Medita

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Comprendiendo el amor entrañable de Dios

“Sión decía, ‘YHWH me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí’. Pero, ¿puede una mujer olvidarse del hijo que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo no me olvidaría de ti” (Is 49,14-15).

Con estas palabras, Dios describe la esencia de su amor por su pueblo: fiel e invencible, que nunca olvida. Una idea sorprende: Siendo Padre, Dios compara su amor con el de una madre por el hijo de sus entrañas. ¿Por qué?

Estos versículos de Isaías afirman que el amor de Dios es misericordioso. Es preciso entender el sentido de la palabra “misericordia”. En hebreo, misericordia se dice rahamim, vocablo que proviene de rehem, que signfica “útero”, “seno materno”. Leyendo este texto en hebreo, encontramos que Dios habla del “hijo de su rehem”.

La palabra “misericordia” en hebreo proviene entonces del concepto del seno materno. Es innegable que no hay amor más profundo que el de una madre cuando lleva un bebé en su seno. Madre e hijo comparten en el seno materno el vínculo más estrecho. Sabemos por la ciencia que desde lo recóndito del seno materno, el bebé come lo que su madre come, el bebé oye lo que su madre oye, incluso el bebé sufre lo que su madre sufre. De ese vínculo surge de la madre un amor totalmente gratuito por su hijo que hasta constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón.

No hay amor más estrecho, profundo y entrañable, que el de una madre por el hijo en sus entrañas. Con este amor entrañable, Dios ama a sus hijos. La misericordia (rahamim) que brota del seno materno (rehem) implica: bondad, ternura, paciencia, comprensión y la disposición a perdonarlo todo.

Dios es el Padre que nos ama con el amor de una madre, por eso nunca se olvida de nosotros, siempre nos perdona y comprende, aunque no sepamos expresarle lo que agobia nuestro corazón.

Comprender el amor misericordioso de Dios nos deja una tarea específica: A los padres, amar a nuestros hijos de la misma manera que nos amó nuestra propia madre. A las madres, dar a sus hijos un amor tal que puedan ellos a su vez transmitir a sus propios hijos más adelante. De esta manera, a través de nuestro amor, nuestros hijos gozarán del amor entrañable y misericordioso de Dios por nosotros.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Sócrates dijo que “la vida no sometida a examen, no merece la pena vivirse”.

A veces nos levantamos por la mañana e involuntariamente experimentamos sentimientos y pensamientos que no son los que desaríamos tener, pero da la sensación que esto es lo que tenemos, porque somos así y hay que resignarnos.

Hay cosas que ciertamente no podemos cambiar, por ejemplo, una enfermedad crónica, la familia que nos tocó tener, la personalidad del jefe, etc., son situaciones que debemos asumir y que a veces no son como quisiéramos que fueran.

Muchas de estas realidades están ahí porque Dios nos quiere fortalecer, quiere que aprendamos una lección, sin embargo también hay cosas o situaciones que no tenemos por qué tolerar: una cosa es lo que tengo que asumir y otra lo que tengo que tolerar, y a veces toleramos cosas que son intolerables, y las toleramos porque pensamos que somos así.

Lo que ustedes y yo seremos al final será solo lo que decidamos y tratemos de ser ahora. Como dice John Powell: “moriremos como hemos vivido”. Qué triste llegar al final de la vida y darnos cuenta que la hemos desperdiciaado, que no hemos elegido vivir una vida de significado.

Las personas que en su vejez son egoístas y exigentes no se comportan de esta manera solo durante sus últimos años de vida, sino que lo han practicado toda su vida. Igual sucede con las que son en su vejez tiernas y amables.

Deberíamos llegar hasta la estructura de nuestra vida diaria para preguntarnos: ¿qué estoy haciendo? ¿Mi existencia está al día? ¿Es un asunto de irla pasando?

Puede ser que los parásitos que están devorando nuestro interior, privándonos de las alegrías y satisfacciones más profundas, deban convertirse en el objeto de nuestra atención.

Como dijo alguna vez Dang Hammarskjold: “el viaje más largo es el viaje interno”, al centro de nuestro ser, pero a esta experiencia interior muchas personas le rehúyen, son dominadas por el miedo, pero qué importante es hacerlo para saber realmente quiénes somos. Eso realmente vale la pena.

Todos queremos vivir felices, con entusiasmo, alegría, iluminando el camino de los demás, así como otros iluminan nuestro camino.

Para vivir una vida que importa, debemos tener una meta, una visión, pero muy pocos de nosotros tenemos un sentido de visión real de quiénes queremos ser, o mejor aún, ¿a qué me está llamando Dios a ser?, ¿en qué tipo de persona quiere Dios que me convierta?

Porque hasta que no tengamos una visión clara estaremos llevando vidas sin rumbo, sin sentido. Cuando es clara esa visión, todas nuestras decisiones estarán orientadas hacia ahí. La visión enfoca nuestras decisiones y como dice el Pbro. Mike Schimmitz “las decisiones son muy importantes porque determinan nuestro destino”.

Un principio de vida nos lleva a tener una intención de propósito generalizada y aceptada, aplicada a circunstancias y elecciones específicas.

¿Qué podemos hacer entonces?

Primero necesitamos tener una visión clara, preguntémosle a Dios ¿qué quieres de mí para este año?

Segundo, ¿cuáles son las decisiones que debemos tomar?, ¿ cuáles son los obtáculos que tenemos que superar?

Tercero, ¿cuál es el paso positivo que debemos tomar hoy, en este momento?

Si somos constantes día a día, con el paso del tiempo nos habremos convertido en la mejor versión de nosotros mismos, en el ser que Dios quiere que te conviertas.

Para continuar con estas reflexiones te recomiendo tres libros: Vicios y Virtudes, de Alejandro Ortega Trillo; Amor Incondicional, de John Powell y Cartas del Diablo a su Sobrino, de C.S. Lewis.

Lupita Cereceres de la Rosa

Maestría en Ciencias de la Familia

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Pbro. Rodolfo A García Martínez

Podríamos comparar la definición de bien común que nos da el Concilio Vaticano II con la definición de paz que nos da Johan Galtung, teórico de los estudios de paz, para ver si se pueden encontrar similitudes, y redescubrirnos, en cuanto seguidores de Cristo, nuestra paz (Ef 2,14), en constructores de paz en la ciudad, en la cotidianeidad.

Ambos tienen dos presupuestos teóricos sin los que no se podrían realizar, ni la paz ni el bien común, (o más bien “las paces” y “los bienes comunes” como podríamos llamarlos para salir de la abstracción y entrar en lo concreto); esos presupuestos son la interdependencia y la dignidad humana; ambos explicados frecuentemente por el Papa Francisco en sus discursos con palabras sencillas: “todo está conectado” nos dijo en LS (16) para proponernos un replanteamiento global del modo en el que estamos viviendo y que “Cristo nos amó, dio su vida por nosotros, por cada uno de nosotros, para afirmar nuestro rostro único e irrepetible”, nos lo dijo en el XL Encuentro de Amistad entre los pueblos, 2019.

Muchas veces, cuando invitamos a participar en la pastoral social (o a que toda formación y agrupación cristianas tengan una dimensión social), cuando animamos a los políticos a dar testimonio, a la ciudadanos a comprometerse o cuando recordamos a los laicos la importancia de que su santidad “se exprese en la inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (ChL 17) citamos el concepto de bien común.

Lo que muchos tenemos en la memoria es que el bien común es “el conjunto de condiciones de la vida social que hace posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS 26). Se refiere a todas esas cosas que nos ayudan a ser cada vez más nosotros mismos en lo personal, pero también comunitariamente. El mismo número del Vaticano II lo concretiza: se trata del “alimento, vestido, vivienda, libre elección de estado, fundar una familia, educación, trabajo, buena fama, respeto, información, a obrar de acuerdo a la norma recta de la propia conciencia, a la protección de la vida y a la justa libertad”; todos son al mismo tiempo elementos básicos o condiciones para que haya una paz verdadera.

En ese sentido lo primero que hay que decir es que la paz es multidimensional; se trata de muchas cosas en conjunto, de un ideal hacia el cual caminar a través de muchos caminos. En la teoría de Johan Galtung se plantean cuatro necesidades básicas que serían como las avenidas para llegar a la paz: supervivencia, bienestar, identidad y libertad (la suma de estos cuatro elementos definiría la paz). Cada una tiene su contrario: mortalidad, sufrimiento, alienación y represión.

Estas negaciones de la paz (y del bien común), se hacen presentes en las sociedades por medio de tres tipos de violencia (que se pueden constatar en nuestro querida ciudad): la violencia directa, como golpear a una mujer o disparar a niños, quizá nos venga a la memoria el nombre de Abril Pérez o los episodios de hace meses en Escobedo o Zuazua; la violencia estructural, como cuando a una madre no le dan razón de su hijo detenido y desaparecido (hubo 2,919 personas desaparecidas en NL entre 2016-2018, según desaparecidos-nl.mx); o como cuando mucha gente trabajadora, como los taxistas o las trabajadoras del hogar no tienen acceso a la seguridad social; y la violencia cultural, esa que se muestra cuando se insulta a las mujeres cuando alguien maneja mal (y te serena al ver que es un hombre), la misma que te mueve a agradecer al cielo por haber tenido un hijo varón “porque sufren menos”, o autoriza a negar un trabajo por la presencia de una discapacidad o un puesto por el sexo. Todas estas violencias, cuando presentes, golpean al ser humano y provocan una degradación de la calidad de vida para todos. Una vez identificadas deben ser combatidas.

En el corazón de la construcción de paz, de la búsqueda del bien común, radica la mirada fraterna de considerar al otro parte de mí, de la compasión que me permite sentir/experimentar con el otro, de la conciencia de que cada grito de sufrimiento va dirigido a todos los oídos y si no se escucha, si retiramos la mirada del dolor de las víctimas, afirmamos tácitamente que nos gusta el mundo en el que vivimos o damos un voto de desconfianza contra el hombre mismo.

La paz no es ausencia de guerra (GS 78) o violencias, se trata también de actuar propositivamente en la construcción y promoción de todo lo que nos ayude a ser mejores personas, a relacionarnos mejor con los demás, a cuidar de la tierra y de los pobres, a buscar y hallar la voluntad de Dios en nuestra trinchera personal.

La paz es la realización del bien común en lo concreto de nuestro entorno. “Es como una casa con muchas estancias en la que todos estamos llamados a habitar”, es una casa común “que no soporta muros que separen y enfrenten a los que viven allí”. Hay un futuro bueno para todos, “por eso es necesario rezar siempre y dialogar en la perspectiva de la paz ¡los frutos vendrán! No tengamos miedo porque el Señor escucha la oración de su pueblo” (Francisco, Encuentro de Oración por la Paz 2019). ¡Feliz Jornada Mundial de la Paz 2020! (1 Enero).

Pbro. Rodolfo A García Martínez

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Toda persona tiene diversas necesidades humanas y espirituales: sentirse amado, saberse valioso, sentido de pertenencia, reconocimiento de su identidad única y auténtica, entre otras, cuando estas necesidades no están resueltas, se busca llenarlas de una u otra manera. Si a esto le sumamos las heridas que hay en nuestra historia; afectivas, familiares, personales, nuestro corazón buscará con inquietud llenar esos vacíos.

Al no ser conscientes de nosotros mismos, es decir de nuestras necesidades, heridas, historia, procesos, no alcanzamos a ver con claridad nuestra manera de vivir y vamos respondiendo de manera compulsiva, inconsciente a nuestro presente. 

Una de las maneras de suplir las carencias es con un estilo de vida consumista, complicado y egocentrista. Un estilo de vida cegado por el orgullo, con disputas constantes y contiendas fruto de las envidias, discordias y gran prioridad por lo económico.

Una persona que le da más importancia a las cosas que a las personas refleja un gran vació en su corazón, un alma enferma. Muchas veces esta persona piensa que por vestir mejor, por tener una manera correcta de hablar, por tener el mejor carro o la más reciente tecnología es una “mejor persona”.

A veces estas carencias humanas, afectivas y espirituales no se buscan satisfacer en las cosas materiales, sino en las actitudes concretas, llenas de orgullo y soberbia; como tener siempre la razón, no pedir disculpas cuando se comete un error, haciéndose inalcanzable e inaccesible a los demás, incluso adoptando falsas actitudes de víctima y sufrimiento.

El mejor remedio contra estos estilos de vida es tener una vida sencilla y sobria.

La sencillez y sobriedad no son una respuesta externa contra estas actitudes negativas, por el contrario, son una respuesta interior, que solo si son vividas con autenticidad y con profunda convicción, crean una nueva manera de vivir, valorando lo que realmente es importante y produciendo una nueva manera de relacionarnos con los demás y con las cosas y el mundo.

Sencillo es aquel que no se complica la vida, valora lo que realmente es valioso y sabe a qué cosas no darle importancia. Recientemente, un amigo me platicaba que en la toma de posesión de un nuevo párroco, se equivocó al leer la monición, porque estaba mal escrita y venía el nombre del sacerdote equivocado, sin embargo, al momento, después de un breve silencio alcanzó a rectificar y decir el nombre correcto. Al finalizar la celebración se acercó al nuevo párroco para pedirle disculpas por haber dicho mal su nombre y el padre simplemente le dijo: “¿De qué te preocupas? Tú simplemente leíste lo que ahí decía”. No hubo mayor problema, ¿por qué habría de haber un enojo?

El sencillo valora más a las personas que a las cosas, valora más al ser humano que a sus situaciones, no busca ni crea problemas donde no los hay, y donde hay un problema real, actúa con calma y poniendo a las personas en primer lugar.

La persona sobria no busca adornos superfluos, es decir, modera sus gustos y evita los caprichos, busca en todo momento darle su justo valor a las cosas, las situaciones y las personas. Nunca buscará lo más caro o lujoso, sino lo más conveniente. Sabe poner límites.

Pidámosle a Dios nos ayude a sanar aquello que no hemos podido y a tener un corazón sobrio y sencillo.

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“En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad, en todo caridad”,

San Agustín

Hoy en día es muy difícil compartir la fe católica sin que se tache a quien exprese una idea o pensamiento de retrógrada, doble moral, intolerante, etc. Es normal que entre más conocemos nuestra fe, nazca un deseo de defenderla y compartirla, pero la pregunta clave ante esta situación social que vivimos es, ¿cuál es la mejor manera de compartir nuestros valores cristianos?

Sucede una situación muy particular: entre más queremos defender nuestra fe, más se nos ataca y menos sucede lo que deseamos. A este fenómeno se le llama efecto boomerang. Por citar algún ejemplo del efecto boomerang en otros campos; investigadores han encontrado en campañas contra el tabaco, el alcohol y el abuso de drogas (Crano & Burgoon, 2002 y en 2003, Grandpre, Alvaro, Burgoon, Miller y Hall) descubrieron que los jóvenes expuestos a mensajes antitabaco tenían más probabilidad de acabar fumando. En este caso, además, los mensajes que explícitamente invitaban a no fumar eran los más contraproducentes.


Esto no quiere decir que dejemos de predicar, anunciar y defender nuestra fe; siempre son bienvenidos los foros, congresos y diversos espacios en escuelas, universidades, parroquias; pero para que haya un entendimiento es muy importante la disposición.

Citando al Papa Benedicto XVI en su mensaje a 23 obispos de la Conferencia Episcopal de la India en visita Adlimina, nos convoca a testimoniar nuestra fe: “La Verdad salvífica ha de ser el fundamento de todas las actividades de la Iglesia, de modo que los miembros de la Iglesia den testimonio del amor de Dios por toda la humanidad cuando entran en contacto con el mundo, proporcionando un sólido testimonio cristiano en amistad, respeto y amor, esforzándose por no condenar al mundo, sino por ofrecerle el regalo de la salvación”, mediante su palabra y su ejemplo. 

No podemos dedicarnos a condenar todo lo que está mal; sino a entrar en contacto con los que no creen igual que nosotros con amistad, respeto y amor. No pocas veces hemos visto al Papa Francisco entrando en diálogo fraterno con aquellos que no comparten nuestros valores y nuestra fe.
El mismo Papa Francisco nos invita a defender nuestros valores, con el testimonio y la alegría: “Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral”. “Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”. Evangelii Gaudium #11.

El domingo 14º del Tiempo Ordinario, el Arzobispo de Monterrey, en su homilía en la Misa de inicio de Ministerio pastoral del Padre Héctor Mario resaltó la importancia de evangelizar con un tema primordial para toda la sociedad:
“No podemos quedarnos en silencio, no podemos aquietarnos, hay que ponernos en camino y ¿cúal es el mensaje donde quiera que estemos?, en la familia, en el trabajo, donde quiera que estemos, es el mensaje de la paz un mensaje universal, Jesús no envió a sus apóstoles a explicar los diez mandamientos, les mando anunciar la paz, como ese viento universal, querido y necesitado por todos”. Pero también en esta página del Evangelio viene el respeto a la libertad de los demás, tú debes de llevar el Evangelio, anunciar la paz, pero cada persona toma la decisión, si quiere o no, si acepta o no a Jesús”.

Finalmente, antes de concluir, quisiera compartirte 10 puntos a considerar en nuestra actitud personal, evangelizadora y pastoral para defender y compartir nuestra fe:

1. No dejarnos de llenar de Dios.
2. Conocer nuestra fe.
3. Orar.
4. Tener cuidado con el legatismo.
5. Vivir la misericordia.
6. Ser Iglesia de puertas abiertas.
7.- Buscar la creatividad para el bien.
8.- Crecer en la empatía y el diálogo.
9.- Vivir la alegría y la fe en lo cotidiano.
10.- Vivir personalmente la paz cada día.

Pidamos a Dios que siempre ilumine nuestra conciencia y dé fortaleza y alegría a nuestra vida, para ser testigos del amor de Cristo y recordemos siempre que señala el Santo Padre: “el testimonio provoca curiosidad en el corazón del otro y aquella curiosidad el Espíritu Santo la toma y trabaja a partir de dentro”.

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez

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Se acerca el 16 de julio, día en que la Iglesia celebra a nuestra Madre Santísima bajo su advocación del Carmen, buen momento para conocer más sobre el origen de esta advocación.

Así como se le llama a nuestra Señora de Lourdes porque se apareció en ese lugar, así nuestra Señora del Carmen lleva este nombre porque fue en el Monte Carmelo donde nació su culto.

Todo empezó allí cuando el profeta Elías, después de haber eliminado a los falsos profetas, hace oración para que vuelva a llover. En la nubecilla que subía en el horizonte, tuvo conocimiento de la futura Madre del Mesías y los privilegios con los cuales estaría adornada, en especial, su Inmaculada Concepción. El relato de la visión de la nubecilla que Elías hiciera a sus discípulos se transmitió de generación en generación entre los habitantes del Monte Carmelo.

Por eso, parte muy principal de la herencia que dejó este gran profeta a los carmelitas, y por la cual también se le considera su fundador, fue el culto ferviente y constante a la Inmaculada Madre de Dios.

Muy lejos de apagarse en la montaña santa del Carmelo el eco de las primeras alabanzas a la Virgen de la nubecilla, su culto fue creciendo con el correr de los tiempos: primero, entre estos santos ermitaños y luego por toda la cristiandad.

Más tarde se convierte como un torrente en crecida con la entrega del Santo Escapulario a san Simón Stock en 1251, quien fuera general de la Orden, a quien Nuestra Madre le reveló la gran promesa de la preservación del infierno a quien lo lleve a la hora de la muerte dignamente; y luego con los muchos milagros que comenzó a obrar el Señor por medio de este sagrado vestido traído del cielo.

Así, el río del culto a la Virgen del Carmen se trocó en un inmenso mar. Y a ese mar van a desembocar los ríos tributarios de las alabanzas con que se festeja y aclama en nuestros días y en todos los confines del orbe, a la Patrona del Carmelo.

Puede afirmarse, según tradiciones de la Orden, que la Bienaventurada Virgen María fue venerada en el Monte Carmelo, muchos años antes de nacer. Por eso, los carmelitas del mundo entero promueven su devoción, porque es una preciada herencia de sus antepasados este amor a Ella y el agradecimiento por tantas gracias otorgadas a su amada Orden.

¿De dónde viene la palabra escapulario? Del latín scapulae, que siginifica espalda, sobre la que incondicionalmente debe caer una de las dos piezas del santo escapulario.

Y, qué es en sí el santo escapulario? En primer lugar, es un sacramental. Así como el agua bendita y las medallas. Es, por tanto, un objeto de piedad instituido para nuestro provecho espiritual.

El escapulario es el distintivo honrosísimo de los carmelitas. Es la señal bendita de los hijos predilectos de la gran Madre de Dios del Carmelo. Es una insignia sagrada e inquebrantable escudo que nos protege, es canal misterioso por donde nos vienen del cielo gracias sin cuento. Es cable espiritual que lleva a la Virgen del Carmen nuestras súplicas y trae las bendiciones de Dios a nuestras almas. Maravillosa salvaguardia que aminora el sufrir de las almas del purgatorio.

Y para decirlo con las mismas palabras de nuestra Señora del Carmen, cuando entregó el santo escapulario a san Simón Stock: “Es el signo de su confraternidad, el privilegio de los carmelitas, la señal de salvación, defensa en los peligros, alianza de paz y de pacto sempiterno con Ella”.

El santo escapulario nos convida al Cielo: a dirigir nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestro corazón y nuestra alma hacia las cosas del Cielo. Porque como vino del Cielo, tiende a tornar al Cielo.

El uso del santo escapulario fomenta la virtud, porque mueve a la práctica de las virtudes, porque la finalidad y premio de la devoción al escapulario es la imitación de la Santísima Virgen. Si el escapulario es el signo externo de su confraternidad, no por otro medio que no sea la imitación debe procurar la semejanza que la fraternidad exige.

Esto aclara la duda que alguien pudiera tener de pensar, que el santo escapulario sea como una especie de talismán y que se pudiera llevar puesto llevando una vida alejada de Dios, y de todos modos se cumplirían todas las promesas hechas por la Reina del Carmelo, lo cual está muy lejos de ser cierto.

Que nuestra Señora del Carmen nos cubra a todos con su santo escapulario y que nos ayude para que la semilla de la gracia crezca y rinda copiosos frutos de  bendición y santidad en todos nuestros corazones.

Gracias, Madre Santísima del Carmen, por habernos dado un signo de tu protección en tu Santo Escapulario.

Una carmelita descalza

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Los aficionados del futbol, como yo, a veces solemos separar futbol de la Iglesia porque no sabemos cómo lo aprendido en la religión aplicarlo dentro de un partido de futbol. A pesar de que vemos que algunos jugadores se encomiendan a Dios antes de un partido, como Javier “Chicharito” Hernández y Jorge Torres Nilo, debemos hacernos la pregunta: ¿En realidad se cumplen los valores cristianos dentro del mundo del futbol?

Los valores cristianos son aquellos que Dios ha querido enseñarnos. En este artículo hablaré de cómo se pueden cumplir estos valores en el mundo del futbol, ya sea como aficionado, jugador, entrenador, directivo, etc.

Uno de los valores cristianos más importantes para vivir en paz con el prójimo es la humildad. Este valor nos lo enseña Dios con la Familia Sagrada, es el claro ejemplo de una familia humilde. En el futbol se suele corromper este valor, por ejemplo, en las ruedas de prensa existen declaraciones fuertes de parte de jugadores o cuerpo técnico, las cuales solo demuestran la falta de humildad, sin embargo, no generalizo, pues existe gente que sabe comportarse a la altura y hablar humildemente.

Este contraste se suscitó en el futbol regiomontano días antes de la tan esperada Final Regia. En una rueda de prensa con los técnicos de ambos equipos, José Antonio Mohamed, director técnico de Rayados, comentó que su equipo estaba por las nubes, justificado por la gran temporada que habían realizado hasta ese momento. En cambio, Ricardo Ferretti, director técnico de Tigres, respondió: “Nosotros preferimos estar con los pies bien puestos sobre la tierra y hacer bien nuestro trabajo”. Creo que es más que claro quién puso como ejemplo la humildad haciéndose ver igual a los demás, no envidiando ni presumiendo nada y dedicándose a su trabajo.

Otro valor muy importante es la fraternidad. Este valor debe verse reflejado en los jugadores no solo con los miembros de su equipo sino con los miembros de los equipos contrarios, pues todos ellos son compañeros de profesión. Deben crear un lazo entre ellos y que lo que suceda en un partido no se vuelva personal. Esto también aplica para nosotros como aficionados, pues la falta de este valor se ve reflejado en la violencia que suele existir en los estadios. Esto se debe terminar, pues debemos respetar la decisión de los demás aficionados de apoyar a otro equipo, ya que Dios nos regaló la capacidad de elegir nuestros propios gustos.

Dentro de la fraternidad existe lo que se llama la caridad fraternal, esto es muy importante pues, como sabemos, en el futbol se mueve una gran cantidad de dinero y muchas veces se realizan tratos para beneficio propio de los dueños de estos mismos equipos. Entonces, es importante tener este valor puesto a que con esa gran cantidad de dinero se pueden realizar muchos programas de caridad. Esto es algo que se realiza seguido en el futbol mexicano, sin embargo, podría mejorar un poco más.

Así como estos valores mencionados, existen muchos más los cuales pueden aplicarse en el mundo del futbol. Practiquemos los valores cristianos nosotros como aficionados para disfrutar al máximo este gran deporte y esperemos que los jugadores y cuerpo técnico lo hagan igual para que poco a poco vaya despareciendo esta soberbia, violencia y enemistad que existe aún en el futbol.

Alberto Quintanilla

Integrante del Movimiento DEJ San Juan Bautista Cadereyta Jiménez, N. L.

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Desde el 31 de mayo del 2017, cuando mi esposa Emilia me dio la gran noticia de que seríamos padres, y más aún cuando nació Mariajosé el 20 de enero de 2018, mi vida cambió 360 grados entrando a una montaña rusa de nuevas emociones, experiencias y sensaciones que nunca me habría imaginado vivir, todas ellas muy hermosas.

Siempre mis padres me dijeron: “Espérate a que tengas a tus hijos” y hoy empiezo a entender lo que esa frase significa… amor. Hoy les quiero contar mi experiencia de fe y vida de lo que este acontecimiento ha traído a mi vida.

Me ha llamado la atención la vida de San José, el “santo del silencio”, quien tuvo la enorme responsabilidad de criar al hijo de Dios, enseñándole con obras, fe y amor. Es cierto que al inicio tuvo miedo, sin embargo, Dios le dio la fortaleza necesaria para sacar adelante a su familia, María y Jesús.

Hoy que, gracias a Dios, disfrutamos del don de la vida de nuestra hija y a mí se me ha otorgado esta gran bendición y responsabilidad de ser papá, reflexiono acerca del rol de san José en la formación de Jesús. Al igual que San José, también experimenté una sensación de incertidumbre y nerviosismo, pero también de gozo y emoción.

Conforme fueron pasando los meses, sentí cómo la presencia de Dios se manifestaba en mi vida y me daba la confianza y tranquilidad necesaria para poder cuidar y acompañar a mi esposa. Le pedía a Dios primeramente por la salud y desarrollo de la niña y posteriormente por nosotros como padres, para que nos ayudara a formar un hogar con mucho amor y que pudiéramos ser unos buenos padres para ella.

Ya con sus primeros cuatro meses de vida, Mariajosé me ha enseñado mucho más a mí que yo a ella. Entre otras cosas, quisiera resaltar tres: el amor, todo gira en torno a él. Después del amor viene la responsabilidad, en la que mis esfuerzos se enfocan en que no le falte nada a ella, que no le falte mi cariño, mi tiempo, mi amor, mi disposición por querer verla crecer y disfrutar cada etapa de su vida. Y finalmente la fe, que depositamos en Dios para que nos asista en cada momento y podamos transmitirla con nuestra vida a Mariajosé.

Todos los días han sido diferentes, crece rápido, aprende cosas nuevas, tiene más fuerza, descubre el mundo, ya nos identifica a su papá y mamá. Todos los días nos enamoramos de ella y disfrutamos cada momento que pasamos juntos. Nos interesa mucho que crezca en un entorno de amor y felicidad y constantemente le decimos que la amamos y se lo demostramos.

Pienso en mi vida y en lo feliz que soy, porque tengo la dicha de contar con mi papá, quien con su ejemplo me ha enseñado a ser un hombre con valores y en trabajar para que no falte lo necesario en casa.

Le doy gracias a Dios por darme este maravilloso regalo y darnos la oportunidad de ser co-creadores de vida y le pido que me permita ser un papá como san José, quien sepa amar y cuidar a mi hija, pero que también me ayude a educarla y prepararla con fe ante las adversidades que en la sociedad y en el mundo actual se presentan.

 

                    Daniel Castillo

Mesa Directiva de Proyección Cultural, A. C .

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“Les digo que entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan”

Lc 7,28

El nacimiento de san Juan Bautista marca el punto divisorio entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, así lo dijo Jesús: “La ley y los profetas llegaron hasta Juan”. A él se le ponen muchos títulos en la tradición cristiana: es el precursor (“Él es el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”), el bautizador, el primo de Jesús, el último de los profetas, sin embargo, el testimonio del Evangelio nos habla de un Juan muy sencillo que comía miel silvestre y saltamontes.

Nos muestra un Juan que se sabe indigno de bautizar a Jesús y él mismo le dice: “Soy yo quien necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?”, sin embargo, ante la respuesta de Jesús, accede a hacerlo y es precisamente esta acción la que le da sentido a su misión. A partir de entonces es Juan el Bautista, sin embargo, además de su predicación en torno al que había de venir, Juan cumple con una labor profética alterna, que es la que le lleva al martirio.

Juan era partidario de denunciar lo que él veía como injusto; su denuncia más célebre y la causante de su muerte fue “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano” Mc 6,18, le dijo al Herodes, quien había tomado para sí a la mujer de su hermano Herodías, cometiendo adulterio, por haber denunciado eso es condenado a morir decapitado.

Del testimonio de Juan se pueden tomar muchos ejemplos de vida, pero en esta ocasión, en relación a la situación actual de nuestro país y del mundo, es necesario que hablemos de la centralidad cristológica del ministerio de Juan, así como la integridad y coherencia en su ministerio profético.

En un mundo donde el individualismo y la vanidad son el pan de cada día, donde el termómetro para medir el estado de realización es la vanagloria y el número de likes que se obtienen en las redes sociales, Juan nos da ejemplo de sencillez; él sabe y dice que no es importante, al menos no en la misma medida que Jesús, sin embargo, asume su misión y la lleva a cabo de la mejor manera, nos enseña que lo más importante no es el éxito del mundo, sino hacer la voluntad de Dios aunque no luzca ni nos alaben por ello.

Sobre la coherencia de Juan, la cual lo lleva al martirio, al compararla con la realidad, nos damos cuenta con qué facilidad hoy en día disentimos de muchas cuestiones de fe. Él entendió que la fe en Dios no se divide y eso le costó la vida.

Nosotros, cada vez que estemos tentados a decir: soy católico, pero… apoyo el aborto; soy católico, pero… no me confieso; soy católico, pero… no creo en el infierno; y así con muchas cuestiones de nuestra Iglesia, tomemos el ejemplo de Juan y dejemos de dividir el depósito de la fe que como Iglesia nos ha sido confiado, que esto nos ayude a decir a quien sea necesario: no te es lícito y además que dejemos de practicar lo que no nos es lícito.

Que el testimonio de Juan nos ayude a ser humiles, coherentes y sobre a todo a no tener miedo de que el mundo nos condene, que recordemos que la única aprobación que nos es necesaria es la de Dios.

José Antonio Ortiz Coss

Diácono transitorio Diócesis de Saltillo


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