La voz del pastor

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No puedo dejar de decir una palabra acerca de la otra opción de la Iglesia latinoamericana: los jóvenes. En realidad, debemos entender: niños, adolescentes y jóvenes. Ellos aún son la mayoría de la población de nuestra sociedad; son sujetos llenos de ideas, valores y fortalezas específicas. Muchos transpiran vitalidad y fortaleza y son capaces de tomar las riendas de no sencillas responsabilidades, cada uno en la etapa de su vida correspondiente.

El Magisterio latinoamericano desde hace años ha venido trabajando la conciencia de la importancia de niños, adolescentes y jóvenes. El documento de Medellín reconocía en ellos a la Iglesia con ímpetu de vida y de renovación; llamó a reconocer su carisma profético y su capacidad para transformar la sociedad; llamó a trabajar con ellos para ayudarles a desarrollar su compromiso temporal desde la fe en Cristo, ayudándolos a asumirla desde sus propios recursos personales y con pobreza de espíritu; lanzó el desafío del diálogo con los jóvenes para escuchar sus inquietudes y responder con humildad en un discernimiento sin ingenuidades, ayudándonos mutuamente a cumplir una tarea evangelizadora pobre, misionera y audazmente pascual.

El documento de Puebla recogió el rostro de los jóvenes desorientados y frustrados en medio del mundo que les ofrece tantas posibilidades de entretenimiento, pero no muchas de profundo desarrollo humano integral. El mismo documento reconoció un rasgo juvenil, retomado por el Papa Francisco en su visita a México: “los pobres y los jóvenes son la riqueza y la esperanza de la Iglesia en América Latina y su evangelización es prioritaria” (DP 1132). Invitó a la Iglesia a reconocer la complejidad de las sociedades actuales y la variedad de contextos existenciales en los que viven las personas, entre ellos los jóvenes, a quienes necesitamos ofrecer opciones pastorales que respondan a estos diversos contextos.

El documento de Aparecida llamó a atender la sensibilidad del joven para responder al llamado de Jesús como discípulos misioneros y la importancia de este llamado para el presente y futuro de la Iglesia. Ellos son “centinelas del mañana”, con un compromiso en la renovación del mundo según los valores del Reino de Dios. Así, Aparecida invitó a renovar la atención a los jóvenes de manera eficaz y realista.

El Papa Francisco ha convocado al Sínodo de los Obispos para reflexionar sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un signo elocuente de su preocupación por esta opción en la Iglesia universal. La pastoral juvenil latinoamericana, tiene años trabajando para promover respuestas pastorales a los jóvenes de nuestro tiempo; para ello ha realizado el Proyecto y Misión Joven. En este se propone un momento de revitalización del corazón pastoral hacia y con los jóvenes: fascinar, escuchar, discernir y convertirse son las etapas de esta revitalización.

Hermanos, es necesario renovar nuestra opción y compromiso por niños, adolescentes y jóvenes; ellos esperan de sus pastores propuestas concretas y acciones eficaces desde la fe en Cristo. Ellos están y dedican sus fuerzas a quienes los escuchan y comprenden, a quienes cultivan sus símbolos y participan con ellos.

Estoy consciente de que en nuestras comunidades parroquiales hay muchas necesidades, unas urgentes y otras importantes,  pero las necesidades más importantes son los pobres y los jóvenes. La Iglesia latinoamericana tiene décadas discerniendo y esta afirmación es uno de sus frutos. Quiero exhortarlos a todos, hermanos sacerdotes, especialmente a los párrocos, a tomar la atención a niños, adolescentes y jóvenes como una opción pastoral clara en nuestras parroquias. Los sacerdotes deben ser pacientes y comprensivos con ellos, no exigiéndoles lo que por su etapa de vida no pueden ser y hacer. Necesitan de nuestra cercanía y por eso los espacios de la parroquia deben estar siempre abiertos a ellos. Los frutos de una sana pastoral juvenil no son materiales, son espirituales; y esos frutos son capaces de renovar a una comunidad, incluso son capaces de renovar el corazón de un presbítero.

La reflexión sobre la opción preferencial por los jóvenes me lleva a comentar también con ustedes el tema vocacional, específicamente sacerdotal. Ustedes saben que en todo el mundo la Iglesia sufre por una caída en el número de jóvenes que quieren responder al llamado del Señor en la vida consagrada y en el ministerio sacerdotal. Nuestra diócesis no es la excepción. Agradezco al Señor por ustedes que han respondido “sí” a su llamado; le agradezco también por los jóvenes que valientemente cultivan su llamado en el seminario y casas de formación religiosa; levanto mi oración por todos ustedes. Sin embargo, es necesario asumir el desafío de atender las vocaciones que el Señor siembra en nuestras familias.

El Papa Francisco puso el dedo en la herida en su visita a Colombia: aquello de que no hay tantas vocaciones de especial consagración es un cuento chino. Esto nos lleva a reflexionar que no es verdad que el Señor Jesús deje de llamar obreros a su mies; que es verdad que las crisis mundanas ponen en crisis a las familias y los jóvenes en ellas sufren desorientaciones y frustraciones que hieren su corazón y obstaculizan su respuesta y desarrollo vocacional y que, por ello, un punto nodal del problema es nuestra capacidad de acompañar la semilla vocacional sembrada en los jóvenes de hoy.

Consciente de que no se trata de “llenar” el seminario, sino de que  necesitamos actualizarnos en el acompañamiento vocacional, quiero exhortarlos a todos a presentar el llamado a la vida consagrada y a la vida sacerdotal con clara alegría. En el encuentro con los jóvenes, ellos mismos nos dicen que necesitan escuchar con claridad qué es esa vocación y en qué consiste la consagración de la vida; quieren ver el testimonio de cómo es la consagración y escuchar cómo Jesús la siembra, la cultiva y la desarrolla en la vida práctica de los llamados. Aprovechemos cada encuentro para hablar con claridad y para responder sus preguntas e inquietudes. Mantengo constante comunicación con el Centro Vocacional y con el Seminario para ofrecer a todo sacerdote las herramientas necesarias para el acompañamiento vocacional y acoger a las chicas y chicos que tienen inquietudes vocacionales.

Arzobispo de Monterrey

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En el itinerario del cuarto Evangelio, así como en los sinópticos, al nacimiento y encarnación, antes de la misión pública, siguen el fortalecimiento de la identidad y la vocación. Uno de los objetivos pedagógicos del Evangelio de Juan es darnos a conocer, poco a poco, la identidad de Jesús. En cada encuentro y diálogo narrado, el discípulo que es a su vez el lector, va descubriendo quién es Jesús. Además, nos narra que Jesús con mucha frecuencia, hace referencia a la importancia que para Él tiene la claridad de su identidad y vocación.

La identidad se refiere a quienes somos en verdad, no a lo que otros dicen que somos. La vocación hace relación a la “misión” a la que se nos llama de lo alto, a la razón más profunda por la que fuimos creados y a la que somos enviados. Hemos citado antes los cuestionamientos que los enviados de Jerusalén le hacen a Jesús acerca de su identidad: “¡Dinos quien eres!” y hemos visto cómo Juan el Bautista tiene clara su identidad y refiere la mirada de sus discípulos hacia Jesús: “Él es el Cordero de Dios”, para que lo sigan. “Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, afirma Andrés a Natanael y Nicodemo busca también si la identidad y vocación de Jesús concuerda con la del Mesías esperado: “Sabemos que vienes de parte de Dios como Maestro”.

Incluso en el cuestionamiento desesperado de sus contrincantes aparece ese anhelo de conocer la identidad y vocación: “Dinos quién eres, hasta cuando nos tendrás en suspenso”. Tener una identidad y vocación clara y firme hace que Jesús trabaje y sirva en la misión con pasión, disponibilidad, convicción y valentía: “Mi Padre no descansa, yo tampoco descanso”, afirma ante quienes cuestionan su actuar. Es muy claro el contraste entre la identidad de Jesús, que se sabe Hijo amado de Dios, elegido y enviado desde lo alto a servir al pobre, enfermo, alejado e incluso al cercano, con la débil, nula e incluso falsa identidad y conciencia vocacional de los fariseos. El capítulo quinto de Juan se muestra a Jesús, su vida, identidad y misión en referencia al Padre de quien aprende y a quien obedece: “El Hijo no hace nada por su cuenta, solo hace lo que ve hacer al Padre”, En el momento del juicio ante Pilato afirma, sin miedo a las consecuencias, quién es: “Yo he venido al mundo como testigo de la verdad”. Para Jesús la identidad y misión, en congruencia con la pedagogía de la encarnación, no será fuente de distinción o privilegio ante los demás, para Él la identidad y vocación son la base de su espiritualidad que le impulsa a un permanente discipulado y misión.

Nada lo desanima: “Yo no estoy solo, mi Padre está conmigo”, afirmará cuando algunos o muchos le abandonan y su alimento, es hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a cabo su obra (Cfr. Jn 4, 34). Los fariseos, en cambio, buscan su identidad no en Dios, sino en la gloria de los hombres (Cfr. Jn 5, 41) y por ello se confunden y, lejos de dar testimonio de la verdad en su ministerio, se convierten en mentirosos, “hijos de vuestro padre el Diablo”. Ellos no buscan la voluntad de Dios en su vida, no comprenden su vocación y por ello terminan buscando su identidad en modelos mediocres, falsos y débiles que no dan sentido a su vida y misión.

Todo lo que hagamos en el contexto de la implementación y ejecución de nuestro nuevo plan para fortalecer nuestra identidad y vocación será sin duda una inversión de tiempo bien hecha. De manera especial, reitero la invitación a leer con actitud de discípulos el evangelio de Juan y al hacerlo, pensemos en la identidad del mismo Jesús, de sus discípulos y de cada persona con quien se encuentra en la misión. Esta es una clave de lectura: hay que confrontar nuestra identidad y misión al leer cada capítulo del Evangelio que busca precisamente que conozcamos y creamos en la identidad de Jesús, de sus discípulos y, por tanto, en nuestra propia identidad y vocación.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey


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