Apenas iniciando el numeral sexto de la bula de convocatoria del año jubilar (“Spes non confundit”: La esperanza no confunde), el papa Francisco, recuerda que, en el año 2000, umbral del tercer milenio, se realizó el último jubileo ordinario. A éste le siguió luego, el año jubilar extraordinario de la Misericordia, convocado por él mismo, el 13 de marzo de 2015. Y posterior a este breve recuento, el sucesor de Pedro afirma que «ahora ha llegado el momento de un nuevo Jubileo, para abrir de par en par la Puerta Santa, una vez más, y ofrecer la experiencia viva del amor de Dios, que suscita en el corazón la esperanza cierta de la salvación en Cristo.»
Mientras que, para el jubileo extraordinario de la Misericordia, el santo Padre pidió a los obispos que abrieran también, en sus diócesis, “puertas santas”, como un signo de comunión visible con Roma, no lo solicitó así, para el presente jubileo ordinario. Sin embargo, como sabemos, en la víspera de navidad del pasado 2024, el Papa Francisco inauguró el año jubilar, con la apertura de la puerta santa de la basílica de san Pedro. Posteriormente, el 29 de diciembre, el 1 y el 5 de enero abrió las puertas de las otras basílicas romanas: san Juan de Letrán, santa María, la mayor, y san Pablo extramuros. Y además de estas 4 puertas, el Papa dispuso agregar sólo una más, en la cárcel de Rebibbia, como un gesto concreto de cercanía con los presos y para invitar a todos a mirar el futuro con esperanza.
La apertura de la puerta santa no fue un rito, originalmente asociado al primer jubileo, celebrado por el Papa Bonifacio VIII, en el año 1300. Semejante tradición empezó, más bien, hasta 1423, en la Basílica lateranense, con el papa Martín V. Más tarde, el papa Alejandro VI determinó abrir las puertas de las otras tres basílicas para el año santo de 1500. Este ceremonial cobra su sentido, al recordar que la «Puerta santa» es el símbolo de Aquel que dijo de sí mismo: «Yo soy la Puerta, el que entre por mí se salvará.» (Jn.10,9). Por eso, junto con la peregrinación a los lugares santos y la indulgencia, el acceso por la puerta santa es uno de los signos más característicos del año jubilar, precisamente porque éste es un «tiempo propicio» para nuestra salvación.
«Peregrinación, puerta santa e indulgencia» representan tres significativos momentos de una misma dinámica en la que está implicado el ejercicio interior de la reparación, la purificación y, en definitiva, la realización de nuestra plena salud. Por tanto, atravesar alguna de las «puertas» santas, al concluir la «peregrinación» a alguna de las basílicas romanas, representa ese devoto y peculiar gesto que, en el año jubilar, constituye la llamada «obra indulgenciada» porque realizado este ingreso, además de las tres condiciones básicas (1. confesión, 2. comunión y 3. oración por las intenciones del Papa), se “gana” la «indulgencia plenaria».
Desde luego, este “ganar” o “lucrar” la indulgencia evidencia nuestra limitada forma de hablar acerca de un hecho que se manifiesta exteriormente, pero que es, más bien, íntimo y personal; es decir, espiritual. En este sentido, la indulgencia no se “gana” como quien, después de una competencia o un examen, obtiene una medalla o un reconocimiento a sus méritos o esfuerzos. Por el contrario, la «indulgencia» hace referencia a la experiencia interior de saberse amado de un modo absolutamente «gratuito». Y una tal experiencia sólo es posible como obra de Dios quien es absoluto e infinito, no sólo en su ser, sino en su libérrimo acto de paterno amor por nosotros.
El más hondo secreto de la libertad de Dios Padre se reveló ya en su divina Palabra que tomó nuestra débil carne humana para que conociéramos sensiblemente su incondicional amor por nosotros. Sólo al asumir un frágil cuerpo como el nuestro podía no poder otra cosa más que padecer, morir y sólo así, resucitar nuestra carne. Y es que precisamente, el hecho interior e intangible del amor se exterioriza, se visibiliza, se hace escuchar y tocar a través de nuestra carne. Por eso, el eterno amor de Dios se manifestó puntualmente en el tiempo y en el espacio, convirtiendo así, nuestra historia en su hora más plena. Por tanto, la conciencia de nuestra condición corporal nos ayuda a entender que nuestras experiencias interiores requieren de tiempos, espacios y manifestaciones materiales para poder ser vividas y asimiladas paulatinamente.
«Ganar la indulgencia» no es, pues, ganar un trofeo u obtener la exención de un castigo o una multa, ni mucho menos conseguir una «visa» o un «salvoconducto» para cruzar la frontera que media entre este mundo, el purgatorio y el cielo. «Ganar la indulgencia» consiste en experimentar interiormente la infinita benevolencia de Dios que no sólo nos redime de la culpa, sino que nos restituye, nos repara y nos sana las heridas provocadas por el propio pecado. Pero para favorecer esta experiencia, necesitamos de tiempos, espacios y acciones concretas que nos ayuden a gozar, de manera libre y consciente, la infinita «indulgencia» de Dios. En esto consiste la «bondad» o la «ventaja» de un «año jubilar» y de sus actos más característicos, como la peregrinación y el pasaje por la puerta santa.
El jubileo es el necesario período de tiempo que, nuestra condición humana requiere para que, paulatinamente, abramos la puerta de nuestra conciencia y de nuestra libertad a la vivencia de dejarnos restaurar por el infinito amor del Padre. No es que la indulgencia divina se pueda experimentar sólo en un año jubilar y sólo por medio de sus actos más característicos, pero un año santo sí es sólo y el único tiempo más estimulante y propicio que la Iglesia nos ofrece para re-crearnos en el amor de Dios. Aprovechemos ahora que es tiempo de gracia. (cf. Jl. 2,12)
Rector de la Universidad Pontificia de México