Editorial PSXXI

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El Señor Arzobispo de Monterrey nos ha regalado su quinta Carta Pastoral con el nombre de “Sacerdote, rostro y corazón de Jesús”, dirigido a toda la comunidad, en especial a los sacerdotes, con fecha del Jueves Santo, Marzo 2018, pero compartida al presbiterio en el retiro del Miércoles Santo, en su Parroquia San Felipe de Jesús.

Es un escrito que nos manda el Señor Arzobispo con la intención de animarnos en la fe, en la vocación, en el caminar de este pueblo de Dios en este tiempo de gracia. Y como carta, es enviada a toda la Arquidiócesis de Monterrey, ya sea impresa o por medio de las redes sociales. De aquí surge la necesidad de leer, comentar y darle seguimiento a las iniciativas pastorales que contenga.

Repasemos los temas de las pasadas Cartas Pastorales: Primera: Kerigma. Mayo 2013; Segunda: La misión de la iglesia, Octubre 2013; Tercera: Iglesia, Pueblo de Dios, Enero 2015; Cuarta: Iglesia en camino, Febrero 2017 y Quinta: Sacerdocio, Marzo 2018

El documento consta de 94 párrafos numerados en ocho secciones e inicia con tres párrafos de introducción. Una cita bíblica inspira el capítulo, uso el tema adjunto a la cita bíblica. Estas son las secciones. 1. La llamada; 2. La respuesta inicial; 3. Nuestro camino como discípulos de Cristo; 4. Sacerdotes desde y para el pueblo; 5. Compromisos pastorales emergentes, a. Anuncio pascual a los pobres; b. El anuncio del Resucitado da esperanza a los más pobres, c. Los jóvenes en el corazón del Resucitado; 6. La vida pastoral en comunión; 7. La revitalización del don recibido (el más extenso) y 8. Agradecimiento.

Para animar su lectura (por si no lo han hecho) la estructura del documento es un proceso vocacional. Recordar el inicio del llamado y la motivación a iniciar en el Seminario. Revivir continuamente la respuesta a la vocación, no es un día, es un continuo SÍ que se da a Dios.

Al leer la Carta, recuerdo, junto con el Señor Arzobispo, el caminar de toda vocación; llamado, respuesta, vida del Seminario, los compañeros seminaristas, los sacerdotes formadores (tarea difícil e incomprendida en todos los tiempos). La ordenación y el caminar en la formación continua, pues en el Seminario es la formación inicial y luego, en la vida ministerial, es la formación permanente, pues nunca dejamos de aprender, de estudiar, de compartir, de hacer vida.

Otros temas centrales son: la opción por los pobres, por los jóvenes, por la comunidad, por la integración de los hermanos laicos en las tareas de evangelización y coordinación pastoral. En ser sacerdotes en comunión, tanto con el compañero sacerdote en la misma comunidad, con el decanato, zona pastoral, en el presbiterio y con la Iglesia universal.

Es importante subrayar todos los cuestionamientos que señala el mismo Señor Arzobispo, así como los que suscite la lectura del documento, para que despierte entre nuestro presbiterio un nuevo Pentecostés con más solidaridad, fraternidad, apoyo y cercanía tanto entre nosotros, como con nuestros hermanos a quienes estamos llamados a servir.
Habrá que buscar la manera de compartir en cápsulas mediáticas el contenido del documento para que nos sirva a darle seguimiento y continuidad en la obra de evangelización de nuestra Iglesia que peregrina en Monterrey.

Pbro. Juan Pablo Martínez Martínez

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En el itinerario del cuarto Evangelio, así como en los sinópticos, al nacimiento y encarnación, antes de la misión pública, siguen el fortalecimiento de la identidad y la vocación. Uno de los objetivos pedagógicos del Evangelio de Juan es darnos a conocer, poco a poco, la identidad de Jesús. En cada encuentro y diálogo narrado, el discípulo que es a su vez el lector, va descubriendo quién es Jesús. Además, nos narra que Jesús con mucha frecuencia, hace referencia a la importancia que para Él tiene la claridad de su identidad y vocación.

La identidad se refiere a quienes somos en verdad, no a lo que otros dicen que somos. La vocación hace relación a la “misión” a la que se nos llama de lo alto, a la razón más profunda por la que fuimos creados y a la que somos enviados. Hemos citado antes los cuestionamientos que los enviados de Jerusalén le hacen a Jesús acerca de su identidad: “¡Dinos quien eres!” y hemos visto cómo Juan el Bautista tiene clara su identidad y refiere la mirada de sus discípulos hacia Jesús: “Él es el Cordero de Dios”, para que lo sigan. “Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, afirma Andrés a Natanael y Nicodemo busca también si la identidad y vocación de Jesús concuerda con la del Mesías esperado: “Sabemos que vienes de parte de Dios como Maestro”.

Incluso en el cuestionamiento desesperado de sus contrincantes aparece ese anhelo de conocer la identidad y vocación: “Dinos quién eres, hasta cuando nos tendrás en suspenso”. Tener una identidad y vocación clara y firme hace que Jesús trabaje y sirva en la misión con pasión, disponibilidad, convicción y valentía: “Mi Padre no descansa, yo tampoco descanso”, afirma ante quienes cuestionan su actuar. Es muy claro el contraste entre la identidad de Jesús, que se sabe Hijo amado de Dios, elegido y enviado desde lo alto a servir al pobre, enfermo, alejado e incluso al cercano, con la débil, nula e incluso falsa identidad y conciencia vocacional de los fariseos. El capítulo quinto de Juan se muestra a Jesús, su vida, identidad y misión en referencia al Padre de quien aprende y a quien obedece: “El Hijo no hace nada por su cuenta, solo hace lo que ve hacer al Padre”, En el momento del juicio ante Pilato afirma, sin miedo a las consecuencias, quién es: “Yo he venido al mundo como testigo de la verdad”. Para Jesús la identidad y misión, en congruencia con la pedagogía de la encarnación, no será fuente de distinción o privilegio ante los demás, para Él la identidad y vocación son la base de su espiritualidad que le impulsa a un permanente discipulado y misión.

Nada lo desanima: “Yo no estoy solo, mi Padre está conmigo”, afirmará cuando algunos o muchos le abandonan y su alimento, es hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a cabo su obra (Cfr. Jn 4, 34). Los fariseos, en cambio, buscan su identidad no en Dios, sino en la gloria de los hombres (Cfr. Jn 5, 41) y por ello se confunden y, lejos de dar testimonio de la verdad en su ministerio, se convierten en mentirosos, “hijos de vuestro padre el Diablo”. Ellos no buscan la voluntad de Dios en su vida, no comprenden su vocación y por ello terminan buscando su identidad en modelos mediocres, falsos y débiles que no dan sentido a su vida y misión.

Todo lo que hagamos en el contexto de la implementación y ejecución de nuestro nuevo plan para fortalecer nuestra identidad y vocación será sin duda una inversión de tiempo bien hecha. De manera especial, reitero la invitación a leer con actitud de discípulos el evangelio de Juan y al hacerlo, pensemos en la identidad del mismo Jesús, de sus discípulos y de cada persona con quien se encuentra en la misión. Esta es una clave de lectura: hay que confrontar nuestra identidad y misión al leer cada capítulo del Evangelio que busca precisamente que conozcamos y creamos en la identidad de Jesús, de sus discípulos y, por tanto, en nuestra propia identidad y vocación.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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“Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Su madre conservaba estas cosas en su corazón”. Lc. 2, 19.51b

Todos sabemos que aunque la memoria podría ser el lugar propicio para guardar significativos recuerdos, no se compara con el corazón en cuanto a la capacidad de conservar la inmensa cantidad de los significativos recuerdos del amor.

María Santísima experimentó como ninguna otra mujer en la historia de la salvación el amor de Dios. Y su corazón que desde el principio fue preservado por un designio divino de toda mancha (macula, de ahí inmaculado, sin mancha) de pecado, fue un lugar privilegiado para guardar los profundos misterios del amor de Dios revelados y manifestados a los hombres en la plenitud de los tiempos.

Sin duda alguna el más grande misterio de amor que pudo albergar el corazón de la Virgen fue el Misterio de su hijo Jesucristo. Desde el primer momento, Jesús vivía en el corazón inmaculado de María; ahí el sacratísimo corazón del Redentor fue formado en el amor a los hombres y en el amor a Dios, al punto de ser capaz de exponerse a la aguda lanza de la ingratitud humana. Como una escuela de amor y como un divino crisol, el corazón sin pecado de la Virgen preparó el Sagrado Corazón del Señor.

María no solo guardaba en su corazón los misterios divinos, sino que también los meditaba. Así recreándose en la contemplación del amor divino reafirmaba su fe y robustecía su inquebrantable fidelidad a Dios.

En el Corazón de María Santísima cabemos todos, porque si su corazón fue capaz de contener la inmensidad del misterio de Jesús, ¿no podrá acaso darnos cobijo a todos los que tenemos fe en Cristo y que por su gracia fuimos hechos Hijos de Dios e hijos de ella? Contemplemos con fe y alegría el misterio del corazón inmaculado de María Santísima, nuestra madre, y con plena seguridad refugiémonos en él cuando las tempestades de nuestra vida quieran abatirnos.

En esta edición de junio hemos querido incluir en Pastoral Siglo XXI, reflexiones para guardar en el corazón. Estamos seguros que su lectura, meditación y exposición serán de provecho para usted, estimado lector.

Pbro. Eliezer Israel Sandoal Espinoza

Director Editorial

 

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Así titula el sacerdote y periodista español José Luis Martín Descalzo el apartado de su libro Vida y Misterio de Jesús de Nazaret en el que aborda el tema de la infancia del Señor Jesús. Sí, toda infancia es misteriosa.

Es misteriosa porque así es el inicio de la vida humana, misteriosa, llena de promesas y posibilidades. Todo niño, toda niña es un cúmulo de esperanzas, su mera existencia es el grito de la vida que se alza proclamando una etapa nueva, una nueva época. El nacimiento de un niño lo transforma todo.

Tal vez por eso, sobre todo en nuestro a veces cruel y deshumanizado momento histórico, el nacimiento de un niño más que significar alegría, es causa de miedo y rechazo, un rechazo que en su más alto grado puede llegar hasta el asesinato. Así de manera paradójica a los que se les dio la oportunidad de nacer se vuelven enemigos de la posibilidad del nacimiento de otros más.

Si tal misterio encierra la infancia del hombre común, un misterio mayor es de la infancia de Aquel que siendo Dios ha sido enviado a salvarnos y a causa de tal misión se ha hecho pequeño hasta la altura de nuestra humanidad en todo lo que ella significa, menos en el pecado.

La Sagrada Familia, fragmento, Raúl Berzosa, 2017

Jesús fue niño, así lo narra san Lucas: “(El niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” Lc. 2, 52. Este versículo cierra los pasajes de la infancia del Señor, iniciando el silencio evangélico sobre su vida oculta. Y es interesante porque nos revela que Jesús como cualquier otro hombre pero de manera excepcional fue pequeño y creció. Fue un niño pequeño que también era promesa, esperanza, posibilidad y al mismo tiempo también fue rechazado y hasta perseguido.

El Hijo de Dios necesitó protección, ejemplo y formación y todo eso le fue proveído en una de las más heroicas formas de amor: el amor familiar. El evangelio menciona que el niño Jesús vivía sujeto a sus padres, es decir que en comunión de amor y docilidad a ellos creció y maduró. En un hogar lleno de amor descubrió su identidad y vocación y dio los primeros pasos en su fidelidad a la voluntad de su Padre del cielo.

En este aspecto existe en nuestra sociedad una deuda bastante grande con la infancia de nuestro tiempo. Todavía hoy, un número considerable de niños no tienen la oportunidad de poseer las más mínimas condiciones de bienestar para desarrollarse y aspirar a un adecuado estilo de vida. El egoísmo de muchos les ha arrebatado esta posibilidad.

La celebración del “día del niño” sin tomar en cuenta esta realidad podría rayar en frivolidad. Hemos de reconocer que tenemos en nuestras manos un especial llamado a que como sociedad nos convirtamos en instrumento de la Providencia Divina para hacer la diferencia en la vida de los más desprotegidos, de aquellos pequeños, cuyas necesidades conmueven profundamente el corazón de nuestro Padre del cielo. Existen muchas maneras de responder a este llamado, ¿por qué no celebramos el día del niño haciéndonos parte de uno de los múltiples esfuerzos de apoyo al desarrollo de los niños más vulnerables?


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