Comprométete

AvatarDebany Valdes6 agosto, 2020
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Dar testimonio de la verdad es transmitir la fe en palabras y obras. Así que, sin importar cuál sea nuestra realidad, tenemos que manifestar con nuestra vida a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo que hemos recibido por el Bautismo.

 

Nuevas formas de llevar la palabra

La pandemia por el COVID-19 nos ha orillado a la evangelización digital, puesto que las redes sociales se han convertido, casi exclusivamente, en nuestro medio para socializar. Por lo tanto, aun siendo la misma Iglesia, hemos mudado nuestras comunidades a un templo virtual y cada uno ha abierto las puertas de su casa para que Dios entre en cada una de ellas. Como Iglesia hemos encontrado nuevas formas de abrazarnos aún en la distancia. Dios nos invita modernizarnos y vivir la fe sin avergonzarnos de ella.

 

 Dios nos llama a profesar su palabra sin avergonzarnos

Dios debe manifestarse en toda la vida del cristiano, no solamente en su práctica religiosa en el templo. Por eso habríamos de verlo en el diario actuar, en sus palabras y hasta en las redes sociales. Aunque no todos tenemos un ministerio de evangelización digital, todos los cristianos, como testigos del Evangelio, estamos llamados a dar testimonio de fe sin ambigüedad en todo momento y lugar (físico o virtual).

 

Saliendo de nuestra zona de confort

Sacerdotes, diáconos, monjas, ministros de la eucaristía, catequistas, ministerios de música (como es mi caso) hemos tenido que adaptarnos a una nueva manera de cumplir la misión que Dios nos confió. Esto me ha traído personalmente sentimientos encontrados, puesto que desde hace tiempo me dedico a la evangelización digital y me había encontrado con rechazo por parte de personas que pensaban que las redes sociales eran para buscar reconocimiento y ahora todos hemos tenido que mudarnos a esta modalidad, mostrándonos que es solo otro medio para llegar a más corazones. Por otro lado, he tenido mis propias luchas con los aspectos técnicos de las transmisiones, con la falta de recursos económicos, pero la más grande lucha es la falta de los sacramentos y el abrazo de las comunidades donde ministraba. Sé que muchos servidores de Dios la han pasado igual que yo en cuanto a extrañar el calor de familia que se siente al estar con la Iglesia de Dios. Ha sido una experiencia agridulce, pero confío en que Dios todo lo aprovecha para santificarnos.

 

La oración: fuente de gracia para misionar

“Asimismo el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar.” (Romanos 8, 26) Aunque Dios conoce bien las necesidades que tenemos antes de que nosotros nos dirijamos a él, es bueno y conveniente para nosotros, servidores de Dios, estar en constante oración para recibir la gracia que necesitamos del Espíritu Santo, quien es el auxilio para vivir en libertad y comunión con Dios, para poder vivir conforme a su voluntad y llevar su palabra a todos los que la necesiten.

 

Misericordia, Dios nos amó primero

Si bien nosotros somos el medio, Jesús es el motivo y el fin de nuestra evangelización. Gracias a que Dios nos amó, nos llamó y nos dio su Espíritu es que nosotros podemos ser ministros de la buena nueva. Dios mismo es quien ha querido hacernos parte de su maravilloso plan para construir su Reino en la tierra. La iniciativa ha sido de él y él mismo es quien alimenta nuestras fuerzas para misionar. Si tomamos en cuenta que todo viene de Él y va hacia él para glorificarlo, podemos vivir la alegría y misericordia en medio de una tarea tan desafiante. Aunque él nos pide mucho, nos lo da todo.

 

Por Cindy Esparza.
@cindyesparzag

 

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El libro del Génesis, a través de las vivencias de hombres y mujeres de épocas lejanas nos cuenta historias en las que podemos reflejar nuestra vida. En el ciclo de los patriarcas encontramos también la de un hombre que había hecho de la astucia su mejor cualidad: Jacob. El relato bíblico nos habla de la difícil relación que Jacob tenía con su hermano Esaú. Desde pequeños hay rivalidad entre ellos y nunca la superarán. Jacob es el segundo hijo —eran gemelos—, pero mediante  engaños consigue arrebatar a su padre Isaac la bendición y el don de la primogenitura  (cf. Génesis 25,19-34). Es solo el primero de una larga serie de ardides de los que este hombre sin escrúpulos es capaz. También el nombre de “Jacob” significa alguien que se mueve con astucia.

Obligado a huir lejos de su hermano, en su vida parece tener éxito en todo lo que emprende. Es hábil en los negocios: se enriquece mucho, convirtiéndose en propietario de un rebaño enorme. Con tenacidad y paciencia consigue casarse con la  hija más hermosa de Labán, de la que estaba realmente enamorado. Jacob —diríamos con lenguaje moderno— es un hombre que “se ha hecho a sí mismo”, con ingenio, astucia, es capaz de conquistar todo lo que desea. Pero le falta algo. Le falta la relación viva con sus raíces.

Y un día siente la llamada del hogar, de su antigua patria, donde todavía vivía Esaú, el hermano con el que siempre había mantenido una pésima relación. Jacob parte y lleva a cabo un largo viaje con una caravana numerosa de personas y animales, hasta que llega a la última etapa, al vado de Yabboq. Aquí el libro del Génesis nos ofrece una página memorable (cf. 32,23-33). Relata que el patriarca, después de haber hecho atravesar el río a toda su gente y a todo el ganado —que era mucho—, se queda solo en la orilla extranjera. Y piensa: ¿Qué lo espera para el mañana? ¿Qué actitud tomará su hermano Esaú, al que había robado la primogenitura? La mente de Jacob es un torbellino de pensamientos… Y, mientras oscurece, de repente un desconocido lo aferra y comienza a luchar con él. El Catecismo explica: «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (CIC, 2573).

Jacob luchó durante toda la noche, sin soltar nunca a su oponente. Al final es vencido, golpeado por su rival en el nervio ciático, y desde entonces será cojo para toda la vida. Aquel misterioso luchador pregunta el nombre al patriarca y le dice: «En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido» (v. 29). Como diciendo: nunca serás el hombre que camina así, sino recto. Le cambia el nombre, le cambia la vida, le cambia la actitud. Te llamarás Israel. Entonces también Jacob pregunta al otro: «Dime por favor tu nombre». Aquel no se lo revela, pero, en compensación, lo bendice. Y Jacob entiende que ha encontrado a Dios «cara a cara» (cf. vv. 30-31).

Luchar con Dios: una metáfora de la oración. Otras veces Jacob se había mostrado capaz de dialogar con Dios, de sentirlo como una presencia amiga y cercana. Pero en esa noche, a través de una lucha que duró mucho tiempo y que casi lo vio sucumbir, el patriarca salió cambiado. Cambio de nombre, cambio del modo de vivir y cambio de la personalidad: sale cambiado. Por una vez ya no es dueño de la situación —su astucia no sirve—, ya no es el hombre estratega y calculador; Dios lo devuelve a su verdad de mortal que tiembla y tiene miedo, porque Jacob en la lucha tiene miedo. Por una vez Jacob no tiene otra cosa que presentar a Dios más que su fragilidad y su impotencia, también sus pecados. Y es este Jacob el que recibe de Dios la bendición, con la cual entra cojeando en la tierra prometida: vulnerable y vulnerado, pero con el corazón nuevo.

Todos nosotros tenemos una cita en la noche con Dios, en la noche de nuestra vida, en las muchas noches de nuestra vida: momentos oscuros, momentos de pecados, momentos de desorientación. Ahí hay una cita con Dios, siempre. Él nos sorprenderá en el momento en el que no nos lo esperemos, en el que nos encontremos realmente solos. En aquella misma noche, combatiendo contra lo desconocido, tomaremos conciencia de ser solo pobres hombres —me permito decir “pobrecitos”—, pero, precisamente entonces, no deberemos temer: porque en ese momento Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por Él.

 

Papa Francisco

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La oración pertenece a todos: a la gente de cualquier religión, y probablemente también a aquellos que no profesan ninguna. La oración nace en el secreto de nosotros mismos, en ese lugar interior que los autores espirituales suelen llamar “corazón” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2562-2563). Lo que reza, entonces, en nosotros no es algo periférico, no es una facultad secundaria y marginal nuestra, sino que es el misterio más íntimo de nosotros mismos. Este misterio es el que reza. Las emociones rezan, pero no se puede decir que la oración es sólo emoción. La inteligencia reza, pero rezar no es sólo un acto intelectual. El cuerpo reza, pero se puede hablar con Dios incluso en la más grave discapacidad. Por lo tanto, es todo el hombre el que reza, si su “corazón” reza.

La oración es un impulso, es una invocación que va más allá de nosotros mismos: algo que nace en lo profundo de nuestra persona y se proyecta, porque siente la nostalgia de un encuentro. Esa nostalgia que es más que una necesidad: es un camino. La oración es la voz de un “yo” que se tambalea, que anda a tientas, en busca de un “Tú”. El encuentro entre el “yo” y el “Tú” no se puede hacer con las calculadoras: es un encuentro humano y muchas veces se va a tientas para encontrar el “Tú” que mí “yo” estaba buscando.

La oración del cristiano nace, en cambio, de una revelación: el “Tú” no ha permanecido envuelto en el misterio, sino que ha entrado en relación con nosotros. El cristianismo es la religión que celebra continuamente la “manifestación” de Dios, es decir, su epifanía. Las primeras fiestas del año litúrgico son la celebración de este Dios que no permanece oculto, sino que ofrece su amistad a los hombres.

La oración del cristiano entra en relación con el Dios de rostro más tierno, que no quiere infundir miedo alguno a los hombres. Esta es la primera característica de la oración cristiana. Si los hombres estaban acostumbrados desde siempre a acercarse a Dios un poco intimidados, un poco asustados por este misterio, fascinante y terrible, si se habían acostumbrado a venerarlo con una actitud servil, similar a la de un súbdito que no quiere faltar al respeto a su señor, los cristianos se dirigen en cambio a Él atreviéndose a llamarlo con confianza con el nombre de “Padre”. Todavía más, Jesús usa otra palabra: “papá”.

El cristianismo ha desterrado del vínculo con Dios cualquier relación “feudal”. En el patrimonio de nuestra fe no hay expresiones como “sometimiento”, “esclavitud” o “vasallaje”, sino palabras como “alianza”, “amistad”, “promesa”, «comunión», “cercanía”. En su largo discurso de despedida a los discípulos, Jesús dice así: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15, 15-16). Pero este es un cheque en blanco: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concedo”.

Dios es el amigo, el aliado, el esposo. En la oración podemos establecer una relación de confianza con Él, tanto que en el “Padre Nuestro” Jesús nos ha enseñado a hacerle una serie de peticiones. A Dios podemos pedirle todo, todo, explicarle todo, contarle todo. No importa si en nuestra relación con Dios nos sentimos en defecto: no somos buenos amigos, no somos hijos agradecidos, no somos cónyuges fieles. Él sigue amándonos. Es lo que Jesús demuestra definitivamente en la última cena, cuando dice: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22,20). En ese gesto Jesús anticipa en el Cenáculo el misterio de la Cruz. Dios es un aliado fiel: si los hombres dejan de amar, Él sigue amando, aunque el amor lo lleve al Calvario. Dios está siempre cerca de la puerta de nuestro corazón y espera que le abramos. Y a veces llama al corazón pero no es invadente: espera. La paciencia de Dios con nosotros es la paciencia de un papá, de uno que nos quiere mucho. Yo diría que es la paciencia junta de un papá y de una mamá. Siempre cerca de nuestro corazón, y cuando llama lo hace con ternura y con tanto amor.

Tratemos todos de rezar de esta manera, entrando en el misterio de la Alianza. A meternos en la oración entre los brazos misericordiosos de Dios, a sentirnos envueltos por ese misterio de felicidad que es la vida trinitaria, a sentirnos como invitados que no se merecían tanto honor.

Papa Francisco

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El corazón es el lugar donde guardamos los pensamientos, buenos y malos. Allí viven la esperanza, el amor y las ganas de ser, junto con el odio, la envidia y la maldad.

De él es de donde cada día sacamos los sentimientos que utilizamos.

Una manera de mantener nuestro corazón saludable, es a través de la lectura de la Palabra de DIOS. Cuando no lo hacemos, damos lugar a que en nuestro corazón se instalen cosas que no son buenas, y otras que “creemos” que son buenas, pero no lo son.  

DIOS lo sabe y por eso nos dice: «HIJO MÍO, DAME TU CORAZÓN».

No temas entregarle tu corazón. Nadie puede cuidarlo mejor que ÉL, porque nadie ama como ÉL.

DIOS quiere limpiar nuestro corazón para que en él solo podamos encontrar cosas buenas.

Cuando en fe le entregamos a DIOS nuestro corazón, ÉL hace maravillas.

¡Qué alegría saber que DIOS comprende la condición en que se encuentra nuestro corazón!

El corazón del hombre necesita ser transformado, necesita ser consolado, necesita ser resguardado. Por eso, hoy DIOS nos dice:         “HIJO  MÍO,  DAME  TU CORAZÓN“         

Pbro. Benito Ramírez Márquez

Párroco Santísima Trinidad

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Mayo mes de María, mes de todas las Madres

Gracias por todo tu amor, por ampararme, por ofrecerme un amor puro e incondicional. Me acogiste en tus brazos y me educaste de la mejor manera en que Dios te pudo guiar.

Nunca has buscado ser protagonista, simplemente buscas seguir y cumplir con el plan de Dios. Tu fortaleza en cada uno de los problemas y enfermedades me llena de orgullo, nunca te has rendido.

«Te admiro por el esfuerzo y el empeño que le pones a cada una de las adversidades, te admiro por tu positivismo y por la confianza que tienes de que todo está bien, aún y cuando sólo tú sabes el dolor que sientes».

Y es en medio de tu dolor cuando te pido perdón, por las veces en las que he querido salir corriendo porque me siento muy inútil al no poder hacer las cosas como se deben; es mucho mi dolor, mi frustración por la impotencia de no hacerlo bien. Perdón, pero no me rindo porque sólo sé que quiero ayudarte, y sé que debo hacerlo.

Quiero que sepas que todo vale la pena cuando te veo feliz, cuando te veo sonreír… ahí confirmo que mi misión es verte feliz, y hacer que te sientas lo mejor posible.

Gracias mamá, gracias por tu amor, ese maravilloso amor que solo tú y yo entendemos.

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Eran las 5:00 de la tarde, me alistaba con mi sotana, cota y lo principal, la custodia con el Señor, salimos con mucha alegría entre las calles del barrio de la Colonia Nueva Esperanza.

Entre las pocas familias que estaban guardadas en sus casa logré ver la mirada de quienes veían a Jesús entre las calles, hubo quienes se arrodillaban y otros les causaba extrañeza ante el paso del Señor, no cabía duda que Jesús estaba tocando los corazones de todas las almas que lo contemplaban.

A mí como sacerdote, consciente de mis limitadas fuerzas solo me tocaba ser testigo de la misericordia, donde el anhelo de participar en la Eucaristía se aliviaba al paso del Señor entre las calles del barrio.

Había muchos olores: a drogas, aguas negras, comida; pero todo tenía un propósito que Jesús llegaba a todas las calles, que no se cansaba de consolar a su pueblo, era tremendo verlo, escuchar como entre gritos y música Dios acallaban un barrio qué tal vez ha sido presa de la desesperanza.

Hoy puedo afirmar que Jesús bendijo a su barrio de la Nueva Esperanza en mitad de la desesperanza, donde las riñas y la falta de escucha son el pan de todos los días, pero Jesús tocó los corazones; en ese barrio Dios quiso morar, ahí se quiso quedar, bendito barrio que vio a su Salvador …

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Así lo dijo el Papa Francisco durante la bendición Urbi et Orbi, y este tiempo de contingencia que estamos viviendo, nos hacen sentir vulnerables, vemos amenazada la salud física y mental, la economía, las relaciones interpersonales, además surgen emociones que pueden verse magnificadas por pensamientos pesimistas y desalentadores: existe la incertidumbre sobre cuándo terminará, el miedo a cómo enfrentarla, frustración por las limitaciones sociales y la duda sobre que va a suceder cuando todo esto termine.

Comparto algunas sugerencias para contribuir a la búsqueda y vivencia de un equilibrio durante este tiempo de crisis:

1. Identifica y valida las emociones que surjan durante el día, sin juicios; detecta los pensamientos asociados y busca la congruencia entre pensamiento, sentimiento y acción.

2. Toma pequeñas pausas, respirando de forma lenta y pausada, esto ayuda a enfocar la atención en el momento presente.

3. Establece rutinas de auto-cuidado: aliméntate sanamente, duerme lo suficiente, realiza algún tipo de ejercicio, cuida tu imagen, desacelera el ritmo.

4. Mantén el contacto con tus seres queridos por medios electrónicos, estamos separados físicamente, más no distanciados emocionalmente.

5. Balancea tus labores tanto si realizas trabajo remunerado desde casa, así como las domésticas y los tiempos de convivencia familiar.

6. Vive un día a la vez y si es difícil enfocarte en el día completo, divídelo y vive una hora a la vez. «No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas.» (Mt.6,34).

7. Y, sobre todo, realiza practicas espirituales: Mantén la fe y la esperanza de que esto también pasará y que hay Alguien que nos cuida y quiere lo mejor para nosotros. Practica ejercicios de meditación, intensifica tu oración, reza el rosario, recita salmos. Está comprobado que la espiritualidad ayuda a la prevención, acelera la recuperación y promueve la tolerancia ante los padecimientos.

-Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino. Viktor Frankl “El hombre en busca de sentido”

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Por Pbro. Jesús Treviño

¿Hacer “sabrosa” la vida en medio de violencia, delincuencia e inseguridad?

Hace poco, el texto del Evangelio de Mateo (Mt. 5,13 ) en el que Cristo manifestaba, como parte del sermón de la montaña, que estamos llamados a ser “sal de la tierra”, llamó de manera especial mi atención, ya que me ayudó a entender que nuestra misión se equipara a la acción de aderezar y preservar un alimento, es decir, se trata de hacer “sabrosa” y “duradera” la vida en Cristo, aún en condiciones adversas.

Ante la realidad que se vive en nuestros días, el alza de actos delictivos y violentos; que lejos de dar sabor, amargan y corrompen; todos los ciudadanos sufrimos, nos llenamos de indignación y dolor, entramos en una dinámica de crisis y desesperanza. Sin duda son tiempos difíciles para hablar de “dar sabor” a la sociedad en que vivimos, aunado a esto, la gran cantidad de información que encontramos en las redes sociales aumentan el nivel de estrés; ya que de alguna manera quedamos con la sensación de no saber la verdad de la situación, escuchamos una gran cantidad de opiniones, pero con ¿cuál nos quedamos?, ¿cuál es la verdad?, ¿qué actitud debemos asumir?

El Evangelio sigue siendo como una roca firme sobre la cual estamos a salvo, nos proporciona seguridad y consistencia. Así, a partir del sermón de la montaña y de sabernos llamados a ser “sal de la tierra”, quisiera compartir algunas ideas que nos pueden ayudar a ver la situación actual como una oportunidad para ser propositivos y vivir nuestra Fe.

Esta ola de violencia y delincuencia es un síntoma que nos obliga a pensar que algo no está funcionando bien en nuestro sistema social. El tomar distancia de Dios y del fundamento moral de nuestras decisiones, provocaría un desastre social sin precedentes, así lo manifestaban ya los pontífices del siglo pasado.

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que la Iglesia, desde el pontificado de Benedicto XV y hasta nuestros días, se ha mantenido en constante vigilancia en torno a la promoción de la paz.

Esta promoción ha ido evolucionando, subrayando, en un principio, con Benedicto XV, la labor diplomática que la Iglesia debía realizar en la política internacional, utilizando argumentos más canónicos y teológicos para afirmar su naturaleza como promotora de la unidad y del orden[1]. Después, la propuesta del papa Pío XI, de promover “la Paz de Cristo en el Reino de Cristo[2] buscaba hacer frente a un mundo impregnado de movimientos sociales y regímenes totalitarios; a continuación Pío XII, que siguió el pensamiento de su predecesor, convocó a un jubileo por el año santo (1950), y publicó la Encíclica Anni Sacri[3], la cual, ya se dirigía a un mundo de pluralidad de ideas, y hacía un llamado para unirse en oración a fin de que, en él, resplandecieran la verdad y la paz. Finalmente, siendo Papa Juan XXIII, con ocasión de la solemne apertura del Concilio Vaticano II, se proponía un magisterio “predominantemente pastoral”[4], que buscara “ir al encuentro de las necesidades actuales”[5], sin pretender condenar, sino con la intención de dialogar, en medio de un mundo en el que existen diferentes de puntos de vista. Los pontífices herederos del Vaticano II anteriores a Francisco; Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI; han buscado, quizá con mayor o menor intensidad, y tomando en cuenta sus distintos contextos históricos, mantenerse en esta línea del diálogo y la promoción de la paz.

Esta cultura de paz, que ahora promueve el Papa Francisco, en continuidad con sus predecesores, para responder a nuestra realidad, deberá ser, en primer lugar, dialogante; es decir, que observa, siente y escucha, que es sensible a la realidad que tiene en frente, no busca imponer de manera autorreferencial los propios puntos de vista, sino que percibe la complejidad de lo que sucede, abre las puertas para entrar en relación, no es indiferente, ni crea brechas para estar preparados para el “contra ataque”.

 La cultura de paz , en segundo lugar, ha de ser propositiva; se busca proponer y ofrecer algo, nos dice Cristo, ofrecer la “otra mejilla”, “caminar el doble de pasos” (Mt. 5, 38-42). Después de dialogar, estamos llamados a proponer alternativas solidarias, alternativas llenas de justicia, misericordia y verdad. Esta actitud pone en marcha a la persona, no para huir del problema, ni para quedarse con los brazos cruzados, como si no fuera asunto suyo, o criticando desde la comodidad que da el tomar distancia, sino que busca ofrecer alternativas en el entorno cotidiano, aún que esto comprometa la propia comodidad.

En tercer lugar, apostar por la paz implica ser creativo, dicha cultura nos impulsa a crear y construir, sin importar si la construcción será grande o majestuosa, lo importante es que estará fundamentada en Cristo. Se pueden crear cosas pequeñas pero muy eficientes en el restablecimiento de la salud social. Estas construcciones no buscarán un beneficio personal, ya que la violencia echa raíz en el egoísmo de quien solo piensa en su beneficio, más bien deberá ser diseñada para el bien común.

Dialogar con conciencia profunda, atendiendo a los demás, sin imponer nuestras ideas; ofrecer alternativas de concordia con actitud propositiva, que impliquen un compromiso solidario; y crear realidades nuevas, dirigidas al bien común, fundamentadas en Cristo; son tres aspectos sencillos que nos ayudarán a “dar sabor”, y a “preservar” la vida nueva que se nos ha regalado en Cristo.


[1] Cf. Benedicto XV, Carta Encíclica Pacem Dei Munus, 23 mayo 1920 en AAS 12 (1920) 14.

[2] Cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi Arcano Dei, 23 dic. 1922 en AAS 14 (1922) 30-39.

[3] Cf. Pío XII, Carta Encíclica Anni Sacri, 12 marzo 1950, en AAS 42 (1950) 1-10.

[4] Juan XXIII, Discurso Gaudet Mater Ecclesia,11 oct. 1962 en AAS 54 (1962) 786-795.

[5] Idem.

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Minerva Múzquiz de Villarreal

Después de los terribles acontecimientos que han ocurrido en los últimos meses en nuestra patria, podemos decir que la mayoría de los mexicanos coincidimos en el QUÉ. Es urgente y necesario actuar para construir el México que todos anhelamos. Pero cuán complicado puede resultar ponernos de acuerdo en el CÓMO.

Es evidente que vivimos una época sumamente compleja, pero cada momento de nuestro caminar personal y comunitario, si lo sabemos aprovechar, es una oportunidad para vivir el don más excelente y el mandamiento más importante de todos. Digámoslo con todas sus letras: ¿Hay entre nosotros algunos que no creen en defender la vida desde el primer instante de su concepción? ¿algunos que son corruptos? ¿algunos que sienten atracción por su mismo sexo? ¿algunos que viven en adulterio? ¿algunos que son ladrones? ¿algunos que matan? ¿algunos que han cometido graves errores y pecados abominables? La respuesta es sí. Pero acaso los que hemos conocido el amor de Cristo, por alguna trágica razón, hemos olvidado que estas personas son nuestros HERMANOS.

Hermanos que han sufrido en carne propia injusticias, abusos, discriminación, y por ello tienen profundísimas heridas que es necesario sanar. Son verdaderos hijos de Dios, porque nuestro Padre común, en su gran bondad, les ha otorgado el don de la existencia. Cada uno de ellos tan valioso y amado como si no existiera nadie más en el universo. Jesus, por cada uno de ellos derramó su sangre en la Cruz. ¿Cómo estamos llamados a amar a estas ovejitas heridas y lastimadas? ¿Cómo pueden los discípulos de Cristo colaborar para que todos conozcan y experimenten el amor personal de Dios? ¿Cómo podemos ser solidarios en su sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarlos a comprender los valores del Evangelio para que su vida sea como la que Jesus, en su perfecto plan de amor, quiere para ellos? Juzgar, rechazar, odiar, condenar, ¿serán actitudes que ayuden a acercarlos al que es Camino, Verdad y Vida?

Y aquí es donde viene la encrucijada. En medio de esta crisis social de hartazgo, aparece un síntoma que indica que hay algo más que no anda bien. Imposible saber si se debe a la globalización o a la inmediatez con la que tenemos acceso a tanta información, pero pareciera que cada uno tenemos opinión para cualquiera y todo tema; desde aspectos trascendentales como la vida, hasta cosas triviales como cuál es la mejor dieta o la app más eficiente. Y en el caso que nos compete, además de tener fuertes opiniones, podemos caer en la tentación de creernos poseedores de la única o la mejor solución para arreglar el México del siglo XXI.

Nos decimos hijos de la Iglesia, la que creemos fue fundada por Cristo. Y a Él, que es la Sabiduría Infinita, le pareció bien establecer una jerarquía. Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, a ellos compete guiar a las ovejas y a las ovejas reconocer la voz del Pastor. Hoy más que nunca es apremiante recordar que la misma Santa María de Guadalupe, cuando quiso servirse de un laico para la realización del deseo de su corazón, le pidió que fuera en unión y obediencia al Obispo Fray Juan de Zumárraga.

¿Quiénes somos nosotros, pequeñas ovejas, para creer que somos más que el Pastor? No olvidemos nunca las palabras de la mejor Discípula, la que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, la de mirada compasiva y corazón misericordioso, la que es Bienaventurada porque antes de hablar, sabe escuchar. “Hagan lo que Él les dice” Ante los acontecimientos actuales y qué hacer ante ellos, Jesús ha mostrado su querer en la voz del Pastor.

Minerva Múzquiz de Villarreal

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Lic. Armando Cavazos Regalado

Al estudiar la carrera de comunicación, es básico conocer y analizar las diferentes teorías, definiciones, modelos e investigadores en torno a esta profesión.

Para fines de este artículo, tomando como base lo anterior, me atrevo a establecer una definición muy sencilla: la comunicación es una llave que permite abrir o cerrar puertas.

Las personas nos comunicamos todos los días: al orar para dialogar con Dios; al conversar con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo; al escribir en las redes sociales, así sea un simple “hola”; al tomar fotografías y videos de momentos que consideramos importantes, o bien para publicar en alguna aplicación.

Así, encontramos que la comunicación es inherente al ser humano y a su cotidianidad; es decir, forma parte de las actividades personales, familiares, sociales y profesionales; por lo tanto, la llave puede abrir puertas para establecer relaciones y estrechar vínculos con los semejantes; o para cerrar esas puertas por conflictos y malos entendidos.

Esta misma dinámica, si la escalamos, aplica entre las relaciones de las personas con las instituciones; caso concreto de los fieles con la Iglesia.

Por esta razón, y aunque a lo largo de su historia la Iglesia al evangelizar ya está comunicando, es a partir del Decreto Inter Mirifica (1963) cuando se visualiza la importancia del uso de los instrumentos y herramientas de comunicación, para la tarea evangelizadora.

La Iglesia no es ajena al fenómeno de la comunicación, por el contrario le corresponde adentrarse y entrarle de lleno, para que la llave abra puertas y como decía San Juan Pablo II, sea “un camino a la salvación”.

En la actualidad, el avance de la tecnología y las telecomunicaciones nos colocan en un contexto donde sobreabunda la información y la desinformación; por ello como Iglesia tenemos que estar presentes, no seducidos por la vanidad de un “me gusta”, sino comprometidos con anunciar la verdad del Evangelio, con la comunión humana y la realización de la persona.

Ante esto se requiere hacer uso del lenguaje actual, de las herramientas y medios que existen, como las redes sociales; siempre salvaguardando la Palabra de Dios.

El Papa Francisco nos recuerda que “la comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad”.

Sin lugar a dudas, hay mucha tarea por delante, y en la Iglesia nos encontramos trabajando para comunicar con la llave que abre puertas.

Lic. Armando Cavazos Regalado


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Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


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