Comprométete

AvatarDebany Valdes15 noviembre, 2020
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Por Luis Donaldo González

Los pobres de hoy son los pobres de siempre, es decir, los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los que carecen de lo necesario para vivir y vestir, los enfermos, los encarcelados.

Los deprimidos, los que se sienten solos, los olvidados y excluidos. Los perseguidos por su raza, credo o condición. Son aquellos que sufren la injusticia del abandono de sus hermanos y nos necesitan.

Si somos atentos nos damos cuenta que no son otros que aquellos de los que hablaba el Señor Jesús cuando refiriéndose al servicio y a la caridad dijo: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Ahora bien, aunque son “los de siempre” viven en un mundo que no es el de siempre: aunque hoy tenemos grandes avances científicos y tecnológicos, seguimos teniendo hambre, frío, desprotección e inseguridad.

La desigualdad es muy visible, y más en tiempo de pandemia: según la ONU, de 2019 a 2020, en América Latina y el Caribe la tasa de pobreza podría llegar a 37,2% de la población, es decir, 230 millones de personas vivirán en situación de pobreza. Sin caer en generalizaciones injustas que sostienen que todos los ricos son malos o corruptos y que todos los que viven en precariedad son víctimas, tampoco podemos negar que hoy unos cuantos viven desmesuradamente y unos muchos en condiciones de precariedad.

El deber de la solidaridad
Aunque la Iglesia no tiene la solución a estos serios problemas de injusticia social (y medioambiental), sí que tiene una palabra que ofrecer para combatir con esperanza -y desde la raíz- a sus causas, pues para la vida cristiana la fe y la caridad están inseparablemente relacionadas: en cada persona reconoce la imborrable dignidad de hijo de Dios, y especialmente en el pobre y el indefenso reconoce a Jesucristo, sufriente y necesitado.

La fe pone ante los ojos del creyente el “deber de la solidaridad” que no se reduce a un sentimiento superficial (o lástima) por los males de los que sufren, sino que es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Juan Pablo II). Esto, sin duda requiere gestos serios, grandes y pequeños, además de un sincero testimonio.

Requiere ser atento al interior y al exterior del propio vecindario y un corazón bien dispuesto a obrar con gratuidad (hacer sin esperar recompensa)3.

No al mero asistencialismo

El “deber” de la auténtica solidaridad acoge y atiende al desamparado pero también lo promueve a una vida digna y más humana. Solo así se puede entender que “dar de comer al hambriento” comienza con un plato de comida caliente pero es más que eso.

Así, con mucho respeto y sin restar ni un poco el gran valor y la importancia de la incansable labor de miles de personas e instituciones que generosa y muchas veces cristianamente ayudan a quien lo necesita, la propuesta católica va más allá de un mero asistencialismo (sin rechazarlo), ya que éste visto como fin o meta en lugar de hacer más pleno al ser humano puede llegar a humillarle, haciéndolo completamente dependiente, anulando su propia creatividad y participación (Benedicto XVI)4 y, a veces, llegando a condicionar seriamente la libertad electoral de los beneficiados.
Buscando mayor libertad, la Iglesia apuesta por impulsar y promover a la persona para que, con ayuda y en la medida de lo posible, vaya adquiriendo lo necesario para ser protagonista de su propio desarrollo (Pablo VI)5.

Cierto es que aquí puede resonar, “dar el pescado, y también enseñar a pescar”… y que la educación, la salud y el trabajo son barca, caña y anzuelo para salir al mar.
A este principio de la Doctrina Social de la Iglesia se le llama “subsidiariedad”, y es posible entre instituciones y personas como entre gobierno y pueblo: no se puede quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con su esfuerzo e industria, como tampoco quitar a las pequeñas comunidades e instituciones lo que pueden hacer y proporcionar por sí mismas6.

Esta propuesta no pretende dejar a la persona o al pueblo a la deriva sino a que desde una actitud de ayuda, se respete la autonomía de todos para que la sociedad funcione y realice a la persona de modo responsable, integral y humano.

El amor nos mueve

La constante referencia y comunicación con Dios en la oración nos que tiene mover el corazón para ver y atender la vulnerabilidad del hermano. Recordemos que “la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres” (Francisco)7.

Esto no es nuevo, pues según Jesucristo, “amar a Dios y al prójimo” es la síntesis de toda Ley. Por esa razón, aunque es muy incómodo, la injusticia y la precariedad en la que viven y mueren muchos de los nuestros no hacen ruido en el corazón y no nos deja “sentirnos bien”.

La fe y el amor que de ella brota no se separan de la realidad ni individual ni social, al contrario, se expresa en las relaciones más cercanas y en las relaciones sociales, económicas y políticas8.

Nos exige tender la mano al pobre desde la generosidad de nuestra pobreza y a amar desde nuestro amor: con comida, ropa, medicamento, trabajo, compañía. A la vez, rechazar cualquier tipo de injusticia que provoca la desigualdad: sobornos, compadrazgo, calumnias. Esto nos dará paso a un mundo mejor, más fraterno.

Querido lector, hoy que celebramos la Jornada Mundial de los Pobres, seamos bien conscientes de que somos todos hermanos, hijos de un mismo Padre, y, a la vez, afirmar que Dios ama al pobre pero no a la pobreza que le oprime y le mata.

 

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MUJERES, CUANTAS VECES NOS PREGUNTAMOS ¿CÓMO?, ¿CUÁNDO?, ¿DÓNDE?

Por Mayte Cavazos 

En el mes de octubre la Arquidiócesis de Monterrey realizó una emisión especial dedicada a la mujer, el programa “El rostro femenino de la iglesia”, en el cual tuve la oportunidad de participar en la conducción junto con grandes compañeros (Debany Valdés, Armando Cavazos y Juan Pablo Vázquez) en el programa tuvimos invitadas muy especiales que nos compartieron su experiencia dentro de las actividades pastorales de la iglesia y al escuchar su testimonio fue como escuchar la respuesta de Dios a cada una de esas preguntas. La alegría y fe con la que nos compartieron su testimonio me hizo entender que Dios está ahí esperándonos siempre para abrazarnos, sanar nuestras heridas, enseñarnos y guiarnos, así como a cada una de las invitadas, para estar al servicio de los demás. 

Fue muy bonito no solo conocerlas, sino también que el programa, hecho por la Arquidiócesis de Monterrey, fuera una forma de reconocer toda la entrega de las mujeres y la importancia que tienen dentro de la iglesia. Que alegría que con un programa dedicado especialmente a ellas se transmita la importancia de su labor y aún lo más importante hacernos ver que necesitamos decir sí al Señor y atender su llamado.

Cada una de las invitadas dejó claro que estamos incompletas sin Dios, que Él nos está esperando y no tenemos que preocuparnos por el cómo, cuándo, ni dónde, así como cada una se ocupe de atender su llamado Él se ocupará de atender nuestras preocupaciones, basta que le respondamos Sí quiero, guíame.

Felicidades mujeres y gracias a cada una por responder al llamado de Dios.

Sigan compartiendo su testimonio, nuestros corazones lo necesitan.

Mayte Cavazos 

Conductora El Rostro Femenino de la Iglesia

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Pbro. Dr. José Francisco Gómez Hinojosa

… es el título que abría el mes de octubre, dedicado a las mujeres, en las transmisiones diarias del Canal Digital Arquidiocesano, previas a las Eucaristías que se proyectan desde el Sagrario de nuestra Catedral Metropolitana.

La iniciativa surgió para respaldar otra intuición semejante del Señor Arzobispo, don Rogelio: el Consejo Pastoral de Mujeres. De esta manera, nuestro pastor quiere atender una de las prioridades expresadas tanto en sus comunicaciones ordinarias como en nuestros recientes planes de pastoral: las mujeres.

Y es que a ellas, durante siglos, las hemos confinado al hogar y a las tareas de madres, esposas, hijas, hermanas. Tales funciones las enaltecen, es cierto, pero no pueden ser exclusivas de sus aportes a la sociedad y a la Iglesia. Ellas exigen, y con todo derecho, ser reconocidas como ciudadanas y seguidoras de Jesús, capaces de dar mucho más en los diferentes ámbitos sociales y eclesiales en los que participan.

Pronto el Consejo Pastoral de Investigaciones, también de reciente creación, nos propondrá una encuesta para analizar el papel que desempeñan las mujeres en la Arquidiócesis, y el que pueden ofrecer. Estemos atentos.

 

Vicario General

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Pbro. Alejandro Leal Alejos

Desde tiempos inmemorables, se ha pensado solamente en el Sacerdocio Ministerial como el único existente, pero la Iglesia, en sus principios, valoraba el Sacerdocio Bautismal.

La diferencia entre ellos es que el Ministerial es referido al Sacramento del Orden Sacerdotal; el segundo, al que todos recibimos en el Bautismo. Los dos de gran importancia y necesidad en la Iglesia.

Es hasta el Concilio de Trento con el Papa iniciado y presidido por el Papa Paulo III (entre los años 1545 y 1563) en que se comienza a enfatizar en el sacerdocio común, cosa que era de pensamiento avanzado con el desarrollo de la teología pastoral empezando a ver la apertura de la Iglesia a la comunidad frente al surgimiento de la reforma protestante. Definió el sacerdocio común como interior (por el bautismo) y el ministerial como exterior, en base al servicio de algunos Ordenados para servir a la comunidad y comenzar a trabajar unidos por el Reino de Dios.

Lo mismo hace Pío XII y retoma el Concilio de Trento en 1947, basándose también en la 1ª. de Pedro 2, 5.9: “también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo… «vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (Mismo texto de Trento)

Es ya hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando se definen los campos y la manera de interactuar del mismo Sacerdocio de Cristo. Ya no es solamente una Iglesia de jerarquía, sino un Pueblo de Dios con pastores y ovejas en el mismo Cuerpo Místico de Cristo.

En nuestros tiempos de contingencia, debemos buscar la mejor interacción del Sacerdocio de Cristo en nuestras comunidades: El Sacerdote ministerial dedicado al Culto, la Palabra y los sacramentos; el Sacerdote Bautismal (Laico, que no es sacerdote ministerial) dedicado a sembrar el Reino en los espacios en donde se desenvuelve y a donde el Sacerdote Ministerial no puede llegar (por ser pocos) y a ver tanta necesidad de la presencia de Dios de parte de Todo Su Pueblo.

Es así que, conociendo ya las funciones del Sacerdote Ministerial, el sacerdocio común que tú debes ejercer, es hacer presente a Dios en tu casa, en tu trabajo, con los vecinos, compañeros de escuela, y todo aquel que tenga contacto contigo ejerciendo tu Bautismo.

Hoy en día, en cuando a la dispensa de la Misa dominical, cada hogar se ha convertido en una Iglesia, donde el Sacerdote Bautismal preside las oraciones de culto a Dios en la reflexión de su Palabra, presidiendo el Rosario, instalando un pequeño altar para participar en la Misa que se transmite por los medios conocidos, en el diálogo cristiano de la vida familiar y social, en las exequias y oraciones por los difuntos, etc.

Estos tipos del Único Sacerdocio de Cristo, se unen e interactúan para establecer el Reino de Dios entre nosotros. 

Lo que hoy vivimos, nos hace entender que no todo se debe dejar al Sacerdote Ministerial, sino que el Sacerdote Bautismal se haga presente como miembro del Cuerpo de Cristo, ejerciendo sus dones y virtudes dadas por Dios al servicio del prójimo.

Pbro. Alejandro Leal Alejos

Parroquia de Jesús Sacerdote en San Ángel Sur

AvatarDebany Valdes2 octubre, 2020
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Para salir de la pandemia es necesario que sigamos la regla de oro de nuestro ser “hombres y mujeres”, que es “cuidar” y cuidarnos mutuamente entre nosotros, apoyar a los “cuidadores” de los más débiles, de los enfermos y de los ancianos, y cuidar asimismo nuestra casa común, recordando que la tierra y todas las creaturas pertenecen al Señor que las creó y que nos las encomendó para que las conservemos y las protejamos.

Nosotros también somos parte de la creación, no somos sus dominadores absolutos, con la pretensión de querer ocupar el lugar de Dios, pensando que tenemos derecho a depredarla, explotarla y destruirla. En cambio, la misión que Él nos ha confiado es que seamos los custodios de esta casa común que nos acoge, y aprendamos a respetarla y a evitar que la sigan maltratando y arruinando.

Todo ha salido de las manos del Creador, que ha dejado su huella en cada creatura. El mejor antídoto para cuidar y proteger nuestra casa común de esos abusos es la contemplación.

Es importante, pues, recuperar la dimensión contemplativa, es decir mirar la tierra y la creación como un don, no como algo que explotar para sacar beneficios. Cuando contemplamos, descubrimos en los demás y en la naturaleza algo mucho más grande que su utilidad. Descubrimos el valor intrínseco de las cosas que les ha dado Dios. Como muchos maestros espirituales han enseñado, el cielo, la tierra, el mar, cada criatura posee esta capacidad icónica, esta capacidad mística para llevarnos de vuelta al Creador y a la comunión con la creación.

La contemplación, que nos lleva a una actitud de cuidado, no es mirar a la naturaleza desde el exterior, como si no estuviéramos inmersos en ella. Pero nosotros estamos dentro de la naturaleza, somos parte de la naturaleza. Se hace más bien desde dentro, reconociéndonos como parte de la creación, haciéndonos protagonistas y no meros espectadores de una realidad amorfa que solo serviría para explotaría. El que contempla de esta manera siente asombro no sólo por lo que ve, sino también porque se siente parte integral de esta belleza; y también se siente llamado a guardarla, a protegerla. Y hay algo que no debemos olvidar: quien no sabe contemplar la naturaleza y la creación, no sabe contemplar a las personas con toda su riqueza. Y quien vive para explotar la naturaleza, termina explotando a las personas y tratándolas como esclavos. Esta es una ley universal: si no sabes contemplar la naturaleza, te será muy difícil contemplar a las personas, la belleza de las personas, a tu hermano, a tu hermana.

El mismo Señor nos invita a admirar maravillados y en silencio su obra, para poder reconocer en cada creatura el reflejo de su sabiduría y su bondad. Ser contemplativos nos lleva a ser responsables, con estilos de vida sostenibles que respeten y protejan la naturaleza, de la que también nosotros formamos parte.

Ahora bien, no hay que delegar en algunos lo que es la tarea de todo ser humano. Cada uno de nosotros puede y debe convertirse en un “custodio de la casa común”, capaz de alabar a Dios por sus criaturas, de contemplarlas y protegerlas.

Papa Francisco

AvatarDebany Valdes2 octubre, 2020
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Su amor por Jesús Sacramentado, la dedicación a la adoración y la oración constante, un profundo y permanente deseo de que todas las personas conocieran a Dios; teniendo a María como su mayor confidente, son las principales características que denotan de Carlo Acutis. Un adolescente que día a día evangelizaba a su familia y a todas las personas que lo rodeaban y que, apoyado de su notable dominio de las tecnologías -con tan solo catorce años de edad- realizó una exposición sobre los milagros eucarísticos en todo el mundo.

Carlo tuvo una infancia común, en una familia católica pero que no practicaba su fe. Desde muy pequeño, el cuasi Beato comenzó a manifestar su interés en las cosas de Dios y es así como a los siete años de vida recibe el sacramento de la primera comunión; logrando también que sus padres retomaran el camino de la fe.

Además de dominar el uso de la informática, Acutis era un apasionado por la naturaleza y los animales, también disfrutaba mucho jugar futbol y videojuegos con sus amigos. A su vez, tenía conocimientos muy avanzados de diferente índole. Sin embargo, lo más notable a su corta edad, era su amor a la Eucaristía y las distintas acciones que él realizaba para alegremente alimentar su fe, como el asistir diariamente a misa, dedicar su tiempo a la adoración en el Sagrario, rezar el rosario y ser catequista, pues para él “la tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios”.

A los 15 años de edad, al adolescente millenial, le detectaron leucemia fulminante; enfermedad que lo llevó a encontrarse con la hermana muerte –como él le decía, atribuyendo a San Francisco de Asís- tan sólo tres días después de haber recibido el diagnóstico de ese padecimiento. Aceptó su estado de salud y ofreció sus sufrimientos con serenidad y entereza por el Papa y por la Iglesia Católica, pues él afirmaba que no quería hacer el Purgatorio y anhelaba ir directamente al Cielo.

Murió el 12 de octubre de 2006 y fue sepultado en Asís, ya que era su lugar favorito y en alguna ocasión había manifestado su voluntad de ser enterrado ahí. A su funeral acudieron personas cercanas la familia, pero también se hicieron presentes muchos hombres y mujeres sin hogar que habían sido ayudados por Carlo.

Fue el 12 de octubre de 2010, en la capilla de Nuestra Señora Aparecida en Brasil; donde al momento de la Bendición con la Reliquia se acercó un niño, llevado por su abuelo y que sufría de páncreas anular. Enfermedad que causaba que el niño vomitara todo el tiempo. Antes de recibir la bendición con la reliquia, el niño le preguntó a su abuelo qué debía pedir, y este le contestó “dejar de vomitar” y así lo hizo. Desde entonces, ya no volvió a vomitar; y en febrero de 2011 se confirma que el menor estaba completamente curado.

El 5 de julio de 2018 el Papa Francisco firmó el decreto que reconoce las virtudes heroicas de Carlo Acutis, donde la Iglesia aprueba que el siervo de Dios vivió de manera sobresaliente las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad.

El 22 de febrero del presente año, el Santo Padre aprobó el milagro atribuido al joven, sobre la curación de una anomalía congénita en un niño. La Beatificación de Carlo Acutis se llevará a cabo en Asís el 10 de Octubre del 2020, dos días antes del aniversario de su muerte.

Sigamos orando y agradeciendo a Dios por Sus maravillas manifestadas a través de este gran ejemplo de vida y de fe.

AvatarDebany Valdes2 septiembre, 2020
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La pandemia ha dejado al descubierto la difícil situación de los pobres y la gran desigualdad que reina en el mundo. Y el virus, si bien no hace excepciones entre las personas, ha encontrado, en su camino devastador, grandes desigualdades y discriminación. ¡Y las ha incrementado!

 

Por tanto, la respuesta a la pandemia es doble. Por un lado, es indispensable encontrar la cura para un virus pequeño pero terrible, que pone de rodillas a todo el mundo. Por el otro, tenemos que curar un gran virus, el de la injusticia social, de la desigualdad de oportunidades, de la marginación y de la falta de protección de los más débiles. En esta doble respuesta de sanación hay una elección que, según el Evangelio, no puede faltar: es la opción preferencial por los pobres (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium [EG], 195). Y esta no es una opción política; ni tampoco una opción ideológica, una opción de partidos. La opción preferencial por los pobres está en el centro del Evangelio. Y el primero en hacerlo ha sido Jesús; lo hemos escuchado en el pasaje de la Carta a los Corintios que se ha leído al inicio. Él, siendo rico, se ha hecho pobre para enriquecernos a nosotros. Se ha hecho uno de nosotros y por esto, en el centro del Evangelio, en el centro del anuncio de Jesús está esta opción.

 

Todos estamos preocupados por las consecuencias sociales de la pandemia. Todos. Muchos quieren volver a la normalidad y retomar las actividades económicas. Cierto, pero esta “normalidad” no debería comprender las injusticias sociales y la degradación del ambiente. La pandemia es una crisis y de una crisis no se sale iguales: o salimos mejores o salimos peores. Nosotros debemos salir mejores, para mejorar las injusticias sociales y la degradación ambiental.

 

Hoy tenemos una ocasión para construir algo diferente. Por ejemplo, podemos hacer crecer una economía de desarrollo integral de los pobres y no de asistencialismo. Con esto no quiero condenar la asistencia, las obras de asistencia son importantes. Pensemos en el voluntariado, que es una de las estructuras más bellas que tiene la Iglesia italiana. Pero tenemos que ir más allá y resolver los problemas que nos impulsan a hacer asistencia. Una economía que no recurra a remedios que en realidad envenenan la sociedad, como los rendimientos disociados de la creación de puestos de trabajo dignos (cfr. EG, 204). Este tipo de beneficios está disociado por la economía real, la que debería dar beneficio a la gente común (cfr. Enc. Laudato si’ [LS], 109), y además resulta a veces indiferente a los daños infligidos a la casa común. La opción preferencial por los pobres, esta exigencia ético-social que proviene del amor de Dios (cfr. LS, 158), nos da el impulso a pensar y a diseñar una economía donde las personas, y sobre todo los más pobres, estén en el centro.

 

Y nos anima también a proyectar la cura del virus privilegiando a aquellos que más lo necesitan. ¡Sería triste si en la vacuna para el Covid-19 se diera la prioridad a los ricos! Sería triste si esta vacuna se convirtiera en propiedad de esta o aquella nación y no sea universal y para todos. Y qué escándalo sería si toda la asistencia económica que estamos viendo —la mayor parte con dinero público— se concentrase en rescatar industrias que no contribuyen a la inclusión de los excluidos, a la promoción de los últimos, al bien común o al cuidado de la creación (ibid.). Hay criterios para elegir cuáles serán las industrias para ayudar: las que contribuyen a la inclusión de los excluidos, a la promoción de los últimos, al bien común y al cuidado de la creación.

 

Si el virus tuviera nuevamente que intensificarse en un mundo injusto para los pobres y los más vulnerables, tenemos que cambiar este mundo. Con el ejemplo de Jesús, el médico del amor divino integral, es decir de la sanación física, social y espiritual (cfr. Jn 5, 6-9) —como era la sanación que hacía Jesús. Que el Señor nos ayude, nos dé la fuerza para salir mejores, respondiendo a la necesidad del mundo de hoy.

 

Papa Francisco

AvatarDebany Valdes2 septiembre, 2020
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Una opción para responder a la Conferencia del Episcopado Mexicano

del 29 de junio del 2020

“ABRAZAR A NUESTRO PUEBLO EN SU DOLOR”

Es a propósito de este Documento Episcopal, que SomosUnoMx quiere hacerse presente en este mes de la Patria.  México nos necesita hoy más que nunca, a ti, a mí y a cada ciudadano; hoy es momento de responder unidos a nuestro compromiso ciudadano, al que somos invitados, textual:

“Como Pastores nos incumbe impulsar y motivar la participación ciudadana, informada y crítica a la luz de la Doctrina social de la Iglesia.  No dejaremos de promover que la sociedad civil contribuya con su parte a la promoción del bien común, de manera pacífica, ordenada y responsable.” Punto 4

Haciendo eco a la exhortación hecha en dicho documento: “Solo si estamos unidos y haciéndonos cargo los unos de los otros podremos superar los actuales desafíos globales y nacionales”.   SomosUnoMx aspira a unir y sumar no solo a personas sino a grupos, organizaciones, y/o asociaciones civiles para que con respeto, tolerancia y de manera pacífica, logremos integrar una gran red de fuerza ciudadana, una coalición que capaz de dialogar, de participar y buscando el bien común, se comprometa, informe, impacte y cree conciencia, en concordancia a “… es momento de generar espacios de encuentro, diálogo y consensos sociales, económicos y políticos: gobiernos, sociedad, iglesias, empresas, medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, comunidades e instituciones de todo tipo, estamos llamados a manifestar desde nuestras respectivas misiones, nuestro compromiso común por la vida, la justicia, la solidaridad, la subsidiariedad, y el cuidado de nuestra «casa común». Punto 6

 

Coincidimos y afirmamos que, en este momento, la unión es apremiante, “…exhortamos a eliminar todo discurso que promueva el odio, la división, la exclusión y que ahonde en la separación, fragmentación y rencor social.” Punto 4   A la fecha SomosUnoMx ha integrado centenares de personas a nivel nacional y unidos en confluencia tenemos objetivos de nación claros y puntuales:

  • Preservar nuestros valores, entre ellos la familia y el derecho a educar a nuestros hijos, “Las familias merecen ser reconocidas no solo como célula básica de la sociedad,…” Punto 1

“En este sentido, los valores de las familias mexicanas, que llevan a la reconciliación, a la solidaridad y a no decaer en la esperanza, habrán de ser protegidos y jamás vulnerados.” Punto 1

“…La promoción de la educación, en sus diferentes niveles, es una de las tareas principales del Estado, que no puede reducirse tan drásticamente con argumentos de austeridad.” Punto 5

  • Cuidar la salud de todos La pandemia ha evidenciado en nuestro país la necesidad de fortalecer el sistema de salud…” Punto 1
  • Defender las Instituciones Gubernamentales, nuestra libertad, la democracia y el Estado de Derecho y como no podría estar mejor dicho, incluimos textual los siguientes puntos:

– “El Papa Francisco ha insistido en el diálogo como herramienta indispensable para promover el bien común, el fortalecimiento de las instituciones democráticas y el respeto al Estado de Derecho”. Punto 4

– “Es obligación del Estado hacer efectiva la justicia que implica la seguridad de los ciudadanos, el castigo a los culpables de la violencia y del crimen organizado, sin hacer excepciones en la aplicación del Estado de Derecho. Corrupción e impunidad son un binomio que caminan de la mano,…” Punto 3

– “Ante la proximidad del inicio de los procesos electorales de 2021, la Iglesia hace un llamado al pueblo de México y a todos los actores políticos y sociales responsables, para que se fortalezcan las instituciones autónomas del Estado, en especial el Instituto Nacional Electoral,…”   

“Solamente cuidando con esmero la autonomía de estos organismos se tendrá la certidumbre necesaria para que la voluntad del pueblo sea respetada al momento de definir quién debe acceder a los cargos de elección popular” Punto 4                                                                              

Con gran esperanza, fe y confianza en nuestros corazones te invitamos a manifestar tu amor por México, solo unidos y participando veremos la luz al final del camino.

AvatarDebany Valdes6 agosto, 2020
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Dar testimonio de la verdad es transmitir la fe en palabras y obras. Así que, sin importar cuál sea nuestra realidad, tenemos que manifestar con nuestra vida a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo que hemos recibido por el Bautismo.

 

Nuevas formas de llevar la palabra

La pandemia por el COVID-19 nos ha orillado a la evangelización digital, puesto que las redes sociales se han convertido, casi exclusivamente, en nuestro medio para socializar. Por lo tanto, aun siendo la misma Iglesia, hemos mudado nuestras comunidades a un templo virtual y cada uno ha abierto las puertas de su casa para que Dios entre en cada una de ellas. Como Iglesia hemos encontrado nuevas formas de abrazarnos aún en la distancia. Dios nos invita modernizarnos y vivir la fe sin avergonzarnos de ella.

 

 Dios nos llama a profesar su palabra sin avergonzarnos

Dios debe manifestarse en toda la vida del cristiano, no solamente en su práctica religiosa en el templo. Por eso habríamos de verlo en el diario actuar, en sus palabras y hasta en las redes sociales. Aunque no todos tenemos un ministerio de evangelización digital, todos los cristianos, como testigos del Evangelio, estamos llamados a dar testimonio de fe sin ambigüedad en todo momento y lugar (físico o virtual).

 

Saliendo de nuestra zona de confort

Sacerdotes, diáconos, monjas, ministros de la eucaristía, catequistas, ministerios de música (como es mi caso) hemos tenido que adaptarnos a una nueva manera de cumplir la misión que Dios nos confió. Esto me ha traído personalmente sentimientos encontrados, puesto que desde hace tiempo me dedico a la evangelización digital y me había encontrado con rechazo por parte de personas que pensaban que las redes sociales eran para buscar reconocimiento y ahora todos hemos tenido que mudarnos a esta modalidad, mostrándonos que es solo otro medio para llegar a más corazones. Por otro lado, he tenido mis propias luchas con los aspectos técnicos de las transmisiones, con la falta de recursos económicos, pero la más grande lucha es la falta de los sacramentos y el abrazo de las comunidades donde ministraba. Sé que muchos servidores de Dios la han pasado igual que yo en cuanto a extrañar el calor de familia que se siente al estar con la Iglesia de Dios. Ha sido una experiencia agridulce, pero confío en que Dios todo lo aprovecha para santificarnos.

 

La oración: fuente de gracia para misionar

“Asimismo el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar.” (Romanos 8, 26) Aunque Dios conoce bien las necesidades que tenemos antes de que nosotros nos dirijamos a él, es bueno y conveniente para nosotros, servidores de Dios, estar en constante oración para recibir la gracia que necesitamos del Espíritu Santo, quien es el auxilio para vivir en libertad y comunión con Dios, para poder vivir conforme a su voluntad y llevar su palabra a todos los que la necesiten.

 

Misericordia, Dios nos amó primero

Si bien nosotros somos el medio, Jesús es el motivo y el fin de nuestra evangelización. Gracias a que Dios nos amó, nos llamó y nos dio su Espíritu es que nosotros podemos ser ministros de la buena nueva. Dios mismo es quien ha querido hacernos parte de su maravilloso plan para construir su Reino en la tierra. La iniciativa ha sido de él y él mismo es quien alimenta nuestras fuerzas para misionar. Si tomamos en cuenta que todo viene de Él y va hacia él para glorificarlo, podemos vivir la alegría y misericordia en medio de una tarea tan desafiante. Aunque él nos pide mucho, nos lo da todo.

 

Por Cindy Esparza.
@cindyesparzag

 

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El libro del Génesis, a través de las vivencias de hombres y mujeres de épocas lejanas nos cuenta historias en las que podemos reflejar nuestra vida. En el ciclo de los patriarcas encontramos también la de un hombre que había hecho de la astucia su mejor cualidad: Jacob. El relato bíblico nos habla de la difícil relación que Jacob tenía con su hermano Esaú. Desde pequeños hay rivalidad entre ellos y nunca la superarán. Jacob es el segundo hijo —eran gemelos—, pero mediante  engaños consigue arrebatar a su padre Isaac la bendición y el don de la primogenitura  (cf. Génesis 25,19-34). Es solo el primero de una larga serie de ardides de los que este hombre sin escrúpulos es capaz. También el nombre de “Jacob” significa alguien que se mueve con astucia.

Obligado a huir lejos de su hermano, en su vida parece tener éxito en todo lo que emprende. Es hábil en los negocios: se enriquece mucho, convirtiéndose en propietario de un rebaño enorme. Con tenacidad y paciencia consigue casarse con la  hija más hermosa de Labán, de la que estaba realmente enamorado. Jacob —diríamos con lenguaje moderno— es un hombre que “se ha hecho a sí mismo”, con ingenio, astucia, es capaz de conquistar todo lo que desea. Pero le falta algo. Le falta la relación viva con sus raíces.

Y un día siente la llamada del hogar, de su antigua patria, donde todavía vivía Esaú, el hermano con el que siempre había mantenido una pésima relación. Jacob parte y lleva a cabo un largo viaje con una caravana numerosa de personas y animales, hasta que llega a la última etapa, al vado de Yabboq. Aquí el libro del Génesis nos ofrece una página memorable (cf. 32,23-33). Relata que el patriarca, después de haber hecho atravesar el río a toda su gente y a todo el ganado —que era mucho—, se queda solo en la orilla extranjera. Y piensa: ¿Qué lo espera para el mañana? ¿Qué actitud tomará su hermano Esaú, al que había robado la primogenitura? La mente de Jacob es un torbellino de pensamientos… Y, mientras oscurece, de repente un desconocido lo aferra y comienza a luchar con él. El Catecismo explica: «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (CIC, 2573).

Jacob luchó durante toda la noche, sin soltar nunca a su oponente. Al final es vencido, golpeado por su rival en el nervio ciático, y desde entonces será cojo para toda la vida. Aquel misterioso luchador pregunta el nombre al patriarca y le dice: «En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido» (v. 29). Como diciendo: nunca serás el hombre que camina así, sino recto. Le cambia el nombre, le cambia la vida, le cambia la actitud. Te llamarás Israel. Entonces también Jacob pregunta al otro: «Dime por favor tu nombre». Aquel no se lo revela, pero, en compensación, lo bendice. Y Jacob entiende que ha encontrado a Dios «cara a cara» (cf. vv. 30-31).

Luchar con Dios: una metáfora de la oración. Otras veces Jacob se había mostrado capaz de dialogar con Dios, de sentirlo como una presencia amiga y cercana. Pero en esa noche, a través de una lucha que duró mucho tiempo y que casi lo vio sucumbir, el patriarca salió cambiado. Cambio de nombre, cambio del modo de vivir y cambio de la personalidad: sale cambiado. Por una vez ya no es dueño de la situación —su astucia no sirve—, ya no es el hombre estratega y calculador; Dios lo devuelve a su verdad de mortal que tiembla y tiene miedo, porque Jacob en la lucha tiene miedo. Por una vez Jacob no tiene otra cosa que presentar a Dios más que su fragilidad y su impotencia, también sus pecados. Y es este Jacob el que recibe de Dios la bendición, con la cual entra cojeando en la tierra prometida: vulnerable y vulnerado, pero con el corazón nuevo.

Todos nosotros tenemos una cita en la noche con Dios, en la noche de nuestra vida, en las muchas noches de nuestra vida: momentos oscuros, momentos de pecados, momentos de desorientación. Ahí hay una cita con Dios, siempre. Él nos sorprenderá en el momento en el que no nos lo esperemos, en el que nos encontremos realmente solos. En aquella misma noche, combatiendo contra lo desconocido, tomaremos conciencia de ser solo pobres hombres —me permito decir “pobrecitos”—, pero, precisamente entonces, no deberemos temer: porque en ese momento Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por Él.

 

Papa Francisco


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