La voz del pastor

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Cuando el 30 de mayo de 1996 fui consagrado obispo en la Ciudad de Tacámbaro, no sentí que cumpliera con la realización de una meta en mi vida, ni con la culminación de un proyecto anhelado por años. Por el contrario, me sorprendió cuando me dieron la noticia de este llamado de Dios. Sigo siendo consciente de mis limitaciones y falta de méritos para una misión de esa naturaleza, y de que los dones que Dios me dio los debo poner al servicio de su Iglesia y de toda la humanidad. Por esto, después del impacto inicial, al momento de la consagración le agradecí a Dios por la gracia de este servicio específico que me encomendó, y le sigo agradeciendo a diario.

 

Soy consciente también del gran don recibido, tanto cuando Dios me llamó a ser su hijo con el bautismo, como cuando me llamó a ser pastor al confiarme el orden sagrado. Ser hijo de Dios, en esta Iglesia a la que he servido como sacerdote durante casi 42 años y como obispo a lo largo de casi 25, es la mayor bendición en mi vida. Me he entregado siempre sin reservas y, aunque seguramente he cometido errores involuntarios, nunca he querido lastimar a nadie. En palabras de San Pablo, soy como una vasija de barro que lleva dentro un tesoro (cfr. 2 Cor 4, 7)

 

Y así, con la certeza del amor y la gracia de Dios, después de haber vivido una experiencia pastoral muy desafiante pero muy satisfactoria en las diócesis de Tapachula y Tuxtla Gutiérrez, hace siete años llegué a Monterrey con la enorme responsabilidad de pastorear esta Arquidiócesis. Dije, y lo repito, que llegaba a un tren pastoral que iba a toda velocidad y que esperaba poder subirme a él. En estos años he constatado la gran vitalidad de ustedes. Cada día me edifica el esfuerzo de todos por vivir en plenitud la entrega cristiana: laicos, personas consagradas, seminaristas, diáconos permanentes, presbíteros y obispos auxiliares. Todos han sido muy buenos conmigo y de gran ayuda para mis tareas pastorales. Por ello tengo una gran motivación para seguir sirviendo a esta Iglesia local. Ser obispo de Monterrey es mi responsabilidad principal y todos los días le pido a la Virgen del Roble que me ayude a ser un buen pastor. No ceso de intentar nuevos proyectos evangelizadores, de atender las necesidades que día a día brotan en todo el territorio diocesano, de estar al pendiente de los sacerdotes, especialmente de los mayores, y de invitar a saludar y sonreír porque son claves en la pastoral.

 

Me siento con ánimo para enfrentar junto a ustedes esta crisis sin precedentes que la pandemia trae consigo. Si bien ya veníamos hablando los obispos en México de una crisis antropológico cultural (cfr. PGP 20) y de una crisis ecológica, como lo ha adelantado el Papa en Laudato Si’ y Querida Amazonía, nadie imaginaba el tamaño y alcance de esta emergencia sanitaria, con las consecuencias que traerá en todas las áreas de la convivencia humana. Me anima también la presencia, los gestos y la palabra del Papa Francisco, quien nos ha invitado a darnos cuenta de que estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios; llamados a remar juntos y necesitados de confortarnos mutuamente porque en esta barca, remamos todos.

  1. Les confieso finalmente que siento una gran tranquilidad por vivir todos los días la experiencia gratificante del amor de Dios en mi vida y el cobijo protector de la Virgen María. Siento su compañía en cada visita pastoral, en las difíciles decisiones que debo tomar, así como en cada celebración Eucarística; al escuchar las sugerencias de mi Consejo Episcopal y de los demás Consejos de la Arquidiócesis y, sobre todo, experimento la presencia de Dios en la oración y la meditación de su Palabra.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 1 de octubre 2020

Este pasado miércoles se llevó a cabo en la Parroquia Santa Teresita En Escobedo, la ordenación sacerdotal de Hugo Eduardo Lara Cruz. Compartimos parte de la reflexión del Arzobispo de Monterrey – Mons. Rogelio Cabrera López, en este importante acontecimiento para la Iglesia de Monterrey

TESTIMONIO DE MONS. ROGELIO

“Estimado Hugo, cuando era seminarista, mi Obispo me dijo algo que no se me olvida: <<Sabrás que tienes vocación el día de tu ordenación sacerdotal>>, yo me quede extrañado de esas palabras, porque normalmente nosotros pensamos que todo comenzó desde el ingreso al seminario, y él me dijo esta razón: << el día de tu ordenación coinciden tres voluntades, la voluntad de Dios, tú voluntad y la voluntad de la Iglesia>>, por ello el día de tu ordenación quedan selladas estas voluntades en la voluntad de Dios>>, quiero con este ejemplo decirte Hugo, que estas viviendo el momento más importante de tu vocación.

El SEÑOR SIEMPRE TIENE LA INICIATIVA

“La vocación es posible porque Cristo camina en nuestra ciudad en nuestros pueblos, Él es el que toma la iniciativa, porque caminar significa salir, ir a donde estamos nosotros, Cristo ha tomado la iniciativa, es primero su voluntad, pero en la vocación también estamos nosotros con nuestros límites, con nuestras realidades positivas, con nuestros deseos, con nuestros miedos, ahí el Señor nos encuentra”.

Pero cualquiera que sea nuestro carácter, nuestro temperamento, Dios se encarga de darle el rumbo correcto. A cada uno el Señor le da lo que le conviene, lo que uno necesita, pero siempre la vocación es acompañada de Jesús, para que se vaya modelando nuestra vida, nuestro carácter, nuestro temperamento, nuestros atrevimientos, pero también nuestros temores, es así como el Señor trabaja siempre nuestra vocación.

LA VOCACIÓN MARCA UN INICIO

“El Señor nos llama y emprendemos un camino de discipulado, vamos aprendiendo poco a poco de Jesús, no todo lo sabemos, sino que poco a poco Dios a través de la vida nos va enseñando, nos va conduciendo, de ahí que es muy importante en la vida de un sacerdote lo que llamamos formación permanente, que es aprender, a ser discípulos del Señor, aprender a enfrentar la vida con las cosas bellas, con las cosas difíciles que tiene, porque la vía, el camino tiene dos ángulos, o dos caras: una de amor y alegría, otra de dolor y sufrimiento, y uno se va formando al estilo pascual, entre la muerte y la vida, entre el dolor y la alegría.

LA MISIÓN EN FAVOR DEL PUEBLO Y CON EL PUEBLO

Nos enseña la Iglesia que tenemos tres tareas los sacerdotes: predicar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos con el pueblo y promover la vida de caridad.

LA PALABRA DE DIOS

“Al recordar la primera tarea de predicar el Evangelio, quiero hacer alusión al Santo que celebramos hoy San Jerónimo, el día de las Escrituras, el día de la Pastoral Bíblica, el Papa nos ha recordado hoy que San Jerónimo tuvo un afecto muy grande a la Palabra de Dios, que le llevo al estudio y el Sacrificio porque proclamar la Palabra de Dios implica también un esfuerzo de parte de nosotros, es prepararnos para anunciar, llenarnos de sabiduría para que podamos compartir con la comunidad la sabiduría del Señor.

LA EUCARISTÍA NOS MUEVE

“El sacerdote es para la Eucaristía, es ahí nuestra tarea principal, todo confluye a la celebración de este Misterio, en nuestra Arquidiócesis ahora tenemos un lema <<La Eucaristía nos mueve”, la Eucaristía a ti y a mí como sacerdotes nos mueve a todo, nos mueve a. amar, nos mueve a servir, nos mueve sacrificarnos a entregar la vida por los demás, celebrar la Eucaristía es el Don más grande”.

PROMOVER LA CARIDAD

“También el Señor te encarga guiar al pueblo para que el pueblo ame y para que el pueblo se ame, para que la caridad sea el distintivo de la comunidad cristiana, todo esto te lo regala el Señor, todo esto te lo regala a ti, tu dile al Señor <<yo te seguiré a donde quiera que tu digas>>”.

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES

“Y a todo el pueblo les pedimos que rueguen por nosotros los sacerdotes, cuando hay una crisis, la crisis se hace general, todos sufrimos, todos podemos ser afectados, en este momento de crisis mundial también es necesario que pidan por nosotros los sacerdotes”.

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Introducción

Desde antes de la pandemia pensaba dirigir a todos mis hermanos sacerdotes unas palabras sencillas y llenas de esperanza, compartiéndoles mi alegría por agradecer a Dios 25 años en el ministerio episcopal para animarlos en el camino de su vida sacerdotal. Sin embargo, al vernos impedidos de celebrar juntos la Misa Crismal y viendo el sufrimiento que este acontecimiento ha traído al pueblo de Dios, les dediqué con ocasión del Jueves Santo mi VII Carta Pastoral llamándolos a ser animadores de esperanza.

 

Dirijo esta VIII Carta Pastoral a todos ustedes, fieles cristianos y personas de buena voluntad de la Arquidiócesis de Monterrey, hablándoles como el padre que dialoga con sus hijos, el hijo que platica con sus hermanos y como su pastor, para invitarlos a responder juntos a los retos que la pandemia del COVID-19 y sus efectos, aún no ponderados, nos irá presentando, con el deseo también de animarlos a buscar la luz y la fortaleza en el Espíritu Santo.

 

Sirva también esta Carta para acompañar el camino del Año Jubilar Sacerdotal que hemos comenzado en el contexto de alegría por el Sumo y Eterno Sacerdocio de Jesucristo que el Señor me ha encomendado ejercer en beneficio de toda la Iglesia universal y en específico con ustedes en la Iglesia de Monterrey. Como bien saben, lo iniciamos el pasado 31 de mayo, bajo el manto de la Santísima Virgen del Roble cuando recordábamos su Coronación Pontificia, y se prolongará hasta la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote del 2021, día en el que festejaremos los 25 años de mi consagración episcopal.

 

Como lo he mencionado en el decreto por el que establecí este Año Jubilar, a lo largo de este tiempo privilegiaremos la reflexión sobre el sacerdocio y la labor de la pastoral vocacional. Así, la Vicaría Episcopal de Pastoral, la Comisión del Clero y nuestro Seminario nos propondrán formas para profundizar, celebrar y vivir el sacerdocio de Cristo, ayudados por un itinerario de oración, discernimiento y espiritualidad sacerdotal.

 

Como parte de estos medios y con la confianza de quien habla con su familia, compartiré con ustedes lo que siento, pienso, sueño, hago y espero hoy por hoy, como su obispo, su padre y su pastor. 

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Los acontecimientos que estamos viviendo, y que nos hacen recordar lo frágiles que somos, no deben ser motivo para que perdamos la esperanza en que todo podrá ser superado, aún y cuando se tengan que tomar medidas más estrictas en las que, tal vez, no todos estarán de acuerdo, pero que son necesarias para que pronto podamos retomar nuestras actividades cotidianas.

 

Es por eso que, quiero invitarlos a fortalecer en nuestra vida la virtud sobrenatural de la esperanza, misma que Dios ha infundido en cada uno de nosotros al momento de nuestro bautismo, y que nos da la firme confianza en que Dios, por los méritos de Cristo, nos bendice con las gracias necesarias para salir adelante.

 

Dice el apóstol San Pablo, en su carta a los Romanos (Cf. Rom 5,5) que la esperanza nunca defrauda. ¿Por qué? porque la esperanza es Jesús. Al respecto, dice el Papa Francisco: “Jesús, la esperanza, lo hace todo nuevo, es un milagro constante. No solo ha hecho milagros de curación, como dice la Escritura, sino que todo lo hace nuevo cada día. Cristo es el que hace nuevas todas las cosas en la creación, es el motivo de nuestra esperanza. Y esta esperanza no defrauda, porque Él es fiel” (Papa Francisco, Homilía 09/09/2013).

 

Queridos hermanos y hermanas, al poner nuestra esperanza en Jesús, sabemos todo será superado, por lo que no debemos dar un paso atrás, debemos seguir adelante. Si ahora nos piden cumplir con normas más estrictas, seamos obedientes. Es necesario que vivamos una auténtica solidaridad como miembros de una sociedad que atraviesa por una crisis en la salud de sus ciudadanos.

 

El número de contagios sigue siendo preocupante, pero no debemos quedarnos en la sola lamentación por lo que acontece, sino que debemos comprometernos a buscar juntos la solución, la cual se inicia quedándonos en casa.

 

La vivencia de nuestra fe, siempre será una acción esencial, por lo que no puede limitarse a un solo momento, debemos vivirla en todas nuestras acciones de la vida. Hoy, debemos permanecer en casa, en la Iglesia doméstica que nos fortalece, para que mañana podamos vivir lo nuevo con tranquilidad y esperanza.

 

Les pido que sigamos unidos en la oración, especialmente por todos los sacerdotes que, en torno a la Solemnidad de la Virgen María, celebran su aniversario sacerdotal. Que ella interceda en su vocación, para que sigan teniendo un corazón misericordioso y acompañen con fidelidad al pueblo de Dios, especialmente en estos tiempos de dificultad.

Dios les bendiga.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Oremos mucho, oremos confiadamente. Oremos unos por otros. Si la epidemia nos arranca lágrimas, serán transformadas en esperanza. Mantengámonos firmes, levantemos la cara, el corazón y, llenos de fe, abracemos al Señor Crucificado. Ama mucho al pueblo de Dios, estamos ayunando juntos, preparando la Pascua del Señor. Ayuda a tu comunidad a tomar conciencia, a cuidarnos unos a otros y a velar por los vulnerables, estando al pendiente de otras decisiones y comunicaciones.

 

En estos momentos nuestra oración debe elevarse, en primer lugar, por las personas que han sido afectadas por el virus y la enfermedad, así como por todas aquellas personas dedicadas al área de la salud: desde la más humilde, porque le corresponde mantener limpio y ordenado el lugar, hasta la más especializada, porque ha estudiado más a fondo el fenómeno, ya que ambas ponen en juego su propia salud y la de los suyos por el bien de toda la sociedad. Pidamos por los voluntarios que se ofrecen a realizar lo que pueden: quien auxilia a los mayores a hacer compras, quien está dispuesto a escuchar a los que sufren la soledad o encierro, quien realiza cualquier obra buena por los demás. También, nuestra oración debe elevarse por las autoridades de todos los niveles, para que puedan tomar las mejores decisiones, y por todos los que formamos la sociedad, para que sepamos ser prudentes en estos momentos sin caer en pánico.

 

Bajo la protección de la Virgen Santísima del Roble y el padre Jardón.

 

Este, además, es un buen tiempo para recordar la fe y entrega de los sacerdotes que nos precedieron. Como nosotros, el padre Jardón tuvo que vivir lejos de su pueblo, pues dos veces fue desterrado del país durante la persecución religiosa, pero nunca dejó de estar cercano a él en la oración y la fe, sigamos su ejemplo. Ojalá que el día de mañana, cuando seamos llevados a la presencia del Señor, puedan las generaciones futuras, quienes saldrán victoriosos de esta pandemia, decir de nosotros lo que decimos del padre Jardón: “Su corazón había sido un volcán de amor al Señor y a sus semejantes, particularmente los pobres… Sus labios habían sido manantiales de sabiduría y de paz, que habían cantado fervorosamente las alabanzas de Dios y habían elevado las almas a Dios como el más rico incienso. Su vida ejemplar rendía la jornada santamente, había sentido el sello del dolor y de la Cruz… Siendo según el mundo, pobre, ignorante y pequeño, tuvo una influencia relevante en nuestra comunidad. Monterrey recibió su ejemplo, una vida llena de caridad, humildad y espíritu de servicio para bien de su Santa Iglesia”.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Mons. Rogelio Cabrera López

El dolor de la lejanía física y la alegría del acompañamiento espiritual

Es un gran dolor, para sacerdotes y pueblo, no poder celebrar la Eucaristía juntos, ni reunirnos para celebrar los sacramentos y compartir el caminar de la vida, como solíamos hacerlo y deseamos hacerlo. Pero es uno de esos ayunos que purifican e invitan a la renovación de la fe en Cristo y en la Iglesia. En nuestros templos no está la presencia física del pueblo, aunque está la presencia virtual por las redes digitales que manifiesta su fe viva, y el deseo de cercanía con el pastor y la comunión de los santos. Por lo pronto, el templo está vacío, pero está realmente ejerciéndose la unión espiritual del Pueblo con Cristo, adorando a su Creador en el Espíritu Santo y en Verdad. No pudimos vivir la Semana Santa como la planeábamos, así que, por amor a Dios y a tu comunidad, no congregues personas en las celebraciones litúrgicas. No las convoques a cosas innecesarias, no las expongas, todo es para evitar contagios y salvar vidas.

Fue Cristo quien nos enseñó a amar a estas personas a las que ahora tenemos que cuidar con atención. Celebramos el Misterio Pascual en las fechas que son debidas, pero al mismo tiempo, en nuestro corazón, preparemos una Gran Celebración Pascual con todo el pueblo reunido, para que, cuando pase toda esta emergencia y podamos salir con toda libertad, alegría y amor, pidamos a Dios consuelo y fortaleza por todo lo que sucedió, agradeciéndole el fin de la calamidad y así proponer un nuevo futuro del mundo, la sociedad y de la Iglesia. Ya llegará el momento de reunirnos de nuevo con el Maestro para que nos enseñe las Escrituras y nos comparta el pan, como sucedió a los discípulos de Emaús en la resurrección de Cristo.

La caridad como manifestación de nuestra fe y preparación a la Pascua Florida.

Como ya se ha comentado, esta emergencia sanitaria está provocando una gran crisis económica y ha conmovido estructuras sociales, institucionales e individuales, dejando a muchas personas en incertidumbre y provocando en otras desorientación, desánimo, ansiedad, miedo y angustia. Cuidemos mucho la estructura de nuestra vida personal y nutramos nuestro cuerpo, mente y espíritu con el alimento adecuado: dieta balanceada, ejercicio físico, lecturas motivantes e información veraz; diálogo fraternal, servicio y amor a los demás; ayuda mutua, creatividad pastoral, lectura y meditación de la Palabra de Dios, oración confiada, obras de misericordia… En fin, todo lo que es la vida cristiana de un discípulo sacerdote, sólido en la fe, esperanza y caridad. Necesitamos estar fuertes para esta parte del camino de la vida que apenas empieza y requerirá de nosotros lo mejor. Estemos atentos, unos de otros para servir las necesidades que experimentemos. Este es el modo de lavar hoy los pies a los hermanos en medio de las dificultades que enfrentamos.

En la medida de nuestras posibilidades reales, tanto personales como institucionales, seamos generosos, comenzando por nuestra familia sacramental, extendiéndolo a la familia espiritual y de sangre. Confiemos en la Providencia Divina y desde nuestra pobreza y necesidad, aprendamos a compartir.

En cuanto a las necesidades económicas de nuestras parroquias e instituciones, dejemos que sean los fieles quienes tomen la iniciativa. Tú confía mucho en el Señor, saldremos adelante juntos, no sin la austeridad y sobriedad necesarias.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Arzobispo de Monterrey

Llamado a la fe y vivencia de la propia vocación en las circunstancias actuales

La emergencia sanitaria mundial que estamos viviendo es histórica y la humanidad actual tiene que aceptar y responder a este desafío. Dentro de esta barca única de la humanidad, estamos nosotros, discípulos de Cristo, sus humildes servidores y sacerdotes del Señor. Él está en la misma barca, tal como el Santo Padre, el Papa Francisco, nos hacía reflexionar en la Bendición Urbi et Orbi. Jesús duerme, hasta que le gritaron preguntándole: “¿no te importa que perezcamos?”. De la reflexión del Papa podemos inferir: ¡claro que le importamos! Dios Padre no envía la tempestad, es parte de la vida en el mundo, y Jesús, Hijo de Dios, por su amor misericordioso, es el Primer interesado en atender las dificultades humanas. 

Pero, dormido en la barca, el Señor esperaba la respuesta de humildad de aquellos experimentados pescadores, quienes conocían el lago. No era una tormenta del mar Mediterráneo, fiera e implacable, sino del mismo lago de Galilea, el lago de siempre, tan navegado por ellos, del que pensaban que tenían bien conocido y dominado. Jesús esperaba la humildad de los pescadores pidiendo su ayuda y, al despertar, no negó la tormenta ni minimizó la reacción de los discípulos, sino que se enfocó en el interior de ellos y en su corazón, descubriéndoles lo que sucedía: su fe era muy débil.

Hemos sido llamados por Cristo a atender a su pueblo. Cada uno ha recibido el don del sacerdocio para ejercerlo en su nombre y en comunión con toda la Iglesia. También cada uno de nosotros ha recibido dones personales para responder, según la propia capacidad, a las circunstancias de las propias responsabilidades.

Las nuevas situaciones que vivimos, aunque sean temporales, nos exigen nuevas formas de vivir nuestro ministerio que puedan responder a ellas, siendo así, buenos pastores para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, la base de nuestra vida como pastores es la misma: la fe en Cristo Jesús y la respuesta que hemos dado a su llamado.

Mons. Rogelio Cabrera López

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Mons. Rogelio Cabrera López

La etapa histórica que vivimos despierta en el interior muchas inquietudes, tantas que a veces ya no alcanzamos a ser conscientes de nuestras necesidades y respondemos de manera compulsiva a propuestas diversas. En esta dinámica tecno-consumista, reinante en nuestro tiempo, se diseñan estrategias para estimular las áreas inconscientes de nuestro cerebro, el cual responde con una señal de deseo, llevándonos a reacciones semi-inconscientes, como en un estado hipnótico, digamos por ejemplo, para comprar un producto. El Papa Francisco nos invita a reflexionar lo que Romano Guardini pensaba a mitad del siglo XX: “… el ser humano ‘acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado’” (LS 203). Estamos ante la estrategia y dinámica consumista y sentimos que nuestra ansiedad es lo racional y correcto.

La ansiedad que vivimos solo se satisface consumiendo, de tal manera que al poco tiempo nos descubrimos rodeados de falsas necesidades, productos materiales, ideologías, maneras de hablar, de vestir, megaproyectos y proyectos con los que buscamos imitar estilos o apariencias que nos son propias. Mentes obtusas llenas de rencores, propuestas individualistas sin comunidad; espíritus ansiosos llenos de mundanidad y ebrios de materia y de sí mismos, sin trascendencia y alejados del Dios de la vida. El camino de la mundanidad es uno de los grandes riesgos en nuestro camino ministerial.

En la encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco hace una invitación a un cambio de vida a todos los que habitamos esta casa común, actualizando el llamado a la santidad en nuestros tiempos, con una fuerte carga espiritual. Según el camino de la enseñanza evangélica, el vino nuevo, necesita odres nuevos (cfr. Mt 9, 14-17), así como una nueva manera de vivir, necesita una nueva educación y nuevos aprendizajes. Preguntémonos: ¿Cuáles son los nuevos aprendizajes necesarios para vivir una vida profético-contemplativa? Les propongo, como un camino a la santidad, reflexionar y meditar Laudato Si’, así como orar de su mano, por el mensaje de santidad tan actual que contiene. Especial atención merece el sexto capítulo llamado Educación y Espiritualidad Ecológica. Subrayaré enseguida algunos puntos que me parecen importantes sobre ella y así plantearnos un primer compromiso sacerdotal.

En primer lugar, la vida profético- contemplativa tiene cuatro características: libertad, austeridad, sobriedad y gozo. Estas nos liberan de la dinámica de consumo, de ansiedades, estrés y falsas necesidades, permitiéndonos distinguir el justo valor de las cosas, reconociendo el valor de las personas en el centro y la distinción entre lo necesario y lo superfluo para una vida digna en camino de santidad. Facilita además que tengamos el equilibrio personal necesario, la salud mental y espiritual y la libertad de los hijos de Dios, para desarrollar los dones recibidos en justicia, solidaridad, subsidiariedad, reconciliación y

misericordia, cultivando el gozo y la paz como frutos del Espíritu Santo.

En segundo lugar, el cambio de época que estamos viviendo, exige de nosotros, como respuesta, el reconocimiento de los desvíos, el arrepentimiento personal y comunitario y el compromiso firme y decidido por la santidad de vida que el Espíritu Santo ha inspirado en todas las ocasiones en que los cristianos han sufrido las consecuencias del alejamiento de los caminos divinos y en épocas de persecución.

Mons. Rogelio Cabrera López

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Mons. Rogelio Cabrera López

En el ser humano, la vida no solo es un llamado a la existencia, pues en su corazón subsiste la inquietud de una vida plena. Desde la antigüedad, la humanidad se ha propuesto llenar su vida y su corazón de formas diversas, siendo así que muchos aún experimentan que no basta una buena salud y gozar de bienestar.

Ese anhelo ha sido catalogado de melancolía, por desear un estado de vida anterior o de resentimiento, por quererlo alcanzar sin poder hacerlo. Al estado de plenitud que motiva a muchos seres humanos le llamamos felicidad, un concepto tomado de la misma vida humana y que se manifiesta cuando la persona experimenta momentos en que se une a una meta de bien propuesta desde la razón y la voluntad, y en los que todos los elementos de la existencia, en medio de su complejidad, tienen cierto orden y equilibrio respecto a uno mismo y a los demás, revelándole así su identidad y el sentido más profundo en su vida.

El deseo de la persona consiste en vivir siempre así, en esa altura de vida, pero es consciente que esos momentos no llegan solos ni por casualidad ya que es necesario el esfuerzo biopsicosocial, las virtudes fundamentales de la prudencia, templanza, fortaleza y justicia, la vivencia de las virtudes propias del estado de vida de cada uno y el ejercicio de las virtudes sociales necesarias para la búsqueda del bien común.

«De esta manera, la felicidad es un bien arduo, que requiere gran libertad y dedicación».

Debido a la multiplicidad de formas de pensar y de querer, los seres humanos batallamos para encontrar claridad en la comprensión y búsqueda de ese estado de felicidad. En ocasiones la confundimos con el gusto propio, con las ideas, con las habilidades, con los resultados obtenidos, con los intereses individuales y colectivos, con prácticas y ritualismos, con órdenes fantásticos, con desarrollo externo, con la posesión de la ciencia, con la manipulación colectiva, con el poder y el dominio, con las riquezas materiales y con un largo etcétera.

La Iglesia reconoce el valor de las preguntas del ser humano acerca de su origen, identidad, destino y sentido de la propia vida y de la humanidad entera en cada etapa de la historia. Los seres humanos de hoy reclaman su derecho a ser felices e intuyen que el camino es el libre desarrollo de su personalidad. La felicidad se piensa hoy por los conceptos de libertad, derecho, desarrollo y personalidad: ¿será este el camino hacia la plenitud humana?

Esta pregunta surge también en nosotros, hermanos sacerdotes. El corazón sacerdotal también entra en crisis y pregunta por el destino y el sentido. Pedro también se lo expresó al Señor: “Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10, 28). ¿Cuál habrá sido su inquietud? Creo que este pasaje del Evangelio es provocador para nosotros en nuestro caminar sacerdotal pues nos conduce a preguntarnos si ha valido la pena el desprendimiento y si vale la pena seguir al Señor en un orden de vida tan difícil.

En varias etapas de la historia de la Iglesia, la consagración de la vida a Dios en comunidades religiosas y en el sacerdocio secular, ha entrado en momentos de crisis, cuestionamientos y persecuciones. Debemos reconocer que en el presente vivimos uno de estos momentos. No dudamos que en el corazón de algunos hermanos nuestros pueden surgir desalientos, dudas e incluso hasta sospechas; no faltan acusaciones, fundadas o infundadas, que nos hieren y separan. Hermanos, vivimos momentos en que es necesaria una respuesta muy madura, llena de humanidad y de fe.

Pedro pregunta, como todo ser humano, si será hasta el encuentro con el Resucitado cuando tenga certeza y fortaleza. Nosotros hemos de recorrer el camino del Crucificado para encontrarnos con el Resucitado, experimentando esa misma certeza y fortaleza en la vida. Solo así podremos encontrar la fe y la comunión para cumplir nuestra misión en la tierra alentados por las palabras de Jesús: “…he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32).

Dios nuestro Padre, en su infinita bondad, quiso llamarnos a la vida. Somos seres humanos con toda la complejidad que esto implica y, por la dependencia mutua que tenemos, con una relación necesaria con el resto de la creación, que hemos de amar y custodiar para mantener este don inicial de la vida. Además, anhelamos no solo vivir, queremos una vida plena por un estado de felicidad completo, mismo que solo será posible si contamos con una luz verdadera y cierta que clarifique e ilumine el caminar de toda la humanidad y de cada ser humano en particular.

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“Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Este es, quizá, uno de los versículos más conocidos del Nuevo Testamento y, probablemente, de toda la Sagrada Escritura. Es la primera ocasión que aparece el verbo amar en el Evangelio de San Juan, de aquí su alto valor y significado. El sujeto del amor es el Padre y el objeto de su amor es el mundo, se trata por lo tanto del acto de amor fundamental que explica la obra de la salvación humana. Es el amor lo que está en el fondo de la misión del Hijo unigénito, pues no existe ninguna otra razón o motivación para la donación fundamental que implica su obra redentora. 

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo” (Jn 6, 51). Unos capítulos más adelante encontramos que al don fundamental del Padre, el Hijo unigénito responde con el don de su propia existencia. Así va tejiéndose en el Evangelio de San Juan, un eje que revela que el amor mueve a dar, a darse y quien da, lo hace movido por el amor (cfr. 3, 35; 10, 17-18). Esta es la lógica que está detrás de la actitud de Jesús cuando enfrenta la hora de su pascua pues “…los amó hasta el final” (Jn 13, 1) y está dispuesto a darse hasta el final, pues ama hasta el final. Por eso, al término de su existencia no ha reservado nada para sí. Su camino no ha sido el de la apropiación y acumulación egoísta, sino un camino de auto-donación en nombre del amor. 

La lógica de vida del discípulo no puede ser distinta: “cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías” (Jn 21, 18). Como Pedro, todo seguidor de Jesús está llamado a entrar en un camino de desposesión que le reclamará el don de su propia vida: “… con esto le indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios” (Jn 21, 19).

Jesús anuncia a Pedro este camino después de haberlo examinado en el amor, que es el fundamento de una vida entregada como don. Si esto es válido en toda vocación cristiana, lo es más para nosotros que, como sacerdotes, estamos particularmente llamados a hacer vida en nosotros la kénosis de Cristo, como camino de desposesión y no de acumulación (cfr. PO 15) pues el Señor “… se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo… haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 7-9).

“Dicho esto [Jesús a Pedro] añadió: Sígueme” (Jn 21, 19). Estimados hermanos, por medio de esta Carta Pastoral, quiero animarlos a vivir nuestro seguimiento de Cristo desde la lógica fundamental del amor de Dios, que se expresa como donación y desprendimiento, invitándolos a asumir de forma más consciente y decidida nuestra identificación con el vaciamiento de Cristo, mediante una vida más austera y cercana, siendo signo de Jesús, en medio de un mundo regido por la apropiación y el consumo. Estoy convencido que, mediante este testimonio, Dios seguirá suscitando, en las mujeres y los hombres de hoy, el vivo deseo de responder al llamado del Señor.


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Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


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