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Historia de Mons. Alfonso MirandaArtículos

ENCUENTROS

Salía de la ciudad de Acuña, el domingo 19 de julio a las 13.30 hrs, después de la toma de posesión en la parroquia Cristo Buen Pastor, y me dirigí manejando por 6 horas, hasta el aeropuerto de Mty, pues salía a Guadalajara esa misma noche, para participar al siguiente día en el 50 aniversario sacerdotal del Card. Francisco Robles. Al llegar a la sala, caminé un poco por los pasillos, en eso vi a un joven señor, alto y fornido, lleno de tatuajes que también caminaba por los corredores. De repente me paré a esperar las noticias de abordaje de la sala, cuando de repente, escucho a mi lado: ¿qué opina de los que llevamos tatuajes? Me asustó y di un paso atrás, al no esperar que me interpelaran. Era el mismo señor, quien a quema ropa me preguntaba, y sin tiempo que pensar, le contesté: pues yo respeto a quien los usa, pero yo nunca me tatuaría. Yo iba a la iglesia de niño, empezó a hablar, pero ahora creo en Dios a mi manera, y ayudo a la gente cuando lo necesita, y lo hago de corazón. Pues me parece bien, le digo, porque Dios mira el corazón de cada persona. Su tono era de tanteo y de exploración de mi persona. Noté que la gente se nos quedaba mirando, por la extraña escena de ver platicando a un hombre con traje clerical, y otro con abigarrados tatuajes en todo su cuerpo. Yo concibo el cuerpo como un envase, me dijo. Me dolió su comentario, y me contrarió, sinceramente, pero no pude contestarle nada en ese momento. Sólo pensé después: qué triste, el cuerpo no es un envase, es el templo del Espíritu Santo. Al final me habló de su respeto a Dios, y de que se sentía feliz de despertar cada mañana teniendo a su esposa y a su hija, a su lado. Nos despedimos amistosamente, antes de subirnos al avión.

Al día siguiente volaba de Guadalajara a CdMx, y tenía el tiempo justo, por lo que al llegar a la sala, para ser de los primeros, me formé en la fila para abordar, pero en eso, cambian de lugar la zona que traía en mi boleto, y corro al otro extremo de la sala, y pregunto a un joven que ya estaba formado: ¿es la zona 3? Y me contesta, sí aquí es. Me acomodo y preparo rápido mis documentos, pero después de un instante, el mismo joven se voltea, y me pregunta, al ver mi indumentaria clerical: ¿es usted sacerdote? Le contesto: sí. Sabe, hoy murió mi padre. Me lo dice directo. Válgame Dios, le contesto. Lo siento mucho. Pido a Dios lo reciba en su reino y conceda fortaleza a tu familia. ¿Pero, cómo fue? Soy médico, me dijo, y tengo apenas 3 meses en Guadalajara, y hoy habló mi hermano para darme la noticia. Así que ahora me dirijo hasta Isla Mujeres, para encontrarme con mi familia. Conozco al obispo de esa Diócesis, y puedo conseguirte un sacerdote, le dije. No se preocupe, el párroco de la Isla nos ayudará. Le ofrecí mi oración, y me agradeció la atención que le brindé.

Al día siguiente, habiendo peregrinado con mi querida diócesis de Piedras Negras, y celebrado la misa en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, nuevamente fui corriendo al aeropuerto, porque ahora iba a Mexicali, a un encuentro nacional de sacerdotes encargados de Pastoral Familiar. Echándome un croissant de queso y pavo, sentado en la sala, veo que enfrente de mí, sola, en otra sala, estaba una religiosa. Acabado el baguette, nos levantamos al mismo tiempo y nos dirigimos a encontrarnos: ¿A dónde va señor obispo? La hermana había visto mi pectoral. Voy a un encuentro sacerdotal. Y usted, ¿de dónde es? Soy de Tlapa Guerrero. Ah! Salúdeme a Mons. Dagoberto, por favor. Sabe, falleció la hermana superiora de mi congregación, y voy a su ciudad natal a arreglar sus papeles. Qué pena, le dije, que el Señor la proteja y la acompañe hermana. Lo que más me llamó la atención de ese sencillo encuentro, es que sin haber visto nunca a esta religiosa, nos sentimos como si nos conocieramos de toda la vida, y que sin habernos visto antes, nos dimos un abrazo tan fraterno y cordial, como dos entrañables hermanos. Eso sin duda, hace la fe, que te conecta en cuerpo y espíritu, y te hace sentir tan cercano de tus hermanos y hermanas de consagración al Señor.

Ya en Mexicali, mientras nos llevaban a la Catedral a celebrar misa con Mons. Enrique Sánchez, su obispo, pasamos por el traslúcido muro con vista a los EU, y al contemplarlo, más que experimentar la sensación de calor que sobrepasaba los 45 grados centígrados, vino a mí mente la escalofriante y dolorosa escena de la alambrada de púas que separaba la vida de dos niños en Auschwitz, Bruno y Schmuel, de la famosa novela: el niño de la pijama de rayas.

Ya después de aquí volé a Mty, para estar un día con mi mamá de 96 años, y volver después en carro a Piedras Negras, donde entregaba el último templo del verano a un animado hermano sacerdote.

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