EL HIJO PRÓDIGO Y EL CORONAVIRUS

La mayoría conocemos el pasaje del “hijo pródigo” (Lc 15,11-32). Cada uno de los personajes de esa parábola puede decirnos algo. La idea de esta reflexión, se centra en el hijo menor de la parábola.

Lo primero que hay que poner en la mesa, y nos pone en sintonía con lo que vivimos hoy, es que la narración del “hijo pródigo” habla del dolor. El hijo menor le pide a su padre la parte de la herencia que le toca. En esta petición hay una acción lacerante: la herencia se pide cuando el padre muere, no antes. No puede uno dejar de pensar en dos cosas: el hijo menor es codicioso y de manera implícita desea la muerte de su padre.

La narración sorprende porque el padre le da a su hijo la parte de herencia que le toca y, además, lo deja partir. Desde el punto de vista de la ley de Moisés, el hijo deshonra a su padre (“honrarás a tu padre y a tu madre”). Ante este hecho, algún comentarista afirma que el padre pudo haber pedido el máximo castigo para su hijo, es decir, la muerte. Sin embargo, la parábola muestra que el padre reacciona de otra manera: permite a su hijo marcharse con la herencia. Jesús revela en la parábola que Dios no sigue la lógica humana, sino que rompe la cadena de la violencia y actúa desde la lógica de la libertad y el amor. Aún hoy, muchos siguen pensando en la cadena antigua de un Dios castigador; reflejan más sus estructuras personales, que el mensaje de Cristo.

Si el padre hubiera obligado a su hijo a quedarse, habría evitado dos dolores: primero, el sufrimiento de la separación y, segundo, la fase dolorosa del hijo al tocar fondo y regresar pidiendo ser aceptado como esclavo. Pero si lo hubiera obligado a quedarse, se habría perdido la relación sustancial entre padre e hijo fundada en la libertad. Además, el hijo sería, como en la mentalidad del Antiguo Testamento, un objeto más de su propiedad, sometido a la violencia de la voluntad paterna. De hecho, así piensa este hijo menor, en un primer momento, al volver arrepentido: “trátame como a uno de tus trabajadores”, le dice a su padre.

¿Qué nos dice en estos momentos la parábola a nosotros que vivimos en medio de esta pandemia amenazante? A la luz de la parábola del hijo pródigo, podemos pensar que el hijo menor somos nosotros, los seres humanos. Hemos querido emanciparnos de Dios Padre, hemos deseado su muerte y le hemos pedido la libertad y que nos deje partir con la herencia propia que nos regala la vida. Nos hemos conducido bajo nuestra óptica y nuestros intereses, hemos creado un mundo lleno de desigualdades, nos hemos creído superiores a otros (cuando la pandemia nos deja ver que somos iguales). Hemos exigido nuestra herencia y la hemos despilfarrado. Nos importa más invertir en armamento que en instituciones de salud para prevenir epidemias. Hemos jugado a la guerra para “conservar la paz”. Hemos sido orgullosos y arrogantes, pensando que somos poderosos, y no dudo que, por momentos, hasta inmortales. Confiamos desmedidamente en la economía, la tecnología y la ciencia; éstas, como nuevas deidades, se han instalado en nuestra conciencia adormecida. Hemos descuidado nuestro mundo, lo hemos enfermado y explotado. Nos hemos olvidado que somos hermanos y tenemos la responsabilidad de cuidarnos. Hemos perdido la brújula y hemos comerciado con todo, hasta con la salud que debe ser un bien al alcance de todos.

Hemos hecho de la política un negocio para beneficio personal, hemos perdido la oportunidad de servir, ser honestos, útiles y sensibles. Hemos sido culpables que gobernantes incapaces hayan arribado al poder por nuestra falta de compromiso. Hemos sido pastores medrosos. Hemos sido indiferentes ante políticos y políticas injustas, mientras no afecte mis negocios. Nos hemos dejado corromper con justificaciones irrebatibles. Hemos perdido el sentido de la trascendencia y hemos enterrado nuestros talentos olvidando que nos pedirán cuentas al final de nuestra vida.

En la parábola, el hijo vuelve arrepentido después de haber tocado fondo. El recibimiento amoroso de su padre aporta una óptica distinta a su hijo; ahora hay un salto cualitativo en su conciencia filial.

Un bichito de apenas 50 nano gramos (medida casi inimaginable) ha puesto en crisis a todos y a todo. A la política, a la economía, a la religión, a las estructuras globales, a la familia y a cada uno como persona. Nos ha confinado a vivir hombro a hombro en una casa, a vestir con poca ropa, a tener los autos en la cochera, a ver nuestras cuentas entelarañándose, a la nostalgia de abrazar a la familia y a los amigos, a ponernos delante del espejo sin maquillaje, a privarnos de la belleza de este mundo, etc.

¿Pudo Dios omnipotente evitar estos sufrimientos y detener todas estas pretensiones de libertad que tenemos sus hijos? Como Dios todopoderoso, sí. Como Padre amoroso, no.

El Covid 19 también nos ha traído cosas positivas, nos ha puesto a pensar, a leer, a escucharnos en familia, a hablar con Dios, a ayudarnos, a entendernos, a ser más pacientes, a conocernos mejor, a escuchar con atención al Papa, a extrañar nuestras celebraciones en comunidad, a mirar a los desprotegidos, a los ancianos, a los niños, a los pobres, etc.

Ahora bien, como humanidad que toca fondo, o, al menos es puesta en jaque, ¿cuál será nuestra actitud después de la pandemia? En la historia de la humanidad ha habido otras epidemias más devastadoras y la humanidad no cambió después de ellas. ¿Será el corona virus una epidemia más en nuestra historia?

¿Volveremos a ser los mismos de antes? ¿Nos volverá a encontrar una nueva pandemia desprevenidos y ensimismados? ¿Piensas que, si nadie de los tuyos fue afectado por el virus, le darás vuelta a la página y seguirás siendo y haciendo lo mismo de antes? ¿Reaccionarás a una próxima desgracia hasta que toque a uno de tus descendientes directos?

¿Cuál es tu esperanza? ¿Te ha interpelado Dios en estos días? ¿Qué piensas hacer? ¿Qué piensas poner? ¿Qué piensas arriesgar? ¿Te incumbe un nuevo mundo? ¿Qué papel jugará tu fe después de la pandemia?


Pbro. Hugo Alberto Chávez Jiménez

Pbro. Hugo Alberto Chávez Jiménez.

Doctor en Sagradas Escrituras.

Actualmente, formador en el Seminario de Monterrey.


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