“AMARÁS A LA TIERRA COMO A TI MISMO”

Fotografía: Angel Yoshio Pérez Villanueva

El período que corre del primero de septiembre hasta el 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís, has sido propuesto como el “tiempo de la creación”. Este tiempo fue promovido por los Obispos católicos de Filipinas en 2003, lo mismo que por la Tercera Asamblea Ecuménica Europea de Sibiu, en 2007, y también por el Consejo Mundial de Iglesias, en 2008.

 

El “Tiempo de la creación” se inaugura el primer día de septiembre, con la “Jornada mundial de oración por el cuidado del mundo”. Esta jornada fue establecida en la Iglesia Católica, a partir de la publicación de la Carta Laudato Sii’ (mayo de 2015) del Papa Francisco. Sin embargo, ya el 1 de septiembre de 1989, el patriarca ecuménico Dimitrios I había propuesto esta práctica a la que se sumaron luego, en 2001, otras grandes Iglesias cristianas europeas.

 

En el mensaje anual, publicado con ocasión de la mencionada Jornada mundial, el Papa Francisco expresa su alegría porque la familia ecuménica escogió “El jubileo de la tierra” como tema del “Tiempo de la creación” en este 2020, año en el que se cumple el cincuentenario del “Día de la tierra”.

 

Aunque ciertamente solo hasta el 2009, la ONU estableció el 22 de abril como “El día de la Tierra”, en realidad, esta efeméride se remonta cincuenta años atrás, hasta 1970, cuando el senador estadounidense Gaylord Nelson buscaba sensibilizar, con esta iniciativa, la conciencia frente a los problemas de la contaminación, la amenaza de la biodiversidad y la sobrepoblación.

 

Es pues claro que la efeméride católica de “El tiempo de la creación” tiene raíces no sólo en otras confesiones cristianas, sino incluso, en el activismo civil y laico.  Caer en la cuenta del origen no católico de dicha celebración podría sorprender e incomodar a algunos católicos, sobre todo, si además se advierte que, de hecho, el 22 de abril es oficialmente denominado por la ONU como el “Día internacional de la madre Tierra”. La consideración religiosa de la tierra como “madre” fue algo que ya provocó reacciones hostiles por parte de algunos católicos, durante el sínodo Panamazónico (2019), a causa de la presencia de la “pachamama” en varios eventos del mismo sínodo.

 

En su original lengua quechua, “Pacha-mama” es una palabra compuesta que en su conjunto significa “madre tierra”.  Pero no solo los pueblos amazónicos, sino muchas otras culturas, en otras latitudes y épocas de la historia, han considerado a la tierra como una madre. Se trata de una natural percepción común según la cual, la vida del ser humano depende de la tierra, como un bebé depende de la  vida y salud de su madre. Esta percepción no es ajena a la tradición católica, pues en su famoso cántico sobre las creaturas, “Laudato Sii”, de donde toma nombre la exhortación apostólica del papa homónimo, el pobrecillo de Asís se refiere a la tierra como “hermana madre” que nos nutre y nos gobierna.

 

Por otra parte, el segundo relato de la creación, en el libro del Génesis, cuenta que Dios formó a “Adam” con arcilla del suelo. Efectivamente, “Adam” es una palabra que procede del vocablo hebreo “adamáh” que significa tierra roja (dam=rojo). Por eso, en español, “humano” procede igualmente de la palabra latina “humus” que igualmente significa “tierra”. En consecuencia, tanto el nombre “Adam”, como “humano”, designan literalmente nuestra constitutiva realidad de terrestres.

 

Pero no se trata de mera etimología, pues nuestra composición bioquímica, como organismos, procede genéticamente de sofisticados y complejos procesos igualmente bioquímicos que culminan en los alimentos que consumimos. Sabemos de sobra que estos procesos enfrentan ahora una amenaza mortal, a causa del global desequilibrio ecológico. Sin embargo, no parece que actuemos en la solución con la urgencia que es debida, quizá porque pensamos que se trata de un problema ajeno a nuestra salud. Cuando nos enteramos que un vecino ha sido médicamente desahuciado por un diagnóstico terminal, tal vez sintamos algo de pena, pero nada más; finalmente es el otro el que está desahuciado. Sin embargo, el diagnóstico de desequilibrio ecológico no es en absoluto una enfermedad de la tierra, sino es también nuestra enfermedad, pues ella es nosotros mismos. Por eso, estando sentado, acostado o levantado y andando de camino, repite para tus hijos y para ti mismo este imperativo sagrado (cf. Dt. 11, 19): “amarás a la tierra como a ti mismo”.


Sobre nosotros

Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


CONTÁCTANOS

LLÁMANOS



Últimas publicaciones



Suscríbete a nuestro boletín







Categorías