Medita

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Cada ocasión que nos toca enfrentar situaciones que atentan contra la humanidad es común escuchar que se aproxima el fin del mundo, o que estamos en la antesala del fin de nuestra era, por ello hemos de poder detenernos y recobrar el valor de nuestra fe que podemos vivir y expresar. 

Hace más de un siglo el 13 de Mayo de 1917 la Virgen María apareció por primera vez ante la mirada de tres pastorcitos (Lucía, Jacinta y Francisco) en Cova da Iria cerca del pueblo de Fátima en Portugal. Sus apariciones sucedieron en 6 ocasiones los días 13 de cada mes. En estos encuentros se les ha comunicado lo que se conoce como el “Secreto de Fátima” que para su revelación/publicación y nuestro conocimiento se dividió en tres partes. En la primera trata de la Visión del Infierno, la segunda la Consagración del Inmaculado Corazón de María, y en la tercera la visión profética de un atentado. 

Este tipo de apariciones y signos sobrenaturales pintan nuestra historia, porque entrelazan los hechos humanos y el camino de la vida en el mundo, dejando expectantes a todos. Estas manifestaciones no contradicen el contenido de la fe, sino que, confluyen hacia el objeto central del anuncio de Cristo, este es: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.

El mensaje de Fátima confirma el amor maternal y el interés de nuestra Madre Celestial, que desea la salvación de todos sus hijos. Las visiones que nos han presentado como testimonio, pueden provocarnos angustia al inicio, pero en realidad nos están invitando a la esperanza. Nuestra vida esta acompañada de alegrías y dolores, gozos y sufrimientos que en la Cruz y dolor de nuestro Señor han tomado un nuevo sentido, un sentido de purificación y de renovación,  ya que es una actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica.

La Virgen de Fátima nos ofrece una respuesta con tinte de esperanza para las situaciones que nos aturden y que nos damos cuenta que sólos no podemos atender. Viene a irrumpir con su hermosa presencia en nuestras vidas y nos hace compañía en nuestro camino al cielo. Nos inivita a recibir la eucaristía y rezar el rosario cada día por nosotros y por nuestros hermanos.

Queda claro que su mensaje es la exhortación a la oración como camino para la salvación de las almas. Así, ante lo que nos toca enfrentar,  es necesario que nos abramos al actuar de Dios en compañía de María esperanza nuestra, en la vida y en la muerte. 

+Mons. Oscar Efraín Tamez Villarreal.

Obispo Auxiliar de Monterrey

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ENTRA EN TU CUARTO, CIERRA LA PUERTA, Y AHÍ EN LO SECRETO, ORA EN TU CORAZÓN. (MT 6, 6)

“Quedarnos en casa”. Frase que hemos visto y escuchado este tiempo por todas partes, pero ¿qué significa?

Pues sin duda, no significa quedarnos inmóviles, encerrados sin hacer nada, significa más bien, que podemos impulsar muchos corazones hacia la generosidad, que podemos contactar y unir a muchas personas a pesar de la distancia; que podemos buscar y generar respuestas ante la situación tan desafiante que vivimos. Que podemos aprovechar el tiempo para formarnos y fortalecernos.

No debemos quedarnos pasivos ni simplemente aislados. No podemos dejar de actuar, y mucho menos dejar de servir a los demás; hoy nuestro país nos necesita, y hay que alentar, motivar, hacer crecer la confianza y la esperanza; podemos influir positivamente en la sociedad, usando toda nuestra inventiva, inteligencia y creatividad; y llevar adelante ideas y proyectos en la línea de la promoción humana, de la solidaridad y de la caridad. Y por supuesto, no dejar nunca de rezar.

Tú ¿qué papel juegas ante esta pandemia?

+Mons. Alfonso Miranda Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

Secretario General de la CEM

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La mayoría conocemos el pasaje del “hijo pródigo” (Lc 15,11-32). Cada uno de los personajes de esa parábola puede decirnos algo. La idea de esta reflexión, se centra en el hijo menor de la parábola.

Lo primero que hay que poner en la mesa, y nos pone en sintonía con lo que vivimos hoy, es que la narración del “hijo pródigo” habla del dolor. El hijo menor le pide a su padre la parte de la herencia que le toca. En esta petición hay una acción lacerante: la herencia se pide cuando el padre muere, no antes. No puede uno dejar de pensar en dos cosas: el hijo menor es codicioso y de manera implícita desea la muerte de su padre.

La narración sorprende porque el padre le da a su hijo la parte de herencia que le toca y, además, lo deja partir. Desde el punto de vista de la ley de Moisés, el hijo deshonra a su padre (“honrarás a tu padre y a tu madre”). Ante este hecho, algún comentarista afirma que el padre pudo haber pedido el máximo castigo para su hijo, es decir, la muerte. Sin embargo, la parábola muestra que el padre reacciona de otra manera: permite a su hijo marcharse con la herencia. Jesús revela en la parábola que Dios no sigue la lógica humana, sino que rompe la cadena de la violencia y actúa desde la lógica de la libertad y el amor. Aún hoy, muchos siguen pensando en la cadena antigua de un Dios castigador; reflejan más sus estructuras personales, que el mensaje de Cristo.

Si el padre hubiera obligado a su hijo a quedarse, habría evitado dos dolores: primero, el sufrimiento de la separación y, segundo, la fase dolorosa del hijo al tocar fondo y regresar pidiendo ser aceptado como esclavo. Pero si lo hubiera obligado a quedarse, se habría perdido la relación sustancial entre padre e hijo fundada en la libertad. Además, el hijo sería, como en la mentalidad del Antiguo Testamento, un objeto más de su propiedad, sometido a la violencia de la voluntad paterna. De hecho, así piensa este hijo menor, en un primer momento, al volver arrepentido: “trátame como a uno de tus trabajadores”, le dice a su padre.

¿Qué nos dice en estos momentos la parábola a nosotros que vivimos en medio de esta pandemia amenazante? A la luz de la parábola del hijo pródigo, podemos pensar que el hijo menor somos nosotros, los seres humanos. Hemos querido emanciparnos de Dios Padre, hemos deseado su muerte y le hemos pedido la libertad y que nos deje partir con la herencia propia que nos regala la vida. Nos hemos conducido bajo nuestra óptica y nuestros intereses, hemos creado un mundo lleno de desigualdades, nos hemos creído superiores a otros (cuando la pandemia nos deja ver que somos iguales). Hemos exigido nuestra herencia y la hemos despilfarrado. Nos importa más invertir en armamento que en instituciones de salud para prevenir epidemias. Hemos jugado a la guerra para “conservar la paz”. Hemos sido orgullosos y arrogantes, pensando que somos poderosos, y no dudo que, por momentos, hasta inmortales. Confiamos desmedidamente en la economía, la tecnología y la ciencia; éstas, como nuevas deidades, se han instalado en nuestra conciencia adormecida. Hemos descuidado nuestro mundo, lo hemos enfermado y explotado. Nos hemos olvidado que somos hermanos y tenemos la responsabilidad de cuidarnos. Hemos perdido la brújula y hemos comerciado con todo, hasta con la salud que debe ser un bien al alcance de todos.

Hemos hecho de la política un negocio para beneficio personal, hemos perdido la oportunidad de servir, ser honestos, útiles y sensibles. Hemos sido culpables que gobernantes incapaces hayan arribado al poder por nuestra falta de compromiso. Hemos sido pastores medrosos. Hemos sido indiferentes ante políticos y políticas injustas, mientras no afecte mis negocios. Nos hemos dejado corromper con justificaciones irrebatibles. Hemos perdido el sentido de la trascendencia y hemos enterrado nuestros talentos olvidando que nos pedirán cuentas al final de nuestra vida.

En la parábola, el hijo vuelve arrepentido después de haber tocado fondo. El recibimiento amoroso de su padre aporta una óptica distinta a su hijo; ahora hay un salto cualitativo en su conciencia filial.

Un bichito de apenas 50 nano gramos (medida casi inimaginable) ha puesto en crisis a todos y a todo. A la política, a la economía, a la religión, a las estructuras globales, a la familia y a cada uno como persona. Nos ha confinado a vivir hombro a hombro en una casa, a vestir con poca ropa, a tener los autos en la cochera, a ver nuestras cuentas entelarañándose, a la nostalgia de abrazar a la familia y a los amigos, a ponernos delante del espejo sin maquillaje, a privarnos de la belleza de este mundo, etc.

¿Pudo Dios omnipotente evitar estos sufrimientos y detener todas estas pretensiones de libertad que tenemos sus hijos? Como Dios todopoderoso, sí. Como Padre amoroso, no.

El Covid 19 también nos ha traído cosas positivas, nos ha puesto a pensar, a leer, a escucharnos en familia, a hablar con Dios, a ayudarnos, a entendernos, a ser más pacientes, a conocernos mejor, a escuchar con atención al Papa, a extrañar nuestras celebraciones en comunidad, a mirar a los desprotegidos, a los ancianos, a los niños, a los pobres, etc.

Ahora bien, como humanidad que toca fondo, o, al menos es puesta en jaque, ¿cuál será nuestra actitud después de la pandemia? En la historia de la humanidad ha habido otras epidemias más devastadoras y la humanidad no cambió después de ellas. ¿Será el corona virus una epidemia más en nuestra historia?

¿Volveremos a ser los mismos de antes? ¿Nos volverá a encontrar una nueva pandemia desprevenidos y ensimismados? ¿Piensas que, si nadie de los tuyos fue afectado por el virus, le darás vuelta a la página y seguirás siendo y haciendo lo mismo de antes? ¿Reaccionarás a una próxima desgracia hasta que toque a uno de tus descendientes directos?

¿Cuál es tu esperanza? ¿Te ha interpelado Dios en estos días? ¿Qué piensas hacer? ¿Qué piensas poner? ¿Qué piensas arriesgar? ¿Te incumbe un nuevo mundo? ¿Qué papel jugará tu fe después de la pandemia?


Pbro. Hugo Alberto Chávez Jiménez

Pbro. Hugo Alberto Chávez Jiménez.

Doctor en Sagradas Escrituras.

Actualmente, formador en el Seminario de Monterrey.

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6min91

“El don más grande que tenemos es el de la caridad, ahora lo que se nos pide es que nos cuidemos, que seamos responsables de la salud de los demás, y mantenernos en casa, es la mejor manera de cuidarnos a nosotros mismos y de cuidar a nuestros seres queridos y no exponer a nadie, permanezcamos en casa”.

Mons. Oscar Efraín Tamez Villarreal.

Mons. Juan Armando Pérez Talamantes

“Quiero invitar a todos a mantener nuestro corazón abierto, nuestra mente, son momentos que requieren de toda nuestra persona, de toda la prudencia, de los dones del Espíritu Santo para poder mantener en medio de esta situación del coronavirus, la esperanza, en medio de la situación del peligro hay que mantener también la fe”.

“Son momentos no de pánico, sino de mucha responsabilidad, de mucha fe y esperanza, de mucha caridad. De hecho estos momentos nos piden que la caridad la vivamos con mucha responsabilidad unos con otros, entre todos podemos ayudarnos a que las cosas salgan lo mejor posible, bajo la bendición del Señor Jesús y el manto de Nuestra Señora del Roble”.

Mons. Juan Armando Pérez Talamantes

Mons. Rogelio Cabrera

“Quiero invitar a todos los creyentes a unirnos a la convocatoria del Papa Francisco, y juntos elevar nuestra oración, pidiendo a nuestro Creador que ilumine a los científicos y se encuentre una favorable solución a la enfermedad”.

“Asimismo, que conceda sabiduría a los gobernantes, a las autoridades de salud, a los médicos y enfermeras, para que asuman generosamente el compromiso de informar y socorrer, como es debido, a toda la comunidad, especialmente a quienes ya padecen esta enfermedad, proveyéndoles de los cuidados adecuados”.

“En la historia de la Iglesia, podemos atestiguar los milagros que acontecen cuando el pueblo se une a orar con fe, teniendo como primer intercesora a nuestra Santísima Madre, la Virgen del Roble, patrona de nuestra Arquidiócesis, quien nunca ha dejado de socorrer a nuestro Estado. Del mismo modo, en la tradición cristiana, existen santos a los que la piedad popular invoca en situaciones particulares. Por lo que pedimos a San Roque, santo protector ante toda clase de epidemia, que interceda por nosotros”.

“No olvidemos que nuestro buen Dios jamás nos abandona, y nos invita a confiar en su misericordia infinita. Tengamos la esperanza de que esta situación, pronto pasará. Les envío de corazón mi bendición”.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Veronica Brunkow

En los últimos tiempos nos hemos enfrentado como sociedad a distintas situaciones que nos han llevado a posicionarnos. Como miembros de la Iglesia, también nos hemos encontrado con diferentes posturas, diferentes opiniones y puntos de vista frente a indicaciones recibidas de parte de nuestros Obispos o incluso de nuestro Papa Francisco.

Delante de estas situaciones, cabe mencionar a que nos referimos como confrontación y como amabilidad. En el diccionario encontramos las siguientes definiciones:

La confrontación es una palabra de origen latino, integrada por el prefijo “con” que indica encuentro y por “frontis” que es la frente de la cara. Una confrontación es un encuentro cara a cara donde dos o más personas discuten sus diferentes puntos de vista, opiniones, soluciones, visiones, situaciones, etcétera de una determinada cuestión, pudiendo ser o no pacífica.

Por otra parte, la amabilidad es un adjetivo de origen latino que procede de “amabilis”, palabra compuesta que se integra con el verbo “amare” = amar, al que se le agrega el sufijo de posibilidad, “ble”. El que es amable se muestra digno de ser amado. La amabilidad es una forma de tratarse a sí mismo y a los demás, con dedicación, respeto, empatía y consideración

En las Sagradas Escrituras encontramos varios momentos de confrontación. Vemos a un San Pablo, enfrentando a San Pedro en Gálatas 2:11-13, vemos la discusión en el primer Concilio de Jerusalén en Hechos 15:7. En Mt 16, 23 vemos al mismo Jesucristo diciéndole a Pedro: “Aléjate de mí Satanás! Tú eres una piedra de tropiezo para mí, porque no piensas como Dios, sino como los hombres.” En Mc 9, 38-40 cuando Jesús les dice a sus apóstoles “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros”.

La confrontación hace parte de un proceso de maduración en la fe. Son momentos que nos impulsan a buscar los criterios del Evangelios, los criterios de Dios y desprenderse en cierta medida de nuestros criterios humanos para abrazarnos al querer de Dios. Pero no se trata de un proceso sencillo, puesto que requiere humildad y capacidad de escucha para acoger los diferentes puntos de vista y ser capaces de abrirnos a diferentes puntos de vista.

Lo importante en ese proceso es la búsqueda de la comunión. Siempre habrá un punto de encuentro, un punto de común unión en el cual debemos encontrarnos con el otro. La Iglesia nos enseña a crear puentes, no barreras. En este sentido, la persona amable es aquella que es capaz de escuchar al otro no como un enemigo de opinión, sino como un hermano digno de ser amado, respetado, merecedor de mi empatía y consideración. Podríamos preguntarnos si Jesús fue “amable” con Pedro al momento de referirse a él como “Satanás”, sin embargo, su reprensión cae en un contexto de verdadero Amor y Amistad de parte de Jesús con Pedro. La confianza mutua nos permite ser firmes y sinceros cuando lo vemos necesario.

En tiempos de confrontación, pidamos Luz al Espíritu Santo, que nos ilumine con el don de sabiduría y consejo para que busquemos en todo la comunión y el querer de Dios.

Veronica Brunkow

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7min70

“No basta querer a los hijos en necesario que ellos se perciban amados”, San Juan Bosco.

El Psicólogo Suizo Jean Piaget sostenía que el pensamiento abstracto en los niños se desarrolla aproximadamente a los 11 años, es por esto que la idea o concepto de amor que los hijos generen, será necesariamente construida a partir de sus experiencias sensoriales. Ya lo decía también el filósofo Santo Tomás de Aquino 700 años antes en la siguiente frase: “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu” (Nada hay en el intelecto que previamente no haya entrado por los sentidos).

Es por esto que recomiendo a los padres y madres de familia que expresen el amor a sus hijos a través de tres acciones y gestos sensibles, como lo son: observar, tocar y hablar.

Observar lo entenderemos aquí como la acción de ver y escuchar, de estar atentos. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.  Si queremos conectar con nuestros hijos es necesario retirar gradualmente nuestras miradas y las de ellos de las pantallas y dispositivos electrónicos; debemos mirarlos más, solo así podremos desarrollar empatía, al verlos con miradas compasivas, seremos más receptivos y conscientes de las necesidades internas que experimentan, como lo dice el dicho popular “Los ojos son la ventana del alma”, “Ojos que se la pasan viendo violencia, corazón que se siente …”

¿Qué tanto contacto físico tienes con tus hijos e hijas? Virginia Satir, psicoterapeuta estadounidense resaltó el beneficio de los abrazos. Ella decía que con 4 abrazos diarios una persona sobrevivía afectivamente, con 8 abrazos tenía estabilidad, pero solo con 12 alcanzaría a desarrollarse. Los abrazos y los besos tienen un poder medicinal para el cuerpo y sanan las heridas del alma. Jugar a hacerles cosquillas, darles un masaje, poner la mano sobre su hombro los hace sentir seguros, les manda el mensaje de que usted estará incondicionalmente para ellos. Los evangelios narran que Jesús sanaba con sus manos.

La palabra tiene un doble poder uno constructivo y creador; y por otro lado también destruye y aniquila. Recuerdo haber leído un artículo donde se hacía referencia a una investigación con unos niños hospitalizados. En dicha investigación se hicieron dos grupos. A los dos grupos de niños se les brindaba la misma calidad en sus tratamientos médicos, sin embargo, en uno de ellos los profesionales de la salud interactuaban con los niños, diciéndoles: que se veían mucho mejor, que sus familias ya los esperaban en casa, que sus compañeros de escuela preguntaban por ellos y les decían que eran fuertes y se sobrepondrían a esa enfermedad. Con los otros niños en cambio no se interactuaba, solo les suministraban medicamentos y les aseaban, no les expresaban nada. El primer grupo de niños evolucionó con rapidez. En cambio, los niños a los que se les limitaron las interacciones sociales y no se les expresaba afecto, su salud se estancó o empeoró.

La PNL (Programación Neurolingüística) sostiene que es importante lo que les digamos a los hijos, ya que eso los influenciará para el éxito o el fracaso. Esfuércense papás y mamás en expresarles a sus hijos palabras motivadores, que los empoderen, que les levanten la autoestima, hazlos sentirse amados e importantes para ti. Diles: “Animo tú puedes, Yo creo en ti, eres lo más grande que me ha pasado, estoy orgulloso de ser tu padre, Levántate y sigue adelante, No tengas miedo. En la biblia leemos, “La boca habla de lo que está lleno el corazón” ¿Y tú que les dices a tus hijos?

Recuerden papás que no es lo mismo saberse amado, que sentirse amado. Los invito a que miren a sus hijos a los ojos, los escuchen atentamente y sin prisas, los abracen y besen y les digan lo mucho que los aman. Para que sus hijos experimenten el amor de ustedes hacia ellos mediante acciones sencillas, tangibles y fácilmente perceptibles.

Diac. Permanente Jorge Antonio Ríos Treviño

Licenciado en Psicología

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Claudia Castañeda

Master en Solución de Conflictos

En los últimos años hemos visto que la inseguridad se ha apoderado de nuestras calles, es la nota diaria en los periódicos y los noticieros, por tal motivo se ha vuelto un deseo colectivo el poder salir de nuestros hogares y sentirnos seguros, queremos salir sin el temor de que alguien entre a nuestra casa y seamos víctimas de un robo y no es sólo por el valor material de las cosas, sino porque también se roban nuestra tranquilidad, ¿a quién culpamos? ¿A quién acudir?, si en esos momentos ya dudamos de todos, perdemos la confianza en los demás.

¿Cómo es posible que ni en tu propia casa te sientas seguro?, ¿Quién reparará el daño?, ¿Dónde están los que prometieron cuidarnos?, todas esas y más preguntas saltan a nuestra mente, pero ahora también realicemos esta pregunta ¿qué estamos haciendo para que esto no ocurra?,  acaso sólo nos concretamos a subir bardas, poner candados, reforzar ventanas e instalar los más avanzado en sistemas de alarmas y prácticamente estar viviendo en una fortaleza.

Meditemos ahora sobre mi relación con los vecinos y mi familia ¿Cómo es?,  parte de la percepción de la inseguridad se deriva de mi propio aislamiento social, hemos dejado de convivir con los vecinos y con nuestra propia familia, preferimos estar mirando series y chateando con los amigos, todo de forma virtual y hemos dejado de relacionarnos con otras personas, nuestro núcleo familiar se ha vuelto solo mi celular y yo.

Reflexionemos sobre que estamos haciendo para volver a vivir seguros, para poder ir sin temor al parque, a las compras y al trabajo, la cultura de la denuncia es muy importante, hay que reportar vehículos o personas sospechosas que observemos por nuestro vecindario, para esto recuerda siempre tener a la mano el número de emergencia y reportar cualquier actividad sospechosa, y también es importante que cuestionemos a nuestras autoridades sobre lo que están haciendo en materia de seguridad para evitar que se cometan los robos a casa habitación o de vehículos, exijámosle mayor vigilancia, es nuestro derecho como ciudadanos, es necesario volver a salir y transitar con seguridad por nuestras calles, que nuestros hijos vayan seguros a la escuela, que podamos ir al trabajo sin temor a ser asaltados, salir a jugar al parque sin el temor de que ahí estarán jóvenes drogándose.

Pero también recordemos que la comunicación entre vecinos es importante, muchos delitos se han evitado con la participación de vecinos vigilantes, conozcamos quienes son nuestros vecinos, reforcemos la comunicación social y familiar, hay que saber dónde y con quien andan nuestros hijos, que necesidades o inquietudes tienen, la seguridad comienza desde casa. Volvamos a una sociedad donde los niños del barrio se juntaban a jugar hasta caer la noche y nuestros padres aprovechaban para platicar entre vecinos.

Regeneremos el tejido social, Salgamos de ese auto aislamiento que nos ha provocado el avance de la tecnología,  Conozcamos a nuestros vecinos, platiquemos con ellos, convivamos con ellos, pero sobre todo, platiquemos y convivamos en familia. El tema de la seguridad no es solo trabajo de las autoridades, es imposible tener un policía vigilando en cada esquina, hay que involucrarnos y participar, la seguridad es de todos.

Claudia Castañeda

Master en Solución de Conflictos

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7min284

Jorge Alberto Heredia Murillo

Master en Educación

Cada una de las experiencias que suceden en la vida aportan información que se conecta en el interior de cada persona, generando de esta manera, una visión más amplia de aquello donde se pone mayor atención. Esta perspectiva interna, se manifiesta en pensamientos, palabras, acciones y actitudes. Es decir, algo ha atrapado nuestra mirada y se ha convertido en el factor de conexión con el mundo exterior de nuestro cuerpo: las personas, los animales, las plantas, las piedras, el agua, e incluso las redes sociales en sus distintos dispositivos o aparatos electrónicos. Puede sonar extraño, pero nos conectamos a partir de lo que pensamos, luego lo que sentimos y, por último, si en algún momento sucede por lo que decimos y hacemos.

La información que recibimos, la forma de procesarla, así como los focos de atención en cada uno de aquellos aspectos donde ponemos nuestras fuerzas y energías son el resultado de las experiencias que la educación va desarrollando en cada persona, claro está que resulta pertinente preguntarnos, ¿qué es la educación?, ¿qué elementos le proporcionan energía y fortaleza al ejercicio de enseñanza-aprendizaje que forma parte del acto educativo?, así como preguntas desde otro sitio, por ejemplo, ¿qué fines persigue la educación?, pero también, ¿dónde se recibe o se proporciona educación?, y tan críticos como, ¿todo merece ser llamada educación?

Pero no nos perdamos, lo que tenemos de frente cada día son personas con realidades construidas desde diferentes contextos y, por lo tanto, también distintas perspectivas, y al relacionarse nuestra vida con la de otros es posible ignorarlas. Es cada vez más evidente la presencia de los otros, el punto es qué hacemos con este conocimiento, ¿nos acercamos o nos alejamos de los demás? Por otra parte, también nos relacionamos con otras experiencias humanas como la vida del trabajo, las interacciones con las instituciones públicas o privadas, así como los sistemas interculturales, macro y microeconómicos, la política, y diferentes formas de pensamiento; cada una de estas realidades requiere de esquemas de pensamiento que nos ayuden a conectar lo mejor de cada una de ellas para generar sinergia, es decir apoyo para un proyecto aún más alto. Un proyecto que deje un legado a las siguientes generaciones. Pensemos, ¿la educación que hemos recibido nos ha generado condiciones para pensarnos construyendo algo juntos, aún y cuando somos muy distintos en pensamientos, e incluso con diferente nacionalidad y condición socioeconómica?

El egoísmo existe y se hace presente también en todo el proceso que se ha descrito anteriormente, y podríamos cometer el error de manipular los procesos educativos para fines contrarios al del desarrollo del ser humano, de la vida en comunidad, del cuidado del sistema de salud, así como de la naturaleza y el aire que respiramos, de la vida del trabajo o de las funciones del sector público o privado que nos corresponda ejercer a los laicos, así como al clero. Todos podemos cometer errores, y debemos estar al pendiente de no realizarlos. Y para esto también se requiere de educación, tanto para la prevención de daño, la atención de los posibles riesgos, así como la creación de experiencias que generen esperanza y mejores condiciones para todas las personas, desde el inicio de su vida hasta el final, atendiendo con sumo cuidado de amor, compasión y perdón a toda vida en toda etapa.

Como nos hemos dado cuenta, la educación no sólo es para trabajar, es para pensarnos y vivir integralmente en un mundo compartido, que no nos pertenece, y que tenemos la responsabilidad de dejarlo aún mejor de lo que lo encontramos, es momento de pensar en otro nivel y responder ¿cómo podemos crear, desarrollar y aplicar sistemas que beneficien a todos los seres vivos?

Jorge Alberto Heredia Murillo

Master en Educación

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6min150

«Donde hubo amor, cenizas quedan» dice un proverbio popular. La ceniza es el resto de un amor destrozado y aniquilado. Es el recuerdo de que hubo algo bello y que no existe más. Es la expresión de que una relación desapareció.

Al inicio de un camino en que ponemos nuestra mirada sobre la Pasión y Resurrección de nuestro Señor, tomamos como signo representativo la ceniza. La cuaresma debe ser un periodo de profunda reflexión e interioridad para poder hacer con júbilo una renovación de nuestra vida en Cristo.

Suena curioso habla de «cuaresma ecológica» pero considerando que oikos significa casa toma sentido hablar de la cuaresma desde la casa. Nuestra primera casa por reparar es nuestra propia alma en la que el Señor, desde nuestro bautismo, habita. Nuestra relación con Dios muchas veces se ve opacada por una incapacidad de silencio e interioridad que no permite su escucha en nuestra vida. El ajetreo del día a día va asfixiando su presencia como la semilla es abrumada por los abrojos. Un segundo orden, usando la expresión de santa Teresa, es «la loca de la casa»: la imaginación. Por un lado, es necesario, con el ejercicio de la ascesis o disciplina personal, redirigir nuestros pensamientos hacia lo alto, lo trascendente e importante. Que no nos tome el Señor en curva como cuando reprende a los apóstoles discutiendo sobre los panes en lugar de escuchar lo importante de la vida. Hoy que la información es sobreabundante, que nos asfixian en todo momento por cuantas APPs tengamos, y en que toda red social debemos responder, debatir y pelear, debemos aprender a discernir, reflexionar y desconectarnos.

Nuestra primera casa es también nuestra propia familia. El tiempo de cuaresma debe ser tiempo para frecuentarnos con mayor caridad y paciencia, sin querernos controlar o imponer lo que uno quiere sobre los demás. Es necesario apostarle a la convivencia dejándonos tener tiempo para disfrutarnos. La segunda casa es nuestra comunidad parroquial, en la que, siendo el cuerpo místico de Cristo, no dejamos de ser humanos con defectos y debilidades. La cordialidad, la prudencia y principalmente la celebración profunda de la fe debe ser contantemente renovada. Así como todo Nínive se impuso ceniza en signo de penitencia a la escucha de la Palabra, así la comunidad entera debe constantemente renacer de las cenizas. Por último, que no quiere decir que sea la última, la Creación entera es nuestra «casa común» en la cual, como tesoro que debemos cuidar y administrar, nos toca convivir. Que nuestra manera de vivir con austeridad y moderación, en esfuerzo y cuidado, podemos desarrollarnos plenamente no dañándola, sino contemplándola y promoviéndola. 

El camino de penitencia a la Pascua no es una cuestión de tristeza y sufrimiento, sino un proceso en el que el cristiano que ha renacido a la vida por el don de la vida de su Maestro, se renueva para volver a dar lo mejor de sí mismo. Es un camino para resurgir de las cenizas del amor que hubo, dando más fruto, para que nuestra luz despunte como aurora en la fiesta de la Pascua.

«Este es el ayuno que yo amo –oráculo del Señor–: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres en sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor». Is 58, 6-8.

Pbro. Alejandro Beltrán Garza

Coordinador de la Pastoral Universitaria

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Comprendiendo el amor entrañable de Dios

“Sión decía, ‘YHWH me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí’. Pero, ¿puede una mujer olvidarse del hijo que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo no me olvidaría de ti” (Is 49,14-15).

Con estas palabras, Dios describe la esencia de su amor por su pueblo: fiel e invencible, que nunca olvida. Una idea sorprende: Siendo Padre, Dios compara su amor con el de una madre por el hijo de sus entrañas. ¿Por qué?

Estos versículos de Isaías afirman que el amor de Dios es misericordioso. Es preciso entender el sentido de la palabra “misericordia”. En hebreo, misericordia se dice rahamim, vocablo que proviene de rehem, que signfica “útero”, “seno materno”. Leyendo este texto en hebreo, encontramos que Dios habla del “hijo de su rehem”.

La palabra “misericordia” en hebreo proviene entonces del concepto del seno materno. Es innegable que no hay amor más profundo que el de una madre cuando lleva un bebé en su seno. Madre e hijo comparten en el seno materno el vínculo más estrecho. Sabemos por la ciencia que desde lo recóndito del seno materno, el bebé come lo que su madre come, el bebé oye lo que su madre oye, incluso el bebé sufre lo que su madre sufre. De ese vínculo surge de la madre un amor totalmente gratuito por su hijo que hasta constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón.

No hay amor más estrecho, profundo y entrañable, que el de una madre por el hijo en sus entrañas. Con este amor entrañable, Dios ama a sus hijos. La misericordia (rahamim) que brota del seno materno (rehem) implica: bondad, ternura, paciencia, comprensión y la disposición a perdonarlo todo.

Dios es el Padre que nos ama con el amor de una madre, por eso nunca se olvida de nosotros, siempre nos perdona y comprende, aunque no sepamos expresarle lo que agobia nuestro corazón.

Comprender el amor misericordioso de Dios nos deja una tarea específica: A los padres, amar a nuestros hijos de la misma manera que nos amó nuestra propia madre. A las madres, dar a sus hijos un amor tal que puedan ellos a su vez transmitir a sus propios hijos más adelante. De esta manera, a través de nuestro amor, nuestros hijos gozarán del amor entrañable y misericordioso de Dios por nosotros.

¡Apasiónate por nuestra fe!


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