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AvatarDebany Valdes15 noviembre, 2020
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Por Luis Donaldo González

Los pobres de hoy son los pobres de siempre, es decir, los hambrientos, los sedientos, los migrantes, los que carecen de lo necesario para vivir y vestir, los enfermos, los encarcelados.

Los deprimidos, los que se sienten solos, los olvidados y excluidos. Los perseguidos por su raza, credo o condición. Son aquellos que sufren la injusticia del abandono de sus hermanos y nos necesitan.

Si somos atentos nos damos cuenta que no son otros que aquellos de los que hablaba el Señor Jesús cuando refiriéndose al servicio y a la caridad dijo: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Ahora bien, aunque son “los de siempre” viven en un mundo que no es el de siempre: aunque hoy tenemos grandes avances científicos y tecnológicos, seguimos teniendo hambre, frío, desprotección e inseguridad.

La desigualdad es muy visible, y más en tiempo de pandemia: según la ONU, de 2019 a 2020, en América Latina y el Caribe la tasa de pobreza podría llegar a 37,2% de la población, es decir, 230 millones de personas vivirán en situación de pobreza. Sin caer en generalizaciones injustas que sostienen que todos los ricos son malos o corruptos y que todos los que viven en precariedad son víctimas, tampoco podemos negar que hoy unos cuantos viven desmesuradamente y unos muchos en condiciones de precariedad.

El deber de la solidaridad
Aunque la Iglesia no tiene la solución a estos serios problemas de injusticia social (y medioambiental), sí que tiene una palabra que ofrecer para combatir con esperanza -y desde la raíz- a sus causas, pues para la vida cristiana la fe y la caridad están inseparablemente relacionadas: en cada persona reconoce la imborrable dignidad de hijo de Dios, y especialmente en el pobre y el indefenso reconoce a Jesucristo, sufriente y necesitado.

La fe pone ante los ojos del creyente el “deber de la solidaridad” que no se reduce a un sentimiento superficial (o lástima) por los males de los que sufren, sino que es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Juan Pablo II). Esto, sin duda requiere gestos serios, grandes y pequeños, además de un sincero testimonio.

Requiere ser atento al interior y al exterior del propio vecindario y un corazón bien dispuesto a obrar con gratuidad (hacer sin esperar recompensa)3.

No al mero asistencialismo

El “deber” de la auténtica solidaridad acoge y atiende al desamparado pero también lo promueve a una vida digna y más humana. Solo así se puede entender que “dar de comer al hambriento” comienza con un plato de comida caliente pero es más que eso.

Así, con mucho respeto y sin restar ni un poco el gran valor y la importancia de la incansable labor de miles de personas e instituciones que generosa y muchas veces cristianamente ayudan a quien lo necesita, la propuesta católica va más allá de un mero asistencialismo (sin rechazarlo), ya que éste visto como fin o meta en lugar de hacer más pleno al ser humano puede llegar a humillarle, haciéndolo completamente dependiente, anulando su propia creatividad y participación (Benedicto XVI)4 y, a veces, llegando a condicionar seriamente la libertad electoral de los beneficiados.
Buscando mayor libertad, la Iglesia apuesta por impulsar y promover a la persona para que, con ayuda y en la medida de lo posible, vaya adquiriendo lo necesario para ser protagonista de su propio desarrollo (Pablo VI)5.

Cierto es que aquí puede resonar, “dar el pescado, y también enseñar a pescar”… y que la educación, la salud y el trabajo son barca, caña y anzuelo para salir al mar.
A este principio de la Doctrina Social de la Iglesia se le llama “subsidiariedad”, y es posible entre instituciones y personas como entre gobierno y pueblo: no se puede quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con su esfuerzo e industria, como tampoco quitar a las pequeñas comunidades e instituciones lo que pueden hacer y proporcionar por sí mismas6.

Esta propuesta no pretende dejar a la persona o al pueblo a la deriva sino a que desde una actitud de ayuda, se respete la autonomía de todos para que la sociedad funcione y realice a la persona de modo responsable, integral y humano.

El amor nos mueve

La constante referencia y comunicación con Dios en la oración nos que tiene mover el corazón para ver y atender la vulnerabilidad del hermano. Recordemos que “la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres” (Francisco)7.

Esto no es nuevo, pues según Jesucristo, “amar a Dios y al prójimo” es la síntesis de toda Ley. Por esa razón, aunque es muy incómodo, la injusticia y la precariedad en la que viven y mueren muchos de los nuestros no hacen ruido en el corazón y no nos deja “sentirnos bien”.

La fe y el amor que de ella brota no se separan de la realidad ni individual ni social, al contrario, se expresa en las relaciones más cercanas y en las relaciones sociales, económicas y políticas8.

Nos exige tender la mano al pobre desde la generosidad de nuestra pobreza y a amar desde nuestro amor: con comida, ropa, medicamento, trabajo, compañía. A la vez, rechazar cualquier tipo de injusticia que provoca la desigualdad: sobornos, compadrazgo, calumnias. Esto nos dará paso a un mundo mejor, más fraterno.

Querido lector, hoy que celebramos la Jornada Mundial de los Pobres, seamos bien conscientes de que somos todos hermanos, hijos de un mismo Padre, y, a la vez, afirmar que Dios ama al pobre pero no a la pobreza que le oprime y le mata.

 

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Sandra Melissa García Palacios, originaria de la Ciudad de México, historiadora de profesión, mamá, esposa y gran colaboradora del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Monterrey desde hace tres años y medio. Participa en la elaboración de índices, revisa actas y ayuda a usuarios que llegan en búsqueda de documentos históricos, entre muchas otras funciones, incluyendo cuestiones administrativas. 

Melissa en conjunto de la Hna. Cecilia, la Señora Susana y bajo el liderazgo del Lic. Pbro. José Raúl Mena Seifert son quienes conforman el departamento del Archivo Histórico. 

Conozcamos como Melissa, quien siempre ha estado inmersa en la Historia Eclesial ya que anteriormente había trabajado en el Archivo Histórico Conciliar de México, y en el Archivo de la Basílica de Guadalupe, así como en un proyecto de investigación por la UNAM, que se llamó Poblando el Septentrión, nos cuenta su experiencia al colaborar para la Arquidiócesis de Monterrey.

1.- ¿Cómo fue tu llegada a colaborar al Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Monterrey?

Cuando llegué no encontré la oportunidad de trabajar como historiadora fácilmente ya que aquí la historia es muy complicada, así que laboré en otra empresa. Fue entonces que un ex compañero, desde la Ciudad de México, hizo una recomendación mía por correo que le llegó al Padre Mena, y después de algunas entrevistas, me abrió las puertas del Archivo Histórico; el cual me pareció genial, ya que es enfrentarte a cosas nuevas, porque se busca un tipo de historia diferente.

2.- ¿Qué aprendizajes, profesionalmente hablando, has obtenido con tus actividades laborales?

El trato al público, conocer la historia de cada persona para ayudar a realizar sus búsquedas en los libros de sacramentos. Mejorar la paleografía esto quiere decir que aprendí otras abreviaturas y leer más fluido Documentos del siglo XVI y XVII.

El uso de tiempos, para que el funcionamiento de las actividades y los servicios que se dan en Archivo y dentro de nuestro inmueble así como nuestro personal para que siga fluyendo para mejorar nuestras actividades.

 

3.- ¿Puedes obtener un crecimiento espiritual en tu trabajo?

Sí, ya que se tiene contacto con las personas que nos visitan, siempre se intenta ayudar y brindarles el mejor servicio para que sus investigaciones lleguen a buen puerto, se convierten en nuestros prójimos más cercanos. Creo que un buen aprendizaje que me han dejado algunas personas con las que he trabajado, desde el bendecir los alimentos, que era algo que no hacía y que hoy me hace sentir contenta. 

 

4.- ¿Qué experiencia o que acontecimiento dentro de tu trabajo ha dejado huella en tu vida personal? 

Aquí vine a conocer la fascinación de todas esas personas que nos visitan por saber su pasado, para mí fue impresionante, porque ni siquiera yo me había puesto a pensar en mi pasado. Ellos me hicieron pensar en todo eso que vienes cargando atrás, toda tu familia; eso me abrió el pensamiento por conocer mis antepasados. Precisamente el año pasado tuvimos mucho trabajo de este tipo con aquellos que buscaban saber si eran candidatos de la nacionalidad española. 

 

5.- Con la llegada de la Pandemia ¿A qué retos te has tenido que enfrentar para llevar a cabo tus labores?

Principalmente la visita debe ser previamente registrada con cita ya que por ser un lugar reducido, se permite el acceso solo a dos personas. El equipo de trabajo llevamos a cabo el protocolo establecido, en el cual la Hermana Cecilia toma la temperatura y pide a los usuarios portar cubrebocas. Antes el contacto era un poco más cercano, y con esta situación debemos respetar la sana distancia, aunque en ocasiones se complica ya que al momento de leer los documentos, el cubrebocas no te permite hablar libremente.

Por Equipo Pastoral Siglo XXI

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MUJERES, CUANTAS VECES NOS PREGUNTAMOS ¿CÓMO?, ¿CUÁNDO?, ¿DÓNDE?

Por Mayte Cavazos 

En el mes de octubre la Arquidiócesis de Monterrey realizó una emisión especial dedicada a la mujer, el programa “El rostro femenino de la iglesia”, en el cual tuve la oportunidad de participar en la conducción junto con grandes compañeros (Debany Valdés, Armando Cavazos y Juan Pablo Vázquez) en el programa tuvimos invitadas muy especiales que nos compartieron su experiencia dentro de las actividades pastorales de la iglesia y al escuchar su testimonio fue como escuchar la respuesta de Dios a cada una de esas preguntas. La alegría y fe con la que nos compartieron su testimonio me hizo entender que Dios está ahí esperándonos siempre para abrazarnos, sanar nuestras heridas, enseñarnos y guiarnos, así como a cada una de las invitadas, para estar al servicio de los demás. 

Fue muy bonito no solo conocerlas, sino también que el programa, hecho por la Arquidiócesis de Monterrey, fuera una forma de reconocer toda la entrega de las mujeres y la importancia que tienen dentro de la iglesia. Que alegría que con un programa dedicado especialmente a ellas se transmita la importancia de su labor y aún lo más importante hacernos ver que necesitamos decir sí al Señor y atender su llamado.

Cada una de las invitadas dejó claro que estamos incompletas sin Dios, que Él nos está esperando y no tenemos que preocuparnos por el cómo, cuándo, ni dónde, así como cada una se ocupe de atender su llamado Él se ocupará de atender nuestras preocupaciones, basta que le respondamos Sí quiero, guíame.

Felicidades mujeres y gracias a cada una por responder al llamado de Dios.

Sigan compartiendo su testimonio, nuestros corazones lo necesitan.

Mayte Cavazos 

Conductora El Rostro Femenino de la Iglesia

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2min39

Pbro. Dr. José Francisco Gómez Hinojosa

… es el título que abría el mes de octubre, dedicado a las mujeres, en las transmisiones diarias del Canal Digital Arquidiocesano, previas a las Eucaristías que se proyectan desde el Sagrario de nuestra Catedral Metropolitana.

La iniciativa surgió para respaldar otra intuición semejante del Señor Arzobispo, don Rogelio: el Consejo Pastoral de Mujeres. De esta manera, nuestro pastor quiere atender una de las prioridades expresadas tanto en sus comunicaciones ordinarias como en nuestros recientes planes de pastoral: las mujeres.

Y es que a ellas, durante siglos, las hemos confinado al hogar y a las tareas de madres, esposas, hijas, hermanas. Tales funciones las enaltecen, es cierto, pero no pueden ser exclusivas de sus aportes a la sociedad y a la Iglesia. Ellas exigen, y con todo derecho, ser reconocidas como ciudadanas y seguidoras de Jesús, capaces de dar mucho más en los diferentes ámbitos sociales y eclesiales en los que participan.

Pronto el Consejo Pastoral de Investigaciones, también de reciente creación, nos propondrá una encuesta para analizar el papel que desempeñan las mujeres en la Arquidiócesis, y el que pueden ofrecer. Estemos atentos.

 

Vicario General

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Pbro. Alejandro Leal Alejos

Desde tiempos inmemorables, se ha pensado solamente en el Sacerdocio Ministerial como el único existente, pero la Iglesia, en sus principios, valoraba el Sacerdocio Bautismal.

La diferencia entre ellos es que el Ministerial es referido al Sacramento del Orden Sacerdotal; el segundo, al que todos recibimos en el Bautismo. Los dos de gran importancia y necesidad en la Iglesia.

Es hasta el Concilio de Trento con el Papa iniciado y presidido por el Papa Paulo III (entre los años 1545 y 1563) en que se comienza a enfatizar en el sacerdocio común, cosa que era de pensamiento avanzado con el desarrollo de la teología pastoral empezando a ver la apertura de la Iglesia a la comunidad frente al surgimiento de la reforma protestante. Definió el sacerdocio común como interior (por el bautismo) y el ministerial como exterior, en base al servicio de algunos Ordenados para servir a la comunidad y comenzar a trabajar unidos por el Reino de Dios.

Lo mismo hace Pío XII y retoma el Concilio de Trento en 1947, basándose también en la 1ª. de Pedro 2, 5.9: “también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo… «vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (Mismo texto de Trento)

Es ya hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando se definen los campos y la manera de interactuar del mismo Sacerdocio de Cristo. Ya no es solamente una Iglesia de jerarquía, sino un Pueblo de Dios con pastores y ovejas en el mismo Cuerpo Místico de Cristo.

En nuestros tiempos de contingencia, debemos buscar la mejor interacción del Sacerdocio de Cristo en nuestras comunidades: El Sacerdote ministerial dedicado al Culto, la Palabra y los sacramentos; el Sacerdote Bautismal (Laico, que no es sacerdote ministerial) dedicado a sembrar el Reino en los espacios en donde se desenvuelve y a donde el Sacerdote Ministerial no puede llegar (por ser pocos) y a ver tanta necesidad de la presencia de Dios de parte de Todo Su Pueblo.

Es así que, conociendo ya las funciones del Sacerdote Ministerial, el sacerdocio común que tú debes ejercer, es hacer presente a Dios en tu casa, en tu trabajo, con los vecinos, compañeros de escuela, y todo aquel que tenga contacto contigo ejerciendo tu Bautismo.

Hoy en día, en cuando a la dispensa de la Misa dominical, cada hogar se ha convertido en una Iglesia, donde el Sacerdote Bautismal preside las oraciones de culto a Dios en la reflexión de su Palabra, presidiendo el Rosario, instalando un pequeño altar para participar en la Misa que se transmite por los medios conocidos, en el diálogo cristiano de la vida familiar y social, en las exequias y oraciones por los difuntos, etc.

Estos tipos del Único Sacerdocio de Cristo, se unen e interactúan para establecer el Reino de Dios entre nosotros. 

Lo que hoy vivimos, nos hace entender que no todo se debe dejar al Sacerdote Ministerial, sino que el Sacerdote Bautismal se haga presente como miembro del Cuerpo de Cristo, ejerciendo sus dones y virtudes dadas por Dios al servicio del prójimo.

Pbro. Alejandro Leal Alejos

Parroquia de Jesús Sacerdote en San Ángel Sur

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9min46

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Cuando nacemos, todo nos resulta desconocido, hasta nuestro propio llanto; somos simplemente un amasijo de sensaciones incómodas y placenteras que no tienen significado. Sin embargo, de aquella fecha de la que solo tienen memoria los demás, hacemos un festejo año tras año, aunque, en realidad, de ese día, uno no sabe absolutamente nada. 

Algo semejante sucede con el día en que alguien se va para siempre porque es también una fecha de la que solo los otros tienen memoria; no obstante, se trata en cambio, de una experiencia de la cual los otros, que quedan con vida, no saben absolutamente nada. ¿Cómo alguien experimenta su muerte? Es esta una pregunta cuyo carácter paradójico y misterioso se aprecia mejor, solo si se pregunta ¿cómo se vive la muerte?

La muerte es siempre un hecho ajeno y solo podemos contar cómo sucede, pero no cómo se vive. Cuando se vive la muerte, entonces ya no es posible narrarla. Y es esta absoluta ignorancia la que tanto asemeja al morir con el nacer. Por eso, morir nos devuelve al misterio de nacer. Entre el nacer y el morir, se coloca la vida, como un despertar a la conciencia de nosotros mismos y de lo que experimentamos. Pero con el morir, a la conciencia le pasa lo mismo que con el dormir, callamos e ignoramos lo que nos pasa.

Si bien es cierto que no sabemos cómo alguien vive su muerte, cada cual sabe que el dolor por la muerte de otro tiene el sabor de la propia. Dicen que “nacemos llorando y llorando nos despiden”; el dolor por la separación de un ser querido es inédito, tan original e irrepetible como nuestra huella digital. Podemos decir cómo pasó la muerte de otro, pero nada sabemos de cómo vivió su muerte. De igual manera, aunque ciertísimamente sabemos lo que nos duele la muerte de quien queremos, es imposible que los otros sepan cómo nos duele esa separación por más que se los contemos. Cuando nos hemos golpeado la cabeza, alguien puede imaginar nuestro dolor, si le ha pasado lo mismo, pero el sufrimiento es completamente personal.

En este 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, cada cual sentirá su propio dolor, pero a diferencia de otros noviembres, en este 2020, quizá podamos sentirnos menos solos o mejor aún, un poco más cercanos en la pena. En este año, la crudeza de la muerte se ha asomado en más de un millón de víctimas del covid 19. En nuestro país, la suma de los fallecidos asciende por encima de las ochenta mil personas. La cifra puede ser impresionante para todos, pero son más de un millón, los familiares y conocidos que, en el mundo entero, sufren como ninguno la irreparable pérdida de sus seres queridos.

La terrible pandemia que nos aqueja ha obligado a los deudos a evidenciar materialmente la tragedia de la separación. Han sido muchos los que, a causa de este virus letal, han tenido que morir en completo aislamiento, sin la compañía afectuosa de los suyos. Y muchos otros que han muerto por otras causas no han podido ser llorados con los ritos sociales y religiosos que expresan el duelo. En esta crítica circunstancia, a la pena de la pérdida se ha agregado la no menos dolorosa pena de “aceptar” que mueran solos, a la distancia nuestra o que no podamos llorarles públicamente. Aunque dolorosa y dramática, esta separación nos debe enseñar que la vida es este misterioso y paradójico juego de acercarnos y alejarnos de aquellos que, con su amor, no sólo nos han dado vida, sino un sentido que nos identifica singularmente como un Yo.

En el inicio de nuestra personal existencia, estuvimos íntimamente cercanos a la madre que gestó nuestra vida, pero si nos hubiéramos quedado en su seno, habríamos perecido y tal vez, ella con nosotros. La vida exige separación y la muerte es la más grande separación, exigida para una más grande vida. La muerte de nuestros seres queridos es un doloroso parto; ellos parten para otro mundo, desconocido para los vivos, como el espacio uterino, desconocido para los que tienen conciencia de haber nacido. 

Separarnos de aquellos a quienes amamos, debe ser, en medio del llanto, un gozoso alumbramiento porque a la luz de su muerte, conocemos un poco más la propia, y entonces, sabemos que el juego de la vida, por doloroso que parezca, se gana cuando se pierde (cf. Jn. 12, 24 -25). Para vivir es imperativo aprender de nuestras pérdidas. En definitiva, el secreto de la vida consiste en no temer, ni resistir el diario morir. No sirve maquillar la arruga, disfrazar la enfermedad o intentar parar de sufrir porque la vida es así, vulnerable y mortal; pasar el día y cada día, resistiendo y temiendo, no es vivir. Por eso, no te preocupes por saber qué pasa después de la muerte, ocúpate de que ahora pase lo que quisieras atesorar toda una eternidad.

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Profesor de la UPM

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6min53

Por Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

La devoción a los santos es uno de los rasgos que configura la espiritualidad cristiana. El creyente los invoca en la oración y piensa en ellos cuando contempla el arte religioso en los templos. Es un deleite ir descifrando los elementos simbólicos con los que se adorna a los héroes de la fe: la aureola, la palma, el color de la túnica, el objeto que representa la virtud que vivió el santo o la santa o los instrumentos con los cuales fue martirizado(a). A quien esté familiarizado con esta iconografía quizá le llame la atención las imágenes que se pueden ver en internet del más reciente beato de la iglesia: un joven con una playera, su mochila de excursión y lentes de sol. Su nombre es Carlo Acutis, un adolescente italiano que murió a los 15 años de edad.

El caso de Carlo nos puede ayudar a reflexionar cuál es el concepto que tenemos de la santidad. Ser santo no tiene nada que ver con la forma de vestirse ni con la forma de hablar; sino en la profundidad de la amistad con Jesús y con practicar la virtud en grado heroico; en el caso del joven italiano, con el ferviente amor a la eucaristía. En las fotografías Acutis no aparece con aureola pero sí revelan algo acerca de su santidad: siempre se le ve sonriente.

El Papa Francisco ha destacado que experimentar la alegría y el deseo de compartirla con los demás es un signo de santidad. Ha escrito una exhortación apostólica llamada Gaudete et Exsultate; que es la traducción al latín de un mandato de Jesús: «Alégrense y regocíjense» (Mt 5, 12). El Papa explica que el contexto de este mandato son las bienaventuranzas. El motivo de alegría para el cristiano –y el camino hacia la santidad– consiste en cosas que parecen extrañas a nuestro mundo: ser pobre de espíritu, llorar, ser humilde, tener hambre y sed de justicia, ser misericordioso, ser limpio de corazón, trabajar por la paz y ser perseguido a causa de la justicia (Mt 5, 3-12).

A diferencia de los santos de la antigüedad, los nuevos siervos de Cristo pueden utilizar el internet y las redes sociales; sin embargo, es importante subrayar que las virtudes siempre son las mismas, al igual que los peligros a los que deben enfrentarse. En Gaudete et Exsultate, el santo Padre nos ha advertido de cuidarnos de un nuevo gnosticismo, es decir, creer que el santo es aquel que desprecia todo lo material. Ciertamente, no debemos ser esclavos de los bienes materiales, pero esto no significa que sean malos. Dios creó este mundo físico y a través de las cosas podemos servirle; por ejemplo, viviendo las obras de misericordia corporales. Otro peligro que advierte el Papa Francisco es un nuevo pelagianismo, es decir, seguir la actitud de Pelagio, hereje que pensaba que se puede ser santo con sus propias fuerzas sin la ayuda de Dios. En esta línea, nos puede ubicar muy bien una idea atribuída a san Ignacio de Loyola: «Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de él».

Todos los cristianos estamos llamados a ser santos (1 Pe 1,16; Lc 1, 74-75; Ef 4, 24), es decir, estamos invitados a vivir la alegría que brota de nuestra humildad, pobreza de espíritu, misericordia o nuestro trabajo por implantar la justicia.

Gracias por leer esta reflexión.

Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

Director Espiritual Seminario ArquiMty – Casa Allende

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7min45

Por Pbro. Roberto Figueroa Méndez

En los pueblos prehispánicos de lengua náhuatl, eran comunes los “difracismos”. ¿Qué eran los difracismos? Partiendo de la realidad de un objeto, éste, en la mente del indígena se transforma en una idea o concepto. Cuando un objeto concreto transformado en idea o concepto se une a otro diferente, de ambos surge un nuevo concepto, superior a los otros 2 juntos. Para nosotros, estos difracismos pueden sonar como parte de un poema bello o una bella unión de palabras, pero en el mundo prehispánico, estos difracismos tenían una significación muy importante.

En el Nican Mopohua (documento en náhuatl que narra las apariciones de Santa María de Guadalupe), podemos ver que en los primeros párrafos aparece la expresión: “in atl in tepetl= entre los ríos y los montes”. Esta expresión es un difracismo que en este artículo no explicaré, porque ese tema lo abordaré en otro artículo más adelante. Sólo anticipo lo que significa este difracismo: pueblo, ciudad o civilización. Con esto ya tenemos un ejemplo de 2 conceptos: agua y cerro, que unidos, surge uno superior= pueblo.

Para los toltecas y para los aztecas, las flores eran muy importantes, valiosas y significativas. Su fragancia, su belleza eran altamente reconocidas y admiradas. Cuenta Bernal Díaz del Castillo que, al llegar a Tenochtitlan en 1519, se asombraron cómo las casas estaban llenas de flores y algunos caminos también contaban con flores de dulce fragancia. Los aztecas tenían un cuidado especial en el cultivo de las diversas y variadas flores.

Para los aztecas, la flor representaba la verdad, ellos rechazaban las mentiras y amaban la verdad. La flor representaba la verdad porque las flores tienen su tallo y los tallos su raíz. La buena raíz auguraba una bella flor. Recordemos que el náhuatl era una lengua que se transmitía de forma oral. Sólo se escribían los códices. Por esto, la verdad era aquello que se transmitía de manera oral generación tras generación. Verdad en náhuatl se dice nelli, esta palabra procede de otra: nelliliztli, que significa arraigamiento. La verdad es algo que está arraigado, que tiene la fuerza de una buena raíz. Por esto mismo, la sabiduría no procedía de lo nuevo, sino de lo antiguo, de las tradiciones, de los abuelos, de los ancianos y ancestros. A diferencia de otros pueblos, en el mundo azteca se valoraba altamente a los ancianos. De ahí que la Virgen de Guadalupe se le apareciera a Juan Diego, a sus 57 años, que sanara y revelara su nombre completo al tío Juan Bernardino, más anciano aún. Si el siglo azteca era de 52 años, una persona de esa edad o mayor ya era digna de ser escuchada y su palabra tenía autoridad y raíz.

Antiguamente, cuando un súbdito llevaba un mensaje de su tlatoani a otro tlatoani, el mensajero de mucha confianza, debía llevar flores, para dar a entender con esto que su mensaje era verdadero. Así, Santa María de Guadalupe, el 12 de diciembre, hace surgir variadas flores del Tepeyac para que Juan Diego las muestre como la señal con la cual el obispo deberá creer que Juan Diego es el auténtico emisario de la reina del cielo y su mensaje es verdadero. Cuando Juan Diego contaba esto a los pobladores de estas tierras, ellos entendieron rápidamente que aquello era digno de ser aceptado, pues la edad de Juan Diego lo avala y la presencia de las flores, junto con el mensajero muy digno de confianza, embona perfectamente con lo que ellos conocían y sabían de sus tradiciones.

Al tomar las flores entre sus manos, Santa María de Guadalupe es la Emperatriz que envía su mensaje al Tlatoani Obispo. Ella, como una buena agricultora, labra el corazón de Juan Diego para colocar ordenadamente las flores en el hueco de su tilma, en lo más profundo de su persona, de su corazón.

Santa María de Guadalupe no sólo envía flores, Ella misma, al plasmarse en la tilma de san Juan Diego plasma sobre su vestido variadas y hermosas flores, unas grandes terminadas en punta, otras de 8 pétalos, y la más importante: Nahui Ollin, que representará la presencia del Verdaderísimo o Arraigadísimo Dios por quien se vive.

Santa María de Guadalupe llega con la verdad de Dios para que se edifique en estas tierras mexicanas una nueva civilización llena de la verdad de Dios, que tiene su raíz en el cielo.

¿Y el canto, pues el difracismo es flor y canto? De eso les escribiré en el siguiente artículo… ¡HASTA LA PRÓXIMA!                                                                                                                                                      

Pbro. Roberto Figueroa Méndez

Parroquia San Pablo Apóstol

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4min43

Aunque parezca mentira, esto no es un discurso de psicología positiva reciente, o el típico mensaje de autoestima de un coach de hoy en día, sino una máxima de San Agustín, que sigue vigente hoy.

Pareciera increíble pensar que alguien pudiera no conocerse, “si todo el tiempo estoy conmigo mismo”, sin embargo esta es una situación muy común. El no conocernos hace que nos perdamos de la verdad y de la realidad, es decir, percibimos lo que nos rodea de manera equivocada y no como realmente es.

Decía Alejandro Magno que “Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones. Si uno consigue conocerse a fondo a sí mismo, sabrá comprender a los demás y la realidad que lo rodea”.

Muchos problemas de nuestra vida cotidiana es que confundimos la percepción con la realidad: “es que yo entendí esto”, sin embargo muchas veces la realidad no es lo que nosotros entendemos, sino un reflejo de muchas cosas que tenemos en el interior (heridas, miedos, experiencias, expectativas) que no conocemos.

Aquí es donde viene la segunda parte, la importancia de aceptar: nuestra historia, nuestro proceso.

Para un individuo que se acepte a sí mismo no representará ningún problema relacionarse con las demás personas y mostrarse tal y como es, sin temor o miedo a no ser aceptado. Por el contrario, la persona que no goza de una aceptación hacia sí mismo tendrá serios problemas al momento de entablar relaciones con sus semejantes. Muy probablemente se encierre en sí mismo y vea como negativo lo que hacen los demás. Si no se es capaz de aceptar el proceso personal, menos se comprenderá y aceptara los procesos de los demás. 

Finalmente al hablar de la superación, pudiera abarcar muchos y diversos ámbitos: económico, personal, profesional, etc. Sin embargo, como cristianos, la superación “personal”, siempre incluye a los demás. Me supero yo, pero sin olvidarme de mi prójimo, de mi hermano. La superación no es para cumplir con los estándares del mundo de hoy, sino para lograr asemejarnos más a Cristo, en sus actitudes, en sus intenciones, en su santidad.

Como Iglesia, debemos también de luchar por conocernos mejor, profundizar en el mensaje del Evangelio, aceptarnos en nuestros diferentes carismas, procesos y formas de ser; superarnos y ser mejores en la forma en que vivimos la misericordia, la caridad y trabajar con creatividad en lo pastoral.

Como Iglesia de Monterrey, tenemos mucho que conocernos, aceptarnos y superarnos, y gracias al Espíritu Santo, nos está motivando e inspirando a lograrlo. Es una invitación personal y comunitaria que Dios no hace hoy.

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez

AvatarDebany Valdes5 noviembre, 2020
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8min93

En esta serie de artículos, en los cuales ofrecemos una breve reseña histórica de las parroquias de nuestra Arquidiócesis cuyos templos son anteriores al inicio del siglo XX, toca ahora el turno a la parroquia de Ciénega de Flores.

Lo que hoy conocemos como Ciénega de Flores tiene sus inicios en el siglo XVII. No es nuestro objetivo repasar la historia de Ciénega sino tan solo concentrar nuestra atención en el que hoy es el templo parroquial de san Eloy.

Por una placa que existe en la fachada sabemos que el templo actual fue construido a mediados del siglo XIX ¿Hubo algún templo anterior? Supondríamos que probablemente alguna pequeña y humilde capilla donde los vecinos oraran y se reunieran, pero si la hubo ni siquiera es mencionada en el reporte que se levantó en 1777 a raíz de la visita del Dr. José Antonio Martínez Benavides que, por mandato del Obispo Alcalde de Guadalajara, realizó a la parroquia de Salinas Victoria.

1847 CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO

Ya mencionábamos que en la fachada del templo se encuentra una placa que en latín y en castellano que indica lo siguiente: “ESTA IGLESIA CONSTRUIDA POR CELO Y DEVOCIÓN DEL SR. ELOY PECHE, FRANCES EN 1847 CON AYUDA Y APROBACIÓN DE LOS HABITANTES FUE RESTAURADA EL AÑO DE 1942 POR EL PARROCO ENRIQUE GOMEZ”. Como veremos más adelante el P. Gómez era el párroco de Salinas Victoria.

No tenemos más información del mecenas ¿quién fue Eloy Peche? No tenemos más datos de él, lo que si hemos podido localizar es a una familia de apellido Peche y a sus descendientes quienes habitaron en el Valle de las Salinas en el siglo XIX pero en concreto de Eloy Peche no sabemos más qué decir ¿será que habitaba en Francia y por eso se destaca ese dato en la placa? ¿Qué estando allá patrocinó el templo? No lo sabemos, es un tema pendiente por investigar.

1862 INFORME DEL ALCALDE DE SALINAS

En 1862 los cerca de 1200 habitantes de Ciénega formalizan el deseo de ser un ayuntamiento independiente dado que hasta ese entonces eran parte del de Salinas Victoria. Expusieron su solicitud al gobernador Santiago Vidaurri. El alcalde en turno de Salinas Victoria no estaba de acuerdo en la separación, sin embargo, en su reporte acerca de la solicitud destacó lo siguiente acerca del pueblo “(…) a sus expensas ha construido un templo sólido de buena arquitectura, amplio, cómodo, y decente en la extensión de la palabra (…)”. (Ávila, Nuevo León…, Milenio, p. 312). Curiosamente no se menciona al francés antes mencionado. Finalmente, el nuevo municipio fue erigido en 1863.

1878 INFORME DEL ALCALDE

Este año, el alcalde de Ciénega, Fermín Gutiérrez, escribió un documento acerca de la situación del ayuntamiento que llegaba en esa fecha a sus primeros quince años. En ese reporte indica que el templo parroquial, uno de los dos que había en el municipio siendo el otro el de la hacienda san José ya reseñada en esta serie de artículos, era administrado por el P. Fernando de Ayala, el templo contaba “con sus ornamentos”; los ingresos del mismo provenían de los bautismos, matrimonios y confirmaciones; se anota que el ministro “tenía apenas lo necesario para vivir de manera austera y modesta” (Ávila, p. 315)

1888 VISITA DEL SR. JACINTO LÓPEZ

En el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Monterrey se encuentran las actas de la visita pastoral que el Sr. Obispo realizó a Ciénega el 14 de marzo, comienza la narración afirmando “fue recibido con demostraciones de regocijo público”, más adelante señala “Visitó S. S. Ylma. su templo (…) y casa edificada para habitación del sacerdote, así como la pila bautismal (…) añadiendo que cuanto antes se construya el bautisterio (…) y luego se haga otro tanto respecto de la torre que está en proyecto. También recomendó al Párroco [de Salinas] que se circunde de pared el atrio o cementerio de la Iglesia poniéndole las puertas necesarias (…)”. Subrayemos la información que estas líneas nos dan: la existencia de una pila bautismal, aunque aún no era parroquia, de una casa para cuando el sacerdote acudía a Ciénega, que la torre aún no había sido construida, que el atrio aún no estaba bardeado y que servía de cementerio: seguramente debajo de los jardines actuales y de la cancha localizada a poniente reposan muchos habitantes de esta población.

 

OCASO DEL SIGLO XIX.

Ávila nos da este dato acerca de la torre: “fue construido después de la Iglesia, antes de finalizar el siglo y originalmente se ligaba al templo por un enrejado y una especie de tapanco de madera utilizado para oficiar al exterior” (Ávila, p. 322). No tenemos más datos de la curiosa estructura que menciona formada por el enrejado y el tapanco.

En 1898 el párroco de Salinas, Manuel Barrera, escribe un informe en el cual señala brevemente “Los templos en mi cargo en lo general se hallan en buen estado” (AHAM), entre los templos se incluía el de san Eloy.

El próximo mes continuaremos con la segunda parte de esta reseña que aquí dejamos hasta el fin del siglo XIX.


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