Artículos

Pag-13-Papa-Francisco-1.jpeg
9min80

La oración pertenece a todos: a la gente de cualquier religión, y probablemente también a aquellos que no profesan ninguna. La oración nace en el secreto de nosotros mismos, en ese lugar interior que los autores espirituales suelen llamar “corazón” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2562-2563). Lo que reza, entonces, en nosotros no es algo periférico, no es una facultad secundaria y marginal nuestra, sino que es el misterio más íntimo de nosotros mismos. Este misterio es el que reza. Las emociones rezan, pero no se puede decir que la oración es sólo emoción. La inteligencia reza, pero rezar no es sólo un acto intelectual. El cuerpo reza, pero se puede hablar con Dios incluso en la más grave discapacidad. Por lo tanto, es todo el hombre el que reza, si su “corazón” reza.

La oración es un impulso, es una invocación que va más allá de nosotros mismos: algo que nace en lo profundo de nuestra persona y se proyecta, porque siente la nostalgia de un encuentro. Esa nostalgia que es más que una necesidad: es un camino. La oración es la voz de un “yo” que se tambalea, que anda a tientas, en busca de un “Tú”. El encuentro entre el “yo” y el “Tú” no se puede hacer con las calculadoras: es un encuentro humano y muchas veces se va a tientas para encontrar el “Tú” que mí “yo” estaba buscando.

La oración del cristiano nace, en cambio, de una revelación: el “Tú” no ha permanecido envuelto en el misterio, sino que ha entrado en relación con nosotros. El cristianismo es la religión que celebra continuamente la “manifestación” de Dios, es decir, su epifanía. Las primeras fiestas del año litúrgico son la celebración de este Dios que no permanece oculto, sino que ofrece su amistad a los hombres.

La oración del cristiano entra en relación con el Dios de rostro más tierno, que no quiere infundir miedo alguno a los hombres. Esta es la primera característica de la oración cristiana. Si los hombres estaban acostumbrados desde siempre a acercarse a Dios un poco intimidados, un poco asustados por este misterio, fascinante y terrible, si se habían acostumbrado a venerarlo con una actitud servil, similar a la de un súbdito que no quiere faltar al respeto a su señor, los cristianos se dirigen en cambio a Él atreviéndose a llamarlo con confianza con el nombre de “Padre”. Todavía más, Jesús usa otra palabra: “papá”.

El cristianismo ha desterrado del vínculo con Dios cualquier relación “feudal”. En el patrimonio de nuestra fe no hay expresiones como “sometimiento”, “esclavitud” o “vasallaje”, sino palabras como “alianza”, “amistad”, “promesa”, “comunión”, “cercanía”. En su largo discurso de despedida a los discípulos, Jesús dice así: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda» (Jn 15, 15-16). Pero este es un cheque en blanco: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concedo”.

Dios es el amigo, el aliado, el esposo. En la oración podemos establecer una relación de confianza con Él, tanto que en el “Padre Nuestro” Jesús nos ha enseñado a hacerle una serie de peticiones. A Dios podemos pedirle todo, todo, explicarle todo, contarle todo. No importa si en nuestra relación con Dios nos sentimos en defecto: no somos buenos amigos, no somos hijos agradecidos, no somos cónyuges fieles. Él sigue amándonos. Es lo que Jesús demuestra definitivamente en la última cena, cuando dice: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22,20). En ese gesto Jesús anticipa en el Cenáculo el misterio de la Cruz. Dios es un aliado fiel: si los hombres dejan de amar, Él sigue amando, aunque el amor lo lleve al Calvario. Dios está siempre cerca de la puerta de nuestro corazón y espera que le abramos. Y a veces llama al corazón pero no es invadente: espera. La paciencia de Dios con nosotros es la paciencia de un papá, de uno que nos quiere mucho. Yo diría que es la paciencia junta de un papá y de una mamá. Siempre cerca de nuestro corazón, y cuando llama lo hace con ternura y con tanto amor.

Tratemos todos de rezar de esta manera, entrando en el misterio de la Alianza. A meternos en la oración entre los brazos misericordiosos de Dios, a sentirnos envueltos por ese misterio de felicidad que es la vida trinitaria, a sentirnos como invitados que no se merecían tanto honor.

Papa Francisco

Corazon-Saludable-pag.-12.jpg
3min88

El corazón es el lugar donde guardamos los pensamientos, buenos y malos. Allí viven la esperanza, el amor y las ganas de ser, junto con el odio, la envidia y la maldad.

De él es de donde cada día sacamos los sentimientos que utilizamos.

Una manera de mantener nuestro corazón saludable, es a través de la lectura de la Palabra de DIOS. Cuando no lo hacemos, damos lugar a que en nuestro corazón se instalen cosas que no son buenas, y otras que “creemos” que son buenas, pero no lo son.  

DIOS lo sabe y por eso nos dice: “HIJO MÍO, DAME TU CORAZÓN”.

No temas entregarle tu corazón. Nadie puede cuidarlo mejor que ÉL, porque nadie ama como ÉL.

DIOS quiere limpiar nuestro corazón para que en él solo podamos encontrar cosas buenas.

Cuando en fe le entregamos a DIOS nuestro corazón, ÉL hace maravillas.

¡Qué alegría saber que DIOS comprende la condición en que se encuentra nuestro corazón!

El corazón del hombre necesita ser transformado, necesita ser consolado, necesita ser resguardado. Por eso, hoy DIOS nos dice:         “HIJO  MÍO,  DAME  TU CORAZÓN“         

Pbro. Benito Ramírez Márquez

Párroco Santísima Trinidad

WhatsApp-Image-2020-06-02-at-10.40.22-1280x853.jpeg
12min49

No se exagera al afirmar que el c. 6 de EvJn ha constituido un enigma para los estudiosos de este evangelio. Baste señalar que algunos comentaristas incluso lo desplazaron del lugar en que se encuentra actualmente – obviamente entre 5º y el 7º – con el afán de hacer un comentario “más coherente” del cuarto evangelio (cf. R. Schnackenburg). ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de que este capítulo haya desconcertado tanto a algunos renombrados exégetas contemporáneos?

Alguno podría contestar que la razón principal se encuentra en el «Discurso eucarístico» (6,53-59), donde con mucha claridad se hace referencia a la «carne y la sangre» de Jesús, como alimento de vida eterna (6,54). La concreción plasticidad de los verbos trogō («masticar») y pinō («beber») en 6,56, muestran que evidentemente se habla de acciones reales, y no un sentido figurado. ¿Y cuál es el alimento del discípulo de Jesús, sino la Eucaristía? ¿Dónde se alimenta el discípulo de Jesús sino en la celebración Eucarística?

Esta evidente referencia a un sacramento de la comunidad cristiana fue para algunos estudiosos – principalmente entre aquellos provenientes de la Reforma protestante – un signo claro de que se trataba de un texto no perteneciente a la “redacción original del EvJn”, añadido en una etapa posterior. Y más todavía, colocado descuidadamente en un lugar problemático. Pues, a decir de estos estudiosos, el inicio del c. 7 tiene más coherencia con lo sucedido en torno la curación del paralítico en Jn 5. No obstante que en Jn 6,2 se encuentra una alusión a la curación del paralítico.

En mi visión, este tipo de debates son una muestra de la riqueza de este largo pasaje del EvJn, que en la diversidad de su contenido refleja la profundidad del misterio de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1,14) y la hondura de una vida discipular que solo puede tener su raíz y vitalidad en Él. Hagamos un repaso somero de esta riqueza y profundidad contenidas en Jn 6.

Esta amplia unidad textual, formada por 71 versículos (!), inicia con un relato ampliamente conocido por la tradición evangélica: la multiplicación de los panes (6,1-15; cf. Mc 6,32-34; Mt 14,13-21; Lc 9,10-17), le sigue una enigmática y misteriosa “separación” entre Jesús y sus discípulos, para después reencontrarse a la mitad del lago (6,16-21). Posteriormente, inicia una larga serie de diálogo-controversia-discurso (6,22-58;6,60-66), interrumpidos solamente por un señalamiento geográfico-temporal (cf. 6,59). La conclusión, y a mi parecer el marco de referencia indispensable para entender Jn 6, es nuevamente un texto discipular, después de haber desaparecido ‘misteriosamente’ de la escena desde el v. 24, los discípulos reaparecen el 6,60 para dar cuenta de un momento de crisis en el seguimiento de Jesús: «muchos al oírle dijeron: “es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?”». Y unos versículos después el narrador nos ofrece una noticia desoladora: «desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él» (6,66).

Son los discípulos el marco de referencia de la gran sección de diálogos, controversias y discursos que ocupan 6,25-59. Esto nos debe llevar a preguntarnos y reflexionar sobre la razón de esta relación. ¿Cuál es nexo entre la carne-sangre de Jesús y el discipulado? No olvidemos que esta gran sección se abrió con el relato de la multiplicación de los panes (6,1-15), ahí queda claro que sólo Jesús puede alimentar a aquella multitud, sólo él es quien «reparte el alimento» (6,11), los discípulos solo «disponen a la muchedumbre» (6,10) para recibir lo que Jesús les dará. Detrás de todo este capítulo subyace una verdad fundamental: solamente el Padre y Jesús son quienes pueden alimentar al Pueblo. No fue Moisés quien alimento a los hijos de Israel en el desierto, sino el Padre (cf. 6,32), y de la misma manera ahora es el Padre quien «nos da al Hijo» como pan de vida (cf. 6,32-33). Y en continuidad y coherencia, el Hijo «dará su carne como alimento» (cf. 6,51). En esta “cadena de dones” el origen de todo se encuentra en Dios Padre, lo que hace entonces el Hijo no es sino responder movimiento de donación que define al Padre (cf. 3,16; 13,3; 17,2), y la concretización de esta acción no es sino la Cruz, «carne y sangre» de Jesús entregada para tener vida eterna. 

«Ninguno puede venir a mi si el Padre no lo atrae…» (6,44), esta frase desconcertante que aparece justo en el momento que Jesús se dispone revelar el verdadero alimento («su carne y su sangre»), nos hace entrever que para comprender a Jesús, para aceptarlo como alimento, es necesario comprender la lógica del Padre, que es don total. A esto mismo apunta la siguiente frase de Jesús: «serán todos enseñados por Dios, todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí» (6,45). La «atracción del Padre» no es arbitraria, no es “a la fuerza”, es fruto de una contemplación, comprensión y decisión. El Padre nos atrae con su amor que es pura donación, el que está dispuesto a «aprender esta lógica» entra en ella, tal como Jesús – buen Hijo que aprende de su Padre (cf. 5,19) – ha entrado en la lógica del Padre haciendo de su vida un don total (cf. 10,17). Ahora entendemos porque muchos de los discípulos «ya no quisieron andar con Él» y les «pareció duro este lenguaje» (cf. 6,60.66), porque la lógica del amor es exigente, porque es más fácil vivir en la auto-complacencia y auto-gratificación, que entrar en la dinámica de la Eucaristía, que es no es otra sino la dinámica de la Cruz: don y entrega de uno mismo.

Vivimos tiempos de pandemia, que se ha vuelto tiempo de crisis para muchos hombres y mujeres de fe, por la ausencia de la Comunión Eucarística en sus vidas. Pero no debemos olvidar que en el corazón de Jn 6 se encuentra una afirmación que nos debe hacer recapacitar sobre un alimento muchas veces ‘ignorado’ en nuestra vida de fe: «las palabras que yo les he dicho son espíritu y vida» (6,63). ¿Y cuáles son estas palabras? No son otras sino el discurso del pan de vida-eucaristía; por lo tanto, no solo la «carne y la sangre» de Jesús son alimento y vida para el creyente, sino también «sus palabras», que son palabras atractivas que nos invitan a conocer y hacer nuestra la lógica del Amor que se transforma en don. Pedro ha descubierto bien esta dimensión alimenticia de las palabras de Jesús: si unos lo abandonaron por sus «palabras duras», difíciles de digerir, Pedro permanece porque ha descubierto «palabras de vida eterna» (6,68), palabras que alimenta, que hablan del sentido auténtico de la vida, que solo puede vivirse desde la lógica del don. Que el Padre celestial nos conceda descubrir, apreciar y alimentarnos – en estos tiempos de confinamiento – del don precioso de las palabras de Jesús.

Pbro. Carlos Santos García

Párroco San Juan Bosco

Pag.-10-1280x853.jpg
21min77

Los días de confinamiento continúan a causa del virus SARS-CoV-2. Otra vez, como en el 2009 con el virus H1N1, no podemos estrechar la mano del otro, además de guardar distancia para evitar el contagio del COVID-19. Qué paradójico es pensar cómo un signo que dice relación y hospitalidad como es el saludarnos de mano, hoy se convierte en un arma letal incluso para los más cercanos a nosotros[1]. Y si bien el no poder estrechar la mano al otro es una realidad que hoy por hoy no podemos cambiar, sí podemos hacer otros cambios para mejorar nuestros días. Como decía Gandhi, muchas veces «debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo».

El tiempo en que transcurre esta contingencia sigue provocándonos inquietud, incertidumbre, preocupación. Y sin duda esta enfermedad COVID-19 inaugura una nueva historia en nuestras vidas. Haciendo las cuentas con el tiempo, sea que estemos ocupados u ociosos, los compromisos y oficios de cara al futuro se han suspendido. Si bien estábamos «sofocados» en miles de labores antes de la pandemia, con sus preocupaciones, sus afanes o manías, esta contingencia no suspende sino hace propicia la oportunidad de alcanzar un sano reposo interior y exterior que nos prepare para recomenzar de frente a los desafíos que están por venir. Uno de los retos más importantes al respecto es, sin duda, la capacidad de habitar el tiempo de nuestra propia fragilidad personal, de recuperar nuestra capacidad de autogobierno, esa capacidad que se identifica en la fe cristiana como la templanza, ese antídoto moral para vencer la pereza o tristeza de hacer el bien. De esto quiero compartir algunas líneas para meditar.

Es comprensible que para estas fechas de la cuarentena nuestros pensamientos habituales al pasar del tiempo se expresen en preguntas como, “¿qué sentido tiene ducharse con frecuencia o vestirse para estar presentable en casa?” o, “¿por qué preocuparse en rasurarnos o usar maquillaje?”, o “¿por qué seguir un horario de sueño si no tenemos ‘nada que hacer’ mañana?” Estas y otras cuestiones son lógicamente entendibles, porque son pasos mentales por donde nuestro pensamiento va y viene, una y otra vez, en situaciones de recogimiento obligatorio como esta. Pero, hay un riesgo, ¿cómo podemos evitar una pendiente mental tan resbaladiza en este tiempo de cuarentena que nos podría llevar a caer en la monotonía o en el tedio, aliados de la pereza?

Ciertamente, la actual situación nos depara grandes desafíos, sanitarios, económicos y sociales. Las salidas o soluciones ante todos ellos tal vez no están en nuestras manos en su totalidad. Pero lo que sí está en nuestras manos es la capacidad de metabolizar nuestro tiempo personal que contribuya a superar esta calamidad dentro de nuestra vida emocional. Hoy, que es cuando más debe avivarse en nosotros el respeto y la solidaridad por la vida humana, es igual de urgente estar vigilantes ante nosotros mismos, porque es cuando más se adormece en nosotros la capacidad de autogobierno, de generosidad y de sentido crítico[2].

El filósofo Martin Heidegger decía que el ser humano ordinariamente «hace las cuentas con el tiempo»[3] y gracias a esto puede reunir las experiencias que «dibujan» el rostro de su vida. Por ejemplo, cuando debemos abrigarnos en el frío para salir de casa, o para terminar una tarea escolar que hay que realizar antes de la fecha de entrega, etc.,  son formas desde las cuales habitamos el tiempo y desde ellas ordenamos nuestra vida y nuestras decisiones. Pero, cuando esas experiencias pierden su lugar y consistencia, y las suplantamos o huimos de ellas, entonces el tiempo nos decepciona, y por eso sucede lo que en el mundo digital se llama phubbing[4], es decir, ese vínculo emocional que se basa en la idea de que vivimos momentos de más y vidas venidas a menos cuando no somos dueños de nuestro tiempo. Y por eso es que comenzamos a buscar algo que sí nos devuelva ese hálito de vida y de emoción que cada día buscamos fuera de nosotros mismos. Esto puede conducirnos a la tentación de no vivir el presente, sino a proyectar un futuro que, por lo pronto, no está en nuestras manos satisfacer a nuestro deseo.

Los monjes de la antigüedad también experimentaron esta sensación de letargo y de escape como síntomas de pereza espiritual en los monasterios de ayer. Una sensación de cuarentena con sabor a apatía, aburrimiento, tedio era parte de su cruz de cada día. Ellos no estaban exentos de la visita de ese «demonio del mediodía»[5] que nos tienta a alejarnos de nuestras conexiones espirituales y de nuestros ideales más vitales. Estos primeros anacoretas le llamaban a esta actitud pasiva la acedia o desesperanza. Sus experiencias se remontan a los monjes del desierto del siglo IV, que fueron advertidos sobre los peligros de lo que se llamó después pereza. Imaginemos un poco cómo lo vivían: es la hora del mediodía en el monasterio. El monje acaba de comer o tal vez él alimentó a algún necesitado. Al igual que siente una madre de familia después de dar de comer a los suyos, se resiente el peso de cocinar los alimentos y de servicio a los otros. De repente, el monje también siente esa necesidad de escapar del peso del día, sea que se rinda a tomar una siesta o bien la tentación que el letargo produce. De tal manera que el monje ya no quiere hacer las cosas con el ímpetu y el compromiso de antes. Esto es una tentación también compartida con el monje que tal vez no estaba físicamente cansado, pero sí abrumado de la monotonía. ¿Notamos alguna semejanza con nuestros días?

Y muchos de estos anacoretas vieron en la pereza la tentación de sucumbir ante los demonios, esos aliados del enemigo malo, que están hambrientos de oportunidades para devorar toda conexión entre Dios y el hombre. Pero otros monjes trataron de ver la pereza como un don de Dios porque, cuando ella se superaba o se dejaba atrás, podía transformarse el espacio para una fe más profunda y un mayor sentido de humildad. Tal vez en nuestros días también nosotros sentimos esa necesidad de soñar despiertos sobre un lugar emocionante al cual visitar o un momento romántico más allá de las paredes del hogar que rompa con lo cotidiano de estos días. Estos monjes son un vivo ejemplo de cómo es posible habitar el tiempo de la fragilidad.

Cuando nos preguntamos el por qué retomar una rutina del día si no vamos a salir a ninguna parte, o para qué cambiar de indumentaria, etc., es cuando más descubrimos que la pereza se asoma a la sombra de nuestros días. Y cabe preguntarnos, ¿por qué ahora, más que nunca, sentimos como si realmente no hiciéramos nada? Tal vez, si hacemos las cuentas con nuestro tiempo personal, familiar y social, y ponemos en una balanza cuánto de ese tiempo es usado digital o presencialmente, caeremos en la cuenta de que nos hemos acostumbrado a un flujo constante de conexión, de información y entretenimiento donde lo digital nos ha rebasado. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a estar permanentemente en muchas partes, pero al mismo tiempo, en ninguna de ellas. Veámoslo con un ejemplo.  Cuando teníamos la oportunidad de asistir a la Iglesia –previa al SARS-CoV-2– o alguna reunión de trabajo, era obvio que prestábamos atención a lo que en ese momento nos interesaba de tal evento. Pero, cuando ese acontecimiento dejaba de interesarnos, es muy probablemente que recurríamos a nuestros dispositivos digitales en búsqueda de algo que sí lo hiciera. Valdría la pena cuestionarnos si, en este tiempo de pandemia, de incertidumbre y de ansiedad, ¿no estamos exentos de experimentar esas mismas emociones de huida del tiempo? O bien, ¿será que acaso queremos huir también de la oportunidad de estar con uno mismo, en casa o en familia?

Al igual que los monjes de antaño, podríamos soñar en estar en otra parte como para fugarnos de esta realidad sanitaria que va pesando cada vez más con el paso de los días; pero, a su vez, podríamos reaprender a medir y habitar nuestro tiempo con optimismo: revitalizar los hábitos de horarios de sueño, de sana convivencia en el hogar en la distancia conveniente, retomar nuestro tiempo de oración personal y en familia, e incluso de toda la información de internet, porque dicha información, como sabemos, puede confundirnos o saturarnos si se acumula en exceso en nuestra memoria. Y además de estas oportunidades, buscar explorar otras formar nuevas de estar con nosotros mismos, y más aún de reeducarnos en la comunicación digital y de revalorar el diálogo personal con los de nuestra propia casa, un diálogo que tal vez se ha perdido con la prisa de cada día. El diálogo nos humaniza y nos cristianiza, pues nos ayuda a hospedar al otro en nosotros a través de la escucha, y el escuchar abre camino a Dios. Esto no significaría una evasión a la realidad vigente, ni tampoco irresponsabilidad ante la situación en que vivimos, más bien, significa dar consistencia a las cosas y acciones que hoy podemos hacer, sin suplantarlas por las que podremos hacer después. En este sentido, el tiempo de cuarentena es un tiempo precioso no solo para humanizar la navegación digital, sino para conversar con los que están a lado de nosotros y que tal vez, hace mucho tiempo no nos hemos dado la oportunidad de dialogar con ellos. Es decir, de entrar en empatía con ellos, de habitar sus historias, empatizar con sus dolores, con sus fragilidades y esperanzas.

Para nuestra fe, este deseo se convierte en una invocación, no en un escape como rogamos en el Salmo 90: «Enséñanos Señor a llevar la cuenta de nuestros días para que obtengamos un corazón sabio»[6]. Ahora es menester ser conscientes y asumir la responsabilidad de la única vida que nos es dada. No en balde el Señor Jesús nos dice «no se angustien por el día de mañana, pues el mañana se angustiará por sí mismo. Cada día tiene suficiente con sus propios problemas»[7]. En neurolingüística, esto se expresa con la idea que dice «estar presente, en el presente», porque es cierto, ¿quién sabe qué más podría regalarnos el día de mañana si no ponemos atención a lo que acontece hoy?

La invitación a no dejarse tocar por el tedio, sino más bien retomar el contacto con nosotros mismos, desde el fondo de ese sí mismo que somos, es una victoria que podemos conquistar en esos pequeños «sí» que poco a poco damos cada día; pues los cambios más importantes en cada uno de nosotros, después de todo, son los más lentos e inadvertidos. Para esto es necesario mantener una relación más consciente con nosotros mismos, y distinguir los ruidos interiores que adormecen nuestro sentido crítico ante el tedio o la desesperanza. Infundir templanza y esperanza es cada día más urgentes en este tiempo de incertidumbre. Ellas son un llamado a permanecer convencidos de que todo pasa, y esto también pasará. Es una forma de negación de la pereza y una afirmación de la caridad.

Pbro. Vicente Díaz Aldaco

vdiaz@arquinetmty.com


[1] Se dice que en el siglo XVIII el saludo de mano era la manera en que los primeros exploradores europeos que llegaron a Dakota del Sur manifestaban a los oriundos de esas tierras no estar armados o con espadas. Y más anterior a esto, en el medioevo, el saludo de mano se transformó en una señal de promesa ante un pacto o alianza, el cual era inviolable. Cf. E. Walandra, «The “Indian Handshake” between Generations», 158.

[2] El sacerdote y psicólogo Martin Mcalinden, señalaba que la acedia es una situación común del tiempo moderno también. Cf. M. MCALINDEN, «Fighting the Noonday Demon – Priests and Acedia», 337-338.

[3] Cf. M. Heidegger, Seminarios de Zollikon, 69.

[4] Cf. Macmillan Dictionary, sección Buzz-Word, voz «Phubbing».

[5] Como escribió Evagrio Pontico, «el demonio de la acedia atiende al monje alrededor del mediodía, causando que se canse o se aburra». E. Pontico, Tratado Práctico, 68.

[6] Salmo 90, 12.

[7] Mateo 6, 34.

Pag.-8-1280x980.jpg
6min87

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre.” Jn 15,15

Estamos viviendo una situación que ha conmovido las bases de la convivencia social de muchos pueblos en el mundo. Estamos de acuerdo en que nadie esperábamos ni estimábamos la magnitud de esta situación dos meses atrás. El Papa Francisco, apenas hace menos de dos meses, en el Momento Extraordinario de Oración en tiempos de Pandemia y la Bendición Urbi et Orbi del 27 de marzo del presente año, nos invitaba a permanecer unidos al Señor y abrazarnos de la Cruz para abrirnos al don del Espíritu Santo y salir con creatividad al servicio a unos y a otros, enfrentando juntos las contrariedades de esta situación.

Ya el Plan Global de Pastoral 2031-2033 recogía la preocupación por una crisis cultural y antropológica que nuestro país atravesaba, ahora se ha acentuado y ampliado hacia una crisis social, económica y política de nuestro pueblo mexicano. En este Plan, se establecieron tres urgencias para atender: los jóvenes, los migrantes y los sacerdotes. Los jóvenes como protagonistas de la historia y de la vida cristiana; los migrantes como un clamor al cielo y los sacerdotes como discípulos misioneros de Jesús, Buen Pastor.

Mons. Rogelio Cabrera había anunciado la intención de Proclamar un Año Sacerdotal para animar a todos los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis, obispos incluidos, a vivir un año de encuentro con Cristo, Buen Pastor, desde la espiritualidad eucarística. El cual iniciaría con la Fiesta de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. En consonancia con el Plan de Pastoral de Nuestra Arquidiócesis y su intención fundamental en esta etapa: La Eucaristía nos mueve. Un Año Sacerdotal que quiere renovar la respuesta pastoral sacerdotal, no como agentes privilegiados o para promover una pastoral clericalista, sino todo lo contrario, para renovar nuestra vida sacerdotal a ejemplo del Buen Pastor como el Papa Francisco nos ha pedido: una nueva evangelización, toda la Iglesia unida, con puertas abiertas y en salida.

Este Año Sacerdotal tendría que recoger también los gritos, preocupaciones, llamado y enseñanzas de esta experiencia límite formada por la emergencia actual en todas sus aristas, en la cual Cristo espera pacientemente nuestra respuesta. En tiempo de crisis, las personas y comunidades respondemos desde nuestras fortalezas, sembradas por la Providencia Divina y cultivadas por las personas en concreto; la crisis deja al descubierto nuestras debilidades y carencias, pero para satisfacer las necesidades y urgencias sólo podemos hacerlo desde nuestras fortalezas, trabajando con mucha humildad y con mucha esperanza, de la mano de Cristo. Para ello, los sacerdotes tendremos que presentarnos ante Cristo y decirle lo que hemos hecho con los dones que nos entregó.

Un Año Sacerdotal puede ser la oportunidad de encontrarnos con Él, escuchar su voz llena de amor y renovar nuestra vida completa, para llegar a ser los pastores que Cristo desea y el pueblo necesita. Un Año en que nuestros corazones se unan más al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María y aprendamos de ellos la misericordia y la cercanía.

+Mons. Juan Armando Pérez Talamantes Obispo Auxiliar de Monterrey

Pag.-6-1280x1707.jpg
16min70

CAPILLAS ANTIGUAS XXIII

Continuamos con esta introducción a la historia del edificio y del patrimonio de la capilla antigua de La Popa, Mina, N. L. Para ello necesitamos hacer una referencia a la capilla nueva.

LA NUEVA.

La comunidad construyó en la segunda mitad del siglo XX una nueva capilla en un terreno dado por un vecino que se mudó a Hidalgo, N. L. buscando mejor fortuna. La construcción debió de comenzar después de 1962 fecha del documento ya mencionado. El donante tenía un cuarto en la esquina sur poniente del terreno, este cuarto luego sirvió de curato. Mide 6 de frente por 4 de profundidad y habría que agregarlo también a los edificios históricos de nuestra Arquidiócesis. Lo utilizaba como habitación el P. Benjamín Tapia, párroco de Hidalgo de 1939 a 1982, cuando iba a La Popa.

El objeto más valioso de la capilla es la imagen patronal de San José. Es una pequeña imagen de cerca de medio metro de altura con el niño en su mano izquierda. Algunos sacerdotes que fueron párrocos de Mina afirman que la imagen debió de haber sido restaurada hace unos 15 años, ya que cuando visitamos la capilla no fue posible sacarlo de su vitrina de vidrio y metal, y no revela su antigüedad por la restauración realizada. Posee una corona que dice su nombre “Sr. San José”, las dos letras “S” están giradas sobre su eje vertical como si se trataran de la letra “Z”. La imagen además posee cetro. El niño a todas luces se ve muy reciente y comercial. La capilla nueva posee un muy bien logrado altar preconciliar de madera.

En el curato hay algunos otros objetos litúrgicos antiguos como candelabros de latón y los cuadros (llamados sacras) con textos impresos usados antiguamente para la celebración de la Misa, además de un ropero de madera y una máquina de coser Singer.

Regresemos a la imagen patronal, al menos viéndola, no revela su antigüedad y así nos quedan algunas dudas ¿qué tan antigua es la imagen? Y por lo tanto ¿Qué tan antigua es la capilla en ruinas que antes la albergó? Los documentos nada dicen al respecto. Las visitas de los obispos en el siglo XIX a la parroquia de Hidalgo no mencionan la capilla, apenas se menciona la de Mina, mucho menos la de La Popa.

INFORMES PARROQUIALES A LA CURIA

El 11 de septiembre de 1933 envío a la Curia un informe el Pbro. Rafael Rodríguez, párroco de Hidalgo, en este menciona “voy a Mina dos o tres veces al mes y a La Popa cada tres o cuatro meses”, además menciona la existencia de catequesis para los niños “en Mina, Los Guerra y La Popa”.

El 5 de octubre de 1949 el P. Benjamín Tapia, párroco del mismo lugar, da un dato importante “la gente bautiza a sus niños pues salgo a todos los ranchos” de tal manera que con certeza, en la capilla en cuestión, hubo bautizos. No hemos encontrado en el Archivo Histórico registro de bodas y mucho menos de confirmaciones.

Así la mención más antigua en documentos de la capilla expresamente mencionada son las escrituras de 1962. Seguimos con la duda ¿de qué año será la capilla antigua? El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) no tiene en su catálogo de monumentos históricos ningún edificio registrado en La Popa. Habría que esperar análisis de expertos para que analicen la construcción.

Pero en este punto de la investigación encontramos en la capilla nueva lo siguiente:

EL TESORO DE LA POPA.

Cerca de la ya mencionada imagen del Sr. San José apareció el tesoro. Este tesoro está conformado por nueve milagritos, sí, pequeños objetos de poco valor monetario pero que son un testimonio inequívoco del aprecio que los habitantes de este lugar, de sus familias y de los que han emigrado y quienes al regresar dejan huellas de su fe por esta imagen del Sr. San José.

Los nueve milagritos son nueve monedas antiguas. Si se buscara su precio comercial hoy sería de apenas unos mil pesos todo el conjunto, o mucho menos; ya que las nueve están perforadas para poder colgarse como se acostumbra con los milagritos en un lugar adecuado cerca de la imagen del santo a quien se reconoce un favor o una gracia.

El mayor valor de estas nueve monedas no es su valor económico actual, sino la información que dan acerca de la existencia desde hace siglos del culto al Sr. San José y su capilla antigua. Las nueve monedas son muy pequeñas, la más grande posee 21 mm de diámetro y la más pequeña 14 mm. Probablemente por su dimensión reducida habían pasado desapercibidas. Las nueve monedas son:

  1. Moneda de 10 centavos, la fecha no se distingue bien, al parecer de 1895. Es de la Casa de Moneda de Zacatecas recordando que en nuestro país hoy sólo contamos con la Casa de Moneda de México, pero en algunos momentos de nuestra historia hubo más lugares de acuñación.
  2. Moneda de 5 centavos del año 1889 de la Casa de Moneda de San Luis Potosí.
  3. Moneda de 5 centavos de 1883 de la Casa de Moneda de México.
  4. Moneda muy dañada del año 1868 al parecer de la Casa de Moneda de México, no fue posible determinar su denominación.
  5. Moneda de 5 centavos del Imperio Mexicano encabezado por el Emperador Maximiliano, recordemos que este período del país duró solamente de 1864 al año 1867.
  6. Moneda de la sexta década del siglo XIX. Ilegible el último número de la fecha (186?); de la Casa de Moneda de México posee al reverso la leyenda “República Mexicana”, al frente el gorro frigio y la leyenda “Libertad”.
  7. Una moneda de un Real muy dañada, al reverso posee el escudo del águila y la serpiente con la leyenda “República Mexicana”, de la Casa de Moneda de México.
  8. Una moneda de la Nueva España, previa a la Independencia nacional, del rey Fernando VII, con valor de un Real; él reinó desde 1808 hasta la Independencia de México.
  9. Medio Real del Rey Carlos IV de España, moneda colonial del año 1795 hecha en la Casa de Moneda de México.

Nunca habíamos encontrado en ningún templo arquidiocesano ni milagritos tan antiguos y mucho menos monedas sirviendo como milagritos, que daten del Imperio Mexicano o de la época colonial. Nunca habíamos encontrado monedas que se hayan conservado en lugares de culto por tanto tiempo.

La existencia de estas monedas colocadas cerca de la imagen del Sr. San José de La Popa, sugieren la existencia de un culto por lo menos desde hace un par de siglos, considerando que la moneda más antigua es de 1795 y pudo haber llegado a La Popa hasta la época de la guerra de Independencia; con la cual habrían dejado de tener cualquier valor y por lo tanto o se dejaban de traer en el bolsillo, o se dejan en un lugar como este, donde ya no era necesario tener un valor comercial.

Alguien pudiera pensar, y con justa razón, que no necesariamente esas monedas llegaron ahí hace dos siglos, alguno pudiera afirmar que una persona las puso ahí el mes pasado o hace una semana. Pero a favor de la tesis presentada argumentó que esas monedas dejaron de ser moneda circulante hace muchos años, un coleccionista no se desharía de ellas por ningún motivo y mucho menos para que fueran condenadas a ser perforadas. La lejanía de La Popa sugiere, por el contario, que esas monedas fueron colocadas a los pies de la pequeña imagen en la capilla antigua y al mudarse la comunidad a la capilla nueva lo acompañaron como testigos de la fe del pueblo. Pero además siendo un tesoro de información: esa es la importancia del tesoro de La Popa… la información que brinda. Así propongo considerar el origen del culto y de la capilla antigua a los primeros años del siglo XIX.

Hay otro detalle que posee mucha importancia en el sentido de no suponer la capilla tan antigua como la población misma: el cementerio. El cementerio no está ni estuvo en relación con la capilla antigua, el lugar para los difuntos está fuera de la pequeña población. Los vecinos comenzaron a morir antes de que hubiera una capilla adecuada, si no los hubieran sepultado en la misma, como se acostumbraba antes de las leyes de Reforma.

De común acuerdo con el párroco de Mina las nueve monedas fueron trasladadas al Museo Arquidiocesano de Arte Sacro para su limpieza, resguardo y pronta exhibición.

Un último comentario acerca de la capilla antigua: será para la Arquidiócesis un reto restaurarla pero definitivamente vale la pena. Ya tenemos dos en ruinas y ambas ameritan la atención de la Iglesia regiomontana.

Pbro. Lic. José Raúl Mena Seifert

Centro de Investigación Histórica CIHAM

Pag.-5--1280x853.jpeg
5min63

El confinamiento social se implementó a nivel nacional para evitar el colapso sanitario del Sistema de Salud y lograr que toda persona afectada por la enfermedad Covid-19, causada por el virus Sars Cov 2 (sumamente contagioso: hasta el día de hoy no existe evidencia científica-médica de una vacuna o un tratamiento específico), reciba la atención médica que merece y requiere. Pero una vez terminado dicho período crítico de confinamiento (#QuédateEnCasa) la vida no puede ni debe regresar a lo “normal”.

Poco a poco, el movimiento de las personas en espacios públicos retornará. Paulatinamente se irán abriendo lugares de trabajo, escuelas, restaurantes, teatros, iglesias, cines, estadios, centros de diversión y de espectáculos, parques, bibliotecas… Pero ¿qué significa este retorno a la vida cotidiana? ¿Qué debemos hacer para continuar cuidándonos y cuidando a los demás, si seguirá el mundo sin vacuna ni tratamiento y continuaremos conviviendo con este virus, y todos somos susceptibles a infectarnos?

En primer lugar, deberemos continuar con las medidas médicas preventivas en la vida cotidiana y asegurarnos de llevar al máximo su correcta aplicación, ya que será la única manera de prevenir que nos infectemos y contagiemos a los demás. También puede ayudarnos:

  1. Continuar bien informados, siguiendo las fuentes oficiales de salud a nivel mundial, nacional y estatal para evitar que las noticias falsas (fake news) nos generen angustia, temores infundados o incluso pánico. ¡Busquemos siempre la verdad!
  2. Obedecer las medidas a seguir indicadas por las instancias sanitarias oficiales. ¡Hagamos lo correcto!
  3. Salir a la vía pública solo en caso necesario o urgente, y obedeciendo las disposiciones sanitarias establecidas (informarnos día a día nos permitirá saber qué medidas debemos tomar y cómo hacerlo, pues debido a que el comportamiento del virus puede variar y con ello la dinámica de la pandemia, las medidas sanitarias preventivas también pueden cambiar de un día para otro. Aún se continúan investigando todos los aspectos del virus y sus repercusiones).
  4. Realizar frecuentemente el lavado de manos con agua y jabón, friccionando durante al menos 40 segundos. En caso de no contar con agua y jabón, utilizar productos de alcohol al 70% de concentración y friccionar durante al menos 20 segundos.
  5. Susana Distancia y el estornudo de etiqueta llegaron para quedarse: esto significa no tener contacto físico con los demás y, al toser o estornudar, hacerlo de manera correcta (en la parte interna del codo).
  6. Ante cualquier duda, hay que preguntarle a expertos. ¡No creas todo lo que ves o escuchas!
  7. Tras la aparición de cualquier signo o síntoma de COVID 19, inmediatamente buscar atención médica, no te autodiagnostiques y menos te automediques.

  Pbro. Roberto Van Troi Ramírez

Párroco Sagrado Corazón de Jesús

Pag.-4-Desde-la-Curia-1280x593.jpg
6min57

Más que velar por la seguridad de la Curia

Hernán Guillermo Schroeder Saenz, trabaja desde hace poco más de tres años en la Curia Arquidiocesana, como guardia de seguridad, en sus labores controla el acceso de los automóviles a la Curia, así como de personas, orienta a los fieles que acuden a realizar algún trámite y apoya a los presbíteros y compañeros de trabajo. Algo que pocos saben es que es Contador Público y Auditor de profesión.

Compartimos una breve entrevista que tuvimos con él, para conocerlo mejor.

Hernan Guillermo Schroeder

¿Qué le gusta más de su trabajo?

Antes de llegar a trabajar aquí, tuve puestos de atención a clientes, por lo cual lo que más me gusta es darle una orientación correcta a cada persona que llega a la Curia a realizar cualquier trámite. Siempre tratando de ponerme en el lugar de esa persona, sabiendo que podemos hacer algo bueno por los demás.

¿Qué le gusta realizar en su tiempo libre?

Disfruto ver videos de música en inglés, limpiar la casa y lavar la ropa, visitar a mi hermana y mis sobrinas y al final meditar todo lo que hice durante el día.

¿Alguna experiencia valiosa que recuerde de su trabajo?

Un día festivo, que estaban cerradas las oficinas, llego una muchacha muy mal emocionalmente, pude escucharla, ayudarla y se fue muy tranquila. Otra ocasión especial fue una vez que le pedí a un padre recién ordenado que atendiera de favor a una señora mayor de edad, que también venial muy mal emocionalmente y que buscaba desesperadamente a un sacerdote.

¿Cuáles son los valores que considera más importantes en su experiencia profesional?

Considero que el respeto a uno mismo, el respeto a los demás, la honestidad, el espíritu de servicio y tener una actitud positiva.

¿Qué ha encontrado en esta experiencia laboral?

Mi paz interior, mi crecimiento en la oración y he encontrado el gusto de serle útil a alguien, todos los días tengo esa maravillosa oportunidad.

¿Qué le pide a Dios en este trabajo?

Todos los días le hago a Dios esta oración: “Señor, sabes que te estoy sirviendo a ti en cada una de las personas que se acercan a mí, sacerdotes, compañeros y la gente que viene a hacer un trámite, sabes que lo hago con el gusto de poder servirte, porque desde aquí quieres que lo haga”. “Y también, para que saques del purgatorio a mis papás, parientes y amigos que se adelantaron en el camino”.

90522573_2364866403614598_510273090068938752_o.jpg
6min53
Mons. Rogelio Cabrera López

El dolor de la lejanía física y la alegría del acompañamiento espiritual

Es un gran dolor, para sacerdotes y pueblo, no poder celebrar la Eucaristía juntos, ni reunirnos para celebrar los sacramentos y compartir el caminar de la vida, como solíamos hacerlo y deseamos hacerlo. Pero es uno de esos ayunos que purifican e invitan a la renovación de la fe en Cristo y en la Iglesia. En nuestros templos no está la presencia física del pueblo, aunque está la presencia virtual por las redes digitales que manifiesta su fe viva, y el deseo de cercanía con el pastor y la comunión de los santos. Por lo pronto, el templo está vacío, pero está realmente ejerciéndose la unión espiritual del Pueblo con Cristo, adorando a su Creador en el Espíritu Santo y en Verdad. No pudimos vivir la Semana Santa como la planeábamos, así que, por amor a Dios y a tu comunidad, no congregues personas en las celebraciones litúrgicas. No las convoques a cosas innecesarias, no las expongas, todo es para evitar contagios y salvar vidas.

Fue Cristo quien nos enseñó a amar a estas personas a las que ahora tenemos que cuidar con atención. Celebramos el Misterio Pascual en las fechas que son debidas, pero al mismo tiempo, en nuestro corazón, preparemos una Gran Celebración Pascual con todo el pueblo reunido, para que, cuando pase toda esta emergencia y podamos salir con toda libertad, alegría y amor, pidamos a Dios consuelo y fortaleza por todo lo que sucedió, agradeciéndole el fin de la calamidad y así proponer un nuevo futuro del mundo, la sociedad y de la Iglesia. Ya llegará el momento de reunirnos de nuevo con el Maestro para que nos enseñe las Escrituras y nos comparta el pan, como sucedió a los discípulos de Emaús en la resurrección de Cristo.

La caridad como manifestación de nuestra fe y preparación a la Pascua Florida.

Como ya se ha comentado, esta emergencia sanitaria está provocando una gran crisis económica y ha conmovido estructuras sociales, institucionales e individuales, dejando a muchas personas en incertidumbre y provocando en otras desorientación, desánimo, ansiedad, miedo y angustia. Cuidemos mucho la estructura de nuestra vida personal y nutramos nuestro cuerpo, mente y espíritu con el alimento adecuado: dieta balanceada, ejercicio físico, lecturas motivantes e información veraz; diálogo fraternal, servicio y amor a los demás; ayuda mutua, creatividad pastoral, lectura y meditación de la Palabra de Dios, oración confiada, obras de misericordia… En fin, todo lo que es la vida cristiana de un discípulo sacerdote, sólido en la fe, esperanza y caridad. Necesitamos estar fuertes para esta parte del camino de la vida que apenas empieza y requerirá de nosotros lo mejor. Estemos atentos, unos de otros para servir las necesidades que experimentemos. Este es el modo de lavar hoy los pies a los hermanos en medio de las dificultades que enfrentamos.

En la medida de nuestras posibilidades reales, tanto personales como institucionales, seamos generosos, comenzando por nuestra familia sacramental, extendiéndolo a la familia espiritual y de sangre. Confiemos en la Providencia Divina y desde nuestra pobreza y necesidad, aprendamos a compartir.

En cuanto a las necesidades económicas de nuestras parroquias e instituciones, dejemos que sean los fieles quienes tomen la iniciativa. Tú confía mucho en el Señor, saldremos adelante juntos, no sin la austeridad y sobriedad necesarias.

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey

comedor-rosario-p14.jpg
4min104

Durante la pandemia, la Iglesia de Monterrey no ha dejado de realizar diversas acciones materiales y espirituales en favor de los fieles, te compartimos cuatro de ellas:

Comedor Nuestra Señora del Rosario en Juárez, N.L.

Diariamente la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el Centro de Juárez N.L., distribuye 200 comidas. Las personas con escasos recursos acuden de lunes a viernes por su comida calentita recién preparada, mientras que a otros más, que por enfermedad o edad no pueden acudir, les es llevada a su hogar.

Además, en torno a esta pandemia se han estado distribuyendo despensas a las cuales las personas en situación de pobreza han podido tener acceso.

DIRECCIÓN: Zaragoza 505 Centro, Juárez, N.L. TELÉFONO: (81) 82 33-00 83.

Casa Nicolás

Durante la Semana Santa y contingencia, tienen 48 personas viviendo en el albergue,

resguardadas, permanecen en la casa con todos los servicios, las tres comidas para enfrentar la coyuntura de la pandemia.

DIRECCIÓN: Emiliano Zapata 4417, esq. con Serafín Peña. Col. Guadalupe Victoria Guadalupe, N.L. TELÉFONO: (81) 21 69-82 32

Casa INDI

Diario sirven 2,000 platillos y más de 70 migrantes reciben alimento, alojamiento y servicio    médico. Miguel Nieto 2506 Norte,

DIRECCIÓN: Col. Industrial C.P. 64440, Monterrey, N.L. TELÉFONO: (81) 83 74 72 21

Casa Monarca

Quienes se dedican a la ayuda humanitaria al migrante, ha entregado despensas para familias refugiadas, que no tenían acceso a los programas sociales por no tener INE.

DIRECCIÓN: Privada Nicolas Bravo 510, Santa Catarina, N.L. TELÉFONO: (81) 8390 6305


Sobre nosotros

Somos el periódico católico oficial de la Arquidiócesis de Monterrey; en comunión con la misma y con el resto de los medios de comunicación católicos, enfocamos nuestros esfuerzos a ser la voz de la Iglesia en Monterrey.


CONTÁCTANOS

LLÁMANOS



Últimas publicaciones



Suscríbete a nuestro boletín






Categorías