Editorial PSXXI

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Así titula el sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo el apartado de su libro Vida y Misterio de Jesús de Nazaret en el que aborda el tema de la infancia del Señor Jesús. Sí, toda infancia es misteriosa.

Es misteriosa porque así es el inicio de la vida humana, misteriosa, llena de promesas y posibilidades. Todo niño, toda niña es un cúmulo de esperanzas, su mera existencia es el grito de la vida que se alza proclamando una etapa nueva, una nueva época. El nacimiento de un niño lo transforma todo.

Tal vez por eso, sobre todo en nuestro a veces cruel y deshumanizado momento histórico, el nacimiento de un niño más que significar alegría, es causa de miedo y rechazo, un rechazo que en su más alto grado puede llegar hasta el asesinato. Así de manera paradójica a los que se les dio la oportunidad de nacer se vuelven enemigos de la posibilidad del nacimiento de otros más.

Si tal misterio encierra la infancia del hombre común, un misterio mayor es de la infancia de Aquel que siendo Dios ha sido enviado a salvarnos y a causa de tal misión se ha hecho pequeño hasta la altura de nuestra humanidad en todo lo que ella significa, menos en el pecado.

La Sagrada Familia, fragmento, Raúl Berzosa, 2017

Jesús fue niño, así lo narra san Lucas: “(El niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” Lc. 2, 52. Este versículo cierra los pasajes de la infancia del Señor, iniciando el silencio evangélico sobre su vida oculta. Y es interesante porque nos revela que Jesús como cualquier otro hombre pero de manera excepcional fue pequeño y creció. Fue un niño pequeño que también era promesa, esperanza, posibilidad y al mismo tiempo también fue rechazado y hasta perseguido.

El Hijo de Dios necesitó protección, ejemplo y formación y todo eso le fue proveído en una de las más heroicas formas de amor: el amor familiar. El evangelio menciona que el niño Jesús vivía sujeto a sus padres, es decir que en comunión de amor y docilidad a ellos creció y maduró. En un hogar lleno de amor descubrió su identidad y vocación y dio los primeros pasos en su fidelidad a la voluntad de su Padre del cielo.

En este aspecto existe en nuestra sociedad una deuda bastante grande con la infancia de nuestro tiempo. Todavía hoy, un número considerable de niños no tienen la oportunidad de poseer las más mínimas condiciones de bienestar para desarrollarse y aspirar a un adecuado estilo de vida. El egoísmo de muchos les ha arrebatado esta posibilidad.

La celebración del “día del niño” sin tomar en cuenta esta realidad podría rayar en frivolidad. Hemos de reconocer que tenemos en nuestras manos un especial llamado a que como sociedad nos convirtamos en instrumento de la Providencia Divina para hacer la diferencia en la vida de los más desprotegidos, de aquellos pequeños, cuyas necesidades conmueven profundamente el corazón de nuestro Padre del cielo. Existen muchas maneras de responder a este llamado, ¿por qué no celebramos el día del niño haciéndonos parte de uno de los múltiples esfuerzos de apoyo al desarrollo de los niños más vulnerables?


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