UNA CUARESMA ECOLÓGICA

«Donde hubo amor, cenizas quedan» dice un proverbio popular. La ceniza es el resto de un amor destrozado y aniquilado. Es el recuerdo de que hubo algo bello y que no existe más. Es la expresión de que una relación desapareció.

Al inicio de un camino en que ponemos nuestra mirada sobre la Pasión y Resurrección de nuestro Señor, tomamos como signo representativo la ceniza. La cuaresma debe ser un periodo de profunda reflexión e interioridad para poder hacer con júbilo una renovación de nuestra vida en Cristo.

Suena curioso habla de «cuaresma ecológica» pero considerando que oikos significa casa toma sentido hablar de la cuaresma desde la casa. Nuestra primera casa por reparar es nuestra propia alma en la que el Señor, desde nuestro bautismo, habita. Nuestra relación con Dios muchas veces se ve opacada por una incapacidad de silencio e interioridad que no permite su escucha en nuestra vida. El ajetreo del día a día va asfixiando su presencia como la semilla es abrumada por los abrojos. Un segundo orden, usando la expresión de santa Teresa, es «la loca de la casa»: la imaginación. Por un lado, es necesario, con el ejercicio de la ascesis o disciplina personal, redirigir nuestros pensamientos hacia lo alto, lo trascendente e importante. Que no nos tome el Señor en curva como cuando reprende a los apóstoles discutiendo sobre los panes en lugar de escuchar lo importante de la vida. Hoy que la información es sobreabundante, que nos asfixian en todo momento por cuantas APPs tengamos, y en que toda red social debemos responder, debatir y pelear, debemos aprender a discernir, reflexionar y desconectarnos.

Nuestra primera casa es también nuestra propia familia. El tiempo de cuaresma debe ser tiempo para frecuentarnos con mayor caridad y paciencia, sin querernos controlar o imponer lo que uno quiere sobre los demás. Es necesario apostarle a la convivencia dejándonos tener tiempo para disfrutarnos. La segunda casa es nuestra comunidad parroquial, en la que, siendo el cuerpo místico de Cristo, no dejamos de ser humanos con defectos y debilidades. La cordialidad, la prudencia y principalmente la celebración profunda de la fe debe ser contantemente renovada. Así como todo Nínive se impuso ceniza en signo de penitencia a la escucha de la Palabra, así la comunidad entera debe constantemente renacer de las cenizas. Por último, que no quiere decir que sea la última, la Creación entera es nuestra «casa común» en la cual, como tesoro que debemos cuidar y administrar, nos toca convivir. Que nuestra manera de vivir con austeridad y moderación, en esfuerzo y cuidado, podemos desarrollarnos plenamente no dañándola, sino contemplándola y promoviéndola. 

El camino de penitencia a la Pascua no es una cuestión de tristeza y sufrimiento, sino un proceso en el que el cristiano que ha renacido a la vida por el don de la vida de su Maestro, se renueva para volver a dar lo mejor de sí mismo. Es un camino para resurgir de las cenizas del amor que hubo, dando más fruto, para que nuestra luz despunte como aurora en la fiesta de la Pascua.

«Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres en sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor». Is 58, 6-8.

Pbro. Alejandro Beltrán Garza

Coordinador de la Pastoral Universitaria


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