan ser buenos pero no saben muchas veces cómo serlo, y cuando encuentran esa bondad, detonan la alegría de la vida, que creo la película no muestra del todo y que a mi parecer es una omisión, porque también los casos de plenitud existen en el mundo de las “bandas”.

 

Hoy en día las pandillas en Monterrey siguen existiendo, aunque no con esos auges de los años pasados, ya que la delincuencia en su tiempo los orilló a un exilio (ocultamiento), pero todo ser humano necesita de otro ser humano para salir adelante, nadie puede solo, y el mundo de la banda es la carta de presentación para ello; los muchachos son joyas en mitad en la adversidad, y saben identificar que pueden ser plenos; las pandillas tienen mucho que ofrecer a nuestra metrópoli, mucho, basta con ver que ellos potencian sus barrios, que pueden pactar treguas de sus “fallas” (pleitos) incluso muy antiguos hasta generacionales, que se pueden defender de la injusticia por la cultura del trabajo; a las pandillas no hay que exterminarlas con prácticas represivas sino con acompañamiento, con oídos dispuestos a escuchar sus historias y ahí nacen las oportunidades, y éstas no se les debe negar a ninguna persona. Debemos dignificar la cultura de la pandilla, acompañarlas y enseñarles lo que Dios ha hecho por ellas, y al tener tal sensibilidad religiosa podrán de sobremanera ser agentes que incluso evangelizan a otros (misioneros de Raza Nueva, PAGE, Compañía María de Nazareth, Bandas Unidas para el Bien) por mencionar los proyectos de evangelización en nuestra Arquidiócesis, y cierro mi comentario con aquella frase de san Juan Bosco “Comprende, no juzgues”, así nuestros jóvenes de las pandillas, al ser comprendidos lograran forjar con mucha fuerza un destino muy diferente al que la realidad social actual y disfuncional les invita a vivir, serán el destino de la esperanza, serán luz en un barrio donde todo ha sido oscuridad.

 

La película de suyo es buena y muestra una realidad que no es común saber que existe, pero la realidad es que existe y que puede ser un proyecto de esperanza para quienes compartimos metrópolis como Monterrey.

 

Pbro. José Luis Guerra Castañeda

Director de Raza Nueva en Cristo

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Mi nombre es Juvencio Pérez Caballero, religioso y sacerdote del Instituto Fuego Nuevo. Dentro de este Año Jubilar Sacerdotal que ha convocado nuestro Señor Arzobispo, Mons. Rogelio Cabrera López, dirigido a los Sacerdotes de la Arquidiócesis de Monterrey, me permito compartir mi experiencia vocacional.

 

Nací en el seno de una familia creyente. Mi niñez y adolescencia transcurrió en la escuela, la rondalla, jugando béisbol y los fines de semana visitaba con mi familia a mis abuelos en dos municipios, de Nuevo León, Dr. González y Marín. En la Parroquia María Madre fue donde hice mi primera comunión, ya como joven estuve en lo que es mi Parroquia familiar, Nuestra Señora de Guadalupe Reina del Trabajo, en la Colonia San Jorge, Monterrey, N.L.

Mi caminar en la Iglesia da un giro a partir de la experiencia de encuentro con Jesús en una Pascua juvenil de mi Parroquia, corría el año 1990. Saberme amado hasta el extremo por Jesús fue el inicio de toda una aventura de fe. Allí me invitaron a formar parte de un grupo juvenil en el cual participé y donde conocí más a Jesús. La juventud es una etapa muy bella, de anhelos e ilusiones, de sueños y de grandes e importantes decisiones.

 

Siempre he admirado al Papa San Juan Pablo II, su carisma, liderazgo y amor a la Virgen María y a la Iglesia. Recuerdo la primera vez que vino a Monterrey en el año de 1979, era un niño y hacía mucho frío, lo vi por televisión, pero fue en la segunda visita a Monterrey, el 10 de mayo de 1990, donde tuve la oportunidad de ir a verlo cuando celebró la Misa en el lecho del río Santa Catarina, me encontraba muy emocionado y con una experiencia espiritual muy singular.

 

Participando en mi Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe Reina del Trabajo, descubro a una comunidad religiosa que está iniciando, con un carisma muy peculiar, se destacaban por su alegría, el don de la fraternidad, su trabajo con los jóvenes y su oración festiva, su nombre Fuego Nuevo. El Fundador de este Instituto es el R.P. Pedro Garza Puente F.N., quien con un peculiar carisma y trabajo con la juventud y evangelizando a través de la predicación, el canto y la música, movido por el Espíritu Santo, da inicio esta obra. El carisma del Instituto es la Configuración con Cristo Resucitado desde la contemplación del misterio Pascual con la misión prioritaria de evangelizar y promover integralmente a los jóvenes adolescentes y niños, especialmente a los más pobres y necesitados.

 

En ese entonces yo me encontraba estudiando en la Facultad de Arquitectura de la UANL, gracias a Dios con muy buenas calificaciones y gustándome la carrera. Cuando todo iba perfecto, con mi familia, en mis estudios, con mis amigos, en mi grupo parroquial, empiezo a sentir una inquietud, un profundo deseo de plenitud, un gusto por servir, una pasión por el Reino de Dios, un amor profundo a Jesús Eucaristía, una búsqueda de realización y felicidad. Ante ello, dejo mis estudios y me embarco en un discernimiento en el proceso vocacional del Instituto Fuego Nuevo, a lo que me llevó a descubrir un llamado de Dios, no solo que me amaba sino también que me llamaba.

 

Y es el 27 de junio de 1991 cuando ingreso a Fuego Nuevo, el Instituto apenas estaba cumpliendo 5 años de haber iniciado su fundación. Mis primeros estudios los realicé al interno del Instituto en mis etapas de Postulantado y Noviciado, luego estudié la Filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Monterrey y la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca y en el Teologado Salesiano. A la par iba avanzando mi profesión religiosa en Fuego Nuevo, haciendo votos de pobreza, castidad, obediencia y fidelidad a la Iglesia, con los estudios seminarísticos hacia la vida sacerdotal.

 

El 1º. de julio del año 2000 recibí, por pura misericordia de Dios, el Orden Sacerdotal del Presbiterado en mi Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe Reina del Trabajo. Recién Ordenado, el Superior General, me confió el Aspirantado y Postulantado del Instituto, seminario menor, estando frente de la Casa de Formación de jóvenes de recién ingreso, fue un periodo que disfruté enormemente en todo lo que conlleva la formación. Una misión artesanal de gran responsabilidad, la formación de futuros religiosos y sacerdotes, al mismo tiempo combinado con trabajos administrativos y otras responsabilidades que se me han confiado desde la Casa General.

 

En este momento me encuentro en la Parroquia Santa Eduviges, Av. Alfonso Reyes en la Col. Burócratas Municipales en Monterrey N.L. como Administrador Parroquial, haciendo un trabajo en equipo junto con mis hermanos religiosos y sacerdotes. Apenas he cumplido un año aquí y me encuentro muy contento e ilusionado en servir al pueblo de Dios en una nueva faceta.

 

Y ahora dirijo una palabra a los jóvenes en ese proceso de búsqueda y realización. Recuerda que Dios sigue llamando. No tengas miedo a decirle sí. Abre tu corazón. Déjate ayudar y acompañar en este proceso de discernimiento. Vale la pena seguir a Jesús. Te espera una vida apasionada. Ánimo, Dios te bendiga.

 

 

Pbro. Juvencio Pérez Caballero F.N.

Párroco en Santa Eduviges

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No se exagera al afirmar que el c. 6 de EvJn ha constituido un enigma para los estudiosos de este evangelio. Baste señalar que algunos comentaristas incluso lo desplazaron del lugar en que se encuentra actualmente – obviamente entre 5º y el 7º – con el afán de hacer un comentario “más coherente” del cuarto evangelio (cf. R. Schnackenburg). ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de que este capítulo haya desconcertado tanto a algunos renombrados exégetas contemporáneos?

Alguno podría contestar que la razón principal se encuentra en el «Discurso eucarístico» (6,53-59), donde con mucha claridad se hace referencia a la «carne y la sangre» de Jesús, como alimento de vida eterna (6,54). La concreción plasticidad de los verbos trogō («masticar») y pinō («beber») en 6,56, muestran que evidentemente se habla de acciones reales, y no un sentido figurado. ¿Y cuál es el alimento del discípulo de Jesús, sino la Eucaristía? ¿Dónde se alimenta el discípulo de Jesús sino en la celebración Eucarística?

Esta evidente referencia a un sacramento de la comunidad cristiana fue para algunos estudiosos – principalmente entre aquellos provenientes de la Reforma protestante – un signo claro de que se trataba de un texto no perteneciente a la “redacción original del EvJn”, añadido en una etapa posterior. Y más todavía, colocado descuidadamente en un lugar problemático. Pues, a decir de estos estudiosos, el inicio del c. 7 tiene más coherencia con lo sucedido en torno la curación del paralítico en Jn 5. No obstante que en Jn 6,2 se encuentra una alusión a la curación del paralítico.

En mi visión, este tipo de debates son una muestra de la riqueza de este largo pasaje del EvJn, que en la diversidad de su contenido refleja la profundidad del misterio de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1,14) y la hondura de una vida discipular que solo puede tener su raíz y vitalidad en Él. Hagamos un repaso somero de esta riqueza y profundidad contenidas en Jn 6.

Esta amplia unidad textual, formada por 71 versículos (!), inicia con un relato ampliamente conocido por la tradición evangélica: la multiplicación de los panes (6,1-15; cf. Mc 6,32-34; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17), le sigue una enigmática y misteriosa “separación” entre Jesús y sus discípulos, para después reencontrarse a la mitad del lago (6,16-21). Posteriormente, inicia una larga serie de diálogo-controversia-discurso (6,22-58;6,60-66), interrumpidos solamente por un señalamiento geográfico-temporal (cf. 6,59). La conclusión, y a mi parecer el marco de referencia indispensable para entender Jn 6, es nuevamente un texto discipular, después de haber desaparecido ‘misteriosamente’ de la escena desde el v. 24, los discípulos reaparecen el 6,60 para dar cuenta de un momento de crisis en el seguimiento de Jesús: «muchos al oírle dijeron: “es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?”». Y unos versículos después el narrador nos ofrece una noticia desoladora: «desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él» (6,66).

Son los discípulos el marco de referencia de la gran sección de diálogos, controversias y discursos que ocupan 6,25-59. Esto nos debe llevar a preguntarnos y reflexionar sobre la razón de esta relación. ¿Cuál es nexo entre la carne-sangre de Jesús y el discipulado? No olvidemos que esta gran sección se abrió con el relato de la multiplicación de los panes (6,1-15), ahí queda claro que sólo Jesús puede alimentar a aquella multitud, sólo él es quien «reparte el alimento» (6,11), los discípulos solo «disponen a la muchedumbre» (6,10) para recibir lo que Jesús les dará. Detrás de todo este capítulo subyace una verdad fundamental: solamente el Padre y Jesús son quienes pueden alimentar al Pueblo. No fue Moisés quien alimento a los hijos de Israel en el desierto, sino el Padre (cf. 6,32), y de la misma manera ahora es el Padre quien «nos da al Hijo» como pan de vida (cf. 6,32-33). Y en continuidad y coherencia, el Hijo «dará su carne como alimento» (cf. 6,51). En esta “cadena de dones” el origen de todo se encuentra en Dios Padre, lo que hace entonces el Hijo no es sino responder movimiento de donación que define al Padre (cf. 3,16; 13,3; 17,2), y la concretización de esta acción no es sino la Cruz, «carne y sangre» de Jesús entregada para tener vida eterna. 

«Ninguno puede venir a mi si el Padre no lo atrae…» (6,44), esta frase desconcertante que aparece justo en el momento que Jesús se dispone revelar el verdadero alimento («su carne y su sangre»), nos hace entrever que para comprender a Jesús, para aceptarlo como alimento, es necesario comprender la lógica del Padre, que es don total. A esto mismo apunta la siguiente frase de Jesús: «serán todos enseñados por Dios, todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí» (6,45). La «atracción del Padre» no es arbitraria, no es “a la fuerza”, es fruto de una contemplación, comprensión y decisión. El Padre nos atrae con su amor que es pura donación, el que está dispuesto a «aprender esta lógica» entra en ella, tal como Jesús – buen Hijo que aprende de su Padre (cf. 5,19) – ha entrado en la lógica del Padre haciendo de su vida un don total (cf. 10,17). Ahora entendemos porque muchos de los discípulos «ya no quisieron andar con Él» y les «pareció duro este lenguaje» (cf. 6,60.66), porque la lógica del amor es exigente, porque es más fácil vivir en la auto-complacencia y auto-gratificación, que entrar en la dinámica de la Eucaristía, que es no es otra sino la dinámica de la Cruz: don y entrega de uno mismo.

Vivimos tiempos de pandemia, que se ha vuelto tiempo de crisis para muchos hombres y mujeres de fe, por la ausencia de la Comunión Eucarística en sus vidas. Pero no debemos olvidar que en el corazón de Jn 6 se encuentra una afirmación que nos debe hacer recapacitar sobre un alimento muchas veces ‘ignorado’ en nuestra vida de fe: «las palabras que yo les he dicho son espíritu y vida» (6,63). ¿Y cuáles son estas palabras? No son otras sino el discurso del pan de vida-eucaristía; por lo tanto, no solo la «carne y la sangre» de Jesús son alimento y vida para el creyente, sino también «sus palabras», que son palabras atractivas que nos invitan a conocer y hacer nuestra la lógica del Amor que se transforma en don. Pedro ha descubierto bien esta dimensión alimenticia de las palabras de Jesús: si unos lo abandonaron por sus «palabras duras», difíciles de digerir, Pedro permanece porque ha descubierto «palabras de vida eterna» (6,68), palabras que alimenta, que hablan del sentido auténtico de la vida, que solo puede vivirse desde la lógica del don. Que el Padre celestial nos conceda descubrir, apreciar y alimentarnos – en estos tiempos de confinamiento – del don precioso de las palabras de Jesús.

Pbro. Carlos Santos García

Párroco San Juan Bosco

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Los días de confinamiento continúan a causa del virus SARS-CoV-2. Otra vez, como en el 2009 con el virus H1N1, no podemos estrechar la mano del otro, además de guardar distancia para evitar el contagio del COVID-19. Qué paradójico es pensar cómo un signo que dice relación y hospitalidad como es el saludarnos de mano, hoy se convierte en un arma letal incluso para los más cercanos a nosotros[1]. Y si bien el no poder estrechar la mano al otro es una realidad que hoy por hoy no podemos cambiar, sí podemos hacer otros cambios para mejorar nuestros días. Como decía Gandhi, muchas veces «debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo».

El tiempo en que transcurre esta contingencia sigue provocándonos inquietud, incertidumbre, preocupación. Y sin duda esta enfermedad COVID-19 inaugura una nueva historia en nuestras vidas. Haciendo las cuentas con el tiempo, sea que estemos ocupados u ociosos, los compromisos y oficios de cara al futuro se han suspendido. Si bien estábamos «sofocados» en miles de labores antes de la pandemia, con sus preocupaciones, sus afanes o manías, esta contingencia no suspende sino hace propicia la oportunidad de alcanzar un sano reposo interior y exterior que nos prepare para recomenzar de frente a los desafíos que están por venir. Uno de los retos más importantes al respecto es, sin duda, la capacidad de habitar el tiempo de nuestra propia fragilidad personal, de recuperar nuestra capacidad de autogobierno, esa capacidad que se identifica en la fe cristiana como la templanza, ese antídoto moral para vencer la pereza o tristeza de hacer el bien. De esto quiero compartir algunas líneas para meditar.

Es comprensible que para estas fechas de la cuarentena nuestros pensamientos habituales al pasar del tiempo se expresen en preguntas como, “¿qué sentido tiene ducharse con frecuencia o vestirse para estar presentable en casa?” o, “¿por qué preocuparse en rasurarnos o usar maquillaje?”, o “¿por qué seguir un horario de sueño si no tenemos ‘nada que hacer’ mañana?” Estas y otras cuestiones son lógicamente entendibles, porque son pasos mentales por donde nuestro pensamiento va y viene, una y otra vez, en situaciones de recogimiento obligatorio como esta. Pero, hay un riesgo, ¿cómo podemos evitar una pendiente mental tan resbaladiza en este tiempo de cuarentena que nos podría llevar a caer en la monotonía o en el tedio, aliados de la pereza?

Ciertamente, la actual situación nos depara grandes desafíos, sanitarios, económicos y sociales. Las salidas o soluciones ante todos ellos tal vez no están en nuestras manos en su totalidad. Pero lo que sí está en nuestras manos es la capacidad de metabolizar nuestro tiempo personal que contribuya a superar esta calamidad dentro de nuestra vida emocional. Hoy, que es cuando más debe avivarse en nosotros el respeto y la solidaridad por la vida humana, es igual de urgente estar vigilantes ante nosotros mismos, porque es cuando más se adormece en nosotros la capacidad de autogobierno, de generosidad y de sentido crítico[2].

El filósofo Martin Heidegger decía que el ser humano ordinariamente «hace las cuentas con el tiempo»[3] y gracias a esto puede reunir las experiencias que «dibujan» el rostro de su vida. Por ejemplo, cuando debemos abrigarnos en el frío para salir de casa, o para terminar una tarea escolar que hay que realizar antes de la fecha de entrega, etc.,  son formas desde las cuales habitamos el tiempo y desde ellas ordenamos nuestra vida y nuestras decisiones. Pero, cuando esas experiencias pierden su lugar y consistencia, y las suplantamos o huimos de ellas, entonces el tiempo nos decepciona, y por eso sucede lo que en el mundo digital se llama phubbing[4], es decir, ese vínculo emocional que se basa en la idea de que vivimos momentos de más y vidas venidas a menos cuando no somos dueños de nuestro tiempo. Y por eso es que comenzamos a buscar algo que sí nos devuelva ese hálito de vida y de emoción que cada día buscamos fuera de nosotros mismos. Esto puede conducirnos a la tentación de no vivir el presente, sino a proyectar un futuro que, por lo pronto, no está en nuestras manos satisfacer a nuestro deseo.

Los monjes de la antigüedad también experimentaron esta sensación de letargo y de escape como síntomas de pereza espiritual en los monasterios de ayer. Una sensación de cuarentena con sabor a apatía, aburrimiento, tedio era parte de su cruz de cada día. Ellos no estaban exentos de la visita de ese «demonio del mediodía»[5] que nos tienta a alejarnos de nuestras conexiones espirituales y de nuestros ideales más vitales. Estos primeros anacoretas le llamaban a esta actitud pasiva la acedia o desesperanza. Sus experiencias se remontan a los monjes del desierto del siglo IV, que fueron advertidos sobre los peligros de lo que se llamó después pereza. Imaginemos un poco cómo lo vivían: es la hora del mediodía en el monasterio. El monje acaba de comer o tal vez él alimentó a algún necesitado. Al igual que siente una madre de familia después de dar de comer a los suyos, se resiente el peso de cocinar los alimentos y de servicio a los otros. De repente, el monje también siente esa necesidad de escapar del peso del día, sea que se rinda a tomar una siesta o bien la tentación que el letargo produce. De tal manera que el monje ya no quiere hacer las cosas con el ímpetu y el compromiso de antes. Esto es una tentación también compartida con el monje que tal vez no estaba físicamente cansado, pero sí abrumado de la monotonía. ¿Notamos alguna semejanza con nuestros días?

Y muchos de estos anacoretas vieron en la pereza la tentación de sucumbir ante los demonios, esos aliados del enemigo malo, que están hambrientos de oportunidades para devorar toda conexión entre Dios y el hombre. Pero otros monjes trataron de ver la pereza como un don de Dios porque, cuando ella se superaba o se dejaba atrás, podía transformarse el espacio para una fe más profunda y un mayor sentido de humildad. Tal vez en nuestros días también nosotros sentimos esa necesidad de soñar despiertos sobre un lugar emocionante al cual visitar o un momento romántico más allá de las paredes del hogar que rompa con lo cotidiano de estos días. Estos monjes son un vivo ejemplo de cómo es posible habitar el tiempo de la fragilidad.

Cuando nos preguntamos el por qué retomar una rutina del día si no vamos a salir a ninguna parte, o para qué cambiar de indumentaria, etc., es cuando más descubrimos que la pereza se asoma a la sombra de nuestros días. Y cabe preguntarnos, ¿por qué ahora, más que nunca, sentimos como si realmente no hiciéramos nada? Tal vez, si hacemos las cuentas con nuestro tiempo personal, familiar y social, y ponemos en una balanza cuánto de ese tiempo es usado digital o presencialmente, caeremos en la cuenta de que nos hemos acostumbrado a un flujo constante de conexión, de información y entretenimiento donde lo digital nos ha rebasado. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a estar permanentemente en muchas partes, pero al mismo tiempo, en ninguna de ellas. Veámoslo con un ejemplo.  Cuando teníamos la oportunidad de asistir a la Iglesia –previa al SARS-CoV-2– o alguna reunión de trabajo, era obvio que prestábamos atención a lo que en ese momento nos interesaba de tal evento. Pero, cuando ese acontecimiento dejaba de interesarnos, es muy probablemente que recurríamos a nuestros dispositivos digitales en búsqueda de algo que sí lo hiciera. Valdría la pena cuestionarnos si, en este tiempo de pandemia, de incertidumbre y de ansiedad, ¿no estamos exentos de experimentar esas mismas emociones de huida del tiempo? O bien, ¿será que acaso queremos huir también de la oportunidad de estar con uno mismo, en casa o en familia?

Al igual que los monjes de antaño, podríamos soñar en estar en otra parte como para fugarnos de esta realidad sanitaria que va pesando cada vez más con el paso de los días; pero, a su vez, podríamos reaprender a medir y habitar nuestro tiempo con optimismo: revitalizar los hábitos de horarios de sueño, de sana convivencia en el hogar en la distancia conveniente, retomar nuestro tiempo de oración personal y en familia, e incluso de toda la información de internet, porque dicha información, como sabemos, puede confundirnos o saturarnos si se acumula en exceso en nuestra memoria. Y además de estas oportunidades, buscar explorar otras formar nuevas de estar con nosotros mismos, y más aún de reeducarnos en la comunicación digital y de revalorar el diálogo personal con los de nuestra propia casa, un diálogo que tal vez se ha perdido con la prisa de cada día. El diálogo nos humaniza y nos cristianiza, pues nos ayuda a hospedar al otro en nosotros a través de la escucha, y el escuchar abre camino a Dios. Esto no significaría una evasión a la realidad vigente, ni tampoco irresponsabilidad ante la situación en que vivimos, más bien, significa dar consistencia a las cosas y acciones que hoy podemos hacer, sin suplantarlas por las que podremos hacer después. En este sentido, el tiempo de cuarentena es un tiempo precioso no solo para humanizar la navegación digital, sino para conversar con los que están a lado de nosotros y que tal vez, hace mucho tiempo no nos hemos dado la oportunidad de dialogar con ellos. Es decir, de entrar en empatía con ellos, de habitar sus historias, empatizar con sus dolores, con sus fragilidades y esperanzas.

Para nuestra fe, este deseo se convierte en una invocación, no en un escape como rogamos en el Salmo 90: «Enséñanos Señor a llevar la cuenta de nuestros días para que obtengamos un corazón sabio»[6]. Ahora es menester ser conscientes y asumir la responsabilidad de la única vida que nos es dada. No en balde el Señor Jesús nos dice «no se angustien por el día de mañana, pues el mañana se angustiará por sí mismo. Cada día tiene suficiente con sus propios problemas»[7]. En neurolingüística, esto se expresa con la idea que dice «estar presente, en el presente», porque es cierto, ¿quién sabe qué más podría regalarnos el día de mañana si no ponemos atención a lo que acontece hoy?

La invitación a no dejarse tocar por el tedio, sino más bien retomar el contacto con nosotros mismos, desde el fondo de ese sí mismo que somos, es una victoria que podemos conquistar en esos pequeños «sí» que poco a poco damos cada día; pues los cambios más importantes en cada uno de nosotros, después de todo, son los más lentos e inadvertidos. Para esto es necesario mantener una relación más consciente con nosotros mismos, y distinguir los ruidos interiores que adormecen nuestro sentido crítico ante el tedio o la desesperanza. Infundir templanza y esperanza es cada día más urgentes en este tiempo de incertidumbre. Ellas son un llamado a permanecer convencidos de que todo pasa, y esto también pasará. Es una forma de negación de la pereza y una afirmación de la caridad.

Pbro. Vicente Díaz Aldaco

vdiaz@arquinetmty.com


[1] Se dice que en el siglo XVIII el saludo de mano era la manera en que los primeros exploradores europeos que llegaron a Dakota del Sur manifestaban a los oriundos de esas tierras no estar armados o con espadas. Y más anterior a esto, en el medioevo, el saludo de mano se transformó en una señal de promesa ante un pacto o alianza, el cual era inviolable. Cf. E. Walandra, «The «Indian Handshake» between Generations», 158.

[2] El sacerdote y psicólogo Martin Mcalinden, señalaba que la acedia es una situación común del tiempo moderno también. Cf. M. MCALINDEN, «Fighting the Noonday Demon – Priests and Acedia», 337-338.

[3] Cf. M. Heidegger, Seminarios de Zollikon, 69.

[4] Cf. Macmillan Dictionary, sección Buzz-Word, voz «Phubbing».

[5] Como escribió Evagrio Pontico, «el demonio de la acedia atiende al monje alrededor del mediodía, causando que se canse o se aburra». E. Pontico, Tratado Práctico, 68.

[6] Salmo 90, 12.

[7] Mateo 6, 34.

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Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre.” Jn 15,15

Estamos viviendo una situación que ha conmovido las bases de la convivencia social de muchos pueblos en el mundo. Estamos de acuerdo en que nadie esperábamos ni estimábamos la magnitud de esta situación dos meses atrás. El Papa Francisco, apenas hace menos de dos meses, en el Momento Extraordinario de Oración en tiempos de Pandemia y la Bendición Urbi et Orbi del 27 de marzo del presente año, nos invitaba a permanecer unidos al Señor y abrazarnos de la Cruz para abrirnos al don del Espíritu Santo y salir con creatividad al servicio a unos y a otros, enfrentando juntos las contrariedades de esta situación.

Ya el Plan Global de Pastoral 2031-2033 recogía la preocupación por una crisis cultural y antropológica que nuestro país atravesaba, ahora se ha acentuado y ampliado hacia una crisis social, económica y política de nuestro pueblo mexicano. En este Plan, se establecieron tres urgencias para atender: los jóvenes, los migrantes y los sacerdotes. Los jóvenes como protagonistas de la historia y de la vida cristiana; los migrantes como un clamor al cielo y los sacerdotes como discípulos misioneros de Jesús, Buen Pastor.

Mons. Rogelio Cabrera había anunciado la intención de Proclamar un Año Sacerdotal para animar a todos los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis, obispos incluidos, a vivir un año de encuentro con Cristo, Buen Pastor, desde la espiritualidad eucarística. El cual iniciaría con la Fiesta de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. En consonancia con el Plan de Pastoral de Nuestra Arquidiócesis y su intención fundamental en esta etapa: La Eucaristía nos mueve. Un Año Sacerdotal que quiere renovar la respuesta pastoral sacerdotal, no como agentes privilegiados o para promover una pastoral clericalista, sino todo lo contrario, para renovar nuestra vida sacerdotal a ejemplo del Buen Pastor como el Papa Francisco nos ha pedido: una nueva evangelización, toda la Iglesia unida, con puertas abiertas y en salida.

Este Año Sacerdotal tendría que recoger también los gritos, preocupaciones, llamado y enseñanzas de esta experiencia límite formada por la emergencia actual en todas sus aristas, en la cual Cristo espera pacientemente nuestra respuesta. En tiempo de crisis, las personas y comunidades respondemos desde nuestras fortalezas, sembradas por la Providencia Divina y cultivadas por las personas en concreto; la crisis deja al descubierto nuestras debilidades y carencias, pero para satisfacer las necesidades y urgencias sólo podemos hacerlo desde nuestras fortalezas, trabajando con mucha humildad y con mucha esperanza, de la mano de Cristo. Para ello, los sacerdotes tendremos que presentarnos ante Cristo y decirle lo que hemos hecho con los dones que nos entregó.

Un Año Sacerdotal puede ser la oportunidad de encontrarnos con Él, escuchar su voz llena de amor y renovar nuestra vida completa, para llegar a ser los pastores que Cristo desea y el pueblo necesita. Un Año en que nuestros corazones se unan más al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María y aprendamos de ellos la misericordia y la cercanía.

+Mons. Juan Armando Pérez Talamantes Obispo Auxiliar de Monterrey


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