«LAS PALABRAS QUE LES HE DICHO SON ESPÍRITU Y VIDA… » (JN 6,63)

No se exagera al afirmar que el c. 6 de EvJn ha constituido un enigma para los estudiosos de este evangelio. Baste señalar que algunos comentaristas incluso lo desplazaron del lugar en que se encuentra actualmente – obviamente entre 5º y el 7º – con el afán de hacer un comentario “más coherente” del cuarto evangelio (cf. R. Schnackenburg). ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de que este capítulo haya desconcertado tanto a algunos renombrados exégetas contemporáneos?

Alguno podría contestar que la razón principal se encuentra en el «Discurso eucarístico» (6,53-59), donde con mucha claridad se hace referencia a la «carne y la sangre» de Jesús, como alimento de vida eterna (6,54). La concreción plasticidad de los verbos trogō («masticar») y pinō («beber») en 6,56, muestran que evidentemente se habla de acciones reales, y no un sentido figurado. ¿Y cuál es el alimento del discípulo de Jesús, sino la Eucaristía? ¿Dónde se alimenta el discípulo de Jesús sino en la celebración Eucarística?

Esta evidente referencia a un sacramento de la comunidad cristiana fue para algunos estudiosos – principalmente entre aquellos provenientes de la Reforma protestante – un signo claro de que se trataba de un texto no perteneciente a la “redacción original del EvJn”, añadido en una etapa posterior. Y más todavía, colocado descuidadamente en un lugar problemático. Pues, a decir de estos estudiosos, el inicio del c. 7 tiene más coherencia con lo sucedido en torno la curación del paralítico en Jn 5. No obstante que en Jn 6,2 se encuentra una alusión a la curación del paralítico.

En mi visión, este tipo de debates son una muestra de la riqueza de este largo pasaje del EvJn, que en la diversidad de su contenido refleja la profundidad del misterio de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1,14) y la hondura de una vida discipular que solo puede tener su raíz y vitalidad en Él. Hagamos un repaso somero de esta riqueza y profundidad contenidas en Jn 6.

Esta amplia unidad textual, formada por 71 versículos (!), inicia con un relato ampliamente conocido por la tradición evangélica: la multiplicación de los panes (6,1-15; cf. Mc 6,32-34; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17), le sigue una enigmática y misteriosa “separación” entre Jesús y sus discípulos, para después reencontrarse a la mitad del lago (6,16-21). Posteriormente, inicia una larga serie de diálogo-controversia-discurso (6,22-58;6,60-66), interrumpidos solamente por un señalamiento geográfico-temporal (cf. 6,59). La conclusión, y a mi parecer el marco de referencia indispensable para entender Jn 6, es nuevamente un texto discipular, después de haber desaparecido ‘misteriosamente’ de la escena desde el v. 24, los discípulos reaparecen el 6,60 para dar cuenta de un momento de crisis en el seguimiento de Jesús: «muchos al oírle dijeron: “es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?”». Y unos versículos después el narrador nos ofrece una noticia desoladora: «desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él» (6,66).

Son los discípulos el marco de referencia de la gran sección de diálogos, controversias y discursos que ocupan 6,25-59. Esto nos debe llevar a preguntarnos y reflexionar sobre la razón de esta relación. ¿Cuál es nexo entre la carne-sangre de Jesús y el discipulado? No olvidemos que esta gran sección se abrió con el relato de la multiplicación de los panes (6,1-15), ahí queda claro que sólo Jesús puede alimentar a aquella multitud, sólo él es quien «reparte el alimento» (6,11), los discípulos solo «disponen a la muchedumbre» (6,10) para recibir lo que Jesús les dará. Detrás de todo este capítulo subyace una verdad fundamental: solamente el Padre y Jesús son quienes pueden alimentar al Pueblo. No fue Moisés quien alimento a los hijos de Israel en el desierto, sino el Padre (cf. 6,32), y de la misma manera ahora es el Padre quien «nos da al Hijo» como pan de vida (cf. 6,32-33). Y en continuidad y coherencia, el Hijo «dará su carne como alimento» (cf. 6,51). En esta “cadena de dones” el origen de todo se encuentra en Dios Padre, lo que hace entonces el Hijo no es sino responder movimiento de donación que define al Padre (cf. 3,16; 13,3; 17,2), y la concretización de esta acción no es sino la Cruz, «carne y sangre» de Jesús entregada para tener vida eterna. 

«Ninguno puede venir a mi si el Padre no lo atrae…» (6,44), esta frase desconcertante que aparece justo en el momento que Jesús se dispone revelar el verdadero alimento («su carne y su sangre»), nos hace entrever que para comprender a Jesús, para aceptarlo como alimento, es necesario comprender la lógica del Padre, que es don total. A esto mismo apunta la siguiente frase de Jesús: «serán todos enseñados por Dios, todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí» (6,45). La «atracción del Padre» no es arbitraria, no es “a la fuerza”, es fruto de una contemplación, comprensión y decisión. El Padre nos atrae con su amor que es pura donación, el que está dispuesto a «aprender esta lógica» entra en ella, tal como Jesús – buen Hijo que aprende de su Padre (cf. 5,19) – ha entrado en la lógica del Padre haciendo de su vida un don total (cf. 10,17). Ahora entendemos porque muchos de los discípulos «ya no quisieron andar con Él» y les «pareció duro este lenguaje» (cf. 6,60.66), porque la lógica del amor es exigente, porque es más fácil vivir en la auto-complacencia y auto-gratificación, que entrar en la dinámica de la Eucaristía, que es no es otra sino la dinámica de la Cruz: don y entrega de uno mismo.

Vivimos tiempos de pandemia, que se ha vuelto tiempo de crisis para muchos hombres y mujeres de fe, por la ausencia de la Comunión Eucarística en sus vidas. Pero no debemos olvidar que en el corazón de Jn 6 se encuentra una afirmación que nos debe hacer recapacitar sobre un alimento muchas veces ‘ignorado’ en nuestra vida de fe: «las palabras que yo les he dicho son espíritu y vida» (6,63). ¿Y cuáles son estas palabras? No son otras sino el discurso del pan de vida-eucaristía; por lo tanto, no solo la «carne y la sangre» de Jesús son alimento y vida para el creyente, sino también «sus palabras», que son palabras atractivas que nos invitan a conocer y hacer nuestra la lógica del Amor que se transforma en don. Pedro ha descubierto bien esta dimensión alimenticia de las palabras de Jesús: si unos lo abandonaron por sus «palabras duras», difíciles de digerir, Pedro permanece porque ha descubierto «palabras de vida eterna» (6,68), palabras que alimenta, que hablan del sentido auténtico de la vida, que solo puede vivirse desde la lógica del don. Que el Padre celestial nos conceda descubrir, apreciar y alimentarnos – en estos tiempos de confinamiento – del don precioso de las palabras de Jesús.

Pbro. Carlos Santos García

Párroco San Juan Bosco


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