SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES DE MÍ PARA ESTE AÑO?

Sócrates dijo que “la vida no sometida a examen, no merece la pena vivirse”.

A veces nos levantamos por la mañana e involuntariamente experimentamos sentimientos y pensamientos que no son los que desaríamos tener, pero da la sensación que esto es lo que tenemos, porque somos así y hay que resignarnos.

Hay cosas que ciertamente no podemos cambiar, por ejemplo, una enfermedad crónica, la familia que nos tocó tener, la personalidad del jefe, etc., son situaciones que debemos asumir y que a veces no son como quisiéramos que fueran.

Muchas de estas realidades están ahí porque Dios nos quiere fortalecer, quiere que aprendamos una lección, sin embargo también hay cosas o situaciones que no tenemos por qué tolerar: una cosa es lo que tengo que asumir y otra lo que tengo que tolerar, y a veces toleramos cosas que son intolerables, y las toleramos porque pensamos que somos así.

Lo que ustedes y yo seremos al final será solo lo que decidamos y tratemos de ser ahora. Como dice John Powell: “moriremos como hemos vivido”. Qué triste llegar al final de la vida y darnos cuenta que la hemos desperdiciaado, que no hemos elegido vivir una vida de significado.

Las personas que en su vejez son egoístas y exigentes no se comportan de esta manera solo durante sus últimos años de vida, sino que lo han practicado toda su vida. Igual sucede con las que son en su vejez tiernas y amables.

Deberíamos llegar hasta la estructura de nuestra vida diaria para preguntarnos: ¿qué estoy haciendo? ¿Mi existencia está al día? ¿Es un asunto de irla pasando?

Puede ser que los parásitos que están devorando nuestro interior, privándonos de las alegrías y satisfacciones más profundas, deban convertirse en el objeto de nuestra atención.

Como dijo alguna vez Dang Hammarskjold: “el viaje más largo es el viaje interno”, al centro de nuestro ser, pero a esta experiencia interior muchas personas le rehúyen, son dominadas por el miedo, pero qué importante es hacerlo para saber realmente quiénes somos. Eso realmente vale la pena.

Todos queremos vivir felices, con entusiasmo, alegría, iluminando el camino de los demás, así como otros iluminan nuestro camino.

Para vivir una vida que importa, debemos tener una meta, una visión, pero muy pocos de nosotros tenemos un sentido de visión real de quiénes queremos ser, o mejor aún, ¿a qué me está llamando Dios a ser?, ¿en qué tipo de persona quiere Dios que me convierta?

Porque hasta que no tengamos una visión clara estaremos llevando vidas sin rumbo, sin sentido. Cuando es clara esa visión, todas nuestras decisiones estarán orientadas hacia ahí. La visión enfoca nuestras decisiones y como dice el Pbro. Mike Schimmitz “las decisiones son muy importantes porque determinan nuestro destino”.

Un principio de vida nos lleva a tener una intención de propósito generalizada y aceptada, aplicada a circunstancias y elecciones específicas.

¿Qué podemos hacer entonces?

Primero necesitamos tener una visión clara, preguntémosle a Dios ¿qué quieres de mí para este año?

Segundo, ¿cuáles son las decisiones que debemos tomar?, ¿ cuáles son los obtáculos que tenemos que superar?

Tercero, ¿cuál es el paso positivo que debemos tomar hoy, en este momento?

Si somos constantes día a día, con el paso del tiempo nos habremos convertido en la mejor versión de nosotros mismos, en el ser que Dios quiere que te conviertas.

Para continuar con estas reflexiones te recomiendo tres libros: Vicios y Virtudes, de Alejandro Ortega Trillo; Amor Incondicional, de John Powell y Cartas del Diablo a su Sobrino, de C.S. Lewis.

Lupita Cereceres de la Rosa

Maestría en Ciencias de la Familia


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