El 24 del mes en curso corresponde al último jueves de noviembre que, a partir de 1863 y por decisión del presidente Abraham Lincoln, es celebrado en Estados Unidos como la fiesta nacional de “acción de gracias”. Suele decirse, sin embargo, que esta tradicional fiesta se remonta al año de 1621, cuando los primeros colonos del territorio norteamericano se reunieron para dar gracias a Dios por la cosecha.
Pero, en el actual contexto urbano, la original cosecha agrícola se ha transformado ahora en una “cosecha comercial”, promovida por tiendas y negocios que, en el viernes siguiente al último jueves del mes, ofertan numerosas rebajas para que clientes oportunistas “cosechen” artículos de ocasión. Este viernes de descuentos es el muy conocido “black friday” que, a diferencia del festejo familiar del jueves, ha desbordado las fronteras de la nación americana y se ha convertido en una eficaz estrategia de venta en muchos otros países.
El giro comercial que ha tomado ésta y muchas otras festividades de origen agrícola, cívico o religioso, pudiera despistarnos y eclipsar la importancia fundamental que la actitud de “dar gracias” tiene en la consolidación no sólo de una personalidad individual, sino de toda una cultura optimista, creativa y proactiva que dista mucho de aquella otra idiosincrasia personal o colectiva, inclinada siempre al pesimismo conformista, la queja y la victimización.
Cuando nos dejamos domesticar por el dictado mercantil de consumir a toda costa, la felicidad y la satisfacción personal dejan de ser un “valor interior” y se convierten en una “cosa externa que simplemente tiene precio”. Pero, los precios inalcanzables generan frustración, o bien, una loca ambición, mientras que la “reducción” de tales precios, en un día como el “black friday”, produce el narcótico efecto de experimentar fugazmente un poder adquisitivo que, en realidad, nuestra moneda no tiene.
En un entorno cultural caracterizado, no por valores, sino todo tasado y estimado en monedas, las personas hacemos grandes esfuerzos para no dejarnos “devaluar” y “depreciar”. En este sentido, el encarecimiento como el superávit económico de un estado tiene el mismo efecto inflacionario en el “estado anímico” de las personas. Esa inflación personal es el resultado de los distintos esfuerzos que hacemos para no devaluarnos. Por un lado, los que tienen dinero “inflan” su ego “creyendo que valen más” que los demás; pero, por otro lado, también los que tienen poco tienden a “inflarse” para “poder creer” que les sobra, lo que ciertamente les falta.
La riqueza, en sí, no es el demonio como tampoco la pobreza, en sí misma, es una virtud. Es más bien, nuestra actitud frente a los bienes materiales lo que se vuelve un problema o una virtud. Cuando a la vida sólo se le pone “precio”, pero no se le da un “valor”, entonces uno cree y piensa o que por tener dinero tengo derecho a todo o que por no tenerlo se me debe todo. En cualquiera de los dos casos, resulta igualmente fácil, primero darse el permiso de abusar, acaparar y corromperlo todo. Pero luego, al que tiene siempre le falta, precisamente por juzgar que tiene derecho a todo, mientras que a quien, en realidad le falta, se la paso reclamando lo que los demás no le dan o le quitaron, o simplemente se queja porque las circunstancias no le favorecen. Al final, se pasa de la inflación a la depresión; es decir, a un estado de ánimo desinflado. Así, las personas se amargan y luego se aíslan de todo y de todos porque sienten que nada, ni nadie cumple con esas altas expectativas impuestas por el mercado.
En cambio, el que aprecia la vida como un regalo, sólo agradece y no se queja, ni se lamenta porque como dice el refrán, a lo “dado no se le ve el lado.” No es que agradecer signifique instalarse cómodamente en una zona de confort, sino quien dar siempre gracias sólo es posible cuando se reconoce y aprecia que se tiene algo, en lugar de nada. “Dar gracias” es pues un antídoto para evitar que se enferme la capacidad interior de admirarse y sorprenderse de todo, de la misma manera como un niño curioso sabe “a-preciar”, aún aquello que “no tiene precio”.
Para estar sano no es suficiente con estar bien físicamente, es necesario “sentirse bien”, estimando la vida como un regalo que no hay que pagar con desbordados méritos, ni es tampoco un regalo ante el cual se pueda exigir o reclamar nada porque un regalo solo se agradece; tal vez por eso, a cada día y a cada hoy le llamamos “presente” porque es un regalo para “dar gracias”.
Rector de la Universidad Pontificia de México