La voz del pastor

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Oremos mucho, oremos confiadamente. Oremos unos por otros. Si la epidemia nos arranca lágrimas, serán transformadas en esperanza. Mantengámonos firmes, levantemos la cara, el corazón y, llenos de fe, abracemos al Señor Crucificado. Ama mucho al pueblo de Dios, estamos ayunando juntos, preparando la Pascua del Señor. Ayuda a tu comunidad a tomar conciencia, a cuidarnos unos a otros y a velar por los vulnerables, estando al pendiente de otras decisiones y comunicaciones.

 

En estos momentos nuestra oración debe elevarse, en primer lugar, por las personas que han sido afectadas por el virus y la enfermedad, así como por todas aquellas personas dedicadas al área de la salud: desde la más humilde, porque le corresponde mantener limpio y ordenado el lugar, hasta la más especializada, porque ha estudiado más a fondo el fenómeno, ya que ambas ponen en juego su propia salud y la de los suyos por el bien de toda la sociedad. Pidamos por los voluntarios que se ofrecen a realizar lo que pueden: quien auxilia a los mayores a hacer compras, quien está dispuesto a escuchar a los que sufren la soledad o encierro, quien realiza cualquier obra buena por los demás. También, nuestra oración debe elevarse por las autoridades de todos los niveles, para que puedan tomar las mejores decisiones, y por todos los que formamos la sociedad, para que sepamos ser prudentes en estos momentos sin caer en pánico.

 

Bajo la protección de la Virgen Santísima del Roble y el padre Jardón.

 

Este, además, es un buen tiempo para recordar la fe y entrega de los sacerdotes que nos precedieron. Como nosotros, el padre Jardón tuvo que vivir lejos de su pueblo, pues dos veces fue desterrado del país durante la persecución religiosa, pero nunca dejó de estar cercano a él en la oración y la fe, sigamos su ejemplo. Ojalá que el día de mañana, cuando seamos llevados a la presencia del Señor, puedan las generaciones futuras, quienes saldrán victoriosos de esta pandemia, decir de nosotros lo que decimos del padre Jardón: “Su corazón había sido un volcán de amor al Señor y a sus semejantes, particularmente los pobres… Sus labios habían sido manantiales de sabiduría y de paz, que habían cantado fervorosamente las alabanzas de Dios y habían elevado las almas a Dios como el más rico incienso. Su vida ejemplar rendía la jornada santamente, había sentido el sello del dolor y de la Cruz… Siendo según el mundo, pobre, ignorante y pequeño, tuvo una influencia relevante en nuestra comunidad. Monterrey recibió su ejemplo, una vida llena de caridad, humildad y espíritu de servicio para bien de su Santa Iglesia”.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Mons. Rogelio Cabrera López

El dolor de la lejanía física y la alegría del acompañamiento espiritual

Es un gran dolor, para sacerdotes y pueblo, no poder celebrar la Eucaristía juntos, ni reunirnos para celebrar los sacramentos y compartir el caminar de la vida, como solíamos hacerlo y deseamos hacerlo. Pero es uno de esos ayunos que purifican e invitan a la renovación de la fe en Cristo y en la Iglesia. En nuestros templos no está la presencia física del pueblo, aunque está la presencia virtual por las redes digitales que manifiesta su fe viva, y el deseo de cercanía con el pastor y la comunión de los santos. Por lo pronto, el templo está vacío, pero está realmente ejerciéndose la unión espiritual del Pueblo con Cristo, adorando a su Creador en el Espíritu Santo y en Verdad. No pudimos vivir la Semana Santa como la planeábamos, así que, por amor a Dios y a tu comunidad, no congregues personas en las celebraciones litúrgicas. No las convoques a cosas innecesarias, no las expongas, todo es para evitar contagios y salvar vidas.

Fue Cristo quien nos enseñó a amar a estas personas a las que ahora tenemos que cuidar con atención. Celebramos el Misterio Pascual en las fechas que son debidas, pero al mismo tiempo, en nuestro corazón, preparemos una Gran Celebración Pascual con todo el pueblo reunido, para que, cuando pase toda esta emergencia y podamos salir con toda libertad, alegría y amor, pidamos a Dios consuelo y fortaleza por todo lo que sucedió, agradeciéndole el fin de la calamidad y así proponer un nuevo futuro del mundo, la sociedad y de la Iglesia. Ya llegará el momento de reunirnos de nuevo con el Maestro para que nos enseñe las Escrituras y nos comparta el pan, como sucedió a los discípulos de Emaús en la resurrección de Cristo.

La caridad como manifestación de nuestra fe y preparación a la Pascua Florida.

Como ya se ha comentado, esta emergencia sanitaria está provocando una gran crisis económica y ha conmovido estructuras sociales, institucionales e individuales, dejando a muchas personas en incertidumbre y provocando en otras desorientación, desánimo, ansiedad, miedo y angustia. Cuidemos mucho la estructura de nuestra vida personal y nutramos nuestro cuerpo, mente y espíritu con el alimento adecuado: dieta balanceada, ejercicio físico, lecturas motivantes e información veraz; diálogo fraternal, servicio y amor a los demás; ayuda mutua, creatividad pastoral, lectura y meditación de la Palabra de Dios, oración confiada, obras de misericordia… En fin, todo lo que es la vida cristiana de un discípulo sacerdote, sólido en la fe, esperanza y caridad. Necesitamos estar fuertes para esta parte del camino de la vida que apenas empieza y requerirá de nosotros lo mejor. Estemos atentos, unos de otros para servir las necesidades que experimentemos. Este es el modo de lavar hoy los pies a los hermanos en medio de las dificultades que enfrentamos.

En la medida de nuestras posibilidades reales, tanto personales como institucionales, seamos generosos, comenzando por nuestra familia sacramental, extendiéndolo a la familia espiritual y de sangre. Confiemos en la Providencia Divina y desde nuestra pobreza y necesidad, aprendamos a compartir.

En cuanto a las necesidades económicas de nuestras parroquias e instituciones, dejemos que sean los fieles quienes tomen la iniciativa. Tú confía mucho en el Señor, saldremos adelante juntos, no sin la austeridad y sobriedad necesarias.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Arzobispo de Monterrey

Llamado a la fe y vivencia de la propia vocación en las circunstancias actuales

La emergencia sanitaria mundial que estamos viviendo es histórica y la humanidad actual tiene que aceptar y responder a este desafío. Dentro de esta barca única de la humanidad, estamos nosotros, discípulos de Cristo, sus humildes servidores y sacerdotes del Señor. Él está en la misma barca, tal como el Santo Padre, el Papa Francisco, nos hacía reflexionar en la Bendición Urbi et Orbi. Jesús duerme, hasta que le gritaron preguntándole: “¿no te importa que perezcamos?”. De la reflexión del Papa podemos inferir: ¡claro que le importamos! Dios Padre no envía la tempestad, es parte de la vida en el mundo, y Jesús, Hijo de Dios, por su amor misericordioso, es el Primer interesado en atender las dificultades humanas. 

Pero, dormido en la barca, el Señor esperaba la respuesta de humildad de aquellos experimentados pescadores, quienes conocían el lago. No era una tormenta del mar Mediterráneo, fiera e implacable, sino del mismo lago de Galilea, el lago de siempre, tan navegado por ellos, del que pensaban que tenían bien conocido y dominado. Jesús esperaba la humildad de los pescadores pidiendo su ayuda y, al despertar, no negó la tormenta ni minimizó la reacción de los discípulos, sino que se enfocó en el interior de ellos y en su corazón, descubriéndoles lo que sucedía: su fe era muy débil.

Hemos sido llamados por Cristo a atender a su pueblo. Cada uno ha recibido el don del sacerdocio para ejercerlo en su nombre y en comunión con toda la Iglesia. También cada uno de nosotros ha recibido dones personales para responder, según la propia capacidad, a las circunstancias de las propias responsabilidades.

Las nuevas situaciones que vivimos, aunque sean temporales, nos exigen nuevas formas de vivir nuestro ministerio que puedan responder a ellas, siendo así, buenos pastores para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, la base de nuestra vida como pastores es la misma: la fe en Cristo Jesús y la respuesta que hemos dado a su llamado.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Mons. Rogelio Cabrera López

La etapa histórica que vivimos despierta en el interior muchas inquietudes, tantas que a veces ya no alcanzamos a ser conscientes de nuestras necesidades y respondemos de manera compulsiva a propuestas diversas. En esta dinámica tecno-consumista, reinante en nuestro tiempo, se diseñan estrategias para estimular las áreas inconscientes de nuestro cerebro, el cual responde con una señal de deseo, llevándonos a reacciones semi-inconscientes, como en un estado hipnótico, digamos por ejemplo, para comprar un producto. El Papa Francisco nos invita a reflexionar lo que Romano Guardini pensaba a mitad del siglo XX: “… el ser humano ‘acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado’” (LS 203). Estamos ante la estrategia y dinámica consumista y sentimos que nuestra ansiedad es lo racional y correcto.

La ansiedad que vivimos solo se satisface consumiendo, de tal manera que al poco tiempo nos descubrimos rodeados de falsas necesidades, productos materiales, ideologías, maneras de hablar, de vestir, megaproyectos y proyectos con los que buscamos imitar estilos o apariencias que nos son propias. Mentes obtusas llenas de rencores, propuestas individualistas sin comunidad; espíritus ansiosos llenos de mundanidad y ebrios de materia y de sí mismos, sin trascendencia y alejados del Dios de la vida. El camino de la mundanidad es uno de los grandes riesgos en nuestro camino ministerial.

En la encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco hace una invitación a un cambio de vida a todos los que habitamos esta casa común, actualizando el llamado a la santidad en nuestros tiempos, con una fuerte carga espiritual. Según el camino de la enseñanza evangélica, el vino nuevo, necesita odres nuevos (cfr. Mt 9, 14-17), así como una nueva manera de vivir, necesita una nueva educación y nuevos aprendizajes. Preguntémonos: ¿Cuáles son los nuevos aprendizajes necesarios para vivir una vida profético-contemplativa? Les propongo, como un camino a la santidad, reflexionar y meditar Laudato Si’, así como orar de su mano, por el mensaje de santidad tan actual que contiene. Especial atención merece el sexto capítulo llamado Educación y Espiritualidad Ecológica. Subrayaré enseguida algunos puntos que me parecen importantes sobre ella y así plantearnos un primer compromiso sacerdotal.

En primer lugar, la vida profético- contemplativa tiene cuatro características: libertad, austeridad, sobriedad y gozo. Estas nos liberan de la dinámica de consumo, de ansiedades, estrés y falsas necesidades, permitiéndonos distinguir el justo valor de las cosas, reconociendo el valor de las personas en el centro y la distinción entre lo necesario y lo superfluo para una vida digna en camino de santidad. Facilita además que tengamos el equilibrio personal necesario, la salud mental y espiritual y la libertad de los hijos de Dios, para desarrollar los dones recibidos en justicia, solidaridad, subsidiariedad, reconciliación y

misericordia, cultivando el gozo y la paz como frutos del Espíritu Santo.

En segundo lugar, el cambio de época que estamos viviendo, exige de nosotros, como respuesta, el reconocimiento de los desvíos, el arrepentimiento personal y comunitario y el compromiso firme y decidido por la santidad de vida que el Espíritu Santo ha inspirado en todas las ocasiones en que los cristianos han sufrido las consecuencias del alejamiento de los caminos divinos y en épocas de persecución.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

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Mons. Rogelio Cabrera López

En el ser humano, la vida no solo es un llamado a la existencia, pues en su corazón subsiste la inquietud de una vida plena. Desde la antigüedad, la humanidad se ha propuesto llenar su vida y su corazón de formas diversas, siendo así que muchos aún experimentan que no basta una buena salud y gozar de bienestar.

Ese anhelo ha sido catalogado de melancolía, por desear un estado de vida anterior o de resentimiento, por quererlo alcanzar sin poder hacerlo. Al estado de plenitud que motiva a muchos seres humanos le llamamos felicidad, un concepto tomado de la misma vida humana y que se manifiesta cuando la persona experimenta momentos en que se une a una meta de bien propuesta desde la razón y la voluntad, y en los que todos los elementos de la existencia, en medio de su complejidad, tienen cierto orden y equilibrio respecto a uno mismo y a los demás, revelándole así su identidad y el sentido más profundo en su vida.

El deseo de la persona consiste en vivir siempre así, en esa altura de vida, pero es consciente que esos momentos no llegan solos ni por casualidad ya que es necesario el esfuerzo biopsicosocial, las virtudes fundamentales de la prudencia, templanza, fortaleza y justicia, la vivencia de las virtudes propias del estado de vida de cada uno y el ejercicio de las virtudes sociales necesarias para la búsqueda del bien común.

De esta manera, la felicidad es un bien arduo, que requiere gran libertad y dedicación”.

Debido a la multiplicidad de formas de pensar y de querer, los seres humanos batallamos para encontrar claridad en la comprensión y búsqueda de ese estado de felicidad. En ocasiones la confundimos con el gusto propio, con las ideas, con las habilidades, con los resultados obtenidos, con los intereses individuales y colectivos, con prácticas y ritualismos, con órdenes fantásticos, con desarrollo externo, con la posesión de la ciencia, con la manipulación colectiva, con el poder y el dominio, con las riquezas materiales y con un largo etcétera.

La Iglesia reconoce el valor de las preguntas del ser humano acerca de su origen, identidad, destino y sentido de la propia vida y de la humanidad entera en cada etapa de la historia. Los seres humanos de hoy reclaman su derecho a ser felices e intuyen que el camino es el libre desarrollo de su personalidad. La felicidad se piensa hoy por los conceptos de libertad, derecho, desarrollo y personalidad: ¿será este el camino hacia la plenitud humana?

Esta pregunta surge también en nosotros, hermanos sacerdotes. El corazón sacerdotal también entra en crisis y pregunta por el destino y el sentido. Pedro también se lo expresó al Señor: “Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc 10, 28). ¿Cuál habrá sido su inquietud? Creo que este pasaje del Evangelio es provocador para nosotros en nuestro caminar sacerdotal pues nos conduce a preguntarnos si ha valido la pena el desprendimiento y si vale la pena seguir al Señor en un orden de vida tan difícil.

En varias etapas de la historia de la Iglesia, la consagración de la vida a Dios en comunidades religiosas y en el sacerdocio secular, ha entrado en momentos de crisis, cuestionamientos y persecuciones. Debemos reconocer que en el presente vivimos uno de estos momentos. No dudamos que en el corazón de algunos hermanos nuestros pueden surgir desalientos, dudas e incluso hasta sospechas; no faltan acusaciones, fundadas o infundadas, que nos hieren y separan. Hermanos, vivimos momentos en que es necesaria una respuesta muy madura, llena de humanidad y de fe.

Pedro pregunta, como todo ser humano, si será hasta el encuentro con el Resucitado cuando tenga certeza y fortaleza. Nosotros hemos de recorrer el camino del Crucificado para encontrarnos con el Resucitado, experimentando esa misma certeza y fortaleza en la vida. Solo así podremos encontrar la fe y la comunión para cumplir nuestra misión en la tierra alentados por las palabras de Jesús: “…he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32).

Dios nuestro Padre, en su infinita bondad, quiso llamarnos a la vida. Somos seres humanos con toda la complejidad que esto implica y, por la dependencia mutua que tenemos, con una relación necesaria con el resto de la creación, que hemos de amar y custodiar para mantener este don inicial de la vida. Además, anhelamos no solo vivir, queremos una vida plena por un estado de felicidad completo, mismo que solo será posible si contamos con una luz verdadera y cierta que clarifique e ilumine el caminar de toda la humanidad y de cada ser humano en particular.

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“Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Este es, quizá, uno de los versículos más conocidos del Nuevo Testamento y, probablemente, de toda la Sagrada Escritura. Es la primera ocasión que aparece el verbo amar en el Evangelio de San Juan, de aquí su alto valor y significado. El sujeto del amor es el Padre y el objeto de su amor es el mundo, se trata por lo tanto del acto de amor fundamental que explica la obra de la salvación humana. Es el amor lo que está en el fondo de la misión del Hijo unigénito, pues no existe ninguna otra razón o motivación para la donación fundamental que implica su obra redentora. 

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne, para vida del mundo” (Jn 6, 51). Unos capítulos más adelante encontramos que al don fundamental del Padre, el Hijo unigénito responde con el don de su propia existencia. Así va tejiéndose en el Evangelio de San Juan, un eje que revela que el amor mueve a dar, a darse y quien da, lo hace movido por el amor (cfr. 3, 35; 10, 17-18). Esta es la lógica que está detrás de la actitud de Jesús cuando enfrenta la hora de su pascua pues “…los amó hasta el final” (Jn 13, 1) y está dispuesto a darse hasta el final, pues ama hasta el final. Por eso, al término de su existencia no ha reservado nada para sí. Su camino no ha sido el de la apropiación y acumulación egoísta, sino un camino de auto-donación en nombre del amor. 

La lógica de vida del discípulo no puede ser distinta: “cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías” (Jn 21, 18). Como Pedro, todo seguidor de Jesús está llamado a entrar en un camino de desposesión que le reclamará el don de su propia vida: “… con esto le indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios” (Jn 21, 19).

Jesús anuncia a Pedro este camino después de haberlo examinado en el amor, que es el fundamento de una vida entregada como don. Si esto es válido en toda vocación cristiana, lo es más para nosotros que, como sacerdotes, estamos particularmente llamados a hacer vida en nosotros la kénosis de Cristo, como camino de desposesión y no de acumulación (cfr. PO 15) pues el Señor “… se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo… haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 7-9).

“Dicho esto [Jesús a Pedro] añadió: Sígueme” (Jn 21, 19). Estimados hermanos, por medio de esta Carta Pastoral, quiero animarlos a vivir nuestro seguimiento de Cristo desde la lógica fundamental del amor de Dios, que se expresa como donación y desprendimiento, invitándolos a asumir de forma más consciente y decidida nuestra identificación con el vaciamiento de Cristo, mediante una vida más austera y cercana, siendo signo de Jesús, en medio de un mundo regido por la apropiación y el consumo. Estoy convencido que, mediante este testimonio, Dios seguirá suscitando, en las mujeres y los hombres de hoy, el vivo deseo de responder al llamado del Señor.

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No puedo dejar de decir una palabra acerca de la otra opción de la Iglesia latinoamericana: los jóvenes. En realidad, debemos entender: niños, adolescentes y jóvenes. Ellos aún son la mayoría de la población de nuestra sociedad; son sujetos llenos de ideas, valores y fortalezas específicas. Muchos transpiran vitalidad y fortaleza y son capaces de tomar las riendas de no sencillas responsabilidades, cada uno en la etapa de su vida correspondiente.

El Magisterio latinoamericano desde hace años ha venido trabajando la conciencia de la importancia de niños, adolescentes y jóvenes. El documento de Medellín reconocía en ellos a la Iglesia con ímpetu de vida y de renovación; llamó a reconocer su carisma profético y su capacidad para transformar la sociedad; llamó a trabajar con ellos para ayudarles a desarrollar su compromiso temporal desde la fe en Cristo, ayudándolos a asumirla desde sus propios recursos personales y con pobreza de espíritu; lanzó el desafío del diálogo con los jóvenes para escuchar sus inquietudes y responder con humildad en un discernimiento sin ingenuidades, ayudándonos mutuamente a cumplir una tarea evangelizadora pobre, misionera y audazmente pascual.

El documento de Puebla recogió el rostro de los jóvenes desorientados y frustrados en medio del mundo que les ofrece tantas posibilidades de entretenimiento, pero no muchas de profundo desarrollo humano integral. El mismo documento reconoció un rasgo juvenil, retomado por el Papa Francisco en su visita a México: “los pobres y los jóvenes son la riqueza y la esperanza de la Iglesia en América Latina y su evangelización es prioritaria” (DP 1132). Invitó a la Iglesia a reconocer la complejidad de las sociedades actuales y la variedad de contextos existenciales en los que viven las personas, entre ellos los jóvenes, a quienes necesitamos ofrecer opciones pastorales que respondan a estos diversos contextos.

El documento de Aparecida llamó a atender la sensibilidad del joven para responder al llamado de Jesús como discípulos misioneros y la importancia de este llamado para el presente y futuro de la Iglesia. Ellos son “centinelas del mañana”, con un compromiso en la renovación del mundo según los valores del Reino de Dios. Así, Aparecida invitó a renovar la atención a los jóvenes de manera eficaz y realista.

El Papa Francisco ha convocado al Sínodo de los Obispos para reflexionar sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un signo elocuente de su preocupación por esta opción en la Iglesia universal. La pastoral juvenil latinoamericana, tiene años trabajando para promover respuestas pastorales a los jóvenes de nuestro tiempo; para ello ha realizado el Proyecto y Misión Joven. En este se propone un momento de revitalización del corazón pastoral hacia y con los jóvenes: fascinar, escuchar, discernir y convertirse son las etapas de esta revitalización.

Hermanos, es necesario renovar nuestra opción y compromiso por niños, adolescentes y jóvenes; ellos esperan de sus pastores propuestas concretas y acciones eficaces desde la fe en Cristo. Ellos están y dedican sus fuerzas a quienes los escuchan y comprenden, a quienes cultivan sus símbolos y participan con ellos.

Estoy consciente de que en nuestras comunidades parroquiales hay muchas necesidades, unas urgentes y otras importantes,  pero las necesidades más importantes son los pobres y los jóvenes. La Iglesia latinoamericana tiene décadas discerniendo y esta afirmación es uno de sus frutos. Quiero exhortarlos a todos, hermanos sacerdotes, especialmente a los párrocos, a tomar la atención a niños, adolescentes y jóvenes como una opción pastoral clara en nuestras parroquias. Los sacerdotes deben ser pacientes y comprensivos con ellos, no exigiéndoles lo que por su etapa de vida no pueden ser y hacer. Necesitan de nuestra cercanía y por eso los espacios de la parroquia deben estar siempre abiertos a ellos. Los frutos de una sana pastoral juvenil no son materiales, son espirituales; y esos frutos son capaces de renovar a una comunidad, incluso son capaces de renovar el corazón de un presbítero.

La reflexión sobre la opción preferencial por los jóvenes me lleva a comentar también con ustedes el tema vocacional, específicamente sacerdotal. Ustedes saben que en todo el mundo la Iglesia sufre por una caída en el número de jóvenes que quieren responder al llamado del Señor en la vida consagrada y en el ministerio sacerdotal. Nuestra diócesis no es la excepción. Agradezco al Señor por ustedes que han respondido “sí” a su llamado; le agradezco también por los jóvenes que valientemente cultivan su llamado en el seminario y casas de formación religiosa; levanto mi oración por todos ustedes. Sin embargo, es necesario asumir el desafío de atender las vocaciones que el Señor siembra en nuestras familias.

El Papa Francisco puso el dedo en la herida en su visita a Colombia: aquello de que no hay tantas vocaciones de especial consagración es un cuento chino. Esto nos lleva a reflexionar que no es verdad que el Señor Jesús deje de llamar obreros a su mies; que es verdad que las crisis mundanas ponen en crisis a las familias y los jóvenes en ellas sufren desorientaciones y frustraciones que hieren su corazón y obstaculizan su respuesta y desarrollo vocacional y que, por ello, un punto nodal del problema es nuestra capacidad de acompañar la semilla vocacional sembrada en los jóvenes de hoy.

Consciente de que no se trata de “llenar” el seminario, sino de que  necesitamos actualizarnos en el acompañamiento vocacional, quiero exhortarlos a todos a presentar el llamado a la vida consagrada y a la vida sacerdotal con clara alegría. En el encuentro con los jóvenes, ellos mismos nos dicen que necesitan escuchar con claridad qué es esa vocación y en qué consiste la consagración de la vida; quieren ver el testimonio de cómo es la consagración y escuchar cómo Jesús la siembra, la cultiva y la desarrolla en la vida práctica de los llamados. Aprovechemos cada encuentro para hablar con claridad y para responder sus preguntas e inquietudes. Mantengo constante comunicación con el Centro Vocacional y con el Seminario para ofrecer a todo sacerdote las herramientas necesarias para el acompañamiento vocacional y acoger a las chicas y chicos que tienen inquietudes vocacionales.

Arzobispo de Monterrey

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En el itinerario del cuarto Evangelio, así como en los sinópticos, al nacimiento y encarnación, antes de la misión pública, siguen el fortalecimiento de la identidad y la vocación. Uno de los objetivos pedagógicos del Evangelio de Juan es darnos a conocer, poco a poco, la identidad de Jesús. En cada encuentro y diálogo narrado, el discípulo que es a su vez el lector, va descubriendo quién es Jesús. Además, nos narra que Jesús con mucha frecuencia, hace referencia a la importancia que para Él tiene la claridad de su identidad y vocación.

La identidad se refiere a quienes somos en verdad, no a lo que otros dicen que somos. La vocación hace relación a la “misión” a la que se nos llama de lo alto, a la razón más profunda por la que fuimos creados y a la que somos enviados. Hemos citado antes los cuestionamientos que los enviados de Jerusalén le hacen a Jesús acerca de su identidad: “¡Dinos quien eres!” y hemos visto cómo Juan el Bautista tiene clara su identidad y refiere la mirada de sus discípulos hacia Jesús: “Él es el Cordero de Dios”, para que lo sigan. “Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, afirma Andrés a Natanael y Nicodemo busca también si la identidad y vocación de Jesús concuerda con la del Mesías esperado: “Sabemos que vienes de parte de Dios como Maestro”.

Incluso en el cuestionamiento desesperado de sus contrincantes aparece ese anhelo de conocer la identidad y vocación: “Dinos quién eres, hasta cuando nos tendrás en suspenso”. Tener una identidad y vocación clara y firme hace que Jesús trabaje y sirva en la misión con pasión, disponibilidad, convicción y valentía: “Mi Padre no descansa, yo tampoco descanso”, afirma ante quienes cuestionan su actuar. Es muy claro el contraste entre la identidad de Jesús, que se sabe Hijo amado de Dios, elegido y enviado desde lo alto a servir al pobre, enfermo, alejado e incluso al cercano, con la débil, nula e incluso falsa identidad y conciencia vocacional de los fariseos. El capítulo quinto de Juan se muestra a Jesús, su vida, identidad y misión en referencia al Padre de quien aprende y a quien obedece: “El Hijo no hace nada por su cuenta, solo hace lo que ve hacer al Padre”, En el momento del juicio ante Pilato afirma, sin miedo a las consecuencias, quién es: “Yo he venido al mundo como testigo de la verdad”. Para Jesús la identidad y misión, en congruencia con la pedagogía de la encarnación, no será fuente de distinción o privilegio ante los demás, para Él la identidad y vocación son la base de su espiritualidad que le impulsa a un permanente discipulado y misión.

Nada lo desanima: “Yo no estoy solo, mi Padre está conmigo”, afirmará cuando algunos o muchos le abandonan y su alimento, es hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a cabo su obra (Cfr. Jn 4, 34). Los fariseos, en cambio, buscan su identidad no en Dios, sino en la gloria de los hombres (Cfr. Jn 5, 41) y por ello se confunden y, lejos de dar testimonio de la verdad en su ministerio, se convierten en mentirosos, “hijos de vuestro padre el Diablo”. Ellos no buscan la voluntad de Dios en su vida, no comprenden su vocación y por ello terminan buscando su identidad en modelos mediocres, falsos y débiles que no dan sentido a su vida y misión.

Todo lo que hagamos en el contexto de la implementación y ejecución de nuestro nuevo plan para fortalecer nuestra identidad y vocación será sin duda una inversión de tiempo bien hecha. De manera especial, reitero la invitación a leer con actitud de discípulos el evangelio de Juan y al hacerlo, pensemos en la identidad del mismo Jesús, de sus discípulos y de cada persona con quien se encuentra en la misión. Esta es una clave de lectura: hay que confrontar nuestra identidad y misión al leer cada capítulo del Evangelio que busca precisamente que conozcamos y creamos en la identidad de Jesús, de sus discípulos y, por tanto, en nuestra propia identidad y vocación.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey


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