AvatarDebany Valdes6 de abril de 2021
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«Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn. 15, 17)

La política no goza de la mejor imagen en los últimos tiempos. Se le asocia con la demagogia, la mentira, el oportunismo y la corrupción. Hablar de ella se ha convertido en un problema para las familias y los grupos de amigos a causa de la creciente polarización.

Las campañas políticas de los años recientes, en lugar de centrarse en ofrecer las propias virtudes y programas viables de mejoría, han privilegiado el resaltar los defectos, reales o ficticios, de los otros candidatos o partidos. Las así llamadas “campañas sucias” buscan hacer pedazos la reputación de los otros candidatos y partidos contra los que se compite, más que proponer las capacidades distintivas para gobernar de manera eficaz, ofreciendo con claridad y autenticidad propuesta que respondan a la realidad.

El Papa Francisco ha retratado, sin directamente pretenderlo, la atmósfera política de nuestro país, con claras implicaciones en nuestro estado: “La agresividad social encuentra en los dispositivos móviles y ordenadores un espacio de ampliación sin igual. Ello ha permitido que las ideologías pierdan todo pudor. Lo que hasta hace pocos años no podía ser dicho por alguien sin el riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser expresado con toda crudeza aún por algunas autoridades políticas y permanecer impune” (Fratelli tutti, 44 – 45).

Hay otro elemento que ha contribuido al deterioro del ambiente político: la fragilidad doctrinal de los partidos políticos y de sus militantes. Las plataformas temáticas pareciera que ya no importan. Las clásicas divisiones ideológicas entre derecha e izquierda ya no existen: hoy es frecuente ver que candidatos de un partido lo abandonan para integrarse a otro, debido a inconformidades o desilusiones, sin importar tanto la ideología del partido.

La pandemia por COVID-19 agravó aún más la crisis política que estamos viviendo. El notable incremento en el número de contagios y de fallecimientos acrecentó las embestidas en los diferentes sectores sociales. El diálogo y la sensatez, una vez más, sucumbieron ante el monólogo y la ofensa. El arribo de las vacunas -mucho más lento de lo anunciado-, más que considerarse como una tabla de salvación para una población que parece ahogarse, se contaminó con la posibilidad de que se lucre con ellas, económica y políticamente.

Quizá una de las sombras más oscuras en el terreno de la política es la consolidación de la mentira o de verdades a medias como expresión natural de la comunicación. No se tiene empacho en distorsionar la realidad y, peor aún, en intentar construirla a través de una palabra falseada. La ofensa a los electores y ciudadanía en general es gravísima, ya sea porque se le engaña, ya porque se le menosprecia suponiendo que se le puede engañar.

Junto a estas sombras aparecen también algunas luces. Son muchas las personas e instituciones que, preocupadas por este clima creciente de polarización, buscan con sus propuestas impactar de manera positiva en el rumbo del país. Ojalá este deseo de participar se refleje en las urnas, abatiendo el abstencionismo. Confiamos, además, en que existen candidatos honestos que, con sincero propósito de servir al pueblo, saben escuchar, hablar y, en conciencia, actuar con verdad.

La pandemia, no obstante el inmenso daño sanitario, económico, familiar, educativo y social que ha causado, con una estela de dolor y aflicción por tantas muertes, ha logrado despertar en muchas personas e instituciones el deseo de atender a enfermos y desempleados, y hay muchos testimonios de obras de caridad en favor de quienes han sido afectados por esta contingencia.

Quizá la mayor luz la encontramos en la citada Fratelli tutti. Es por ello que me permitiré comentar, de manera breve, algunos de sus textos que iluminan nuestra realidad con miras al próximo proceso electoral, acompañando el comentario con la mención de principios expresados por la enseñanza social de la Iglesia y por mi propio magisterio episcopal.

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Ante el escenario tan complicado que la pandemia va dejando, es necesario reubicarnos ante la realidad. Hay ideas por todos lados acerca de lo que debe cambiar y de lo que no. En cada ámbito hay voces para avanzar en sus propuestas y otras para defenderse de este avance. Son épocas de oscuridad e incertidumbre en las que será necesario recurrir a la sabiduría divina. Si de verdad queremos ser mejores como Iglesia y sociedad, necesitamos atender las urgencias al mismo tiempo que consideramos las cosas fundamentales que requieren más cuidado. No es la emergencia sanitaria la que nos lleva a cambiar, sino la llamada de Dios la que nos lo propone para vivir lo nuevo en comunidad, con esperanza, paciencia y entusiasmo.

No nos dejemos llevar por la corriente consumista donde se vive para hacer o producir cualquier cosa solo por hacerla, perdiendo el sentido de la vida. Espero que en este tiempo nos acerquemos a las fuentes del agua viva dejando que el Señor nos sacie. Es el momento de experimentar un silencio dialogante con Dios. Un confesor, un director espiritual, un maestro de espiritualidad pueden darnos luces para retomar el camino hacia una vida interior más profunda.

Sé que tenemos muchas preguntas ya que vivimos una emergencia sanitaria que algunos han llamado “des-estructurante” y que ha conmovido las seguridades sobre las que sosteníamos nuestras rutinas diarias. Es un momento donde estamos llamados a reconocer los cimientos de arena de nuestra vida. Espero que no caigamos nosotros en la negación de la pandemia buscando culpables, o peor aún, pensando que todo es un plan orquestado y que los contagios y las muertes son falsos, sin asumir el llamado de conversión que los acontecimientos proponen desde la fe en Cristo.

Quienes buscan culpables, sufren por lo pesado de la situación, pero renuncian a asumir que todos estamos en esta barca y que todos tenemos responsabilidad en la salud y muchos otros ámbitos de la vida común. Entiendo que no es sencillo mantener la fe en alto, por lo que también espero que sigamos creciendo en nuestra oración personal, que a veces, por dar más peso a las actividades y ansias personales o pastorales, puede ser marginada o suplantada en nuestra vida. Espero que este Año Jubilar Sacerdotal sea un tiempo de oración y que los que sigan “primereando” en esto sean mis hermanos sacerdotes.

La oración nos llevará del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos pues cuando oramos, compartimos con Él nuestras inquietudes y preocupaciones. De ese diálogo con el Señor brotan iniciativas de misericordia que podremos cristalizar en acciones pastorales concretas en favor de todos y especialmente de los más pobres y de aquellos que luchan por la verdad y la justicia.

AvatarDebany Valdes4 de febrero de 2021
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VIII CARTA PASTORAL 

Como ya lo he mencionado, ser obispo de Monterrey es mi principal responsabilidad, por lo que realizo mi mayor esfuerzo, dentro de mis limitaciones, para servir a esta Iglesia particular. Dios, hasta el día de hoy, me ha dado fuerza para realizar y disfrutar las visitas pastorales a las parroquias, acompañar a los fieles en sus fiestas patronales, confirmar jóvenes, alentar a los sacerdotes y a los consagrados, construir proyectos pastorales, crear nuevas parroquias, atender al seminario, etc., no obstante las encomiendas que tengo como Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) como Presidente del Comité Económico. 

 

Cuento con excelentes colaboradores en quienes confío y en quienes me respaldo para decidir los rumbos pastorales de la Arquidiócesis. Me reúno periódicamente con el Consejo Episcopal, con el Consejo Presbiteral, con los Consultores, con la Vicaría Episcopal de Pastoral y el Consejo de Asuntos Económicos; en ellos revisamos aquello que exige decisiones, no siempre fáciles, pero que con la ayuda del Espíritu Santo y de mis colaboradores siento una mayor seguridad y tranquilidad. Vivimos tiempos difíciles donde la sinodalidad es vital, por lo que procuro aplicarla en mi conducción pastoral de la Arquidiócesis.

 

Busco servir a todos sin distinción, acompañando especialmente a los más necesitados. Me he hecho presente en hospitales, cárceles, escuelas, universidades, empresas, etc. Después de la Misa dominical en Catedral, atiendo a los medios de comunicación y ofrezco mi mensaje dominical, para compartir con los fieles y con la opinión pública mi posición ante los diferentes acontecimientos que nos impactan y para dar algunas orientaciones doctrinales y pastorales. He constatado que es muy importante mantener esta comunicación semanal. 

 

Nuestros fieles no se sienten escuchados por muchos líderes y a veces tampoco por sus obispos y sacerdotes. Ya el Concilio Vaticano II nos dijo que el mundo de la ciencia, de las artes, de la economía y de la política no es un enemigo, sino un compañero de viaje. Conviene que escuchemos ese mundo, que tiene muchas propuestas interesantes, que merecen ser valoradas y, en su caso, acompañadas o aceptadas. 

 

Utilizo cada vez más las redes sociales y los medios electrónicos, tanto para la proyección de la Eucaristía dominical, como para compartir mensajes a través de videos temáticos. Sé que especialmente para las nuevas generaciones, la comunicación por este medio es fundamental, y trato de llegar a ellas. Participo en videoconferencias para atender asuntos relacionados con la CEM y el CELAM. Mi teléfono celular siempre está encendido para atender cualquier llamada o mensaje de texto.

 

Al interior de nuestra Iglesia hay cada vez más voces de mujeres y de jóvenes que se alzan y quieren ser escuchadas, por lo que he creado un Consejo Pastoral de Mujeres, pues muchas de ellas ya no tienen como objetivo único en la vida el matrimonio y la maternidad, reclamando más espacios en la vida social y eclesial. Incluso en nuestra organización institucional dos jóvenes mujeres ocupan cargos de relevancia: la primera de ellas, una joven laica como vicecanciller y jefa del Departamento de Talento Humano en nuestra Curia Pastoral, y la otra, una joven consagrada como miembro de la Comisión Diocesana para la Tutela de Menores y Adultos Vulnerables y directora del Centro Diocesano creado para la atención de estos. Pienso que todas las mujeres y todos los adolescentes y jóvenes pueden aportar mucho en los proyectos pastorales de la Arquidiócesis. Estoy seguro de que la pastoral juvenil cada vez irá encontrando nuevos caminos para ellos.

AvatarDebany Valdes6 de enero de 2021
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VIII CARTA PASTORAL 

Deseo, junto con el Papa Francisco, que vaya desapareciendo todo rastro de clericalismo en nuestra Iglesia y que el ministerio clerical se convierta cada día más, en un servicio sacerdotal y diaconal a la comunidad a ejemplo de Cristo Siervo y Sacerdote. Que mi presbiterio y mis obispos auxiliares sobresalgan por su disponibilidad, su capacidad para el sacrificio y su ilusión por la misión renovada y renovadora. Que el buen trato hacia los fieles nos distinga, y que, como pide el Santo Padre, no convirtamos el confesionario en una aduana infranqueable. Anhelo que los clérigos seamos discretos, sensatos y utilicemos las redes sociales para evangelizar, y no para transmitir escándalos y falsas noticias.

 

Anhelo, además, que todos los fieles cristianos, clérigos y laicos, que formamos esta Iglesia seamos hombres y mujeres de oración, espirituales y caritativos. Visualizo una mayor participación laical -especialmente de las mujeres- en nuestras estructuras pastorales. Mujeres y hombres laicos conforman la mayor parte de fieles en nuestra Iglesia, trabajando en diferentes tareas pastorales, y no siempre son tomados en cuenta en aquellos asuntos que les afectan directamente. Espero que día a día la Iglesia se llene de esa presencia dinámica y sensible, innovadora y cálida que representan los laicos. Que se sientan escuchados y atendidos, tomados en cuenta y respetados en sus tareas propias.

 

Seamos una Iglesia diocesana que voltea más hacia el sur, de donde viene la mayor parte de los migrantes, pero sin olvidar el norte, en donde viven y buscan mejores oportunidades muchos de los miembros de nuestras familias. Que veamos a quien busca un mejor futuro en medio de nosotros, no como enemigo, sino como hermano al que debemos “acoger, proteger, promover e integrar” (cfr. Papa Francisco, Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, 2018). Que dialoguemos con ellos para enterarnos de sus problemas, de las causas que los orillaron a salir de sus países y de sus ilusiones. Imagino que somos hospitalarios, incluyentes, amables y solidarios con quienes han tomado esa difícil decisión y que, como se lo han propuesto nuestras casas de migrantes, les demos el mismo trato que deseamos reciban nuestros familiares y amigos cuando emigran al norte. Que en cada uno de ellos reconozcamos a ese migrante que fue Jesucristo.

 

Les invito a que hagamos una relectura de nuestro reciente Plan de Pastoral Orgánica 2017-2019 desde la realidad que la pandemia nos presenta y nos irá presentando, de tal manera que se aplique y consolide en los años venideros de forma muy encarnada. Que recuperemos los retos aún pendientes en la atención a los tres núcleos de atención pastoral que nos acompañaron a lo largo de los últimos tres años: persona y familia, comunidad y ciudadanía, pobreza y solidaridad. Deseo que los objetivos, urgencias y orientaciones pastorales no sean letra muerta, sino viva y renovada por los desafíos de la pandemia y que podamos expresarlos en proyectos pastorales en cada comunidad, siendo capaces de unir todos nuestros trabajos parroquiales y de grupos apostólicos en torno a la visión de este Plan.

 

Día a día me pregunto cómo podemos acercarnos más a la exigencia de ser discípulos misioneros en la actualidad, para seguir colocando a la Palabra de Dios, a la Eucaristía y a los pobres en el centro de nuestra atención pastoral. Quiero que el Proyecto Global de Pastoral 2031+2033, que como obispos en México hemos presentado de cara a los 500 años del Acontecimiento Guadalupano y a los 2000 años de nuestra Redención, impacte de lleno en nuestra Arquidiócesis, no solo por su enorme riqueza teológica, sino para manifestar nuestra comunión con todas las diócesis de México y especialmente con el Papa Francisco.

 

+ Mons. Rogelio Cabrera López 

Arzobispo de Monterrey

AvatarDebany Valdes5 de diciembre de 2020
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Fortalezas en nuestra Iglesia de Monterrey

En este momento quiero compartir con ustedes algunos sueños que tengo, no sin antes destacar algunas de las fortalezas que encuentro en nuestra Iglesia de Monterrey, sin pretender ser exhaustivo ni mucho menos soberbio ni triunfalista. Las comparto como un reconocimiento de la manifestación de los dones del Espíritu Santo inspirando nuestra mirada contemplativa, discernimiento comunitario y pastoral misericordiosa. Creo que hay un gran interés por el amor de Dios y su misericordia, por ayudarnos unos a otros a encontrarnos con Cristo y no con normas o ideologías; hay cada vez más caridad, servicio y testimonios de cercanía con los necesitados y vulnerables, así como esfuerzos por caminar juntos de la mano del Plan de Pastoral Orgánica.

 

Estamos enfocados en nuestra formación cristiana y hemos avanzado estableciendo procesos e itinerarios con equipos grandes y bien integrados de catequesis y liturgia. Por otro lado, vamos descubriendo, valorando y agradeciendo una gran riqueza de dones y carismas en todo el pueblo de Dios, haciendo un esfuerzo en el diálogo, la colaboración y el enriquecimiento mutuo. Antes de la pandemia habíamos crecido mucho en encuentros, misiones y retiros, solidificando otras expresiones de una Iglesia en salida. 

 

Otra gran riqueza de nuestra Iglesia es la participación de los laicos en las tareas eclesiales, entre ellos quiero señalar y reconocer la gran calidad humana y cristiana de todas las mujeres de nuestras comunidades y de los jóvenes que se manifiestan con alegría en las obras evangelizadoras. Tenemos una extendida espiritualidad mariana como alma de la unión en muchas comunidades. Hay interés creciente por la atención a los necesitados y vulnerables, así como por lo social y comunitario, destacando siempre la libertad, creatividad y emprendimiento de la cultura regiomontana. Cáritas de Monterrey es signo elocuente del amor y cuidado de los más pobres. La comunidad da muestras de apoyo a los migrantes y nuestras casas de acogida mantienen vigente el valor evangélico de la hospitalidad.  Espero que mantengamos estas y otras muchas fortalezas que tenemos, pues el cambio al que estamos llamados no empieza desde la nada, sino del amor de Dios y el esfuerzo humano que existen en nosotros mucho antes de esta emergencia sanitaria.

 

Al reconocer lo que hacemos bien, descubrimos el fruto del amor de Dios en la vida de las instancias eclesiales, de las comunidades parroquiales, de los grupos y movimientos diocesanos. Es verdad que siempre estaremos necesitados de actualizarnos y de adquirir nuevos conocimientos, habilidades, actitudes y propuestas, pero desde lo logrado hasta hoy, pues como discípulos misioneros somos llamados a levantar la mirada hacia el corto, mediano y largo plazo, con una fe cierta y una esperanza firme. Tener presentes nuestras fortalezas nos permite soñar.

 

Sueño con una Iglesia diocesana que acepta caminar y sentarse a la mesa con todos, no solo en medio de esta pandemia, sino en los retos y desafíos de cada día y de otras circunstancias extraordinarias. Una Iglesia que no excluye a nadie, ya sea por su atracción afectiva, su raza o su conducta moral, sino que incluye a cualquier persona, en especial a quienes pasan alguna necesidad o viven en las periferias geográficas o existenciales. Una Iglesia que se convierta en un lugar abierto a los heridos, lastimados, descartados y desechados ante las crisis que vivimos y viviremos en lo que respecta a la salud, la pobreza, la economía, el trabajo, la sociedad, la ecología, la política y otros aspectos de la vida.

 

 

Mons. Rogelio Cabrera López 

Arzobispo de Monterrey

AvatarDebany Valdes4 de noviembre de 2020
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5min42

Mi vida como sacerdote sigue siendo un camino para responder a la llamada de Jesús que exige fe y conversión constante y que, al mismo tiempo, me compromete espiritual, moral, sacerdotal, eclesial y pastoralmente. Es también un camino de maduración, de libertad y de responsabilidad, en el que he podido experimentar la misericordia de Dios. Por la historia de la salvación universal y personal, sabemos que nuestro Padre ha mostrado y continúa mostrando su compasión y misericordia en su paciencia, siendo lento a la cólera y generoso para perdonar (cfr. Sal 103), además de revelar la plenitud de su amor enviando a su Hijo Único, verdadero rostro de la misericordia. Al contemplar a Jesús y buscar imitarlo, he podido emprender un itinerario sacerdotal de aprendizaje para ser misericordioso. Hoy me pregunto: ¿Cuál ha sido el de cada uno según su propia vocación y seguimiento de Jesús?

Pienso, además, que tanto la Iglesia Universal como nuestra Iglesia local tienen que adaptarse deprisa al cambio de época que estamos viviendo, más ahora en medio de la pandemia. Los acontecimientos se suceden a una velocidad vertiginosa y no siempre respondemos con prontitud a lo que ellos nos reclaman (cfr. PGP 23). Hay movimientos como los de las mujeres, de las minorías sexuales, de los migrantes, entre otros, que continuarán avanzando con nosotros o sin nosotros y, ya que la mayor parte de sus integrantes son católicos, es conveniente dirigirles constantemente una palabra de luz y aliento. También estoy convencido de que no podemos renunciar a ofrecer la verdad en la que creemos en medio de estos cambios acelerados. Tenemos la obligación de transmitir la doctrina que se nos ha encomendado, especialmente los mensajes del Papa Francisco que expresan su constante preocupación por alentar una Iglesia sinodal, pobre para los pobres, sin actitudes clericalistas, de puertas abiertas y siempre en salida que se preocupa de cuidar la casa común y de vivir la fe en el encuentro con las demás personas.

Pienso también que la fuerza que nos mueve es la Eucaristía, centro de mi vida sacerdotal. En ella están unidos el Pan de la Palabra y el Pan Eucarístico en la Caridad. Creo que el ayuno del Pan Eucarístico, que muchos han vivido durante esta larga cuarentena, los ha llevado a una comprensión de fe más existencial de la Palabra de Dios como alimento, pudiendo transformar este pan en Caridad operante, ya que el amor de Cristo alimenta y alienta el encuentro con el hermano necesitado como manifestación de la Providencia Divina. De esta manera, al celebrar la Palabra, al comer el Cuerpo y la Sangre de Jesús y al vivir la caridad con los hermanos experimentamos una verdadera vida eucarística, a la cual estamos llamados.

Muchos fieles, al verse impedidos de la participación presencial en la Eucaristía, han sentido también hambre y sed espiritual. Este deseo y amor eucarístico los ha llevado a una vida más libre y fiel, a una fe más madura, animada por el amor de Dios y su llamado a la vida eterna. Dentro de la experiencia de la transmisión de la Eucaristía por medios digitales, algunos sacerdotes me han comentado el carácter extraño de la situación, pues la Eucaristía con el pueblo es un encuentro personal, individual y comunitario que nos abre el corazón, nos consuela y alimenta como comunidad en una experiencia personal completa, en donde estamos física, mental y espiritualmente juntos.

Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey

 

AvatarDebany Valdes2 de octubre de 2020
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Cuando el 30 de mayo de 1996 fui consagrado obispo en la Ciudad de Tacámbaro, no sentí que cumpliera con la realización de una meta en mi vida, ni con la culminación de un proyecto anhelado por años. Por el contrario, me sorprendió cuando me dieron la noticia de este llamado de Dios. Sigo siendo consciente de mis limitaciones y falta de méritos para una misión de esa naturaleza, y de que los dones que Dios me dio los debo poner al servicio de su Iglesia y de toda la humanidad. Por esto, después del impacto inicial, al momento de la consagración le agradecí a Dios por la gracia de este servicio específico que me encomendó, y le sigo agradeciendo a diario.

 

Soy consciente también del gran don recibido, tanto cuando Dios me llamó a ser su hijo con el bautismo, como cuando me llamó a ser pastor al confiarme el orden sagrado. Ser hijo de Dios, en esta Iglesia a la que he servido como sacerdote durante casi 42 años y como obispo a lo largo de casi 25, es la mayor bendición en mi vida. Me he entregado siempre sin reservas y, aunque seguramente he cometido errores involuntarios, nunca he querido lastimar a nadie. En palabras de San Pablo, soy como una vasija de barro que lleva dentro un tesoro (cfr. 2 Cor 4, 7)

 

Y así, con la certeza del amor y la gracia de Dios, después de haber vivido una experiencia pastoral muy desafiante pero muy satisfactoria en las diócesis de Tapachula y Tuxtla Gutiérrez, hace siete años llegué a Monterrey con la enorme responsabilidad de pastorear esta Arquidiócesis. Dije, y lo repito, que llegaba a un tren pastoral que iba a toda velocidad y que esperaba poder subirme a él. En estos años he constatado la gran vitalidad de ustedes. Cada día me edifica el esfuerzo de todos por vivir en plenitud la entrega cristiana: laicos, personas consagradas, seminaristas, diáconos permanentes, presbíteros y obispos auxiliares. Todos han sido muy buenos conmigo y de gran ayuda para mis tareas pastorales. Por ello tengo una gran motivación para seguir sirviendo a esta Iglesia local. Ser obispo de Monterrey es mi responsabilidad principal y todos los días le pido a la Virgen del Roble que me ayude a ser un buen pastor. No ceso de intentar nuevos proyectos evangelizadores, de atender las necesidades que día a día brotan en todo el territorio diocesano, de estar al pendiente de los sacerdotes, especialmente de los mayores, y de invitar a saludar y sonreír porque son claves en la pastoral.

 

Me siento con ánimo para enfrentar junto a ustedes esta crisis sin precedentes que la pandemia trae consigo. Si bien ya veníamos hablando los obispos en México de una crisis antropológico cultural (cfr. PGP 20) y de una crisis ecológica, como lo ha adelantado el Papa en Laudato Si’ y Querida Amazonía, nadie imaginaba el tamaño y alcance de esta emergencia sanitaria, con las consecuencias que traerá en todas las áreas de la convivencia humana. Me anima también la presencia, los gestos y la palabra del Papa Francisco, quien nos ha invitado a darnos cuenta de que estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios; llamados a remar juntos y necesitados de confortarnos mutuamente porque en esta barca, remamos todos.

  1. Les confieso finalmente que siento una gran tranquilidad por vivir todos los días la experiencia gratificante del amor de Dios en mi vida y el cobijo protector de la Virgen María. Siento su compañía en cada visita pastoral, en las difíciles decisiones que debo tomar, así como en cada celebración Eucarística; al escuchar las sugerencias de mi Consejo Episcopal y de los demás Consejos de la Arquidiócesis y, sobre todo, experimento la presencia de Dios en la oración y la meditación de su Palabra.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

AvatarDebany Valdes1 de octubre de 2020
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Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 1 de octubre 2020

Este pasado miércoles se llevó a cabo en la Parroquia Santa Teresita En Escobedo, la ordenación sacerdotal de Hugo Eduardo Lara Cruz. Compartimos parte de la reflexión del Arzobispo de Monterrey – Mons. Rogelio Cabrera López, en este importante acontecimiento para la Iglesia de Monterrey

TESTIMONIO DE MONS. ROGELIO

“Estimado Hugo, cuando era seminarista, mi Obispo me dijo algo que no se me olvida: <<Sabrás que tienes vocación el día de tu ordenación sacerdotal>>, yo me quede extrañado de esas palabras, porque normalmente nosotros pensamos que todo comenzó desde el ingreso al seminario, y él me dijo esta razón: << el día de tu ordenación coinciden tres voluntades, la voluntad de Dios, tú voluntad y la voluntad de la Iglesia>>, por ello el día de tu ordenación quedan selladas estas voluntades en la voluntad de Dios>>, quiero con este ejemplo decirte Hugo, que estas viviendo el momento más importante de tu vocación.

El SEÑOR SIEMPRE TIENE LA INICIATIVA

“La vocación es posible porque Cristo camina en nuestra ciudad en nuestros pueblos, Él es el que toma la iniciativa, porque caminar significa salir, ir a donde estamos nosotros, Cristo ha tomado la iniciativa, es primero su voluntad, pero en la vocación también estamos nosotros con nuestros límites, con nuestras realidades positivas, con nuestros deseos, con nuestros miedos, ahí el Señor nos encuentra”.

Pero cualquiera que sea nuestro carácter, nuestro temperamento, Dios se encarga de darle el rumbo correcto. A cada uno el Señor le da lo que le conviene, lo que uno necesita, pero siempre la vocación es acompañada de Jesús, para que se vaya modelando nuestra vida, nuestro carácter, nuestro temperamento, nuestros atrevimientos, pero también nuestros temores, es así como el Señor trabaja siempre nuestra vocación.

LA VOCACIÓN MARCA UN INICIO

“El Señor nos llama y emprendemos un camino de discipulado, vamos aprendiendo poco a poco de Jesús, no todo lo sabemos, sino que poco a poco Dios a través de la vida nos va enseñando, nos va conduciendo, de ahí que es muy importante en la vida de un sacerdote lo que llamamos formación permanente, que es aprender, a ser discípulos del Señor, aprender a enfrentar la vida con las cosas bellas, con las cosas difíciles que tiene, porque la vía, el camino tiene dos ángulos, o dos caras: una de amor y alegría, otra de dolor y sufrimiento, y uno se va formando al estilo pascual, entre la muerte y la vida, entre el dolor y la alegría.

LA MISIÓN EN FAVOR DEL PUEBLO Y CON EL PUEBLO

Nos enseña la Iglesia que tenemos tres tareas los sacerdotes: predicar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos con el pueblo y promover la vida de caridad.

LA PALABRA DE DIOS

“Al recordar la primera tarea de predicar el Evangelio, quiero hacer alusión al Santo que celebramos hoy San Jerónimo, el día de las Escrituras, el día de la Pastoral Bíblica, el Papa nos ha recordado hoy que San Jerónimo tuvo un afecto muy grande a la Palabra de Dios, que le llevo al estudio y el Sacrificio porque proclamar la Palabra de Dios implica también un esfuerzo de parte de nosotros, es prepararnos para anunciar, llenarnos de sabiduría para que podamos compartir con la comunidad la sabiduría del Señor.

LA EUCARISTÍA NOS MUEVE

“El sacerdote es para la Eucaristía, es ahí nuestra tarea principal, todo confluye a la celebración de este Misterio, en nuestra Arquidiócesis ahora tenemos un lema <<La Eucaristía nos mueve”, la Eucaristía a ti y a mí como sacerdotes nos mueve a todo, nos mueve a. amar, nos mueve a servir, nos mueve sacrificarnos a entregar la vida por los demás, celebrar la Eucaristía es el Don más grande”.

PROMOVER LA CARIDAD

“También el Señor te encarga guiar al pueblo para que el pueblo ame y para que el pueblo se ame, para que la caridad sea el distintivo de la comunidad cristiana, todo esto te lo regala el Señor, todo esto te lo regala a ti, tu dile al Señor <<yo te seguiré a donde quiera que tu digas>>”.

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES

“Y a todo el pueblo les pedimos que rueguen por nosotros los sacerdotes, cuando hay una crisis, la crisis se hace general, todos sufrimos, todos podemos ser afectados, en este momento de crisis mundial también es necesario que pidan por nosotros los sacerdotes”.

AvatarDebany Valdes2 de septiembre de 2020
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Introducción

Desde antes de la pandemia pensaba dirigir a todos mis hermanos sacerdotes unas palabras sencillas y llenas de esperanza, compartiéndoles mi alegría por agradecer a Dios 25 años en el ministerio episcopal para animarlos en el camino de su vida sacerdotal. Sin embargo, al vernos impedidos de celebrar juntos la Misa Crismal y viendo el sufrimiento que este acontecimiento ha traído al pueblo de Dios, les dediqué con ocasión del Jueves Santo mi VII Carta Pastoral llamándolos a ser animadores de esperanza.

 

Dirijo esta VIII Carta Pastoral a todos ustedes, fieles cristianos y personas de buena voluntad de la Arquidiócesis de Monterrey, hablándoles como el padre que dialoga con sus hijos, el hijo que platica con sus hermanos y como su pastor, para invitarlos a responder juntos a los retos que la pandemia del COVID-19 y sus efectos, aún no ponderados, nos irá presentando, con el deseo también de animarlos a buscar la luz y la fortaleza en el Espíritu Santo.

 

Sirva también esta Carta para acompañar el camino del Año Jubilar Sacerdotal que hemos comenzado en el contexto de alegría por el Sumo y Eterno Sacerdocio de Jesucristo que el Señor me ha encomendado ejercer en beneficio de toda la Iglesia universal y en específico con ustedes en la Iglesia de Monterrey. Como bien saben, lo iniciamos el pasado 31 de mayo, bajo el manto de la Santísima Virgen del Roble cuando recordábamos su Coronación Pontificia, y se prolongará hasta la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote del 2021, día en el que festejaremos los 25 años de mi consagración episcopal.

 

Como lo he mencionado en el decreto por el que establecí este Año Jubilar, a lo largo de este tiempo privilegiaremos la reflexión sobre el sacerdocio y la labor de la pastoral vocacional. Así, la Vicaría Episcopal de Pastoral, la Comisión del Clero y nuestro Seminario nos propondrán formas para profundizar, celebrar y vivir el sacerdocio de Cristo, ayudados por un itinerario de oración, discernimiento y espiritualidad sacerdotal.

 

Como parte de estos medios y con la confianza de quien habla con su familia, compartiré con ustedes lo que siento, pienso, sueño, hago y espero hoy por hoy, como su obispo, su padre y su pastor. 

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Los acontecimientos que estamos viviendo, y que nos hacen recordar lo frágiles que somos, no deben ser motivo para que perdamos la esperanza en que todo podrá ser superado, aún y cuando se tengan que tomar medidas más estrictas en las que, tal vez, no todos estarán de acuerdo, pero que son necesarias para que pronto podamos retomar nuestras actividades cotidianas.

 

Es por eso que, quiero invitarlos a fortalecer en nuestra vida la virtud sobrenatural de la esperanza, misma que Dios ha infundido en cada uno de nosotros al momento de nuestro bautismo, y que nos da la firme confianza en que Dios, por los méritos de Cristo, nos bendice con las gracias necesarias para salir adelante.

 

Dice el apóstol San Pablo, en su carta a los Romanos (Cf. Rom 5,5) que la esperanza nunca defrauda. ¿Por qué? porque la esperanza es Jesús. Al respecto, dice el Papa Francisco: “Jesús, la esperanza, lo hace todo nuevo, es un milagro constante. No solo ha hecho milagros de curación, como dice la Escritura, sino que todo lo hace nuevo cada día. Cristo es el que hace nuevas todas las cosas en la creación, es el motivo de nuestra esperanza. Y esta esperanza no defrauda, porque Él es fiel” (Papa Francisco, Homilía 09/09/2013).

 

Queridos hermanos y hermanas, al poner nuestra esperanza en Jesús, sabemos todo será superado, por lo que no debemos dar un paso atrás, debemos seguir adelante. Si ahora nos piden cumplir con normas más estrictas, seamos obedientes. Es necesario que vivamos una auténtica solidaridad como miembros de una sociedad que atraviesa por una crisis en la salud de sus ciudadanos.

 

El número de contagios sigue siendo preocupante, pero no debemos quedarnos en la sola lamentación por lo que acontece, sino que debemos comprometernos a buscar juntos la solución, la cual se inicia quedándonos en casa.

 

La vivencia de nuestra fe, siempre será una acción esencial, por lo que no puede limitarse a un solo momento, debemos vivirla en todas nuestras acciones de la vida. Hoy, debemos permanecer en casa, en la Iglesia doméstica que nos fortalece, para que mañana podamos vivir lo nuevo con tranquilidad y esperanza.

 

Les pido que sigamos unidos en la oración, especialmente por todos los sacerdotes que, en torno a la Solemnidad de la Virgen María, celebran su aniversario sacerdotal. Que ella interceda en su vocación, para que sigan teniendo un corazón misericordioso y acompañen con fidelidad al pueblo de Dios, especialmente en estos tiempos de dificultad.

Dios les bendiga.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey


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Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


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