RECONOCER EL ANHELO DE LA FELICIDAD

Mons. Rogelio Cabrera López

En el ser humano, la vida no solo es un llamado a la existencia, pues en su corazón subsiste la inquietud de una vida plena. Desde la antigüedad, la humanidad se ha propuesto llenar su vida y su corazón de formas diversas, siendo así que muchos aún experimentan que no basta una buena salud y gozar de bienestar.

Ese anhelo ha sido catalogado de melancolía, por desear un estado de vida anterior o de resentimiento, por quererlo alcanzar sin poder hacerlo. Al estado de plenitud que motiva a muchos seres humanos le llamamos felicidad, un concepto tomado de la misma vida humana y que se manifiesta cuando la persona experimenta momentos en que se une a una meta de bien propuesta desde la razón y la voluntad, y en los que todos los elementos de la existencia, en medio de su complejidad, tienen cierto orden y equilibrio respecto a uno mismo y a los demás, revelándole así su identidad y el sentido más profundo en su vida.

El deseo de la persona consiste en vivir siempre así, en esa altura de vida, pero es consciente que esos momentos no llegan solos ni por casualidad ya que es necesario el esfuerzo biopsicosocial, las virtudes fundamentales de la prudencia, templanza, fortaleza y justicia, la vivencia de las virtudes propias del estado de vida de cada uno y el ejercicio de las virtudes sociales necesarias para la búsqueda del bien común.

De esta manera, la felicidad es un bien arduo, que requiere gran libertad y dedicación”.

Debido a la multiplicidad de formas de pensar y de querer, los seres humanos batallamos para encontrar claridad en la comprensión y búsqueda de ese estado de felicidad. En ocasiones la confundimos con el gusto propio, con las ideas, con las habilidades, con los resultados obtenidos, con los intereses individuales y colectivos, con prácticas y ritualismos, con órdenes fantásticos, con desarrollo externo, con la posesión de la ciencia, con la manipulación colectiva, con el poder y el dominio, con las riquezas materiales y con un largo etcétera.

La Iglesia reconoce el valor de las preguntas del ser humano acerca de su origen, identidad, destino y sentido de la propia vida y de la humanidad entera en cada etapa de la historia. Los seres humanos de hoy reclaman su derecho a ser felices e intuyen que el camino es el libre desarrollo de su personalidad. La felicidad se piensa hoy por los conceptos de libertad, derecho, desarrollo y personalidad: ¿será este el camino hacia la plenitud humana?

Esta pregunta surge también en nosotros, hermanos sacerdotes. El corazón sacerdotal también entra en crisis y pregunta por el destino y el sentido. Pedro también se lo expresó al Señor: “Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10, 28). ¿Cuál habrá sido su inquietud? Creo que este pasaje del Evangelio es provocador para nosotros en nuestro caminar sacerdotal pues nos conduce a preguntarnos si ha valido la pena el desprendimiento y si vale la pena seguir al Señor en un orden de vida tan difícil.

En varias etapas de la historia de la Iglesia, la consagración de la vida a Dios en comunidades religiosas y en el sacerdocio secular, ha entrado en momentos de crisis, cuestionamientos y persecuciones. Debemos reconocer que en el presente vivimos uno de estos momentos. No dudamos que en el corazón de algunos hermanos nuestros pueden surgir desalientos, dudas e incluso hasta sospechas; no faltan acusaciones, fundadas o infundadas, que nos hieren y separan. Hermanos, vivimos momentos en que es necesaria una respuesta muy madura, llena de humanidad y de fe.

Pedro pregunta, como todo ser humano, si será hasta el encuentro con el Resucitado cuando tenga certeza y fortaleza. Nosotros hemos de recorrer el camino del Crucificado para encontrarnos con el Resucitado, experimentando esa misma certeza y fortaleza en la vida. Solo así podremos encontrar la fe y la comunión para cumplir nuestra misión en la tierra alentados por las palabras de Jesús: “…he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32).

Dios nuestro Padre, en su infinita bondad, quiso llamarnos a la vida. Somos seres humanos con toda la complejidad que esto implica y, por la dependencia mutua que tenemos, con una relación necesaria con el resto de la creación, que hemos de amar y custodiar para mantener este don inicial de la vida. Además, anhelamos no solo vivir, queremos una vida plena por un estado de felicidad completo, mismo que solo será posible si contamos con una luz verdadera y cierta que clarifique e ilumine el caminar de toda la humanidad y de cada ser humano en particular.


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