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FELIZ LA CULPA

La celebración de la vigilia pascual, la “madre de todas las vigilias”, como diría san Agustín, es la bella celebración con la que llega a su culmen, la preparación del camino cuaresmal. Pero la celebración pascual no es un mero ritual simbólico, sino la actualización efectiva del misterio pascual de Cristo en todos los bautizados.

A la pasión, muerte y resurrección de Cristo le llamamos “misterio pascual” porque la palabra “pascua” cuya raíz etimológica hebrea” significa “paso” indica que la pasión y muerte de Cristo nos revelan que el sufrimiento y la misma muerte no son el destino fatal de la existencia humana, sino el “paso” obligado, pero libremente asumido en la fe, hacia la vida nueva y plena, en Cristo Jesús.

De este “paso” de Jesucristo era figura el “paso” que el pueblo de Israel hizo por entre las aguas del mar rojo, camino hacia la liberación de la esclavitud, sufrida en Egipto. Desde entonces, Israel comenzó a celebrar este “paso” hacia la liberación con el sacrificio anual de un cordero sin mancha. Por eso, en el evangelio de san Juan, que proclamamos, cada viernes santo, la pasión y muerte de Cristo es entendida como el sacrificio de ese cordero inmaculado cuya sangre nos libera de la muerte y de la esclavitud del pecado, de una vez y para siempre. Hacia el final de su Evangelio, el mismo san Juan nos invita a creer en todo cuanto nos ha narrado para que creyendo tengamos vida plena (Jn. 20, 31). 

Y es que “creer”, tener fe en que la pasión y muerte de Cristo son el “paso” a una vida nueva es el motivo y la razón de ser del gesto sacramental del bautismo. Precisamente, la palabra griega “baptizein” significa “sumergirse” en el agua, y mediante esta inmersión se participa efectivamente en el misterio pascual de Jesucristo. En efecto, participamos de la muerte que a causa del pecado padeció Cristo porque en esa muerte, el pecado fue vencido por el perdón de Cristo y este fue el principio de una vida nueva reconciliada en el amor (cf. Rom. 6, 3 -11)

Por eso, cada año, en la noche de la vigilia pascual se recomienda celebrar el sacramento del bautismo, y todos los ya bautizados estamos invitados a renovar las promesas bautismales. De hecho, en la noche de la vigilia pascual, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística de la santa Misa, son precedidas por la liturgia de la luz y la del agua porque agua y luz son los dos elementos naturales que evocan el bautismo. En particular, vale la pena recordar que la liturgia de la luz o del “fuego nuevo” concluye con la proclamación del hermoso y antiguo himno del “pregón pascual”. Con este solemne cántico se festeja la grande alegría de la noche santa que anuncia el gran domingo de la resurrección. En la letra del himno destaca la sorprendente, pero bella estrofa que dice: «Necesario fue el pecado de Adán que ha sido borrado con la muerte de Cristo. “Feliz la culpa” que mereció tal Redentor.»

La expresión “Felix culpa” encierra una evidente contradicción que, no obstante, hace aún más patente la grandeza de la redención bajo la firme convicción de que, como dice san Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom. 5, 20).

Con base en la Escritura, la Iglesia siempre ha creído que el pecado de Adán no fue sólo una culpa propia y personal del padre de la humanidad, sino que justamente, en su calidad de padre y por tanto, autor de toda voluntad humana, hizo que ésta, que es propia de cada individuo, participara de su culpa. Pero si el pecado de Adán es confesado es porque a causa de éste nos fue revelado el exceso del amor divino por nosotros porque si fue ya inmensa su bondad al crearnos, infinita fue su caridad al perdonarnos el pecado de haber preferido al bien creado, en lugar de elegir amar y guardar la Palabra del Autor de todo lo creado.

Feliz la culpa” cantamos, en la liturgia de la vigilia, con la firme convicción creyente de que la muerte de Cristo nos ha librado a todos del pecado de Adán. Esta confesión de la fe en la universalidad de la obra redentora de Cristo abarca incluso a los niños recién nacidos. Por esta razón, cuando en el s. IV. el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio romano y comenzó a hacerse habitual el bautismo de infantes, también a ellos se les administraba el sacramento con la fórmula «Yo te bautizo para el perdón de tus pecados.» Sin embargo, para Celestio, sacerdote y jurista, discípulo de Pelagio, los niños eran indebidamente bautizados con la mencionada fórmula puesto que, no teniendo uso de razón, ni de voluntad, no podían ser sujetos de pecado. Esta interpretación del sacramento fue condenada por los obispos africanos en el concilio de Cartago del 411 y cinco años después (416), en la misma ciudad, los Obispos ratificaron su condena a Pelagio y Celestio, luego de que éstos hubieran conseguido temporalmente la absolución del Papa Zósimo.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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