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EL PECADO DE SAN AGUSTÍN

El 28 de agosto es la fecha que el santoral católico reserva para celebrar la memoria de Aurelio Agustín, eximio Doctor y venerado santo de la Iglesia católica. Quizá uno de los santos más popularmente conocidos, gracias a sus “Confesiones”; obra autobiográfica que escribió alrededor del año 398 y de la que se ha hecho famosa la frase “tarde te amé Hermosura tan antigua y tan nueva”. Mas que una frase poética, se trata de un dulce lamento que refleja la peculiar experiencia de conversión de la que habla su escrito. Tal vez, por ello, “Las Confesiones” han sido leídas, a lo largo de generaciones porque contra la ideal imagen que solemos hacernos de los santos, el mismo Agustín confiesa su turbulento pasado, comprobando que, como bien dice el papa Francisco, “no hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro.

Hasta los once años de edad, el hijo de Mónica y Patricio Aurelio, había permanecido en su natal ciudad de Tagaste (al norte de África), donde hizo sus estudios básicos. Pero viajó luego, a Madaura y a Cartago para continuar su preparación académica, y ya a los 17 años, empezó una relación con quien sería la madre de su hijo, Adeodato. Convertido en profesor de gramática y de retórica se trasladó a Roma para fundar una escuela. Estando en la capital del impero, comenzó a reconocer la banalidad de la vida que había llevado hasta entonces. En aquella circunstancia de crisis personal, tuvo oportunidad de conocer a san Ambrosio, Obispo de Milán, y al escuchar sus elocuentes predicaciones tomó la decisión de hacerse bautizar por él. En ese momento, Agustín contaba ya con 33 años.

El bautismo de adultos era todavía frecuente en aquella época, precisamente como expresión de la conversión de vida. Pero, poco a poco, comenzaba también a hacerse común el bautismo de los niños. Y tanto los adultos, como los recién nacidos, eran bautizados con la fórmula sacramental: “Yo te bautizo para remisión de tus pecados.” El sentido de tal expresión era evidente en el caso de personas mayores como Agustín, pero no así en el caso de los menores. Por eso, cuando Celestio, discípulo de Pelagio se atrevió a sostener que el sentido de aquella expresión sacramental no se aplicaba a los niños porque éstos no tenían ningún pecado, los Obispos del norte de África reunieron un sínodo en Cartago, en el año 411, para condenar semejante interpretación.

Aunque Agustín ya había sido ordenado sacerdote en el 391 y había sido, además nombrado Obispo de Hipona, en el 395, no participó en aquella primera asamblea del 411. Advertir la ausencia de san Agustín en aquel sínodo no es irrelevante, si se considera que después de serias investigaciones, Julius Gross, un historiador del dogma, de origen alemán, concluyó recientemente que la doctrina del pecado original no era más que el “pecado de san Agustín”; es decir, una doctrina prácticamente inventada por él, pero sin apoyo en la tradición de los escritores cristianos anteriores a él.

Es verdad que después de la condena del 411, san Agustín dedicó no pocos escritos a defender la decisión tomada en aquel sínodo donde no estuvo presente. Tales escritos fueron ocasión para que, viviendo aún san Agustín, algunos, como Julián, Obispo de Eclana, le acusaran de hereje por sostener, de manera “novedosa”, que los niños nacían con la herencia del pecado de Adán.

Hay que reconocer que, en verdad, fue san Agustín el primero en hablar explícitamente de un “pecado original” como herencia de Adán porque fue precisamente él quien dedicó más hojas y tinta a explicar la veracidad de la fórmula sacramental “in remissionem peccatorum”, utilizada incluso en el bautismo de los niños. Sin embargo, hay que decir también que antes de él, algunos escritores cristianos como Orígenes, Cipriano de Cartago, Tertuliano y Ambrosio de Milán, entre otros, ya habían hablado, aunque de modo impreciso, del daño que el pecado de Adán tuvo en toda la descendencia humana.

Quienes, como Julián de Eclana, se oponían a san Agustín, le reprochaban haber vuelto a su pasado “maniqueo” y es que antes de su conversión, el Obispo de Hipona había pertenecido a esta secta, fundada por Manes, y según la cual, el mal y el sufrimiento en el mundo se explicaban por un principio malo que daba origen a la maldad en el ser humano. Sin embargo, san Agustín tenía claro que, según la doctrina católica, el ser humano fue creado bueno, pero en sus mismos orígenes, se hizo malo por su libre desobediencia, heredando así, su pecado a toda la descendencia. Por ello, san Agustín estaba convencido que, según la enseñanza de los apóstoles y sus sucesores, para redimir de ese pecado a todos, incluso a los niños, Cristo había muerto en la cruz y tal era el sentido del sacramento bautismal. Por el bautismo, Agustín comenzó una vida nueva y muy ejemplar, tanto que, hasta el día de hoy, sigue inspirando a muchos cristianos en su camino de conversión.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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