HABITAR EL TIEMPO DE LA FRAGILIDAD

Los días de confinamiento continúan a causa del virus SARS-CoV-2. Otra vez, como en el 2009 con el virus H1N1, no podemos estrechar la mano del otro, además de guardar distancia para evitar el contagio del COVID-19. Qué paradójico es pensar cómo un signo que dice relación y hospitalidad como es el saludarnos de mano, hoy se convierte en un arma letal incluso para los más cercanos a nosotros[1]. Y si bien el no poder estrechar la mano al otro es una realidad que hoy por hoy no podemos cambiar, sí podemos hacer otros cambios para mejorar nuestros días. Como decía Gandhi, muchas veces «debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo».

El tiempo en que transcurre esta contingencia sigue provocándonos inquietud, incertidumbre, preocupación. Y sin duda esta enfermedad COVID-19 inaugura una nueva historia en nuestras vidas. Haciendo las cuentas con el tiempo, sea que estemos ocupados u ociosos, los compromisos y oficios de cara al futuro se han suspendido. Si bien estábamos «sofocados» en miles de labores antes de la pandemia, con sus preocupaciones, sus afanes o manías, esta contingencia no suspende sino hace propicia la oportunidad de alcanzar un sano reposo interior y exterior que nos prepare para recomenzar de frente a los desafíos que están por venir. Uno de los retos más importantes al respecto es, sin duda, la capacidad de habitar el tiempo de nuestra propia fragilidad personal, de recuperar nuestra capacidad de autogobierno, esa capacidad que se identifica en la fe cristiana como la templanza, ese antídoto moral para vencer la pereza o tristeza de hacer el bien. De esto quiero compartir algunas líneas para meditar.

Es comprensible que para estas fechas de la cuarentena nuestros pensamientos habituales al pasar del tiempo se expresen en preguntas como, “¿qué sentido tiene ducharse con frecuencia o vestirse para estar presentable en casa?” o, “¿por qué preocuparse en rasurarnos o usar maquillaje?”, o “¿por qué seguir un horario de sueño si no tenemos ‘nada que hacer’ mañana?” Estas y otras cuestiones son lógicamente entendibles, porque son pasos mentales por donde nuestro pensamiento va y viene, una y otra vez, en situaciones de recogimiento obligatorio como esta. Pero, hay un riesgo, ¿cómo podemos evitar una pendiente mental tan resbaladiza en este tiempo de cuarentena que nos podría llevar a caer en la monotonía o en el tedio, aliados de la pereza?

Ciertamente, la actual situación nos depara grandes desafíos, sanitarios, económicos y sociales. Las salidas o soluciones ante todos ellos tal vez no están en nuestras manos en su totalidad. Pero lo que sí está en nuestras manos es la capacidad de metabolizar nuestro tiempo personal que contribuya a superar esta calamidad dentro de nuestra vida emocional. Hoy, que es cuando más debe avivarse en nosotros el respeto y la solidaridad por la vida humana, es igual de urgente estar vigilantes ante nosotros mismos, porque es cuando más se adormece en nosotros la capacidad de autogobierno, de generosidad y de sentido crítico[2].

El filósofo Martin Heidegger decía que el ser humano ordinariamente «hace las cuentas con el tiempo»[3] y gracias a esto puede reunir las experiencias que «dibujan» el rostro de su vida. Por ejemplo, cuando debemos abrigarnos en el frío para salir de casa, o para terminar una tarea escolar que hay que realizar antes de la fecha de entrega, etc.,  son formas desde las cuales habitamos el tiempo y desde ellas ordenamos nuestra vida y nuestras decisiones. Pero, cuando esas experiencias pierden su lugar y consistencia, y las suplantamos o huimos de ellas, entonces el tiempo nos decepciona, y por eso sucede lo que en el mundo digital se llama phubbing[4], es decir, ese vínculo emocional que se basa en la idea de que vivimos momentos de más y vidas venidas a menos cuando no somos dueños de nuestro tiempo. Y por eso es que comenzamos a buscar algo que sí nos devuelva ese hálito de vida y de emoción que cada día buscamos fuera de nosotros mismos. Esto puede conducirnos a la tentación de no vivir el presente, sino a proyectar un futuro que, por lo pronto, no está en nuestras manos satisfacer a nuestro deseo.

Los monjes de la antigüedad también experimentaron esta sensación de letargo y de escape como síntomas de pereza espiritual en los monasterios de ayer. Una sensación de cuarentena con sabor a apatía, aburrimiento, tedio era parte de su cruz de cada día. Ellos no estaban exentos de la visita de ese «demonio del mediodía»[5] que nos tienta a alejarnos de nuestras conexiones espirituales y de nuestros ideales más vitales. Estos primeros anacoretas le llamaban a esta actitud pasiva la acedia o desesperanza. Sus experiencias se remontan a los monjes del desierto del siglo IV, que fueron advertidos sobre los peligros de lo que se llamó después pereza. Imaginemos un poco cómo lo vivían: es la hora del mediodía en el monasterio. El monje acaba de comer o tal vez él alimentó a algún necesitado. Al igual que siente una madre de familia después de dar de comer a los suyos, se resiente el peso de cocinar los alimentos y de servicio a los otros. De repente, el monje también siente esa necesidad de escapar del peso del día, sea que se rinda a tomar una siesta o bien la tentación que el letargo produce. De tal manera que el monje ya no quiere hacer las cosas con el ímpetu y el compromiso de antes. Esto es una tentación también compartida con el monje que tal vez no estaba físicamente cansado, pero sí abrumado de la monotonía. ¿Notamos alguna semejanza con nuestros días?

Y muchos de estos anacoretas vieron en la pereza la tentación de sucumbir ante los demonios, esos aliados del enemigo malo, que están hambrientos de oportunidades para devorar toda conexión entre Dios y el hombre. Pero otros monjes trataron de ver la pereza como un don de Dios porque, cuando ella se superaba o se dejaba atrás, podía transformarse el espacio para una fe más profunda y un mayor sentido de humildad. Tal vez en nuestros días también nosotros sentimos esa necesidad de soñar despiertos sobre un lugar emocionante al cual visitar o un momento romántico más allá de las paredes del hogar que rompa con lo cotidiano de estos días. Estos monjes son un vivo ejemplo de cómo es posible habitar el tiempo de la fragilidad.

Cuando nos preguntamos el por qué retomar una rutina del día si no vamos a salir a ninguna parte, o para qué cambiar de indumentaria, etc., es cuando más descubrimos que la pereza se asoma a la sombra de nuestros días. Y cabe preguntarnos, ¿por qué ahora, más que nunca, sentimos como si realmente no hiciéramos nada? Tal vez, si hacemos las cuentas con nuestro tiempo personal, familiar y social, y ponemos en una balanza cuánto de ese tiempo es usado digital o presencialmente, caeremos en la cuenta de que nos hemos acostumbrado a un flujo constante de conexión, de información y entretenimiento donde lo digital nos ha rebasado. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a estar permanentemente en muchas partes, pero al mismo tiempo, en ninguna de ellas. Veámoslo con un ejemplo.  Cuando teníamos la oportunidad de asistir a la Iglesia –previa al SARS-CoV-2– o alguna reunión de trabajo, era obvio que prestábamos atención a lo que en ese momento nos interesaba de tal evento. Pero, cuando ese acontecimiento dejaba de interesarnos, es muy probablemente que recurríamos a nuestros dispositivos digitales en búsqueda de algo que sí lo hiciera. Valdría la pena cuestionarnos si, en este tiempo de pandemia, de incertidumbre y de ansiedad, ¿no estamos exentos de experimentar esas mismas emociones de huida del tiempo? O bien, ¿será que acaso queremos huir también de la oportunidad de estar con uno mismo, en casa o en familia?

Al igual que los monjes de antaño, podríamos soñar en estar en otra parte como para fugarnos de esta realidad sanitaria que va pesando cada vez más con el paso de los días; pero, a su vez, podríamos reaprender a medir y habitar nuestro tiempo con optimismo: revitalizar los hábitos de horarios de sueño, de sana convivencia en el hogar en la distancia conveniente, retomar nuestro tiempo de oración personal y en familia, e incluso de toda la información de internet, porque dicha información, como sabemos, puede confundirnos o saturarnos si se acumula en exceso en nuestra memoria. Y además de estas oportunidades, buscar explorar otras formar nuevas de estar con nosotros mismos, y más aún de reeducarnos en la comunicación digital y de revalorar el diálogo personal con los de nuestra propia casa, un diálogo que tal vez se ha perdido con la prisa de cada día. El diálogo nos humaniza y nos cristianiza, pues nos ayuda a hospedar al otro en nosotros a través de la escucha, y el escuchar abre camino a Dios. Esto no significaría una evasión a la realidad vigente, ni tampoco irresponsabilidad ante la situación en que vivimos, más bien, significa dar consistencia a las cosas y acciones que hoy podemos hacer, sin suplantarlas por las que podremos hacer después. En este sentido, el tiempo de cuarentena es un tiempo precioso no solo para humanizar la navegación digital, sino para conversar con los que están a lado de nosotros y que tal vez, hace mucho tiempo no nos hemos dado la oportunidad de dialogar con ellos. Es decir, de entrar en empatía con ellos, de habitar sus historias, empatizar con sus dolores, con sus fragilidades y esperanzas.

Para nuestra fe, este deseo se convierte en una invocación, no en un escape como rogamos en el Salmo 90: «Enséñanos Señor a llevar la cuenta de nuestros días para que obtengamos un corazón sabio»[6]. Ahora es menester ser conscientes y asumir la responsabilidad de la única vida que nos es dada. No en balde el Señor Jesús nos dice «no se angustien por el día de mañana, pues el mañana se angustiará por sí mismo. Cada día tiene suficiente con sus propios problemas»[7]. En neurolingüística, esto se expresa con la idea que dice «estar presente, en el presente», porque es cierto, ¿quién sabe qué más podría regalarnos el día de mañana si no ponemos atención a lo que acontece hoy?

La invitación a no dejarse tocar por el tedio, sino más bien retomar el contacto con nosotros mismos, desde el fondo de ese sí mismo que somos, es una victoria que podemos conquistar en esos pequeños «sí» que poco a poco damos cada día; pues los cambios más importantes en cada uno de nosotros, después de todo, son los más lentos e inadvertidos. Para esto es necesario mantener una relación más consciente con nosotros mismos, y distinguir los ruidos interiores que adormecen nuestro sentido crítico ante el tedio o la desesperanza. Infundir templanza y esperanza es cada día más urgentes en este tiempo de incertidumbre. Ellas son un llamado a permanecer convencidos de que todo pasa, y esto también pasará. Es una forma de negación de la pereza y una afirmación de la caridad.

Pbro. Vicente Díaz Aldaco

vdiaz@arquinetmty.com


[1] Se dice que en el siglo XVIII el saludo de mano era la manera en que los primeros exploradores europeos que llegaron a Dakota del Sur manifestaban a los oriundos de esas tierras no estar armados o con espadas. Y más anterior a esto, en el medioevo, el saludo de mano se transformó en una señal de promesa ante un pacto o alianza, el cual era inviolable. Cf. E. Walandra, «The “Indian Handshake” between Generations», 158.

[2] El sacerdote y psicólogo Martin Mcalinden, señalaba que la acedia es una situación común del tiempo moderno también. Cf. M. MCALINDEN, «Fighting the Noonday Demon – Priests and Acedia», 337-338.

[3] Cf. M. Heidegger, Seminarios de Zollikon, 69.

[4] Cf. Macmillan Dictionary, sección Buzz-Word, voz «Phubbing».

[5] Como escribió Evagrio Pontico, «el demonio de la acedia atiende al monje alrededor del mediodía, causando que se canse o se aburra». E. Pontico, Tratado Práctico, 68.

[6] Salmo 90, 12.

[7] Mateo 6, 34.


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