DIOS, EL PADRE QUE AMA COMO UNA MADRE

Comprendiendo el amor entrañable de Dios

“Sión decía, ‘YHWH me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí’. Pero, ¿puede una mujer olvidarse del hijo que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo no me olvidaría de ti” (Is 49,14-15).

Con estas palabras, Dios describe la esencia de su amor por su pueblo: fiel e invencible, que nunca olvida. Una idea sorprende: Siendo Padre, Dios compara su amor con el de una madre por el hijo de sus entrañas. ¿Por qué?

Estos versículos de Isaías afirman que el amor de Dios es misericordioso. Es preciso entender el sentido de la palabra “misericordia”. En hebreo, misericordia se dice rahamim, vocablo que proviene de rehem, que signfica “útero”, “seno materno”. Leyendo este texto en hebreo, encontramos que Dios habla del “hijo de su rehem”.

La palabra “misericordia” en hebreo proviene entonces del concepto del seno materno. Es innegable que no hay amor más profundo que el de una madre cuando lleva un bebé en su seno. Madre e hijo comparten en el seno materno el vínculo más estrecho. Sabemos por la ciencia que desde lo recóndito del seno materno, el bebé come lo que su madre come, el bebé oye lo que su madre oye, incluso el bebé sufre lo que su madre sufre. De ese vínculo surge de la madre un amor totalmente gratuito por su hijo que hasta constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón.

No hay amor más estrecho, profundo y entrañable, que el de una madre por el hijo en sus entrañas. Con este amor entrañable, Dios ama a sus hijos. La misericordia (rahamim) que brota del seno materno (rehem) implica: bondad, ternura, paciencia, comprensión y la disposición a perdonarlo todo.

Dios es el Padre que nos ama con el amor de una madre, por eso nunca se olvida de nosotros, siempre nos perdona y comprende, aunque no sepamos expresarle lo que agobia nuestro corazón.

Comprender el amor misericordioso de Dios nos deja una tarea específica: A los padres, amar a nuestros hijos de la misma manera que nos amó nuestra propia madre. A las madres, dar a sus hijos un amor tal que puedan ellos a su vez transmitir a sus propios hijos más adelante. De esta manera, a través de nuestro amor, nuestros hijos gozarán del amor entrañable y misericordioso de Dios por nosotros.

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