Comprométete

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Mayo mes de María, mes de todas las Madres

Gracias por todo tu amor, por ampararme, por ofrecerme un amor puro e incondicional. Me acogiste en tus brazos y me educaste de la mejor manera en que Dios te pudo guiar.

Nunca has buscado ser protagonista, simplemente buscas seguir y cumplir con el plan de Dios. Tu fortaleza en cada uno de los problemas y enfermedades me llena de orgullo, nunca te has rendido.

“Te admiro por el esfuerzo y el empeño que le pones a cada una de las adversidades, te admiro por tu positivismo y por la confianza que tienes de que todo está bien, aún y cuando sólo tú sabes el dolor que sientes”.

Y es en medio de tu dolor cuando te pido perdón, por las veces en las que he querido salir corriendo porque me siento muy inútil al no poder hacer las cosas como se deben; es mucho mi dolor, mi frustración por la impotencia de no hacerlo bien. Perdón, pero no me rindo porque sólo sé que quiero ayudarte, y sé que debo hacerlo.

Quiero que sepas que todo vale la pena cuando te veo feliz, cuando te veo sonreír… ahí confirmo que mi misión es verte feliz, y hacer que te sientas lo mejor posible.

Gracias mamá, gracias por tu amor, ese maravilloso amor que solo tú y yo entendemos.

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Eran las 5:00 de la tarde, me alistaba con mi sotana, cota y lo principal, la custodia con el Señor, salimos con mucha alegría entre las calles del barrio de la Colonia Nueva Esperanza.

Entre las pocas familias que estaban guardadas en sus casa logré ver la mirada de quienes veían a Jesús entre las calles, hubo quienes se arrodillaban y otros les causaba extrañeza ante el paso del Señor, no cabía duda que Jesús estaba tocando los corazones de todas las almas que lo contemplaban.

A mí como sacerdote, consciente de mis limitadas fuerzas solo me tocaba ser testigo de la misericordia, donde el anhelo de participar en la Eucaristía se aliviaba al paso del Señor entre las calles del barrio.

Había muchos olores: a drogas, aguas negras, comida; pero todo tenía un propósito que Jesús llegaba a todas las calles, que no se cansaba de consolar a su pueblo, era tremendo verlo, escuchar como entre gritos y música Dios acallaban un barrio qué tal vez ha sido presa de la desesperanza.

Hoy puedo afirmar que Jesús bendijo a su barrio de la Nueva Esperanza en mitad de la desesperanza, donde las riñas y la falta de escucha son el pan de todos los días, pero Jesús tocó los corazones; en ese barrio Dios quiso morar, ahí se quiso quedar, bendito barrio que vio a su Salvador …

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Así lo dijo el Papa Francisco durante la bendición Urbi et Orbi, y este tiempo de contingencia que estamos viviendo, nos hacen sentir vulnerables, vemos amenazada la salud física y mental, la economía, las relaciones interpersonales, además surgen emociones que pueden verse magnificadas por pensamientos pesimistas y desalentadores: existe la incertidumbre sobre cuándo terminará, el miedo a cómo enfrentarla, frustración por las limitaciones sociales y la duda sobre que va a suceder cuando todo esto termine.

Comparto algunas sugerencias para contribuir a la búsqueda y vivencia de un equilibrio durante este tiempo de crisis:

1. Identifica y valida las emociones que surjan durante el día, sin juicios; detecta los pensamientos asociados y busca la congruencia entre pensamiento, sentimiento y acción.

2. Toma pequeñas pausas, respirando de forma lenta y pausada, esto ayuda a enfocar la atención en el momento presente.

3. Establece rutinas de auto-cuidado: aliméntate sanamente, duerme lo suficiente, realiza algún tipo de ejercicio, cuida tu imagen, desacelera el ritmo.

4. Mantén el contacto con tus seres queridos por medios electrónicos, estamos separados físicamente, más no distanciados emocionalmente.

5. Balancea tus labores tanto si realizas trabajo remunerado desde casa, así como las domésticas y los tiempos de convivencia familiar.

6. Vive un día a la vez y si es difícil enfocarte en el día completo, divídelo y vive una hora a la vez. “No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas.” (Mt.6,34).

7. Y, sobre todo, realiza practicas espirituales: Mantén la fe y la esperanza de que esto también pasará y que hay Alguien que nos cuida y quiere lo mejor para nosotros. Practica ejercicios de meditación, intensifica tu oración, reza el rosario, recita salmos. Está comprobado que la espiritualidad ayuda a la prevención, acelera la recuperación y promueve la tolerancia ante los padecimientos.

-Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino. Viktor Frankl “El hombre en busca de sentido”

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Por Pbro. Jesús Treviño

¿Hacer “sabrosa” la vida en medio de violencia, delincuencia e inseguridad?

Hace poco, el texto del Evangelio de Mateo (Mt. 5,13 ) en el que Cristo manifestaba, como parte del sermón de la montaña, que estamos llamados a ser “sal de la tierra”, llamó de manera especial mi atención, ya que me ayudó a entender que nuestra misión se equipara a la acción de aderezar y preservar un alimento, es decir, se trata de hacer “sabrosa” y “duradera” la vida en Cristo, aún en condiciones adversas.

Ante la realidad que se vive en nuestros días, el alza de actos delictivos y violentos; que lejos de dar sabor, amargan y corrompen; todos los ciudadanos sufrimos, nos llenamos de indignación y dolor, entramos en una dinámica de crisis y desesperanza. Sin duda son tiempos difíciles para hablar de “dar sabor” a la sociedad en que vivimos, aunado a esto, la gran cantidad de información que encontramos en las redes sociales aumentan el nivel de estrés; ya que de alguna manera quedamos con la sensación de no saber la verdad de la situación, escuchamos una gran cantidad de opiniones, pero con ¿cuál nos quedamos?, ¿cuál es la verdad?, ¿qué actitud debemos asumir?

El Evangelio sigue siendo como una roca firme sobre la cual estamos a salvo, nos proporciona seguridad y consistencia. Así, a partir del sermón de la montaña y de sabernos llamados a ser “sal de la tierra”, quisiera compartir algunas ideas que nos pueden ayudar a ver la situación actual como una oportunidad para ser propositivos y vivir nuestra Fe.

Esta ola de violencia y delincuencia es un síntoma que nos obliga a pensar que algo no está funcionando bien en nuestro sistema social. El tomar distancia de Dios y del fundamento moral de nuestras decisiones, provocaría un desastre social sin precedentes, así lo manifestaban ya los pontífices del siglo pasado.

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que la Iglesia, desde el pontificado de Benedicto XV y hasta nuestros días, se ha mantenido en constante vigilancia en torno a la promoción de la paz.

Esta promoción ha ido evolucionando, subrayando, en un principio, con Benedicto XV, la labor diplomática que la Iglesia debía realizar en la política internacional, utilizando argumentos más canónicos y teológicos para afirmar su naturaleza como promotora de la unidad y del orden[1]. Después, la propuesta del papa Pío XI, de promover “la Paz de Cristo en el Reino de Cristo[2] buscaba hacer frente a un mundo impregnado de movimientos sociales y regímenes totalitarios; a continuación Pío XII, que siguió el pensamiento de su predecesor, convocó a un jubileo por el año santo (1950), y publicó la Encíclica Anni Sacri[3], la cual, ya se dirigía a un mundo de pluralidad de ideas, y hacía un llamado para unirse en oración a fin de que, en él, resplandecieran la verdad y la paz. Finalmente, siendo Papa Juan XXIII, con ocasión de la solemne apertura del Concilio Vaticano II, se proponía un magisterio “predominantemente pastoral”[4], que buscara “ir al encuentro de las necesidades actuales”[5], sin pretender condenar, sino con la intención de dialogar, en medio de un mundo en el que existen diferentes de puntos de vista. Los pontífices herederos del Vaticano II anteriores a Francisco; Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI; han buscado, quizá con mayor o menor intensidad, y tomando en cuenta sus distintos contextos históricos, mantenerse en esta línea del diálogo y la promoción de la paz.

Esta cultura de paz, que ahora promueve el Papa Francisco, en continuidad con sus predecesores, para responder a nuestra realidad, deberá ser, en primer lugar, dialogante; es decir, que observa, siente y escucha, que es sensible a la realidad que tiene en frente, no busca imponer de manera autorreferencial los propios puntos de vista, sino que percibe la complejidad de lo que sucede, abre las puertas para entrar en relación, no es indiferente, ni crea brechas para estar preparados para el “contra ataque”.

 La cultura de paz , en segundo lugar, ha de ser propositiva; se busca proponer y ofrecer algo, nos dice Cristo, ofrecer la “otra mejilla”, “caminar el doble de pasos” (Mt. 5, 38-42). Después de dialogar, estamos llamados a proponer alternativas solidarias, alternativas llenas de justicia, misericordia y verdad. Esta actitud pone en marcha a la persona, no para huir del problema, ni para quedarse con los brazos cruzados, como si no fuera asunto suyo, o criticando desde la comodidad que da el tomar distancia, sino que busca ofrecer alternativas en el entorno cotidiano, aún que esto comprometa la propia comodidad.

En tercer lugar, apostar por la paz implica ser creativo, dicha cultura nos impulsa a crear y construir, sin importar si la construcción será grande o majestuosa, lo importante es que estará fundamentada en Cristo. Se pueden crear cosas pequeñas pero muy eficientes en el restablecimiento de la salud social. Estas construcciones no buscarán un beneficio personal, ya que la violencia echa raíz en el egoísmo de quien solo piensa en su beneficio, más bien deberá ser diseñada para el bien común.

Dialogar con conciencia profunda, atendiendo a los demás, sin imponer nuestras ideas; ofrecer alternativas de concordia con actitud propositiva, que impliquen un compromiso solidario; y crear realidades nuevas, dirigidas al bien común, fundamentadas en Cristo; son tres aspectos sencillos que nos ayudarán a “dar sabor”, y a “preservar” la vida nueva que se nos ha regalado en Cristo.


[1] Cf. Benedicto XV, Carta Encíclica Pacem Dei Munus, 23 mayo 1920 en AAS 12 (1920) 14.

[2] Cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi Arcano Dei, 23 dic. 1922 en AAS 14 (1922) 30-39.

[3] Cf. Pío XII, Carta Encíclica Anni Sacri, 12 marzo 1950, en AAS 42 (1950) 1-10.

[4] Juan XXIII, Discurso Gaudet Mater Ecclesia,11 oct. 1962 en AAS 54 (1962) 786-795.

[5] Idem.

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Minerva Múzquiz de Villarreal

Después de los terribles acontecimientos que han ocurrido en los últimos meses en nuestra patria, podemos decir que la mayoría de los mexicanos coincidimos en el QUÉ. Es urgente y necesario actuar para construir el México que todos anhelamos. Pero cuán complicado puede resultar ponernos de acuerdo en el CÓMO.

Es evidente que vivimos una época sumamente compleja, pero cada momento de nuestro caminar personal y comunitario, si lo sabemos aprovechar, es una oportunidad para vivir el don más excelente y el mandamiento más importante de todos. Digámoslo con todas sus letras: ¿Hay entre nosotros algunos que no creen en defender la vida desde el primer instante de su concepción? ¿algunos que son corruptos? ¿algunos que sienten atracción por su mismo sexo? ¿algunos que viven en adulterio? ¿algunos que son ladrones? ¿algunos que matan? ¿algunos que han cometido graves errores y pecados abominables? La respuesta es sí. Pero acaso los que hemos conocido el amor de Cristo, por alguna trágica razón, hemos olvidado que estas personas son nuestros HERMANOS.

Hermanos que han sufrido en carne propia injusticias, abusos, discriminación, y por ello tienen profundísimas heridas que es necesario sanar. Son verdaderos hijos de Dios, porque nuestro Padre común, en su gran bondad, les ha otorgado el don de la existencia. Cada uno de ellos tan valioso y amado como si no existiera nadie más en el universo. Jesus, por cada uno de ellos derramó su sangre en la Cruz. ¿Cómo estamos llamados a amar a estas ovejitas heridas y lastimadas? ¿Cómo pueden los discípulos de Cristo colaborar para que todos conozcan y experimenten el amor personal de Dios? ¿Cómo podemos ser solidarios en su sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarlos a comprender los valores del Evangelio para que su vida sea como la que Jesus, en su perfecto plan de amor, quiere para ellos? Juzgar, rechazar, odiar, condenar, ¿serán actitudes que ayuden a acercarlos al que es Camino, Verdad y Vida?

Y aquí es donde viene la encrucijada. En medio de esta crisis social de hartazgo, aparece un síntoma que indica que hay algo más que no anda bien. Imposible saber si se debe a la globalización o a la inmediatez con la que tenemos acceso a tanta información, pero pareciera que cada uno tenemos opinión para cualquiera y todo tema; desde aspectos trascendentales como la vida, hasta cosas triviales como cuál es la mejor dieta o la app más eficiente. Y en el caso que nos compete, además de tener fuertes opiniones, podemos caer en la tentación de creernos poseedores de la única o la mejor solución para arreglar el México del siglo XXI.

Nos decimos hijos de la Iglesia, la que creemos fue fundada por Cristo. Y a Él, que es la Sabiduría Infinita, le pareció bien establecer una jerarquía. Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, a ellos compete guiar a las ovejas y a las ovejas reconocer la voz del Pastor. Hoy más que nunca es apremiante recordar que la misma Santa María de Guadalupe, cuando quiso servirse de un laico para la realización del deseo de su corazón, le pidió que fuera en unión y obediencia al Obispo Fray Juan de Zumárraga.

¿Quiénes somos nosotros, pequeñas ovejas, para creer que somos más que el Pastor? No olvidemos nunca las palabras de la mejor Discípula, la que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, la de mirada compasiva y corazón misericordioso, la que es Bienaventurada porque antes de hablar, sabe escuchar. “Hagan lo que Él les dice” Ante los acontecimientos actuales y qué hacer ante ellos, Jesús ha mostrado su querer en la voz del Pastor.

Minerva Múzquiz de Villarreal

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Lic. Armando Cavazos Regalado

Al estudiar la carrera de comunicación, es básico conocer y analizar las diferentes teorías, definiciones, modelos e investigadores en torno a esta profesión.

Para fines de este artículo, tomando como base lo anterior, me atrevo a establecer una definición muy sencilla: la comunicación es una llave que permite abrir o cerrar puertas.

Las personas nos comunicamos todos los días: al orar para dialogar con Dios; al conversar con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo; al escribir en las redes sociales, así sea un simple “hola”; al tomar fotografías y videos de momentos que consideramos importantes, o bien para publicar en alguna aplicación.

Así, encontramos que la comunicación es inherente al ser humano y a su cotidianidad; es decir, forma parte de las actividades personales, familiares, sociales y profesionales; por lo tanto, la llave puede abrir puertas para establecer relaciones y estrechar vínculos con los semejantes; o para cerrar esas puertas por conflictos y malos entendidos.

Esta misma dinámica, si la escalamos, aplica entre las relaciones de las personas con las instituciones; caso concreto de los fieles con la Iglesia.

Por esta razón, y aunque a lo largo de su historia la Iglesia al evangelizar ya está comunicando, es a partir del Decreto Inter Mirifica (1963) cuando se visualiza la importancia del uso de los instrumentos y herramientas de comunicación, para la tarea evangelizadora.

La Iglesia no es ajena al fenómeno de la comunicación, por el contrario le corresponde adentrarse y entrarle de lleno, para que la llave abra puertas y como decía San Juan Pablo II, sea “un camino a la salvación”.

En la actualidad, el avance de la tecnología y las telecomunicaciones nos colocan en un contexto donde sobreabunda la información y la desinformación; por ello como Iglesia tenemos que estar presentes, no seducidos por la vanidad de un “me gusta”, sino comprometidos con anunciar la verdad del Evangelio, con la comunión humana y la realización de la persona.

Ante esto se requiere hacer uso del lenguaje actual, de las herramientas y medios que existen, como las redes sociales; siempre salvaguardando la Palabra de Dios.

El Papa Francisco nos recuerda que “la comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad”.

Sin lugar a dudas, hay mucha tarea por delante, y en la Iglesia nos encontramos trabajando para comunicar con la llave que abre puertas.

Lic. Armando Cavazos Regalado

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El pasado domingo 9 de febrero, se llevó a cabo la reunión del Consejo Diocesano de Pastoral Familiar, donde estuvo presente el Arzobispo de Monterrey, Mons. Don Rogelio Cabrera, Presidente del Consejo; el Pbro. Oscar Lomelín Blanco Responsable del Dpto. de Pastoral Familiar Diocesano;  el Matrimonio Santiago Treviño Martinez y Ma. Guadalupe Benavides de Treviño Coordinadores Diocesanos de Pastoral Familiar, Asesores del Consejo, Presidentes de los Grupos y Movimientos de la Pastoral Familiar.

Mons. Rogelio convocó a los presentes y a todos los grupos y movimientos que forman parte de la Pastoral Familiar a vivir una pastoral equilibrada, que no solo se enfoque en los problemas, sino también en ser propositivos.

“Es importante tener siempre esa visión de equilibrio, que da la capacidad de ver los contextos, de ver todo lo que hay en la sociedad, si no vamos a tener siempre una visión negativa siempre estar hablando de puros problemas”.

“Una Pastoral Familiar encapsulada en ver solamente los problemas no camina hacia adelante, no entusiasma, nosotros siendo conscientes de las grandes dificultades que hay estamos para ser propositivos”.

“Por eso nuestro plan de pastoral es siempre que haya una mirada misericordioso, una mirada entusiasmante. El Evangelio de la familia es descubrir la belleza de la obra y del Plan de Dios.

El Arzobispo invitó a tener cuidado con la rigidez pastoral. “La rigidez pastoral siempre es muy siempre muy peligrosa, no hay que perder los causes. Y esto pasa también en los movimientos, `es que así es y así ha sido siempre’, y no hay una variante, las variables son necesarias, si no perdemos riqueza”, añadió.

En la reunión se establecieron acuerdos para trabajar en comunión para las familias, Santiago Treviño y Lupita Benavides, mencionaron que la Pastoral Familiar cuenta con un equipo de 7 matrimonios estructurado en cada zona pastoral, para tener presencia en cada uno de los Decanatos de la Arquidiócesis de Monterrey y así llegar a cada una de las Parroquias con el apoyo de los Sacerdotes y Presidentes de cada Grupo y/o Movimiento de la Pastoral Familiar.

La Pastoral Familiar está trabajando con esta estructura y busca llegar así a cada una de las Familias, que viven momentos de crisis personales y de pareja.

El Pbro. Oscar Lomelín mencionó que todos somos Pastoral Familiar, y uno de los importantes acuerdos es apoyar el Itinerario Prematrimonial, con la Certificación de Padrinos en el Diplomado de Creciendo en el Amor (antes Platicas Prematrimoniales). También compartió sobre la transición de la Herramienta Foccus a “CHATS” (Caminamos Hacia el Altar con Total Sinceridad) una herramienta nueva que será parte del Itinerario Prematrimonial, diseñada por Agentes de Pastoral Familiar de la Arquidiócesis de Monterrey.

Finalmente, se invitó a participar a todos los integrantes de la Pastoral Familiar en el Encuentro Nacional de Pastoral Familiar 2020, el cual se llevará a cabo en la ciudad de Tijuana del 8 al 11 de octubre del presente año.

Pastoral Familiar está para servir a quien lo necesite en el tel: (81) 1158-2703 o por correo: pastoralfamiliar@iglesiademonterrey.com 

Señor Jesús, aquí están nuestras manos, mente y corazón para construir tu Reino.

Santiago Treviño Martinez y Ma. Guadalupe Genavides Gaona

Coordinadores diocesanos de Pastoral Familiar.

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Aletheia López Valdivia,vc

Orden de Vírgenes Consagradas

Al reflexionar sobre la vida consagrada parece inmediato conectarnos con la palabra vocación, y ciertamente son inseparables, porque la vida consagrada es una respuesta a una vocación, es decir, a un llamado de parte de Dios al que hay que responder.

Durante años hemos entendido por vocación ser religiosa o sacerdote, sin darnos cuenta que nuestra vocación por excelencia, gracias a nuestro bautismo, es la santidad, seguir a Cristo; Él es nuestra verdadera vocación, nuestra auténtica y profunda felicidad; y para realizarla plenamente, hay distintos caminos: el matrimonio, la soltería, la vida consagrada y el sacerdocio. 

Uno de estos caminos es el de la vida consagrada, y es que desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mujeres que intentaron, con la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, seguir con mayor libertad a Cristo e imitarlo con mayor precisión.

En esta aventura que es la vida consagrada, a la que Dios me llamó y a la que con ingenua valentía dije que sí, veo este itinerario:

Para seguir a Cristo, primero hay que buscarlo… como Juan, un joven inquieto y radical que era pescador y que seguía al Bautista, pero buscaba al Mesías prometido; como Aletheia que entre el beisbol, los libros y sus sueños revolucionarios buscaba respuestas a las interrogantes de la vida: ¿Por qué nací? ¿Para qué vivir? ¿Qué tengo que aportarle al mundo?

Y el que busca, encuentra… Y en esa búsqueda, un día cualquiera, Juan encuentra a Jesús y corre tras él, con toda la alegría, impaciencia, energía y esperanza de su juventud; o como Aletheia, quien con mucho aburrimiento fue a una Hora Santa y solo pensaba en todas las cosas importantes y entretenidas que podría hacer en lugar de perder el tiempo en la Iglesia.

Conocer a Alguien… Juan, al decidirse a conocer a Jesús, ver cómo vivía, qué decía, cómo actuaba, qué amaba o Aletheia que empezó a experimentar la libertad que tanto soñaba, a experimentarse incondicionalmente amada, de aceptar poco a poco la gratuidad del amor y emprender un nuevo reto, inacabado por cierto, de amar a los demás como Jesús.

Como explicaba San Juan Pablo II: El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.

Y así, en este itinerario doy testimonio de que como Juan o como Aletheia, o como Bryan o Lupita, cada uno de nosotros tenemos diferentes historias personales, virtudes y defectos, son muchos los caminos, pero el único fin es Jesús. Mi vocación es Jesús.

Aletheia López Valdivia,vc

Orden de Vírgenes Consagradas

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Blanca Elva Cerda Valdez

La amo. Sé que la amo. Ayer la volví a ver. No hay muchacha en todo Nazaret como ella. Su rostro es como una de esas flores blancas que se recuestan en las colinas cuando es primavera. Su nombre es María. Estaba con sus amigas, junto al pozo. Escuché su risa; el fondo del pozo la llevó a mis oídos. Su eco me llenó de alegría. Entonces me miró. Fue como si el sol me tocara en pleno medio día… 1

Así se expresa José cuando habla de María, con amor, admiración y ternura, sin saber aún que era la elegida para ser la Madre de Jesús, el hijo de Dios. Y qué gran ejemplo nos da acerca del trato hacia la mujer, quien junto con el hombre son la más hermosa creación de Dios y el principal elemento de la sociedad, la cual no puede funcionar sin el equilibrio perfecto que son los dos trabajando por igual.

No se trata de ser superiores ni de entablar una competencia desmedida por quién es mejor, sino de resaltar nuestras virtudes viviendo plenamente en armonía, igualdad y paz en la sociedad, desarrollándonos día a día para ser mejores seres humanos en un mundo donde el amor, la aceptación y la tolerancia deben ser los protagonistas.

La misión de la mujer en el mundo es dar vida, enseñar, guiar, inspirar, es el corazón que nutre, protege, que da calor, atención. Tanto hombres como mujeres procedemos de una mujer. A quien el Señor le ha permitido ser madre es privilegiada y honrada de ser elegida para llevar en su cuerpo una nueva vida.

El rol de la mujer a lo largo de la historia ha ido evolucionando de acuerdo con el don y llamado que Dios nos ha dado; en la actualidad somos estudiantes, profesionistas, emprendedoras, independientes, trabajamos o decidimos dedicarnos al cuidado de los hijos, somos transformadoras de la sociedad y así, revelamos el plan maravilloso que Dios tiene para cada una, dándonos ese diseño divino para nuestra feminidad.

Lamentablemente, existen ideologías, como el machismo, donde la mujer es cosificada, por muchos hombres, vulnerando su dignidad, su integridad, su esencia e ignorando el empeño y dedicación que Dios ha puesto en ella, razón suficiente para no ser considerada inferior al hombre. Dios no creó a la mujer débil, aunque su anatomía se considera frágil, comparada con la del hombre.

Es tiempo de aclamar con responsabilidad el respeto y dignidad para todas las mujeres que son ultrajadas y abatidas, las mujeres nos recordamos que somos únicas, bellas por dentro y por fuera. Que no tenemos límites ni nadie quien nos limite. Que somos las mujeres del presente, las hijas predilectas, las madres amorosas, las amigas incondicionales, las esposas y/o compañeras de aventuras de vida, las nietas queridas y adoradas, y sobre todo somos nosotras mismas en su máxima expresión.

Es tiempo de reconocer que toda mujer es Isha Betel: Casa de Dios y que merece ser tratada como tal, pues una mujer es un ser humano llena de virtudes que merece días enteros de entrega y dedicación.

Convencida estoy que en este tiempo más que en ninguno, la mujer posee todos los recursos para brillar con esa luz propia que su Creador puso en ella sin importar que en este siglo muchos, valiéndose de su liderazgo, busquen opacarla.

Por ello es importante decirles a las mujeres de hoy en día: levanta la cabeza, sonríe, ámate, sé feliz, lucha por alcanzar lo que quieres, vete de donde no te valoren, alza la voz, reclama tu lugar en la sociedad. Es tu tiempo, pues cuando Dios te creó, se lució contigo…

1 Testigos del Señor Jesús, Enrique Ponce de León Garciadiego, S.J., 1999

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El Estado de Nuevo León, en la última década ha tenido un importante incremento en la inseguridad, aunque en los últimos años, no se ha vivido los hechos de violencia, como los sucedidos en el 2010, siguen los asaltos en camión, robo en casa habitación, secuestros, extorsión, homicidios y en últimas fechas hasta violencia en las calles y avenidas de nuestras ciudades por el mal manejo y conducción en la vialidad.

Ante estos hechos inseguridad que se vive en Nuevo León y México, recuerdo una declaración del pasado mes de mayo que sentenciaba: esta inseguridad no puede ser arreglada “ni por Superman”, lamentó el Secretario de Seguridad, del Estado de Nuevo León.

Ahora, yo diría en una frase: ¿Y ahora quién podrá defendernos?, ciertamente no lo hará el Chapulín Colorado, aunque el Gobierno tiene este compromiso por su misión y su esencia de servicio público, no podremos mejorar nuestra realidad, sino nos comprometemos todos en la búsqueda de la paz.

Surge la interrogante ante este compromiso por la paz ¿Y yo que puedo hacer?. El lugar donde brota toda violencia es en el corazón humano, “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos,” Mc 7, 21. Cuidar nuestro corazón, es la primera responsabilidad y compromiso por la paz. La persona que cuida su corazón, alimentándolo con la fe, cuidando su salud emocional, llenándose de todo aquello que nos conduzca a la caridad, nos llevará a ser constructores de paz en nuestras familias, trabajos y entornos.

La segunda invitación para construir la paz es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31). No podemos seguir la tentación de la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Esto genera violencia, un mal nunca se arregla con otro mal. Cuando amamos nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, amamos al prójimo sin fingimiento las relaciones cambian. Caen, como por milagro, todos los motivos de prevención y hostilidad que nos impedían amar a cierta persona, y ésta empieza a parecernos por lo que es en realidad: una pobre criatura humana que sufre por sus debilidades y límites, como tú, como todos.

En semáforo delictivo que indica los diferentes aspectos de violencia en Nuevo León, es sobresaliente la violencia familiar, solo con la caridad y amor al prójimo podremos disminuir esta tendencia cada vez más a la alza.

Tercer propuesta para contribuir a la paz, sin duda alguna es hacer comunidad y comprometernos con las causas sociales. Compromisos sencillos, que no implican más que un poco de nuestro tiempo y buena voluntad. En algunas colonias ya se organizan vecinos para medidas de seguridad y organizarse para medidas de prevención. La indiferencia en nuestras colonias siempre es buen campo de cosecha para la inseguridad.

Existen muchas causas sociales en las que nos podemos sumar: educación, migrantes, niños, adultos mayores, medio ambiente, prevención de accidentes, primeros auxilios, etc. Si las todas las personas de buena voluntad nos sumáramos a un proyecto, nuestra realidad mejoría significativamente.

Por último y no menos importante, pedirle a Dios por la paz, al hacerlo acrecentamos nuestro interior y las personas de fe, sabemos de la fuerza de la oración para nuestra vida personal y comunitaria.

Finalmente concluyó con las Palabras del Arzobispo de Monterrey durante su homilía del primero de enero de este 2019: “Algo mucho más importante es que Cristo no solo regala la paz, Él es la paz. Porque Paz y amor son equivalentes, si decimos Dios es amor es decir que Dios es paz.

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez


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